Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 22
Las hileras de estantes metálicos están repletas de cajas de cartón y expedientes viejos. El fiscal Diviana trabaja solo bajo la parpadeante luz de un tubo de neón. Tiene la corbata floja y las mangas de la camisa arremangadas, revisando minuciosamente los registros históricos de los fraudes de la naviera.
—La clave está en el año de la fundación… —murmura Diviana para sí mismo, anotando en una hoja.
Un crujido resuena al final del pasillo de los archivos. El fiscal levanta la mirada, pero el parpadeo del neón lo deja a oscuras por un segundo. Cuando la luz regresa, la Mujer del Velo Negro y su cómplice ya están parados a menos de un metro de su escritorio.
Diviana intenta gritar y estira la mano hacia el teléfono, pero el cómplice es más rápido. Lo toma por los hombros y lo azota brutalmente contra la mesa de madera, rompiéndole los lentes. La Mujer del Velo Negro saca un enorme mazo de hierro fundido que llevaba oculto bajo su lúgubre ropaje. En un acto brutal e inesperado para todos, descarga el golpe directamente sobre la cabeza del fiscal, silenciándolo al instante en medio de un charco de tinta y sangre.
Con una frialdad espeluznante, la mujer toma un alfiler grueso y clava una nota de papel directamente en la frente del cadáver, dejando su firma gótica:
¿Eres la biblia de mi condena?
Tres patrullas de la policía entran a toda velocidad al patio de la mansión, frenando de golpe y levantando polvo. Las puertas se abren y varios policías fuertemente armados se bajan, tomando posiciones en las entradas.
La detective Samtina baja del primer auto con el rostro endurecido y las esposas en la mano. Sube los escalones del porche y patea la puerta principal de la mansión, entrando con la furia contenida por la muerte de su padre.
—¡Rubí! ¡Sal de donde estés! —grita Samtina, con el arma desenfundada—. ¡Se acabó el juego de la viuda desamparada!
Rubí baja las escaleras despacio, vistiendo un elegante traje gris. Alejandro sale detrás de ella, intentando interponerse, pero dos policías lo apuntan de inmediato.
—¡¿Qué significa este atropello, Samtina?! —reclama Alejandro con rabia.
—Significa que tu esposita va presa —responde Samtina, agarrando a Rubí por prevenida, girándola bruscamente para colocarle las esposas de acero en las muñecas—. Tengo la orden de detención firmada. Te vas detenida por ser la principal sospechosa de la masacre de este pueblo, Rubí. Vamos a ver si tras los barrotes sigues sonriendo.
Rubí no se resiste; mira a Samtina fijamente con una calma gélida mientras los policías se la llevan a la fuerza hacia la patrulla.
Alejandro camina de un lado a otro en la biblioteca, desesperado por el arresto de Rubí. De pronto, la puerta se abre sin que los escoltas avisen. Entra Carmona, vistiendo una chaqueta oscura, con una expresión seria. Después de haber hablado con Beatriz en el restaurante de Barinas, decidió hacer esta visita inesperada.
—¿Qué haces aquí, Carmona? No estoy de humor para recibir a nadie —dice Alejandro de mala gana.
—Vengo a hablar de negocios y de muertes, Alejandro —responde Carmona, cerrando la puerta detrás de él—. Tu tía Beatriz abrió los libros contables de la naviera. Henrique no estaba robando solo. Alguien de esta casa firmaba los desvíos con él, y ese documento que tú tienes bien guardado es lo único que falta para demostrar quién es la verdadera cabeza de todo. Si no te mueves rápido, la mujer del velo te va a enterrar a ti también.
El jefe de la comandancia, Roberto Perdomo, camina por el pasillo central revisando unos mapas operativos. Se acerca al calabozo donde tienen a Rubí, pero nota que todos los oficiales lo miran con un silencio sepulcral.
Un sargento se le acerca con las manos temblorosas, entregándole un radiograma de última hora. Roberto Perdomo fue el último en enterarse de la muerte del fiscal Diviana, ya que se encontraba incomunicado en una inspección de carretera. Al leer el papel, el rostro del jefe policial se deforma en una mueca de absoluta frustración y rabia.
—¡Maldita sea! —grita Perdomo, golpeando la pared de concreto—. ¡Nos mataron al fiscal en nuestra propia oficina! ¡Esa mujer del velo se está burlando de mi uniforme! ¡Aumenten la seguridad en la celda de Rubí, ya no confío ni en mi propia sombra!
Mar aprovecha que Elena no se encontraba en su habitación ni en la mansión tras el escándalo del arresto de Rubí. Con pasos de gato, Mar entra al cuarto oscuro de Elena, encendiendo una pequeña linterna de mano. Comienza a registrar febrilmente las gavetas de la peinadora y el joyero, buscando alguna prueba de los fondos robados de la naviera.
—Tiene que estar aquí… la pista de Barinas tiene que estar aquí —murmura Mar para sí misma.
De pronto, una mano enguantada se apoya firmemente sobre su hombro, haciendo que se le congele el corazón. Al voltear bruscamente la luz de la linterna, el haz ilumina el rostro frío de Rodolfo, quien la interrumpe en la penumbra con una sonrisa gélida.
—Buscando en el nido de la víbora, ¿eh, Mar? —susurra Rodolfo, bloqueándole el paso con su imponente figura—. Cuidado… el que busca lo que no se le ha perdido en este cuarto, termina encontrando su propio entierro.