Lelia sale del convento para asistir a la boda de su hermana, estaba feliz al saber que se casaba por amor, pero nunca se imagino que su vida iba a cambiar.
Su destino la iba a llevar por un camino muy diferente al que pensó y le iba a poner pruebas muy duras.
¿Podrá Lelia superar todo lo que le prepara el destino?
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CAPÍTULO 24
Apolo estaba por llegar a la puerta para salir del despacho cuando la mira entrar; ella caminaba viendo su vestido, jalando algunas partes para acomodarlo, subiendo la parte del cuello, acomodando sus mangas y diciendo.
—Apolo, ya estoy lista, pero creo que este vestido es algo atrevido, como que no me queda bien; pienso que debería usar otro. -
Apolo se le quedó mirando; para él era lo más hermoso que había visto. Muchas veces había visto a Aelia con la mejor ropa, con las mejores joyas y, si se miraba hermosa, seductora, siempre su belleza se imponía a donde llegaba y más esas miradas de seduciendo, pero en Lelia era algo diferente.
No era nada sensual, no caminaba como si estuviera, seduciendo no miraba como si invitara a conocerla, ni siquiera hablaba con ese toque coqueto.
Lo que Apolo mira en ella era una inocencia, unas ganas de protegerla, de cuidarla para que nadie la lastimara y consentirla para verla feliz.
Se acerca a ella y sujeta sus manos al mismo tiempo que le dice.
—Deja tus manos tranquilas, ese vestido te queda perfecto y hoy vas a ser la dama más noble entre las nobles del palacio. -
Lelia le sonríe con timidez y esa sonrisa lo volvió loco; le gustaba tanto ver su inocencia, su dulzura, que no pudo evitar dejar un beso en su frente.
Después abre el pequeño baúl y saca el hermoso collar; tenía rubí en toda la cadena, con pequeños diamantes que formaban hojas y el dije era un gran rubí en forma de gota.
Se lo pone en el cuello y los aretes que eran rubí se los pone en sus oídos.
Al terminar, la mira de pies a cabeza y la hace girar para verla mejor; se miraba hermosa, perfecta y ese porte de noble que tenía la hacía ver aún más especial.
En ese momento que la mira a los ojos, le dijo.
—Te miras perfecta. -
Lelia no dejaba de ver sus ojos, su corazón no dejaba de latir, de sentirse especial, y esa simple palabra que le dijo fue algo que la hizo poner una gran sonrisa de lo feliz que se sentía.
Hubieran terminado en un beso, pero Apolo se recordaba que ella aún seguía lastimada de sus labios y, resignado, la toma del brazo para ir a esa dichosa fiesta a la que no deseaba llevarla por miedo a que la lastimaran.
Subieron al carruaje y Lelia se la pasó viendo el camino; al estar cerca del palacio, lo escuchó decir.
—No estés nerviosa, estaré a tu lado y te protegeré, no dejaré que nadie te lastime. -
Lelia voltea a verlo y le sonríe al momento de mover su cabeza en un sillón; aunque ella no estaba nerviosa, se sentía tranquila y estaba disfrutando del camino, pero al ver que él estaba siendo atento y que trataba de cuidarla, prefirió quedarse callada, hacer como que la confortaba.
Al llegar al palacio, Apolo la ayudó a bajar del carruaje; para los que vieron, fue una escena romántica y fue como ver la perfección en una pareja.
Entraron al palacio juntos; ella sujetaba su brazo y él daba cada paso con orgullo. Se sentía el hombre más envidiado.
Fueron directo a mostrar el respeto al emperador y a su reina.
Lelia, al inclinarse, lo hizo con una elegancia que dio pie a que todos comentaran y también causó envidias entre las mujeres nobles que la miraban.
Su entrada fue todo un espectáculo; hasta la reina se sintió curiosa.
Apolo se dio cuenta de que la reina no dejaba de verla y, para atraer su atención, hace entrar el gran regalo que le trajo.
Era un collar de oro, con la esmeralda más grande que se había visto en el reino, una joya exagerada y, como siempre, él conseguía el mejor regalo de todos.
La reina, al ver la gran joya, se para para tomarla en sus manos; estaba emocionada, pero después de un momento voltea a verlo y le dice.
—Es una gran joya, pero creo que la que tienes a tu lado es mucho mejor; pienso que deberías dejarla en mi palacio. -
Apolo odió el comentario porque sabía que se refería a su esposa; se fuerza a sonreír seductoramente al momento de decirle.
—Su Majestad, tiene muy buena vista para detectar las mejores joyas del reino, pero tendrá que disculparme; esta joya solo puede estar en mi villa, es solo para que me atienda a mí. -
La reina se empezó a reír y regresó al lado del emperador; después de eso, Apolo y Lelia hicieron la reverencia para retirarse.
Los dos se acercaron a la enorme mesa que estaba con copas de vino, algunos postres y comida.
Lelia mira a cada plato y desea probar de todo, pero recordaba las enseñanzas de una mujer que estuvo en el convento.
Esa mujer era de las familias nobles, de las que se la pasan en el palacio, que había sido llevada al convento porque quedó embarazada sin estar casada.
Su padre solo ocultaba su vergüenza y Lelia le hacía compañía, hablaba con ella; le gustaba escuchar sus historias en el palacio y un comentario que repetía mucho era que lo mejor de una dama noble en esas fiestas era no comer.
Cuidar los buenos comportamientos, siempre tener las manos desocupadas y cuidar su ropa para que no se ensucie con nada.
Se sintió algo triste al no poder probar nada de lo que había en esa mesa; resignada, se gira para dejar ver.
Apolo, que no dejaba de observarla, toma una uva y estaba por darle en la boca cuando la escucha decir.
—¿Qué haces? Esto es inapropiado. -
Apolo se agacha un poco y le susurra al oído.
—No importa, solo cómela; los que nos miren solo podrán sentir envidia de ti, por mis atenciones. -
Lelia en momentos como ese no entendía realmente quién era Apolo, en ocasiones rompiendo las reglas por ella y en otros exigiendo que fuera la mujer más educada del mundo, siguiendo normas.
Abre un poco su boca para aceptar esa uva; fue un momento que pasó lentamente para ellos.
Apolo, mientras miraba comer esa uva, lame sus labios deseando compartirla y terminar en un beso.
Los dos se sentían unidos y deseaban que ese momento no terminara, pero estando en una fiesta, no faltó quien los interrumpiera.
Un marqués se acercó a él y pidió un momento para hablar; lo llevó a donde estaban otros caballeros que deseaban hablar sobre el problema que estaba pasando en el Ducado de los Gens.
Lelia se quedó sola viendo el gran salón; estaba mirando lo hermoso que era el lugar y ahí fue donde entendió lo que esa mujer en el convento le contó.
Aunque no tardó mucho en que 6 damas de la corte se acercaran a ella, una de las jóvenes, apenas quedó a dos pasos, le dijo.
—Ha sido una sorpresa para todas nosotras ver al duque tan atento con una mujer.
Lelia se les queda mirando; las palabras de la joven eran una invitación a tener problemas y no pensaba seguir sus planes. Prefirió quedarse callada, esperar a que una de ellas se presentara adecuadamente.