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EL HIJO DEL PRESIDENTE

EL HIJO DEL PRESIDENTE

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Amor-odio
Popularitas:8.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

...AITANA...

La Academia St. Jude’s parecía más un club de campo europeo que un colegio de bachillerato. El campus estaba rodeado de pinos perfectamente podados, canchas de tenis de polvo de ladrillo y edificios de ladrillo a la vista que gritaban aristocracia por cada poro.

Ruby y yo bajamos de la camioneta. Yo acomodé mi saco gris, asegurándome de tener el dossier de autorización de Augusto a la mano. Caminamos hacia la recepción del edificio administrativo, pero antes de que alcanzáramos a empujar las imponentes puertas de vidrio, un frenazo violento sobre la gravilla nos hizo girar a las dos.

El deportivo rojo de Henrry estaba parqueado de lado, bloqueando el paso peatonal.

¿Pero qué demonios...? ¿Y la pelirroja de los hoteles?.

Henrry se bajó del auto azotando la puerta, con la chaqueta del traje azul volando con el viento y una expresión de absoluta terquedad.

Había dejado a Norma Caval tirada en la mansión con tal de venir.

Impulsivo.

Cuando se trataba de proteger y evitar que su hermana menor terminara en el ojo del huracán, Henrry Montenegro apagaba el cerebro y encendía el modo protector troglodita.

—Puede que mi padre te haya delegado esto a ti, Vega, pero yo sigo siendo el tutor legal de esa niña si él no está en el país —soltó, alcanzándonos en tres zancadas y acomodándose el saco con un tic nervioso—. No voy a dejar que una aparecida maneje el historial disciplinario de mi hermana. Así que camina.

—¿Y tu novia, Montenegro? ¿La dejaste parqueada en la entrada de la casa? —le solté, divertida por su nivel de alteración.

—No es mi novia. Y no te interesa. Mueve los pies.

Puse los ojos en blanco y entré al edificio, escuchando el eco de sus zapatos caros detrás de mí.

Ruby caminaba un paso más atrás, conteniendo la risa ante nuestro eterno partido de tenis mental.

Estábamos buscando la oficina de la rectoría cuando un hombre joven, de gafas de marco negro, camisa formal azul claro y un portafolios de cuero, cruzó el pasillo central.

Al verme, se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Aitana? ¿Aitana Vega? —preguntó, con una voz que reconoci de inmediato.

—¡¿Samuel?! —solté, perdiendo por completo mi postura rígida de mentora.

Era Samuel Quintana. Estudió conmigo en la facultad. Era ese chico brillante, dulce, impecable, que siempre se sentaba a mi lado en cualquier clase y que me traía galletas cuando me quedaba estudiando hasta tarde.

Samuel estuvo enamorado de mí durante los cinco años de la carrera; todo el mundo lo sabía, incluido mi sentido común. Pero yo, con ese talento místico que tengo para tomar las peores decisiones de mi vida amorosa, lo mandé a la friendzone y preferí irme detrás de Julián. Julián, el inútil que terminó siendo un delincuente.

—¡No lo puedo creer! ¿Qué haces aquí? —Samuel se acercó con una sonrisa enorme, tomándome de las manos con una confianza y un cariño que me calentaron el pecho—. Supe que estabas haciendo asesorías externas, pero no me imaginé encontrarte en St. Jude's. Ahora soy el maestro titular del área de Ciencias Sociales y Gestión de Proyectos de último año.

—¿Maestro titular? ¡Samuel, eso es grandioso! Siempre fuiste el mejor —le dije, sonriéndole de verdad, sintiendo una punzada de nostalgia por los viejos tiempos.

—Bueno, el esfuerzo valió la pena. Pero dime, ¿qué haces aquí en la academia?

Un carraspeo ruidoso, exagerado y cargado de una hostilidad cortó el momento.

Me había olvidado por completo del bloque de hielo que tenía a mi espalda. Henrry se adelantó un paso, cruzándose de brazos, barriendo a Samuel con una mirada tan despectiva y cargada de un elitismo que me hizo sentir algo de vergüenza.

A ver, ¿y a este qué bicho le picó? Parece un perro guardián al que le acaban de tocar el plato.

—Vega —soltó Henrry, y su voz bajó tres octavos, sonando peligrosamente autoritaria y cortante—. No vinimos aquí a hacer una reunión de exalumnos de tu universidad pública. La directora nos está esperando. Suelta al... profesor.

Samuel parpadeó, intimidado por los casi un metro noventa de Henrry y su traje de miles de dólares, pero mantuvo la compostura y me miró buscando una explicación.

—Samuel, él es Henrry Montenegro —presenté de mala gana, soltando mis manos de las de mi amigo—. El hermano de Mía. Y yo soy la delegada personal de don Augusto Montenegro para la reunión de hoy.

—Ah... Los Montenegro —murmuró Samuel, y su sonrisa se volvió un poco más rígida. Miró a Henrry y luego a mí, notando la extraña y densa corriente eléctrica que vibraba entre nosotros—. Ya veo. Bueno, Aitana, Mía está en mi clase de Gestión. Si vas a la reunión con la directora... debe ser por el problema reciente.

Henrry dio un paso más hacia adelante, reduciendo la distancia con Samuel de una forma intimidante.

—Eso lo discutiremos con la junta directiva, no en el pasillo con los maestros, profesor —siseó Henrry, con una sonrisa cínica que no le llegaba a los ojos—. Vámonos, Aitana. Ahora.

Samuel miró a Henrry, luego me miró a mí y, con la caballerosidad que siempre lo caracterizó, dio un paso atrás, acomodándose las gafas.

—Nos vemos luego, Aitana. Si necesitas algo, sabes dónde encontrarme —dijo con voz suave, ignorando olímpicamente la mirada furiosa que el director del holding le seguía clavando.

—Gracias, Samu. Te busco antes de irme —le respondí, forzando mi sonrisa más amable para compensar la patanería del troglodita que tenía al lado.

Samuel se dio la vuelta y caminó por el pasillo.

No alcancé a dar un paso cuando Henrry ya se había girado hacia mí, con las cejas arqueadas y una sonrisa torcida que desbordaba veneno.

—¿"Samu"? ¿En serio, Vega? —soltó, arrastrando las palabras con un desprecio casi teatral—. Qué conmovedor. El maestro de escuela prestigiosacon complejo de poeta. ¿Ese es tu tipo? ¿Los sujetos que huelen a tiza y usan camisas que necesitan tres pasadas de plancha?

¿Y a este qué le pasa? Ayer me llama prostituta en la piscina y hoy actúa como el novio tóxico del que me tengo que divorciar.

—No es de tu incumbencia mi tipo de hombre, Montenegro —le respondí, retomando el paso firme hacia la oficina de la rectoría—. Pero para tu información, Samuel es diez veces más inteligente, maduro y decente que cualquier espécimen con el que compartas el VIP del club de golf. Así que bájale a tu clasismo imprudente.

—No es clasismo, es como un control de calidad —siseó, alcanzándome en una sola zancada y obligándome a detenerme justo frente a la puerta de madera noble de la dirección—. Y te recuerdo que estás aquí trabajando para mi familia. No quiero que uses las instalaciones de St. Jude’s como tu patio de citas para revivir tus viejos e irrelevantes amores universitarios.

Estaba a punto de meterle el portafolios por la boca para ver si así se callaba, pero Ruby intervino rápidamente, poniéndose entre los dos con una habilidad digna de un mediador de la ONU.

—Señores, por favor. La directora los está viendo a través del vidrio —advirtió en voz baja, señalando discretamente la ventana de la oficina.

Efectivamente, detrás del cristal esmerilado con el escudo de la academia, una mujer de unos cincuenta años, con el cabello recogido en un moño perfecto y un traje blanco que hacía juego con la decoración, nos observaba con severidad.

Henrry respiró hondo, se acomodó el saco del traje con un golpe seco de hombros y recuperó su máscara de ejecutivo imperturbable en un abrir y cerrar de ojos.

La velocidad con la que cambiaba de "perro rabioso" a "director de holding" era casi impresionante.

—Entremos, Vega. Y recuerda: yo hablo, tú tomas notas —me ordenó en un susurro mandón.

—Sigue soñando, Montenegro. Tu papá me firmó el poder a mí —le recordé, guiñándole un ojo antes de adelantarme y tocar la puerta.

La secretaria nos hizo pasar de inmediato. La oficina de la directora, la doctora Eleanor Vance, parecía el despacho de un ministro: paredes tapizadas de diplomas, estantes llenos de anuarios de cuero y un olor penetrante a té de manzanilla y perfume costoso.

—Señor Montenegro —saludó la doctora Vance, poniéndose de pie con cortesía. Luego, sus ojos se posaron en mí con curiosidad —. Y usted debe ser la señorita Aitana Vega. El presidente Augusto me notificó por correo electrónico sobre su delegación.

—Así es, directora Vance. Un placer —dije, estrechando su mano con firmeza antes de sentarme en una de las sillas de cuero frente al escritorio.

Henrry se sentó a mi lado.

—Bueno, directo al grano, Eleonor—soltó Henrry, apoyando los codos en los brazos de la silla—. Mi padre está en un vuelo a Dubái, así que estamos nosotros aquí. ¿Qué es eso tan "delicado" que le está pasando a Mía? Porque dudo que me hayas hecho conducir hasta acá solo porque mi hermana le contestó mal a un profesor.

La doctora Vance suspiró, cerró una carpeta con el nombre de Mía impreso en letras doradas y entrelazó sus dedos sobre el escritorio. Su expresión se volvió sumamente sombría.

—Ojalá fuera un problema de actitud, Henrry —dijo la directora, bajando la voz—. A la hora del almuerzo, Mía protagonizó una pelea física en los pasillos con una de sus compañeras de curso. Tuvieron que intervenir tres profesores para separarlas.

Henrry se enderezó en la silla de golpe, perdiendo toda la postura relajada. Su rostro cambió por completo; el hermano mayor protector y alarmado anuló al playboy cínico en un segundo.

—¿Una pelea? ¿Mía? —Henrry frunció el ceño, con la voz cargada de una repentina hostilidad—¿Quién la atacó? Sabes perfectamente que Mía no es violenta, Eleanor. ¿Con quién se peleó?

—Eso no es lo más grave, Henrry —lo interrumpió la directora, abriendo el cajón de su escritorio. Saco una pequeña bolsa de plástico transparente con cierre hermético y la dejó caer sobre la madera. Adentro había cuatro píldoras de color rosa pálido, con la silueta de una corona troquelada.

Me quedé de piedra mirando la bolsa. Henrry se quedó pálido, con los ojos fijos en las pastillas.

Juro que vi cómo se le iba el color de la cara, pasando de la ira a un shock absoluto.

Él sabía perfectamente qué eran esas pastillas.

—No —soltó Henrry de golpe, negando con la cabeza, con una voz que salió rota, despojada de cualquier rastro de arrogancia—. No, Eleanor, te estás equivocando. Es imposible. Mi hermana no tiene eso. Se las plantaron. La otra maldita niña se las metió en el bolso, Mía ni siquiera sabe dónde conseguir esa porquería...

—Estaban en el bolsillo secreto de su cartuchera, Henrry —lo cortó la directora con frialdad —. Tras la pelea, confiscamos las pertenencias de ambas. Mía está ahora mismo en la enfermería. El personal médico le está realizando exámenes de toxicología de urgencia para verificar si las está consumiendo o si está bajo sus efectos.

—¡Ella no consume esa mierda! —exclamó Henrry, perdiendo los estribos por completo. Se puso de pie de un salto, tirando la silla hacia atrás. Tenía los puños metidos en los bolsillos, pero el saco le temblaba por la respiración errática. El pánico lo estaba asfixiando—. Mía no sería capaz de hacer eso. Yo la conozco, carajo.

—Si los exámenes salen negativos, Henrry, el panorama es todavía peor —sentenció la directora Vance, mirándolo fijamente a los ojos—. Angélica Voyer, la niña con la que se peleó, confesó todo en la rectoría. Dijo que la discusión empezó porque ella amenazó con delatar a Mía. Según Angélica, Mía... las está distribuyendo aquí adentro. Las vende entre los estudiantes de último año. Y eso, en St. Jude's, no es solo una expulsión; es un caso para la policía de menores.

Miré a Henrry. Estaba completamente paralizado en la mitad de la alfombra, con la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello se le marcaban como cables.

La acusación de Angélica Voyer era una bomba de tiempo. Si era cierto, Mía no solo había arruinado su futuro académico; estaba cometiendo un delito grave que destruiría la reputación de los Montenegro y mandaría a una menor de edad a un reformatorio.

—¿Dónde está la enfermería? —preguntó Henrry—. Llévame con ella ahora mismo, Eleanor. Tengo que hablar con esa niña.

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Ana Elena Jiménez
uufff bueno menos mal 🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
Dios mío todo esto se está saliendo de control 🤦
Ana Elena Jiménez
🤦🤦🤦
Ana Elena Jiménez
😬😬😬😬😬🥺🥺🥺
Ana Elena Jiménez
😱😱 ojalá se haya ido para dónde Aitana
Ana Elena Jiménez
😡😡😡😡😡😡
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja ahora sí se va a morir tú madre
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja 🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja eres el colmo Henrry 🤭
Ana Elena Jiménez
😱😱🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja
Ana Elena Jiménez
🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja ahí si tienes toda la razón 🤭🤭
Ana Elena Jiménez
🤭🤭 jajaja jajajaja jajajajajaja
Ana Elena Jiménez
🫪🫪🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja dejaste de ser todo un tiburón para convertirte en un pescadito a punto de ser freído 🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
como olvidarte 🤭si le llevaste unos chocoros con detalles de oro 🤭🤭🤭🤭
Ana Elena Jiménez
😱😱😱 oohhh oohhh
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja Henrry desde ya te empiezan las clases 🤭🤭
Ana Elena Jiménez
🤭🤭🤭
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