En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 15
El pasillo del hospital parecía un escenario de pesadilla. Gente se acumulaba a nuestro alrededor mientras Rosa, con lágrimas y sollozos, se arrodillaba frente a mí, intentando arrancarme un gesto de compasión. Después del caos ocasionado ayer, habían vuelto.
---¡Flora\, por favor! ---gemía\, golpeándose el pecho---. ¡Tienes que salvar a Pablo! ¡Es tu hermano\, hazlo por él!
A cada palabra sentía cómo las miradas de los presentes se clavaban en mí, como si esperaran que cediera. La presión era insoportable; el llanto de mi hijo Benjamín aún resonaba en mi mente, mezclándose con los insultos y amenazas de mis padres de hace apenas ayer.
---¡Basta! ---exclamé\, intentando imponer autoridad\, pero mi voz se quebró un poco---. Si me dejo manipular ahora\, esto no termina jamás.
Rosa me miró con ojos suplicantes, mientras Julio permanecía atrás, rígido y furioso, incapaz de intervenir sin arriesgar una escena aún más humillante. Por un instante, pensé en las palabras de Estela: la necesidad de proteger a mi hijo a toda costa. La presión me obligó a ceder, al menos temporalmente.
---Está bien... ---dije finalmente\, con la voz firme\, tratando de mantener la compostura---. Buscaré una manera de ayudar con tu problema\, pero solo eso. Y después\, se acabó.
Rosa se levantó como si hubiera ganado la guerra, y con un gesto dramático tomó a Julio del brazo. Lentamente se retiraron, y el pasillo recuperó algo de calma. Sentí un vacío en el pecho; esa concesión momentánea me dejó exhausta, sin confianza alguna en mi familia. Nunca más podría depender de ellos.
Poco después, recibí un mensaje de Sofía. Al leerlo, supe que vendría de inmediato. Su llegada fue un alivio silencioso; verla correr por los pasillos hasta mí, con los ojos llenos de preocupación y lágrimas contenidas, me recordó que no todas las personas que llamo amigas me decepcionarán.
---Flora... ¿estás bien? ---preguntó\, acercándose a mí y tomando mis manos---. Cuéntame qué pasó.
Le expliqué todo, desde la irrupción de mis padres hasta la presión que ejercieron sobre mí. Sofía escuchaba atenta, sin interrumpir, su rostro reflejando indignación y miedo a la vez.
---No te preocupes ---dijo finalmente---. Si hace falta\, yo puedo ayudar con el dinero. Encontraremos una solución para Pablo.
Sacudí la cabeza con un suspiro. No podía confiar en cualquier arreglo.
---Necesitan cuarenta mil pesos ---le confesé---. Esa es la cifra que mis padres piden para quedarse tranquilos\, y no descansarán hasta que la tengan. Y mientras tanto\, Benjamín sigue en riesgo.
Sofía frunció el ceño, claramente indignada, pero asintió. Sabía que, al menos por ahora, debía confiar en mí. Mientras intentábamos buscar alternativas, sonó mi teléfono. Era Camila. Una llamada que no podía ignorar; sabía exactamente el tono de provocación que traería.
Acepté la llamada y, sin perder la calma, activé la grabadora. Cada palabra de Camila iba dirigida a provocarme: presumía que Marcelo había recuperado su "dignidad masculina" gracias a medicación, como si eso me afectara de alguna manera.
---¿Menos de diez minutos? ---le corté de inmediato\, con frialdad---. No te engañes; todo lo demás es un cuento.
Sus palabras se cortaron, y un segundo de silencio evidenció su sorpresa. Su enojo creció, y pude sentir cómo perdía el control, algo que me dio ventaja. Aproveché para establecer las condiciones que ella nunca vería venir:
---Si me das un millón de pesos\, acepto el divorcio de inmediato. La custodia de mi hijo queda conmigo\, y no habrá más conflictos. ---Mi voz no tembló\, aunque mi corazón latía acelerado.
Camila no tardó en aceptar. Estaba convencida de que me encontraba acorralada, y su orgullo y ambición la impulsaron a ceder. Como no tenía el dinero, buscaría convencer a Marcelo de que lo pagara por ella. Sonreí con discreción; todo salía según lo planeado.
Colgué y le conté a Sofía mi estrategia. Ella me miró con ojos grandes, comprendiendo al instante la astucia detrás de mis palabras.
---¡Flora! ---exclamó\, admirada---. Es brillante... usaste su propio orgullo en su contra.
Asentí, satisfechas ambas por un momento de victoria silenciosa.
Cuando el pasillo se vació y pude respirar, me encontré con Gerardo y Estela. Su presencia era calmante, pero sus palabras pronto revelaron la razón de su visita.
---Queremos explicarte algo ---dijo Gerardo con solemnidad---. Nuestro hijo menor\, Leonardo\, falleció hace poco en un accidente de trabajo. Benjamín nos lo recuerda mucho\, y nuestra intención no es otra que poder verlo de vez en cuando. Solo eso.
Mi mente se tensó. La idea de que mi hijo fuera usado como sustituto emocional para alguien que ni siquiera conocía me resultó inquietante.
---No puedo permitirlo ---respondí con cortesía pero firmeza---. Benjamín es mi hijo\, y su seguridad es lo primero. No habrá visitas de desconocidos bajo ningún concepto.
Antes de que pudieran replicar, me giré y regresé al cuarto, dejando atrás sus rostros llenos de sorpresa y frustración. Lupe me miró expectante, y reforcé mi orden: nadie, bajo ninguna circunstancia, debe acercarse a Benjamín sin mi supervisión directa.
Poco después, escuché un grito detrás de la puerta. Estela había sufrido un desmayo al no aceptar mi negativa. Los médicos la atendieron de inmediato, pero mi corazón se apretó. Sabía que no podía salir; tenía a mi hijo, tenía que protegerlo. El mundo podía esperar.
Mientras cerraba los ojos un instante, entendí que este capítulo de mi vida me había endurecido de manera definitiva. Mi familia había fallado, mis enemigos eran previsibles, y yo debía convertirme en la barrera que mantuviera a salvo a los que amo. Y en medio de ese caos, comprendí que a veces la fuerza más grande no se encuentra en la violencia ni en la autoridad, sino en la determinación silenciosa de quien sabe que no puede ceder.