La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
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CAPÍTULO 15: LA SOMBRA Y EL ACERO
El frío de la madrugada en las inmediaciones del Punto Cero no era solo una cuestión de temperatura; era una vibración que se colaba entre las costuras del uniforme. Elías Vane se encontraba acuclillado tras el chasis oxidado de un camión de transporte militar. Por primera vez en semanas, no sentía ese relámpago de dolor eléctrico en el costado al inhalar. Sus costillas, gracias al reposo forzado y a los ungüentos de Elena, habían dejado de ser su cárcel para volver a ser su armadura.
Hizo un movimiento de rotación con el cuello, escuchando el crujido satisfactorio de sus vértebras. Sus músculos, aunque algo más delgados por la fiebre, recuperaban esa tensión de cuerda de piano que lo caracterizaba.
Deslizó su mano derecha hacia la funda de su muslo y extrajo el cuchillo táctico. El acero pavonado en negro no reflejaba la luz violeta de la ciudad; era una ausencia de luz, igual que él.
—Estás recuperando el ritmo, maestro
—susurró Jake a su espalda.
El chico estaba en una posición idéntica, a unos metros de distancia, cubriendo el flanco izquierdo. Jake ya no miraba las ruinas con asombro o miedo; sus ojos escaneaban el entorno buscando "ventanas de disparo" y "zonas de cobertura". El cuchillo de Marco estaba desenvainado en su mano, una extensión natural de su brazo.
—El cuerpo tiene memoria, Jake
—respondió Elías en un susurro que apenas llegaba a los oídos de su alumno
— El dolor es un distractor, pero el instinto... el instinto nunca duerme. Guarda ese fusil. En esta zona, un disparo es una invitación para que cada Hijo de la Resonancia en tres kilómetros venga a desayunar.
Elena, que observaba desde lo alto de una valla publicitaria derruida, bajó mediante un rápel silencioso. Su rostro estaba tenso bajo la máscara.
—No son solo zombies, Elías
—dijo ella, señalando hacia la entrada principal del complejo de laboratorios
—He visto destellos de lentes ópticos. Hay centinelas en las azoteas del Bloque B. Usan patrones de escaneo de Aegis, pero sus uniformes no tienen insignias.
Elías entornó los ojos. La mención de patrullas humanas con tácticas de la Ciudadela le revolvió el estómago más que cualquier mutación del hongo. Si había humanos allí, eran traidores. Estaban buscando lo mismo que Alexia, pero por razones que seguramente incluían el poder o el mercado negro de armas biológicas.
—Facción rebelde
—masculló Elías
— Aprovecharon que nosotros limpiamos el camino para adelantarse. Creen que el Punto Cero es un botín, no una cura.
Elías guardó su pistola en la funda de seguridad y ajustó sus guantes. Miró a Jake y, por primera vez en mucho tiempo, le dedicó un asentimiento de respeto profesional, no solo de instrucción.
—Jake, entraremos por el sector de carga.
Elena, quédate en el perímetro; si ves que se encienden las luces de emergencia, ya sabes qué hacer. Nosotros vamos a limpiar el camino desde las sombras. Nada de pólvora a menos que el acero falle.
Avanzaron como dos fantasmas a través del cementerio de vehículos que rodeaba el laboratorio. Elías lideraba, moviéndose con una fluidez que parecía desafiar la gravedad. Cada paso era medido: evitaba los cristales rotos, las hojas secas y las zonas donde el micelio era demasiado denso y podía emitir una vibración de alerta.
Llegaron a la base del Bloque B. Un centinela humano, equipado con un rifle de percusión moderno y visión nocturna, patrullaba la pasarela metálica. El hombre estaba relajado, confiado en que nadie cruzaría el infierno de San Francisco para llegar allí.
—Ese es mío
—transmitió Elías por señas manuales.
Se deslizó por una tubería de desagüe con la agilidad de un gato. Sus dedos se aferraron al borde de la pasarela sin hacer ruido. Esperó a que el centinela se diera la vuelta para encender un cigarrillo.
En ese breve instante de distracción humana, Elías saltó sobre la barandilla.
No hubo grito. Elías rodeó el cuello del hombre con su brazo izquierdo mientras su mano derecha hundía el cuchillo en la base del cráneo, justo donde termina la columna. Un movimiento seco, preciso, clínico. El cuerpo del rebelde quedó flácido de inmediato. Elías lo acompañó hasta el suelo para que el equipo táctico no tintineara contra el metal.
Registró el uniforme del caído. No había nombres, solo un tatuaje en la muñeca: un círculo tachado.
—Son del "Círculo de la Ceniza"
—susurró Elías por el intercomunicador
— Renegados de la tercera expedición. Creíamos que estaban muertos.
—Si ellos están aquí, el laboratorio ya no es un lugar seguro para Alexia
—respondió Jake, que acababa de neutralizar a otro guardia en el nivel inferior usando una maniobra de sumisión que Elías le había enseñado semanas atrás.
Se adentraron en el vestíbulo del laboratorio. El ambiente era claustrofóbico. Las luces de emergencia parpadeaban con un rojo mortecino, iluminando las paredes donde el hongo y el hormigón se habían fusionado en una arquitectura de pesadilla.
Elías sentía que sus sentidos estaban al máximo. Podía oler el sudor de los mercenarios a través de los conductos de aire y el rancio aroma de los infectados de Fase 5 que rascaban las paredes en los niveles inferiores. Su recuperación era total; la adrenalina había terminado de soldar lo que quedaba de sus costillas.
—Maestro, tres contactos a las doce
—advirtió Jake, fundiéndose con una columna.
Tres hombres avanzaban por el pasillo central, moviendo cajas de suministros médicos.
Estaban armados, pero distraídos por la carga. Elías le hizo una seña a Jake. "Izquierda y centro, yo voy por el de la derecha".
Fue una ejecución perfecta. Jake se movió como una sombra, apareciendo detrás de los dos primeros. Antes de que pudieran reaccionar, el cuchillo de Marco ya había hecho su trabajo en el primero, mientras que su bota impactaba en la rodilla del segundo para derribarlo y silenciarlo con un golpe seco.
Elías, por su parte, se lanzó desde una cobertura elevada. Cayó sobre el tercer hombre como un depredador. No usó el cuchillo de inmediato; usó su fuerza recuperada para estampar la cabeza del rebelde contra la pared y, antes de que el cuerpo tocara el suelo, lo desarmó y lo sujetó por el cuello.
—Dime qué buscáis aquí
—siseó Elías, apretando el pulgar contra la carótida del mercenario.
El hombre intentó hablar, pero solo salió un gorgoteo. Elías aflojó la presión lo justo para dejarlo respirar.
—La... la cepa...
—jadeó el rebelde
— Quieren la muestra original para... para negociar con el Mercado Negro. Dicen que Alexia es una ilusa... que el mundo ya pertenece al hongo y que solo los fuertes...
Elías no dejó que terminara. No por crueldad, sino por pragmatismo. No podían dejar testigos ni prisioneros que alertaran al resto de la facción. Un movimiento rápido de muñeca y el silencio volvió al vestíbulo.
Llegaron a la puerta blindada del archivo central. Allí, Elías se detuvo frente a una consola de cristal que todavía emitía un zumbido eléctrico.
En la pantalla, una imagen holográfica de baja resolución de Alexia aparecía como un protector de pantalla del sistema de Aegis.
Elías se quedó mirando la imagen. Por un segundo, su fachada de guerrero de acero se agrietó. Ver su rostro, aunque fuera en una grabación digital de hace años, le recordó por qué seguía respirando. El amor por ella era lo único que no se había podrido en ese mundo.
—Ella cuenta con nosotros, Elías
—dijo Jake, poniendo una mano en el hombro de su maestro. El chico ya no era el que necesitaba consuelo; ahora era él quien sostenía la moral del grupo
—No dejaremos que estos buitres se lleven lo que ella necesita para salvarnos.
Elías asintió, recuperando su compostura.
—Tienes razón, Jake. Pero recuerda lo que vimos en la plaza. La Red sabe lo que sentimos. Estos rebeldes son peligrosos, pero lo que hay dentro de ese archivo es lo que realmente debería darnos miedo. La Fase 5 no es el final de la mutación. Es solo el principio.
Se prepararon para abrir la puerta. Elías sacó su cuchillo una vez más, sintiendo el peso del acero en su mano. Estaba recuperado, estaba listo y, junto a Jake, se disponía a entrar en el corazón de la pesadilla por la que Alexia tanto había luchado.
—Si esto sale mal, Jake...
—empezó Elías.
—No saldrá mal, maestro. Tenemos el plomo, tenemos el acero y nos tenemos el uno al otro..