Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 11
Capítulo 11: La marca que no existe
Sierra Oscura los recibió con lluvia fría.
Mateo la olió antes de cruzar la última curva: piedra mojada, pino oscuro, acónito en las canaletas, miedo viejo metido en las paredes. Después de Valle Seco y Barranca Roja, el territorio de los Dark Howlers parecía menos una manada y más una boca.
Una boca que nunca dejaba de morder.
Los llevaron directo al Alpha's Hall.
Kaia caminaba delante de Mateo, cubierta de hollín y con el hombro rígido por el golpe del incendio. Mateo había intentado decirle que dejara que un healer revisara la herida. Ella lo miró como si hubiera sugerido bailar desnudos en el patio.
—Después —dijo.
En Sierra Oscura, después significaba quizá nunca.
Velasco esperaba en la plataforma.
No solo.
Gamma Salazar estaba a su derecha. Elder Ibarra a la izquierda. Elder Soria en la sombra de una columna, con una sonrisa pequeña. Zaira recostada contra la pared, disfrutando antes de saber qué estaba disfrutando.
Beta Cruz entró con la caja metálica bajo el brazo.
Mateo notó que no se la entregó a nadie.
Velasco también.
—Qué viaje tan productivo —dijo el Alpha—. Un traidor en Valle Seco, fuego en Barranca Roja y mi Enforcer vuelve con más preguntas que respuestas.
Kaia bajó la cabeza.
—Alpha.
El command todavía no había caído, pero su sombra estaba en la sala. Mateo sintió cómo los músculos de su espalda se preparaban para obedecer algo que no había sido dicho.
Velasco bajó la mirada hacia él.
—Rojas.
Mateo no respondió.
Salazar se movió apenas, advertencia silenciosa.
Mateo inclinó la cabeza lo justo.
—Alpha Velasco.
—Aprende.
—A veces.
El aire se tensó.
Kaia no se movió. Su scent sí: un filo de metal sobre laurel. Preocupación convertida en enojo para que nadie pudiera usarla.
Velasco sonrió.
—Dime, Kaia. ¿Qué es él?
El estómago de Mateo se cerró.
Kaia levantó la mirada.
—Mi Protector por su orden.
—No pregunté qué ordené. Pregunté qué es.
El command se deslizó bajo las palabras.
No con fuerza completa.
Todavía.
Kaia respiró una vez.
Mateo sintió el tirón en su propio pecho.
—Un cautivo de sangre útil —dijo ella.
Soria soltó una risa suave desde la columna.
—Qué fría.
Velasco no apartó los ojos de Kaia.
—¿Nada más?
El bond se tensó.
Mateo entendió.
La sala entera entendía algo, aunque no supiera nombrarlo. Todos habían olido lo suficiente: la reacción en el Hall, la forma en que Kaia se movía cuando alguien se acercaba a Mateo, el modo en que él no podía dejar de calcular las heridas de ella antes que las suyas.
Velasco quería la palabra.
Quería obligarla a decir mate o a negarlo.
Kaia eligió la navaja más limpia.
—Nada más, Alpha.
El golpe no fue físico.
Mateo lo sintió igual.
Una línea de frío desde el pecho hasta el estómago. No porque creyera que ella no lo sentía. Justamente porque sabía que sí. La negación raspó el bond recién nacido y lo dejó sangrando por dentro.
Su lobo gruñó.
*Mentira.*
Mateo bajó la mirada antes de que sus ojos dijeran demasiado.
Velasco pareció satisfecho.
—Bien. Entonces no te importará demostrar obediencia.
Kaia se quedó inmóvil.
—¿Su orden?
—Arrodíllate.
El command cayó sobre ella.
Mateo lo sintió en los huesos.
No iba dirigido a él, pero el bond lo tradujo como dolor. Kaia resistió un segundo. Solo uno. El suficiente para que todos vieran que había algo en ella capaz de empujar contra el Alpha.
Luego su rodilla tocó el suelo.
La sala respiró.
Mateo no.
Sus dedos se cerraron.
El acónito respondió en su sangre, recordándole que su rabia también tenía dueño.
Velasco bajó los escalones hasta quedar frente a Kaia.
—Mira qué fácil es cuando no hay sentimientos confundiendo la ley.
Kaia mantuvo la cabeza baja.
—Sí, Alpha.
Mateo sintió cada palabra como vidrio.
Soria lo miraba.
Zaira ya no sonreía.
Cruz sostenía la caja con demasiada fuerza.
Velasco levantó la mano y rozó la barbilla de Kaia con dos dedos, obligándola a alzar el rostro.
Mateo dio un paso.
El command no fue verbal.
Solo presión.
Sus rodillas casi cedieron.
Salazar habló bajo:
—No lo hagas.
Mateo no sabía si era amenaza o consejo.
Probablemente ambos.
Velasco soltó a Kaia.
—Llévalo a tus quarters. Mañana al amanecer hablaremos de Barranca Roja. Y Kaia...
Ella siguió de rodillas.
—Sí, Alpha.
—No vuelvas a confundirte.
El command se retiró.
Kaia se puso de pie con la misma precisión con la que mataba.
No miró a Mateo al pasar junto a él.
Eso también dolió.
En el pasillo, los guardias los siguieron solo hasta la mitad. Cuando quedaron solos frente a la puerta negra, Mateo habló.
—¿Nada más?
Kaia abrió la puerta.
—No empieces.
—Demasiado tarde.
Entraron. La puerta se cerró.
La habitación olía a lluvia vieja y metal.
Kaia se quitó la chaqueta con movimientos rígidos. La venda del hombro estaba manchada otra vez.
Mateo se quedó junto a la pared.
—Dilo aquí.
—No.
—Dijiste que no era nada.
—Dije lo que nos mantenía vivos.
—¿A ti o a mí?
Kaia giró.
—A ambos.
—Qué eficiente.
El comentario salió con más veneno del que quería.
Ella lo recibió sin parpadear.
—Si digo esa palabra en esa sala, Velasco no necesita cadenas. Nos tendrá por el cuello para siempre.
—Ya nos tiene.
—No del todo.
Mateo rió, bajo, incrédulo.
—Me ordenó arrodillarme desde kilómetros. Te hizo caer frente a todos. Me cortó el apellido de la boca. ¿Qué parte crees que todavía no tiene?
Kaia se acercó.
—La parte que no le damos.
El silencio cambió.
Mateo la miró.
—¿Y qué parte es esa?
Kaia bajó la vista a su propia mano vendada, la del corte del crest.
—El nombre.
Mateo entendió.
Mate.
No dicho.
No entregado.
No puesto sobre la mesa de Velasco para que lo convirtiera en arma.
Su rabia no desapareció.
Pero encontró un borde.
Kaia se sentó en la cama por primera vez como si estuviera cansada.
De verdad cansada.
—No soy buena explicando mientras alguien intenta arrancarme la voluntad desde la columna.
Mateo exhaló.
La distancia entre ellos seguía siendo una herida, pero ya no sangraba igual.
—Tu hombro.
—No.
—Kaia.
Ella cerró los ojos.
—Cinco minutos. Luego vuelves al suelo y fingimos que nos odiamos.
Mateo tomó el botiquín del escritorio.
—Yo no finjo tan bien.
Kaia abrió un ojo.
—Se nota.
Él se acercó.
No la tocó hasta que ella inclinó apenas la cabeza.
Permiso.
Pequeño.
Real.
Cuando retiró la venda, el olor de plata quemada llenó la habitación. Mateo sintió el eco bajo sus propias costillas, pero esta vez no se apartó.
No había marca de unión.
No había promesa.
No había nada que Velasco pudiera señalar.
Solo una herida abierta y dos lobos negando lo que el aire ya sabía.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás