Una historia sobre las cicatrices del pasado, las decisiones imposibles y la dolorosa lección de que, a veces, incluso el amor más intenso necesita ser Cuestión de tiempo.
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Capitulo 16 Distancia Intolerable
El silencio que se instaló en el pasillo tras colgarle la llamada a Liam era casi asfixiante. Me quedé estática en el umbral de la puerta, sintiendo cómo el corazón me golpeaba con fuerza el pecho, muerta de la vergüenza. Levanté la mirada lentamente hacia Oliver. Él seguía allí parado, con la carpeta de apuntes en la mano y una expresión que mezclaba la sorpresa con una profunda preocupación. Había escuchado los gritos celosos de Liam con total claridad.
Tragué saliva, intentando desesperadamente recuperar la compostura y borrar el rastro de vulnerabilidad de mi rostro.
—Oliver... yo... de verdad lo siento mucho —logré decir, con la voz un poco temblorosa—. Qué vergüenza que hayas tenido que presenciar este espectáculo tan bochornoso. Ese era un asunto de mi pasado que no sabe quedarse en su lugar y por mas que trate de olvidarlo, vuelve aparecer.
Oliver parpadeó y, en lugar de juzgarme o hacer preguntas incómodas, una sonrisa sumamente cálida y comprensiva se dibujó en sus labios. Con una caballerosidad típicamente británica que me desarmó por completo, le restó importancia al asunto dando un paso atrás.
—No tienes nada que lamentar, Zoe. Trabajo en el hospital y veo emergencias todos los días —dijo, con un tono suave y pausado que de inmediato me transmitió paz—. Y me queda bastante claro que ese chico del teléfono era una urgencia psiquiátrica que no sabe lo que es el respeto y no sabe como tratar a una mujer.
Una risita nerviosa se me escapó del pecho, rompiendo la densa capa de tensión que nos rodeaba. Agradecí internamente su madurez; otro hombre habría salido huyendo o se habría puesto a interrogarme.
—Aquí tienes tus apuntes —continuó, extendiéndome con cuidado la carpeta—. Descansa, Zoe. Mañana nos espera un día largo en el posgrado de neurocirugía, y no quiero que mi compañera de clases se duerma en las prácticas por culpa de fantasmas del pasado. Si necesitas algo, quieres salir a tomar unos tragos, recuerda que estoy a solo tres puertas de distancia.
—Muchas gracias, Oliver. Descansa tú también —le respondí de corazón.
Le sonreí y cerré la puerta lentamente. En cuanto el cerrojo hizo clic, dejé caer la espalda contra la madera y solté un largo suspiro, cerrando los ojos. Estaba agotada emocionalmente. Caminé a pasos lentos hacia la mesa de la sala para tomar mis textos de estudio y dar por terminada la noche, dispuesta a meterme en la cama.
Fue justo en ese instante cuando el teléfono sobre la mesa vibró con una intensidad que me hizo dar un brinco.
Mi pantalla se iluminó con la notificación de un mensaje de texto tradicional. El nombre de Liam parpadeaba en la parte superior. Sentí un vuelco en el estómago y, aunque una parte de mí me gritaba que lo ignorara, mis dedos actuaron por instinto y abrieron el texto.
«No me importa quién sea ese inglés, Zoe. No voy a dejar que me olvides. Eres mía».
Me quedé sin aliento. Una mezcla de rabia, con una profunda frustración, me recorrió el cuerpo. ¿Cómo era capaz de ser tan egoísta? ¿Con qué derecho me reclamaba y me llamaba "suya" cuando él había elegido casarse con otra mujer?. Definitivamente los hombres son cara duras, su actitud era intolerable, una cuerda invisible con la que pretendía seguir amarrándome a su vida desde el otro lado del océano Atlántico.
—No, Liam. Ya no más —dije para mí misma en medio de la soledad de mi apartamento.
Las lágrimas de impotencia amenazaron con salir, pero las contuve. Con una firmeza que no sabía que poseía, presioné sobre su contacto, deslicé el menú de opciones y, sin dudarlo un segundo más, seleccioné la opción de bloquear número.
Ver su nombre desaparecer de mi lista activa, fue como quitarme un peso de encima, aunque sabía en el fondo de mi alma que esto solo avivaría su desesperación. Miré por la ventana hacia las calles lluviosas de Londres, consciente de que la distancia ahora era total, definitiva e intolerable para ambos.
Me quedé contemplando mi reflejo en el cristal de la ventana, viendo cómo la lluvia de Londres se confundía con la penumbra de la habitación. No pensé que este cambio que mi vida tuvo en el último mes fuese tan difícil y agotador. Adaptarme a un nuevo país y a las exigencias de los estudios era solo la mitad de la batalla; la otra mitad era lidiar con la repentina desesperación de un Liam que, justo ahora que me tiene a miles de kilómetros, parece haber descubierto que me ama.
Cerré los ojos, sintiendo el vacío que me dejaba el silencio tras haberlo bloqueado. Estaba sola, intentando reconstruir un corazón que él mismo se había encargado de romper.