Desperté años en el pasado con una misión: eliminar al futuro Rey Demonio.
Sin embargo, cuando lo encontré, era solo un bebé.
Un bebé demasiado inteligente.
Un bebé que conocía mi nombre.
Un bebé que me miró con tristeza y susurró:
—Te encontré otra vez, mamá
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El examen que nunca debió existir
—Mamá.
—¿Qué?
—Creo que el destino nos odia.
Lyra abrió un ojo.
—¿Por qué?
—Porque nos despertó temprano.
—Eso se llama mañana.
—Estoy en contra.
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Habían pasado dos días desde las ruinas.
Dos días sorprendentemente tranquilos.
Ningún monstruo.
Ninguna entidad misteriosa.
Ninguna cabra estratega.
Lo cual era sospechoso.
Muy sospechoso.
Porque el universo jamás los dejaba descansar demasiado tiempo.
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Al mediodía llegaron a una enorme ciudad amurallada.
Era mucho más grande que cualquier lugar que hubieran visitado hasta ahora.
Torres blancas.
Puentes elevados.
Fuentes mágicas.
Y cientos de personas caminando por las calles.
Lucien levantó la cabeza.
—Es enorme.
—Sí.
—Me gusta.
—Todavía ni entramos.
—Ya decidí.
—Claro que sí.
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Apenas cruzaron las puertas notaron algo extraño.
Había carteles por todas partes.
Gigantescos.
Coloridos.
Imposibles de ignorar.
Lucien leyó uno.
Luego otro.
Y otro más.
Hasta que abrió mucho los ojos.
—Mamá.
—¿Qué?
—Hay un examen.
Lyra sintió un mal presentimiento.
—¿Qué clase de examen?
—Mágico.
—Oh no.
—Oh sí.
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Cinco minutos después.
Lucien ya estaba arrastrándola hacia la plaza principal.
—¡Lucien!
—¡Rápido!
—¡No vamos a participar!
—¡Pero hay premios!
—¡NO!
—¡Pero hay comida gratis!
Lyra se detuvo.
—¿Comida gratis?
—Sí.
—Eso cambia un poco las cosas.
—Lo sabía.
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La plaza estaba abarrotada.
Niños.
Padres.
Magos.
Aventureros.
Todos observaban una enorme plataforma de cristal ubicada en el centro.
Sobre ella había varias esferas luminosas.
Un hombre vestido con túnicas azules hablaba a la multitud.
—¡Bienvenidos al Examen de Afinidad Mágica de la Academia Celestia!
La multitud aplaudió.
Lucien también.
Muy fuerte.
Demasiado fuerte.
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—¿Qué es una academia mágica?
Preguntó.
—Un lugar donde enseñan magia.
—Suena divertido.
—También suena problemático.
—Más divertido todavía.
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El examinador continuó hablando.
—Todos los niños menores de diez años pueden participar.
—Perfecto.
Dijo Lucien.
—No.
Respondió Lyra.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Ya me inscribí.
Silencio.
Lyra giró lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Ya me inscribí.
—¿CUÁNDO?
—Mientras discutíamos.
—¿CÓMO?
—Soy eficiente.
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Una hora después.
Lyra estaba sentada en las gradas.
Arrepintiéndose de todas las decisiones que la habían llevado hasta ese punto.
Mientras tanto...
Lucien estaba haciendo amigos.
Naturalmente.
Porque el universo claramente tenía favoritos.
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—¿Y cuántos años tienes?
Preguntó una niña rubia.
—Dos.
—Mentiroso.
—Lo sé.
—¿Cuántos tienes realmente?
—Dos.
—Eso es aterrador.
—Gracias.
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Cuando comenzó el examen, los participantes fueron llamados uno por uno.
Solo debían tocar una esfera mágica.
Nada más.
La esfera revelaría el talento mágico de cada persona.
Simple.
Rápido.
Inofensivo.
O al menos eso creían.
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Un niño tocó una esfera.
Brilló de color azul.
La multitud aplaudió.
Otro produjo una luz verde.
Más aplausos.
Todo transcurría con normalidad.
Hasta que llamaron a Lucien.
—Lucien.
El pequeño caminó hacia adelante.
Tranquilo.
Relajado.
Como si estuviera yendo a comprar dulces.
Lyra comenzó a sudar.
Porque conocía esa tranquilidad.
Era la tranquilidad que precedía a los problemas.
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Lucien apoyó una mano sobre la esfera.
Y nada ocurrió.
Durante un segundo.
Dos.
Tres.
—¿Está rota?
Preguntó.
Entonces explotó.
No literalmente.
Pero casi.
La esfera emitió una luz roja tan intensa que toda la plaza quedó iluminada.
Las fuentes.
Las calles.
Los edificios.
Todo.
La multitud quedó en silencio.
Absoluto silencio.
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Lucien parpadeó.
—Ups.
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El examinador estaba pálido.
Los otros profesores también.
Uno parecía a punto de desmayarse.
Otro estaba rezando.
Y Lyra sintió que comenzaba un nuevo dolor de cabeza.
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—Eso no es normal.
Murmuró alguien.
—Definitivamente no es normal.
Respondió otro.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Y ahora?
—Tampoco lo sé.
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Lucien regresó caminando.
Como si nada hubiera ocurrido.
—Mamá.
—¿Qué hiciste?
—Toqué una esfera.
—Lucien.
—La esfera hizo el resto.
—No creo que haya sido así.
—Jamás lo sabremos.
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El examen continuó.
Aunque claramente nadie estaba prestando atención.
Todos observaban a Lucien.
Todos.
Y eso comenzaba a incomodarlo.
—No me gusta.
Murmuró.
—¿Qué?
—Que me miren.
Aquella respuesta sorprendió a Lyra.
Porque Lucien normalmente disfrutaba la atención.
—¿Por qué?
El pequeño bajó la vista.
Y por un instante pareció mucho mayor.
—Porque siempre empieza así.
El corazón de Lyra se detuvo.
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—¿Qué quieres decir?
Preguntó en voz baja.
Lucien permaneció en silencio.
Mirando a los profesores.
A los magos.
A las personas susurrando.
Y luego dijo algo que hizo que se le helara la sangre.
—Primero descubren que soy diferente.
—Luego empiezan a tener miedo.
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Por primera vez...
Lyra comprendió algo.
No todas las vidas anteriores habían sido felices.
No todos los recuerdos de Lucien eran sobre perderla.
Algunos probablemente hablaban de él.
De lo que la gente hacía cuando descubría quién era.
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El examen terminó poco después.
Y cuando estaban a punto de marcharse...
Una mujer apareció frente a ellos.
Cabello plateado.
Túnica negra.
Mirada afilada.
Y una insignia de la Academia Celestia.
—Disculpen.
Dijo con una sonrisa elegante.
—¿Sí?
Respondió Lyra.
La mujer observó a Lucien.
Con interés.
Demasiado interés.
—Nos gustaría invitar al pequeño a la academia.
Silencio.
Lucien levantó la cabeza.
—¿Hay postres?
La mujer parpadeó.
—Sí.
—Acepto.
—¡NO ACEPTAS NADA!
Gritó Lyra.
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La mujer soltó una pequeña risa.
Pero antes de marcharse dijo algo extraño.
Algo que solo Lucien pareció comprender.
—Hace mucho tiempo que no veía una luz roja.
Lucien se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Y por primera vez en todo el día...
Su sonrisa desapareció.
Porque aquella frase...
Parecía venir de otra vida.
FIN DEL CAPÍTULO 11