nada es para siempre
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18
La plática a medias por culpa del volumen ensordecedor de la música fluía de una manera extrañamente cómoda entre los dos. Estaban pasándola realmente bien, dejándose llevar por el vaivén de la multitud y la complicidad que había nacido entre ellos. Azul comenzaba a relajarse, olvidando por un momento su habitual seriedad, mientras que Dmitriy se sentía más vivo que nunca, ignorando por completo el reloj. No sabían cuánto tiempo había pasado ni cuántas canciones habían bailado ya en esa pista iluminada por destellos neón, hasta que la burbuja se rompió de forma abrupta.
Un sujeto de gran constitución, visiblemente intoxicado y con la mirada perdida, se interpuso entre ellos a trompicones. Miró a Dmitriy con hostilidad y arrastró las palabras con dificultad.
—Quiero a tu chica, mastodonte —soltó el hombre, apuntando a Azul con un dedo tembloroso y una sonrisa retorcida.
Dmitriy no se inmutó. Su rostro, que un segundo antes sonreía, se transformó instantáneamente en la máscara fría del heredero ruso. Midió al tipo con una sola mirada gélida.
—Amigo, estás muy borracho. Pierdete —respondió Dmitriy, usando un español firme pero con ese marcado acento que le daba un aire aún más amenazante.
—¿Quieres ver que no? —retó el individuo, perdiendo los estribos ante la indiferencia del extranjero.
Sin previo aviso, el sujeto lanzó un intento de derechazo directo al rostro del rubio. Para sorpresa de los pocos que alcanzaron a ver la escena entre la multitud, el golpe impactó de lleno en la mandíbula de Dmitriy. El sonido del impacto fue seco, pero el resultado fue nulo: el puñetazo no movió ni un solo milímetro al imponente ruso, quien solo giró levemente la cabeza y volvió a clavar sus ojos azules en el agresor, completamente intacto gracias a su sólida complexión.
Azul, asustada por la violencia pero manteniendo el control, puso una mano en el pecho de Dmitriy al notar que los puños de este se cerraban con fuerza.
—Tranquilo, déjalo... Está borracho, no vale la pena —le pidió Azul en voz alta, intentando evitar que el ruso terminara en una delegación.
El sujeto, al ver que su mejor golpe no le había hecho ni cosquillas al gigante, se sintió humillado y recurrió al peor de los insultos, escupiendo las palabras con rabia hacia la joven.
—Ah... Eres una perra que necesita que su zorra lo defienda —bramó el tipo, perdiendo los pocos modales que le quedaban.
Dmitriy dio un paso al frente, la paciencia se le había agotado por completo. Nadie insultaba a la mujer que le había devuelto la vida .
—Amigo, en serio, no hagas el ridículo y lárgate de aquí antes de que sea tarde —advirtió el ruso, con una voz tan baja y peligrosa que cortó el aire .
Pero no fue el heredero quien reaccionó primero al insulto. Las palabras calaron hondo en el orgullo de la mexicana.
—¿A quién le dijiste zorra, idiota? —soltó Azul, con los ojos encendidos en pura furia.
Y ahí fue donde todo se fue directamente a la mierda.
Antes de que Dmitriy pudiera interponerse para protegerla, Azul canalizó toda la fuerza de su cuerpo en su brazo derecho. Con una velocidad impresionante, impactó su pequeño pero firme puño directamente sobre el rostro del tipo, dándole un golpe limpio en la nariz que lo hizo tambalearse hacia atrás, esparciendo el pánico entre los que bailaban alrededor.
Mientras tanto, en el piso de arriba, el jefe de seguridad que Taras había dejado a cargo miraba la escena desde el barandal con una mano en la frente, completamente resignado. Su jefe, Taras, tenía ya como veinte minutos de haberse ido , muy seguro de que todo estaría bajo control. Y ahora resultaba que su primo , se acababa de meter en una monumental pelea de antro por culpa del temperamento de una mesera. La seguridad del club ya corría hacia la pista, y la noche estaba a punto de volverse verdaderamente caótica para Dmitriy y Azul.