Valeria es una abogada, cuya carrera va en ascenso. Pero, en la vida personal, ella es la esposa secreta del heredero Alcázar, Sebastian Alcázar.
Durante tres años, ella ha vivido en el anonimato, mientras que su esposo, Sebastian, se pasea con Lina, una amiga de la familia, con quien todos especulan tiene una relación amorosa.
Valeria, ante tanta indiferencia por largos años, decide que ya fue suficiente, así que le pide el divorcio a Sebastian, quien solo se lo toma como un berrinche de Valeria, sin imaginar, que es él mismo quien la empuja cada día mas, a que ella tenga una decision mas firme de dejarlo.
En medio de todo este proceso, Mateo Del Río, un compañero de la universidad, regresa a la vida de Valeria, y a diferencia de Sebastian, Mateo siempre esta cuando lo necesita, la apoya, le da comprensión, seguridad, y respeto.
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Capítulo 15
Capítulo 15
El silencio duró hasta la mañana siguiente.
No por Sebastián.
Por O.
O: Maestra, vi sus comentarios en los bocetos. ¿De verdad quiere cambiar el final de la escena?
Valeria: Sí. La protagonista no debe perdonarlo tan rápido.
O: Antes sí lo perdonaba.
Me quedé mirando esa línea.
Valeria: Antes era otra versión de ella.
O: Me gusta esta.
No supe por qué me dio vergüenza.
O y yo llevábamos años trabajando juntos. Él dibujaba mis novelas con una precisión que a veces me daba miedo. Entendía mis escenas incluso cuando yo las escribía mal. Sabía cuándo una protagonista mentía, cuándo un villano no debía gritar, cuándo un beso necesitaba esperar.
También mandaba flores cada cumpleaños.
Nunca preguntó por mi esposo.
Nunca se metió donde no lo llamaban.
Quizá por eso le contaba cosas que no le contaba a nadie.
Valeria: ¿Alguna vez una escena se te queda pegada todo el día?
O: Sí.
Valeria: ¿Qué haces?
O: La dibujo hasta que deja de molestar.
Valeria: Yo la escribo hasta que duele menos.
O tardó.
O: Entonces escriba, maestra.
En el despacho, Julia me encontró con la tarjeta de O abierta dentro de la agenda.
—Ese colaborador tuyo tiene letra de hombre enamorado.
—La letra no se enamora.
—Tú no has visto las notas que Alan me dejaba cuando quería que lo perdonara.
—Alan escribe como doctor con prisa.
—Pero con intención.
Le arrebaté la tarjeta.
—Trabaja.
Julia levantó las manos.
—Ya voy, ya voy. Pero un día me vas a decir quién es O.
Yo tampoco lo sabía.
No de verdad.
Sabía su voz por audios ocasionales, sus manos por fotos de procesos, su manera de usar stickers ridículos de gatos, sus silencios largos cuando algo le importaba. Nunca habíamos hecho videollamada. Nunca lo pedí. Él tampoco.
Era cómodo tener a alguien sin rostro.
Seguro.
Esa tarde, Diego Salcedo me pidió revisar unas pruebas en persona. Fui sola. El caso avanzaba bien, aunque cada visita a la Torre Alcázar era como caminar sobre vidrio.
Sebastián no apareció.
Lina sí.
Me la encontré en el lobby, con lentes oscuros y una bolsa de diseñador.
—Licenciada Herrera.
—Señorita Noriega.
Sonrió.
—Qué formal. Casi somos familia.
—No.
La sonrisa le tembló.
—Sebas está muy preocupado por ti.
—Qué bueno.
—Deberías contestarle. Su mamá también está alterada. Todo esto le hace daño a la familia.
—¿A cuál familia?
Lina bajó la voz.
—No quiero problemas contigo.
—Entonces no los busques.
Intentó parecer herida.
—Yo solo he querido ayudar. Sofi me necesita, Renata me considera una hija, y Sebas...
—Sebastián sabe hablar por sí mismo.
—A veces los hombres no saben cómo expresar lo que sienten.
—A veces sí saben y lo que expresan es suficiente para irse.
Me acerqué al elevador.
Lina habló a mi espalda.
—No creas que porque vive frente a ti te va a elegir.
Me detuve.
Volteé apenas.
—¿Quién?
—Mateo Del Río.
Ahí estaba.
La dulzura se le había caído un segundo.
—No todos los hombres ricos son como Sebastián —dijo—. Algunos son peores.
—Gracias por preocuparte.
Entré al elevador.
Cuando las puertas se cerraron, respiré.
Lina no estaba defendiendo a Sebastián.
Estaba midiendo a Mateo.
Y eso la delataba más que cualquier foto.
Al llegar al piso de Diego, me encerré en una sala vacía y le escribí a Julia.
Valeria: Lina acaba de advertirme sobre Mateo.
Julia: ¿Cómo que advertirte?
Valeria: Dijo que no todos los ricos son como Sebastián. Que algunos son peores.
Julia: Traducción: le preocupa que Del Río sí te pele.
Valeria: No digas eso.
Julia: Lo dije con elegancia.
Guardé el celular cuando Diego entró con una pila de documentos.
—¿Mal momento?
—No. Trabajo.
Trabajamos casi dos horas. Me concentré a la fuerza. Eso también era una forma de salvarme: recordar que mi vida no podía reducirse a un matrimonio mal administrado.
Al salir, el lobby estaba despejado.
Lina ya no estaba.
Pero en la puerta giratoria había dos fotógrafos.
No me apuntaron.
Todavía.
Esa palabra me incomodó.
Al llegar al despacho, Julia ya tenía el café listo.
—Tenemos que adelantarnos.
—¿A qué?
—A Lina. Si está mirando a Mateo, va a usarlo.
—No hay nada que usar.
Julia me miró.
—Vale, en redes no hace falta que exista algo. Basta con que parezca.
Esa advertencia me acompañó todo el día.
En la tarde revisé las notas viejas de Sebastián y Lina. Las fotos eran casi siempre iguales: él abriéndole puertas, ella sonriendo, un ángulo amable, un titular insinuante.
Nunca hubo una prueba contundente.
Tampoco hizo falta.
La ausencia de desmentido había hecho el trabajo.
Me vi a mí misma desde fuera: la esposa legal sin boda, sin anuncio, sin lugar en la mesa familiar.
Si Lina quería usar a Mateo para pintarme como culpable, el público no necesitaría mucho.
Solo una foto.
Un café.
Una mirada.
Cerré la computadora.
No podía controlar lo que inventaran.
Pero sí podía dejar de vivir como si cada mentira ajena tuviera más autoridad que mi verdad.
Esa noche desbloqueé a Sebastián solo para enviarle un correo:
Valeria: Si tu familia vuelve a usar mi nombre, responderé públicamente.
Lo bloqueé otra vez.
Sebastián leyó el correo en su oficina.
No pudo contestar por el bloqueo, y eso lo enfureció más de lo razonable.
Antes, si yo me molestaba, bastaba con aparecer. Bastaba con llamarme "mi Vale" en voz baja, con ponerme una mano en la cintura, con esperar a que mi rabia se cansara antes que mi amor.
Ahora había correo, límites, palabras legales.
Todo sonaba frío.
Todo sonaba a mí cuando trabajaba.
Y Sebastián no estaba acostumbrado a ser tratado como contraparte.
Llamó a Víctor.
—Averigua quién tomó las fotos del viernes.
—Sí, señor.
—Y quién está moviendo a los fotógrafos.
Víctor dudó.
—¿Sospecha de alguien?
Sebastián pensó en Lina.
No dijo su nombre.
—Averígualo.
Víctor salió con una sospecha que no quería tener.
Lina siempre era amable con él. Recordaba su cumpleaños, preguntaba por su novia, le llevaba café cuando iba a la oficina.
Pero la gente amable también podía usar guantes para no dejar huellas.
En el elevador, Víctor abrió su libreta de pendientes y escribió:
Fotos Jade / fotógrafo lobby / Lina.
Luego cerró la libreta.
No era traición a su jefe.
Era, por fin, hacer bien su trabajo.