En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 21
No dormí casi nada esa noche.
Benjamín había pasado otra madrugada difícil. Los médicos decían que era normal después del último tratamiento, pero cuando eres madre ninguna palabra médica logra tranquilizarte del todo. Cada pequeño movimiento del monitor me hacía abrir los ojos.
Estaba sentada en la silla al lado de su cama, observando cómo dormía, tan pequeño dentro de ese hospital enorme. Tenía las pestañas largas, la frente ligeramente fruncida, como si incluso dormido estuviera luchando contra algo.
Mi hijo siempre fue fuerte.
Acaricié su cabello con cuidado.
—Todo va a estar bien, mi amor —susurré.
Pero ni siquiera yo estaba segura de creerlo.
El teléfono vibró en mi bolso y rompió el silencio de la habitación. Miré la pantalla y sentí cómo se me tensaba el estómago.
Mamá.
Contesté porque sabía que si no lo hacía, seguiría llamando.
—¿Sí?
—¡Flora! —su voz sonó tan aguda que tuve que apartar el teléfono un poco—. ¿Ya conseguiste el dinero?
Cerré los ojos.
Ni siquiera preguntó por Benjamín.
—Mamá, estoy en el hospital.
—¿Y? —respondió con frialdad—. Eso no cambia nada. Dijiste que hoy ibas a transferirnos el dinero.
Sentí un nudo en el pecho.
—No tengo un millón de pesos para darte así como así.
—Entonces véndele algo a tu marido —replicó—. ¿O no te estás divorciando hoy?
Respiré hondo para no gritar.
—Sí. Hoy voy a firmar el divorcio.
—Perfecto. Entonces sácale dinero antes de que firme.
Apreté los dedos alrededor del teléfono.
—No voy a hacer eso.
—Flora —su tono se volvió duro—. Si no mandas el dinero hoy mismo, tu padre y yo vamos a pasar por el hospital a llevarnos al niño.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—Ni se te ocurra.
—Es nuestro nieto.
—Es mi hijo.
—Y también nuestra responsabilidad si tú no puedes mantenerlo.
Sentí la rabia subir por mi garganta.
—Lo estoy manteniendo. Estoy aquí todos los días.
—¿Y con qué dinero piensas pagar su tratamiento? —disparó ella—. No seas egoísta. Si no nos ayudas, lo mejor será que el niño se venga con nosotros.
Miré a Benjamín.
Mi pequeño estaba conectado a tubos, luchando por su vida… y mi propia madre lo usaba como amenaza.
—No te atrevas a tocarlo —dije en voz baja.
—Entonces manda el dinero.
Corté la llamada.
No podía escuchar una palabra más.
Me quedé unos segundos respirando hondo. Tenía que salir. Tenía que despejar la cabeza antes de ir al juzgado a firmar ese maldito divorcio con Marcelo.
Besé la frente de Benjamín y salí de la habitación.
El pasillo del hospital estaba casi vacío a esa hora de la mañana. Caminé hacia el ascensor, intentando ordenar mis pensamientos.
Y entonces choqué con alguien.
—Perdón, yo…
Levanté la mirada.
Alejandro Fernández estaba frente a mí.
Se veía cansado. Tenía los ojos rojos, como si no hubiera dormido en toda la noche.
—Señor Fernández —dije, sorprendida—. ¿Qué hace aquí?
Él me observó unos segundos antes de responder.
—Necesito hablar con usted, señorita González.
Algo en su tono era diferente.
Más serio.
Más… decidido.
—Tengo que ir al juzgado —respondí—. Hoy firmo mi divorcio.
—No tardaré mucho.
Guardó silencio un momento y luego señaló hacia el final del pasillo.
—¿Podemos hablar en la terraza?
Lo dudé.
Pero algo en su expresión me hizo asentir.
Subimos en silencio. El aire fresco de la mañana golpeó mi rostro cuando salimos a la terraza del hospital.
Buenos Aires ya estaba despertando. El ruido lejano del tráfico llegaba hasta nosotros.
Alejandro se apoyó en la barandilla.
Yo me crucé de brazos.
—¿De qué se trata?
No dio rodeos.
—Voy a hacer que el mejor equipo médico del país trate a su hijo.
Parpadeé.
—¿Cómo dice?
—Especialistas en oncología pediátrica. Los mejores. —me miró directamente—. Todo el tratamiento será pagado por la familia Fernández.
Me quedé completamente quieta.
—¿Por qué?
El viento movía ligeramente su cabello oscuro.
Alejandro respiró hondo antes de hablar.
—Porque su hijo… es el último legado que mi hermano dejó en este mundo.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
—Su hijo —repitió con calma— es sangre de mi familia.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Eso es imposible.
Alejandro no apartó la mirada.
—Mi hermano menor, Leonardo, era bombero.
Claro que conocía ese nombre.
Todos en Buenos Aires lo conocían.
El bombero que murió hace unas semanas salvando a varias personas durante un incendio en Puerto Madero.
—Murió a principios de este mes durante un rescate —continuó Alejandro—. Antes de eso, hace años, donó esperma.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—Hace cuatro años —dijo él— una muestra de ese banco fue utilizada.
Mi mente comenzó a unir piezas.
—Usted… —susurré.
—Su hijo nació mediante fecundación in vitro.
Me quedé en silencio.
—¿Cuántos años tiene Benjamín? —preguntó.
—Casi tres.
Alejandro asintió lentamente.
—Cuando lo vi… —dijo— me sorprendió su parecido con Leonardo cuando era niño.
De repente recordé algo.
El día que mis padres intentaron llevarse a Benjamín del hospital.
La pareja mayor que intervino para detenerlos.
Un hombre elegante.
Una mujer con lágrimas en los ojos.
Los padres de Alejandro.
Mi corazón empezó a latir más fuerte.
—¿Ellos…?
—Son mis padres.
Me llevé una mano a la boca.
Entonces todo empezó a tener sentido.
Las miradas constantes de Alejandro hacia Benjamín.
Las visitas inesperadas.
La forma en que su madre miraba a mi hijo como si…
Como si lo conociera.
Y de repente recordé otra cosa.
—Sofía bromeó una vez —murmuré— diciendo que tal vez el padre biológico de Benjamín era algún héroe del banco de donantes.
Alejandro sacó un sobre del interior de su chaqueta.
—Aquí están los documentos.
Me los entregó.
Los abrí con manos temblorosas.
Certificados médicos.
Registros del banco de donantes.
Datos de compatibilidad genética.
Todo apuntaba al mismo nombre.
Leonardo Fernández.
—No es una suposición —dijo Alejandro—. Todo está verificado.
Levanté la mirada.
—Entonces… Benjamín…
—Es mi sobrino.
Guardó silencio un segundo antes de añadir:
—Y el único descendiente de mi hermano.
El viento soplaba más fuerte en la terraza.
Sentía la cabeza llena de pensamientos.
—Mi madre… —dijo Alejandro finalmente— no ha podido superar la muerte de Leonardo. Está enferma desde entonces.
Sus ojos se endurecieron ligeramente.
—Pero cuando vio a su hijo… algo cambió.
Comprendí lo que estaba diciendo.
—Quiere verlo.
—Sí.
Bajé la mirada a los documentos.
—No quiero quitarle nada —añadió él con calma—. Benjamín es su hijo y siempre lo será.
Levanté los ojos.
—Solo le pido una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que permita que mi madre lo vea de vez en cuando.
Eso era todo.
No pedía custodia.
No pedía derechos.
Solo… visitas.
—A cambio —continuó— la familia Fernández cubrirá todos los gastos médicos.
Mi garganta se cerró.
—También nos encargaremos de su seguridad —añadió—. Y si lo desea, pondremos a los mejores abogados para ayudarla con su divorcio.
Marcelo.
La palabra me atravesó como un recuerdo desagradable.
—No tiene que preocuparse por nada más —dijo Alejandro—. Nosotros nos ocuparemos.
Lo observé unos segundos.
Este hombre tenía dinero, poder y recursos suficientes para cambiar completamente el destino de mi hijo.
Y lo estaba ofreciendo todo… sin pedirme nada más que permitirle a una abuela conocer a su nieto.
Pensé en Benjamín.
En su pequeño cuerpo luchando contra la leucemia.
En las cuentas del hospital.
En mi madre amenazando con llevárselo.
Respiré hondo.
—¿De verdad harían todo eso?
Alejandro no dudó.
—La familia Fernández protege a los suyos.
Guardé silencio.
Y entonces comprendí algo.
Benjamín no estaba solo.
Nunca lo había estado.
Levanté la mirada hacia Alejandro.
—Si lo que dice es verdad…
Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
—Entonces mi hijo también es parte de su familia.
Él asintió lentamente.
Esperando mi respuesta.
Y por primera vez desde que empezó toda esta pesadilla…
Sentí que el destino de Benjamín podía cambiar.