Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 9
Cuando el doctor Emilian por fin apareció en la entrada de la sala, se detuvo en seco.
Parpadeó.
Miró a su alrededor.
Y por un momento, llegó a preguntarse si habría entrado a la sala equivocada.
Todo estaba diferente. Las ventanas abiertas dejaban entrar luz y aire fresco. Las sábanas, antes grisáceas y gastadas, ahora eran blancas y estaban limpias. El suelo, que solía tener manchas y polvo acumulado, brillaba ligeramente. Incluso el olor había cambiado: ya no era esa mezcla pesada de humedad y medicamentos viejos, sino algo más... vivible.
Pero lo que realmente lo dejó desconcertado fueron los pacientes.
Algunos que antes apenas podían incorporarse ahora estaban sentados en sus camas, conversando entre ellos. Una anciana que siempre permanecía con la mirada perdida estaba riendo bajito con su compañera de cama. Un hombre que la semana pasada apenas podía hablar ahora señalaba algo en la ventana con evidente animación.
Emilian frunció el ceño.
—¿Qué ha pasado aquí? —murmuró para sí mismo.
Su mirada recorrió la sala hasta que encontró una figura en el rincón más alejado. Una silla. Y en ella, Elara, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y los ojos cerrados. El cabello oscuro caía sobre su rostro y sus manos descansaban sobre el regazo con la suavidad de quien ha dejado de luchar contra el cansancio.
Emilian se acercó con pasos firmes. Estaba a punto de llamarla cuando una voz anciana y cascada lo detuvo.
—Déjela dormir, doctor.
El médico se giró. Uno de los ancianos lo miraba desde su cama con una expresión seria.
—¿Cómo dice?
—No ha descansado ni un segundo desde que llegó —dijo el anciano, señalando a Elara con un gesto de la barbilla—. Se ha pasado todo el día corriendo de una cama a otra, limpiando, curando, escuchando. Apenas se durmió hace un momento.
Otra paciente, una mujer de mediana edad, asintió desde su camilla.
—Hasta le hizo una cirugía a don Elías. Y todo sola.
Emilian parpadeó.
—¿Una cirugía?
Antes de que pudiera preguntar más, las tres cuidadoras se acercaron con rapidez, con los rostros iluminados por una mezcla de admiración y reproche.
—Doctor, ¿por qué no vino cuando ella lo mandó llamar? —preguntó la mujer de cabello gris con un tono que bordeaba la acusación.
Emilian la miró con el ceño fruncido.
—Estaba atendiendo a un paciente de emergencia. No pude venir antes.
Y además, pensó que sería alguna queja tonta de una noble malcriada. No imaginé que realmente necesitaría ayuda.
Las cuidadoras comenzaron a hablar al mismo tiempo, contándole todo lo que había pasado. Las ventanas abiertas. Las sábanas limpias. Los pacientes que ya no estaban hundidos en la desesperación. Y la cirugía.
—Hizo una incisión cerca de la costilla —explicó una—. Con sus propias manos.
—Yo le pasé el bisturí —dijo otra con orgullo.
—Parecía una profesional, doctor. Como si hubiera hecho eso toda la vida.
Emilian las escuchó en silencio. Su rostro permanecía impasible, pero por dentro, algo comenzó a removerse.
Se volvió hacia el rincón.
Elara estaba despertando. Los murmullos y el movimiento la habían sacado de su sueño ligero. Parpadeó varias veces, y cuando sus ojos se enfocaron, se encontró con la figura alta de Emilian Hawthorne parado frente a ella, con los brazos cruzados y una expresión que no prometía nada bueno.
—Recuerdo haberte pedido que no te extralimitaras, ¿no? —dijo él, con la voz fría y cortante.
Elara abrió los ojos por completo. Se incorporó en la silla y se frotó la cara para despertarse del todo.
—Doctor Hawthorne...
—¿Qué fue lo que hiciste?
Ella tragó saliva. Pero en lugar de disculparse o titubear, se puso de pie, enderezó la espalda y lo miró directamente a los ojos.
—Sígame. Le mostraré.
Emilian levantó una ceja, pero la siguió.
Caminaron entre las camas hasta llegar a la del hombre operado. El paciente, don Elías, estaba despierto y sonriente. Cuando vio acercarse a Elara, su rostro se iluminó.
—Señorita Elara —dijo con voz débil pero agradecida.
Emilian se detuvo junto a la camilla y observó.
El hematoma había desaparecido. La piel alrededor de la herida ya no tenía ese tono rojizo y amenazante que indicaba infección. La incisión estaba limpia, bien cerrada, con puntos precisos que hablaban de una mano firme y experimentada.
Emilian se inclinó ligeramente para examinarla mejor. No podía negar lo que veían sus ojos.
Elara comenzó a explicar, con calma y sin titubeos.
—El paciente presentaba un hematoma grave con signos de infección. La zona estaba inflamada y caliente al tacto, y la fiebre que tenía indicaba que el cuerpo no estaba logrando combatirlo por sí solo. Si no actuábamos, la infección podía extenderse al torrente sanguíneo y poner en riesgo su vida.
Hizo una pausa breve.
—Procedí a limpiar la zona, drenar el pus acumulado y retirar el tejido necrótico. Eso evitó que la infección avanzara. Luego cerré la herida con puntos y le administré un analgésico suave para que pudiera descansar.
Emilian la miró.
—¿Retirar tejido necrótico?
—Sí —respondió ella sin inmutarse—. Un desbridamiento.
El médico guardó silencio durante unos segundos. Sus ojos oscuros la evaluaban sin piedad, buscando algún fallo, alguna contradicción. Pero Elara sostenía su mirada con una tranquilidad que no era fingida.
—¿Qué médico te ayudó? —preguntó finalmente.
—Ninguno.
Emilian alzó una ceja.
—¿Ninguno?
—Ah, no —dijo Elara, y por primera vez apareció una ligera sonrisa en sus labios, irónica y cansada—. Ningún médico. Solo yo, las cuidadoras y un bisturí que la señora de cabello gris me pasó con manos temblorosas.
El silencio se alargó.
—¿Lo hiciste tú sola? —preguntó Emilian, y en su voz había algo que no terminaba de encajar. No era desprecio. Era incredulidad.
—Así es.
Emilian soltó una risa seca, corta, como si acabara de escuchar una broma de mal gusto.
—¿Y piensas que creeré eso?
Elara frunció el ceño. Iba a responder, pero una voz desde la cama la interrumpió.
—Doctor —dijo don Elías con firmeza—. La señorita Elara me realizó esta cirugía ella sola. Estuve despierto durante todo el procedimiento. Bueno, lo estuve hasta que me durmió. Pero vi lo que hizo. Debería creerle un poco.
Emilian no respondió. Se quedó mirando al paciente durante un largo instante, y luego volvió a posar sus ojos sobre Elara.
—Ven.
No esperó respuesta. Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida de la sala. Elara lo siguió sin preguntar, ajustando su vestido con prisas mientras intentaba despejar la cabeza.
Llegaron a otra sección del hospital, una sala más pequeña y tranquila. Allí, en una camilla, descansaba una mujer mayor con una bolsa de suero colgando junto a su cama. Tenía los ojos entrecerrados y respiraba con dificultad.
Emilian tomó un formulario de la mesa y se lo entregó a Elara.
—Sabes cuál es la enfermedad de esta paciente.
No era una pregunta. Era una orden.
Elara tomó el papel y lo leyó. Los síntomas estaban anotados con letra apretada: fiebre intermitente, dolor articular, manchas rojizas en la piel, fatiga extrema, pérdida de apetito.
Levantó la vista y respondió sin titubear.
—Fiebre reumática.
Emilian la observó fijamente.
—¿Por qué crees que es eso?
—Por los síntomas —respondió ella con calma—. Las manchas en la piel, el dolor en las articulaciones, la fiebre que aparece y desaparece. Podría confundirse con una infección común, pero la combinación de estos signos apunta a una reacción inflamatoria que afecta al corazón y a las articulaciones. No es una simple gripe, ni una intoxicación.
Emilian entrecerró los ojos.
—¿Y qué la hace estar tan segura?
Elara negó con la cabeza.
—No podría estar segura sin más pruebas. Pero si tuviera que apostar, diría que esto no es una enfermedad nueva. Es una que lleva tiempo desarrollándose y que no ha sido tratada correctamente.
luego de eso la llevo a revisar otros pacientes.
El médico guardó silencio. Sus ojos no se apartaban de ella, como si estuviera intentando leer algo en su rostro que no terminaba de encontrar.
Elara lo miró de vuelta.
—¿Doctor?
Emilian soltó un largo suspiro. Fue un sonido cansado, casi derrotado.
—Puedes regresar.
Ella asintió y se giró para irse, pero antes de salir, añadió:
—Si señor.
Y desapareció por el pasillo.
Emilian se quedó donde estaba, solo, con el formulario en la mano y la mirada perdida en la puerta por donde había salido. Aquella joven lo había dejado sin palabras. Y no era algo que ocurriera a menudo.
A lo largo del día, la había hecho examinar a varios pacientes con casos difíciles. Había querido ponerla a prueba, ver hasta dónde llegaba su conocimiento, encontrar el punto donde su fachada se resquebrajaría.
No encontró ninguno.
Acertó a todos.
Como una veterana.
Como alguien que llevaba años haciendo aquello.
Emilian dejó el formulario sobre la mesa y pasó una mano por su cabello oscuro, despeinándolo aún más.
—Interesante —murmuró en voz baja—. Quién es esa chica...
Porque saber tanto sin haber pisado una academia era prácticamente imposible.
Y sin embargo, allí estaba ella.
Cansada, con el cabello hecho un desastre, el vestido manchado y una actitud que no parecía encajar con ninguna noble que él hubiera conocido.
Una prodigio, quizás.
O algo más.
...⁜...
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que alguien me explique 🤔🤔🤔