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Vínculo En La Tormenta

Vínculo En La Tormenta

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Omegaverse
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

⚠️ Contenido exclusivo para mayores de 18 años | Omegaverse

Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.

Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.

Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.

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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 21: LA QUE BAJÓ DE LA CIMA

El eco grave y ronco del motor se fue apagando poco a poco, perdiéndose cada vez más débil en dirección al llano, hasta que el silencio grande, profundo y antiguo del bosque lo absorbió por completo y volvió a reinar absoluto alrededor de la cabaña. Pero esa calma que habíamos empezado a recuperar unos minutos antes, esa tranquilidad nueva que nos había dado entender que el tiempo también estaba de nuestro lado, no volvió del todo. Quedó en el aire una sensación extraña, densa y alerta, como si algo más hubiera cambiado en la oscuridad sin que lo hubiéramos visto ni oído todavía, algo que se había movido entre las sombras muy cerca de la última línea de seguridad y que ahora permanecía inmóvil, esperando.

Dante no se apartó de la ventana ni un instante. Todo su cuerpo seguía en tensión leve, los sentidos aguzados al máximo, el olfato y el oído escuchando y oliendo cada rincón, cada soplo de viento, cada cambio mínimo en el aire que entraba por las rendijas de la madera. Tenía una mano apoyada firme en el marco y la otra colgando relajada a un costado, pero con los dedos ligeramente curvados, listos para reaccionar en una fracción de segundo si hiciera falta. Yo estaba a su lado derecho, apoyado buena parte del peso de mi cuerpo y de mi embarazo contra su brazo fuerte y ancho, con una mano puesta siempre sobre la curva grande, dura y abultada de mi vientre. Todavía faltaban cuatro meses exactos para el nacimiento, y sin embargo cada susto, cada momento de alerta, cada cambio en la atmósfera hacía que el pequeño se moviera más fuerte y más rápido dentro de mí, como si también él supiera de instinto que algo no andaba del todo bien. A mi izquierda, pegada fuerte a mi costado y abrazada con todas sus fuerzas a su osito de peluche viejo y desgastado, estaba Mia, mi hermana menor de apenas ocho años, delgada, de piel extremadamente pálida y transparente que siempre delataba lo débil y delicado que estaba su corazón desde el día en que nació. Respiraba muy lento y muy suave, sin hacer ruido, con los grandes ojos oscuros idénticos a los míos muy abiertos y clavados en la misma mancha de noche que Dante observaba fijamente, sin pestañear casi.

Pasaron así casi veinte minutos enteros sin que ninguno de los tres moviera ni un músculo ni pronunciara una sola palabra. De pronto, muy lejos al principio y luego cada vez más cerca, más lento y más arrastrado, se oyó el crujir muy suave y casi imperceptible de hojas secas y ramitas pequeñas rompiéndose bajo el peso de unos pasos que avanzaban con muchísima dificultad, tropezando a cada poco, sin dirección clara y sin intentar ocultarse del todo, como si quien caminaba ya no tuviera fuerzas ni para andar derecho ni para cuidarse de hacer ruido. Se acercaron poco a poco, muy despacio, cruzaron una por una todas las líneas de alerta que habíamos colocado alrededor, y ni una sola vez sonaron fuerte las ramas que debían chocar, ni cayeron las piedras apiladas, ni se tensaron de golpe las cuerdas: quien venía lo hacía tan débil, tan tambaleante y tan cerca del suelo que casi no activó ninguna señal, hasta que por fin se detuvo de golpe a escasos veinte metros de la puerta principal, y se oyó entonces un suspiro largo, ronco y cortado por el dolor, seguido de un golpe sordo y suave contra la corteza gruesa de un roble muy viejo que crecía solo en el claro delantero.

Dante levantó una mano muy lentamente pidiendo silencio absoluto, tomó el hacha pequeña de mango corto que siempre tenía apoyada cerca de la entrada y corrió el grueso travesaño de madera que cerraba la puerta por dentro, abriéndola solo un dedo de ancho al principio, asomando solo un ojo y la nariz para oler bien el aire de fuera. En el mismo instante en que lo hizo, todo su cuerpo se tensó de golpe hasta ponerse rígido como una barra de hierro frío, y una expresión de incredulidad enorme, mezclada con confusión y una extraña tristeza profunda, se le talló de golpe en todo el rostro, borrando de inmediato la dureza de alfa en guardia que había mantenido hasta ese momento. Abrió entonces la puerta del todo con mucha suavidad, salió despacio tres o cuatro pasos sin hacer el menor ruido y se detuvo de frente a la figura oscura y encorvada que estaba apoyada contra el tronco, envuelta en ropa oscura y rota, con el cabello largo y revuelto cayendo sobre la cara.

—¿Quién eres? —preguntó él con voz baja, grave y firme, sin acercarse del todo todavía—. ¿Cómo has logrado cruzar todo el bosque solo hasta aquí? Nadie conoce este camino. Nadie debería saber siquiera que este lugar existe.

La figura movió la cabeza muy despacio, con una dificultad inmensa, levantó una mano flaca y temblorosa para apartarse el pelo de la frente y habló entonces, con la voz completamente rota, seca y agotada, como si llevara días enteros sin beber agua ni descansar ni un minuto, y aun así, en el tono y en la forma de hablar, hubo algo que sonó terriblemente familiar, como un eco lejano de la misma voz helada y autoritaria de Victoria Valente, pero mucho más suave, mucho más rota y sin nada de crueldad ni dureza dentro.

—Sí lo conozco —susurró, y las palabras salieron entrecortadas, cortadas por accesos de tos muy leve y seca—. Lo conozco porque fui yo misma quien ayudó a marcar los senderos hace muchísimos años, mucho antes de que tú nacieras, Dante. Fui yo quien le dijo a tu madre que este valle era el lugar más seguro y más oculto de toda la zona. Y hoy… hoy he bajado de allá arriba. He venido caminando toda la tarde y toda la noche, sin luz, sin rumbo fijo, solo sabiendo que tenía que encontrar esta cabaña y que tenía que hablar contigo antes de que fuera demasiado tarde para todos.

Dio un paso al frente, perdió el equilibrio por un instante y habría caído de cara contra la tierra húmeda si Dante no hubiera reaccionado en el mismo segundo, dejando caer el hacha al suelo y extendiendo los brazos para sostenerla antes de que tocara el piso. Al acercarse la luz muy tenue que salía por el marco de la puerta y al mirarla bien de frente a la cara, él soltó un suspiro muy corto y contenido que se le quedó atascado en la garganta, y retrocedió medio paso como si le hubieran dado un golpe directo en el pecho. Tenía los rasgos muy parecidos, la misma estructura ósea, la misma forma de los ojos y de la frente que la mujer que nos había amenazado en la casa de la ciudad, pero donde Victoria tenía siempre la mirada fría, cortante y llena de desprecio, esta mujer tenía los ojos grandes, profundos y muy tristes, cansados hasta el alma, y una herida larga y profunda que le bajaba por toda la mejilla izquierda, todavía sangrando muy poco y llena de tierra y hojas secas.

—Tía Lucía —murmuró Dante muy bajito, casi sin sonido, como si no pudiera creer lo que tenía delante—. Lucía Valente. Todo el mundo dice que te fuiste del país hace más de veinte años y que nadie volvió a saber nada de ti nunca más. Nadie hablaba de ti. Mi madre solo decía que habías desaparecido y que ya no eras parte de la familia.

Ella sonrió muy débilmente, con los labios pálidos y agrietados, y asintió muy despacio con la cabeza, apoyando casi todo su peso sobre los brazos fuertes de él para poder seguir de pie.

—Nunca me fui —respondió en el mismo susurro ronco—. Me quedé. Siempre estuve ahí, muy cerca de ella, ayudándola, aconsejándola, construyendo todo lo que hoy tiene, hasta que hace poco tiempo entendí por fin hasta dónde estaba dispuesta a llegar para conseguir lo que quiere, y entonces supe que ya no podía quedarme ni un día más allá arriba. Me fui a escondidas, salí del campamento en la cima cuando todos dormían, me bajé por la ladera más empinada y peligrosa, la que nadie usa por miedo a caerse, y caminé sin parar. Ella me dio esa cicatriz en la cara cuando se dio cuenta de que yo ya no estaba de su parte, justo antes de que lograra escaparme del todo.

Dante la levantó entonces con muchísimo cuidado entre sus brazos, como si pesara muy poco, casi nada, y entró de nuevo en la cabaña cerrando bien la puerta y corriendo el travesaño grueso de madera otra vez por dentro, antes de depositarla con infinita delicadeza sobre el colchón ancho de la cama grande de troncos que había en la habitación del fondo. Yo entré detrás muy despacio, agarrado siempre a la pared para no perder el equilibrio con el peso del vientre, y Mia me siguió pegada a la falda, sin quitarle los ojos de encima a la mujer desconocida pero con curiosidad más que miedo en la mirada. Encendimos entonces dos velas pequeñas de cera, colocadas muy lejos de las cortinas y bien protegidas para que su luz no se viera en absoluto desde fuera, y con esa claridad amarilla y suave pudimos ver bien el estado en el que llegaba: ropa hecha añicos, moretones por todas partes, los pies descalzos, cortados y llenos de espinas, la herida de la cara todavía abierta y una fiebre muy alta que le quemaba la piel y le hacía temblar todo el cuerpo sin parar.

Mientras Dante salió corriendo por agua caliente, paños limpios, hierbas que guardábamos para curar y todo lo necesario para limpiar y cerrar bien las heridas, Lucía levantó la mano muy despacio, con un esfuerzo enorme, y me señaló a mí con el dedo tembloroso, y luego bajó la mirada directo hacia la curva muy marcada y abultada de mi embarazo que se veía claramente bajo la ropa holgada. Sus ojos se llenaron al instante de lágrimas grandes y transparentes que rodaron muy lento por las mejillas sucias, y movió los labios varias veces sin lograr al principio sacar ninguna voz.

—Tú eres él —consiguió decir al fin, muy quedita—. Eres el omega del que hablaban sin parar allá arriba. Eres por quien todo esto está pasando. Y este pequeño que llevas dentro… es el motivo verdadero por el que tu madre no se rinde, Dante. No es el orgullo, ni el apellido, ni el poder, ni siquiera el hecho de que hayas desobedecido sus órdenes y te hayas alejado de todo lo que ella quería para ti. Es este niño. Tiene todo planeado desde hace muchísimo tiempo. Desde antes de que tú siquiera nacieras.

En ese momento volvió él con todo lo que traía en los brazos, se sentó en el borde del colchón y empezó a limpiarle la herida de la cara con muchísima paciencia y mucha suavidad, sin hacerle daño a propósito, y le pidió con voz muy seria y muy tranquila que explicara todo despacio, desde el principio, sin saltarse nada, sin importar lo largo o lo difícil que fuera contarlo. Lucía asintió, cerró los ojos unos segundos tomando aire con dificultad y luego empezó a hablar muy bajito, sin prisa, y cada palabra que salió de su boca fue helando la sangre poco a poco en las venas de los tres.

Contó que allá arriba, en la cima más alta y despejada de toda la sierra, desde donde la luz blanca brillaba cada noche vigilando todo el valle, había instalado Victoria un campamento pequeño pero muy bien equipado, con carpas resistentes, víveres para meses, instrumentos ópticos muy potentes con los que veían hasta el más mínimo detalle allá abajo, y seis hombres más además de ella, pagados muy bien para obedecer cualquier orden sin preguntar absolutamente nada. Dijo que llevaban ya casi tres semanas instaladas allí, día y noche, sin descanso, turnándose para vigilar, para anotar, para medir y para probar señales, como la del parpadeo de la luz, para ver si reaccionábamos y delatábamos nuestra posición exacta. Explicó que Victoria no tenía ninguna intención de bajar a la fuerza ni de atacar de golpe, porque lo que quería por encima de cualquier otra cosa era que el embarazo llegara a su fin sin problemas, sin riesgos ni sobresaltos que pudieran poner en peligro la salud del niño, y por eso solo se dedicaban a esperar, a desgastar, a vigilar y a cerrar poco a poco el cerco sin que nos diéramos cuenta del todo.

Y entonces dijo lo que más nos heló el corazón y nos dejó en silencio durante largo rato sin poder pronunciar ni una sola palabra: desde hacía generaciones, la familia Valente creía firmemente en una antigua historia, en una especie de pacto o destino que decía que el primer hijo varón nacido de un alfa de la línea directa y concebido de forma natural con un omega puro, tendría una fuerza y una capacidad de liderazgo superiores a las de cualquier otro miembro de la estirpe, y que quien tuviera la custodia y el control de ese niño desde el primer momento de su vida, tendría también el poder absoluto sobre todo el imperio y sobre toda la familia durante las próximas décadas. Victoria había pasado toda su vida esperando que ese nacimiento se diera, y cuando se enteró de que yo estaba esperando un hijo de Dante, su propio hijo, alfa legítimo y único heredero, entendió al instante que ese era el muchacho de la leyenda, y desde ese mismo día lo único que le importó en el mundo fue apoderarse de él en cuanto naciera, apartarlo de nosotros, criarlo a su manera y usarlo para mantener el poder el resto de sus días y más allá. No quería separar a Dante de mí por odio ni por rencor, ni por dinero, ni por apariencias: quería al bebé. Solo al bebé. Y estaba dispuesta a esperar los cuatro meses que faltaban, o el tiempo que fuera necesario, con tal de lograrlo.

—Me opuse —añadió Lucía con la voz rota de nuevo, mientras una lágrima más le recorría la mejilla sana—. Le dije que estaba loca, que eso no era más que una historia vieja, un cuento para asustar niños, que estaba haciendo daño a todo el mundo, a su propio hijo, a una familia inocente, por algo que no existía más que en su cabeza. Y por eso me hizo esto. Por eso quiso que me quedara callada para siempre. Pero logré salir. Y vine hasta aquí porque alguien tenía que decíroslo de verdad. Alguien tenía que avisaros de que no va a parar. De que por muy bien que se escondan, por muchas defensas que pongan, por mucho que aguanten cuatro meses o un año entero… ella nunca se va a ir sin ese niño.

Mia, que había permanecido calladita y muy seria todo el tiempo sentada en un rincón abrazada a su peluche, se levantó entonces caminando muy despacio hasta el borde de la cama, se paró en puntas de pie y le extendió a Lucía uno de los dibujos que había hecho días atrás, aquel donde aparecíamos los cuatro tomados fuerte de las manos bajo un sol enorme y dorado. La mujer tomó el papel con la mano que temblaba menos, lo miró bien de frente a todos los detalles y sonrió de verdad por primera vez desde que llegó, una sonrisa dulce, cansada y muy triste a la vez.

—Nadie —dijo muy bajito, mirando luego a cada uno de nosotros por turno a los ojos—, absolutamente nadie en ese campamento de allá arriba tiene nada remotamente parecido a esto. Ellos tienen dinero, tecnología, posición, fuerza y órdenes. Pero no tienen esto. Y eso, al final de todo, es lo único que realmente gana.

Pasó el resto de la noche en silencio. Dante terminó de curar todas sus heridas, le dio de beber agua con unas gotas de hierbas para bajarle la fiebre y para calmarle el dolor, y ella fue recuperando poco a poco el color y la fuerza, aunque seguía muy débil y apenas podía moverse sin cansarse al instante. Afuera, en lo más alto de la montaña, la luz blanca, fría e impasible siguió brillando inmóvil y puntual hasta que los primeros tonos grises del alba empezaron a clarear el cielo por el este, exactamente igual que todas las noches anteriores. Pero ahora, después de todo lo que habíamos escuchado, aquel punto luminoso allá lejos ya no era solo una vigilancia, ni una amenaza abstracta, ni un juego de paciencia: ahora sabíamos con total claridad qué es lo que realmente buscaban, qué es lo que estaba en juego y hasta dónde estaba dispuesta a llegar Victoria Valente para conseguirlo.

Antes de que por fin se durmiera profundamente vencida por el cansancio y el efecto de las plantas, Lucía agarró con mucha fuerza pero con mucha suavidad la muñeca de Dante, lo miró fijamente a los ojos negros y le susurró una última cosa, muy quedita, solo para él, aunque yo la alcancé a oír perfectamente desde donde estaba sentado cerca del fuego.

—Ella planea bajar la tercera noche después de la próxima luna llena. Esa es la fecha que tiene marcada. Creen que para entonces ya habréis bajado tanto la guardia por el cansancio, que no lo notaréis ni siquiera cuando estén pisando la misma puerta. Tienen todo calculado al detalle. No os confiéis. No por un solo instante.

Y con esas palabras flotando todavía en el aire tibio y cargado de olor a leña quemada y a medicina, se quedó dormida de golpe, profundamente, mientras afuera el sol empezaba a asomar muy poquito a poquito por detrás de la línea de las cumbres, tiñendo de rosa pálido y dorado todo el borde del cielo. Nos quedamos los tres mirándola en silencio, sabiendo que a partir de esa noche nada volvería a ser como antes, que ya no éramos solo tres escondiéndonos de una amenaza que no entendíamos del todo: ahora sabíamos exactamente contra qué luchábamos, sabíamos cuánto tiempo nos quedaba realmente para prepararnos del todo, y sabíamos también, por primera vez desde que empezó todo, que ya no estábamos solos frente a la luz de la cima.

FIN DEL CAPÍTULO 21

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Teresa Castillo
creo que ya son muchos capítulos de lo mismo no avanza el tiempo siempre dicen que faltan 4 meses completos y se supone que llevan varios días ahí ojalá y avance luego
nezhan: Hola Teresa! Gracias de verdad por tomarte el tiempo de escribir esto, me ayuda mucho a mejorar ❤️
Tienes completamente la razón: en esa parte de la historia el tiempo se siente estancado, porque necesitaba cerrar todos los cabos y subir la tensión antes de que estalle todo.
Pero te adelanto que ya viene el cambio GRANDE: en muy pocos capítulos pasan de "faltan 4 meses" a la batalla final, el nacimiento de los tres bebés y un salto de tiempo de un año entero.
Sigue un poquito más, que lo mejor está por llegar! 😊
total 1 replies
Teresa Castillo
maldita vieja no merece perdón 😡😡
Teresa Castillo
maldita bruja porque no deja ser feliz. a su hijo que se quede con todo su dinero que es lo que más le importa 😡
Teresa Castillo
que alguien los ayude no merecen ese sufrimiento
Teresa Castillo
maldita vieja porque no los deja tranquilos 😡😡
Teresa Castillo
que esa vieja los deje tranquilos no merecen sufrir siempre huyendo
Teresa Castillo
😡😡😡
Teresa Castillo
vieja desgraciada merece quedar sola por idiota
Teresa Castillo
nooo😡😡😡
Teresa Castillo
me encanta historia Dante es un amor con su Omega merecen toda la felicidad del mundo 🥰🥰🥰
Teresa Castillo
lloré de emoción Dante es tan tierno 🥰🥰
Teresa Castillo
espero todo sea felicidad de aquí en adelante 👏🥰
Teresa Castillo
ay me encanta Dante es tan tierno con el chico👏👏👏
Teresa Castillo
que hermoso 🥰🥰
Teresa Castillo
🥰🥰🥰
Teresa Castillo
por fin el reencuentro 🥰🥰
Teresa Castillo
que lo encuentren luego y su vida pueda ser feliz 🥰🥰
Teresa Castillo
me encanta la historia 👏👏
Teresa Castillo
comenzando está historia espero sea buena 🥰
Oly-chan
Me gusta 💖
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