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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 5: El secreto del cofre de siete

La mañana después de que Yeo‑wol le curara el moretón con las hierbas del santuario, Choi Min‑jun llegó al liceo con la camisa abotonada hasta el cuello y una expresión de sueño permanente en los ojos. Tropezó con la primera escalera del edificio, se agarró del pasamanos para no caerse y soltó un gemido bajito que todo el mundo interpretó como la habitual torpeza del chico. Solo él sabía que, bajo la tela, la piel ya casi no tenía marca: la magia antigua había hecho su trabajo, pero la memoria del golpe seguía ahí, un recordatorio constante de lo que pasaba cuando mezclaba su deber con su corazón.

—Cuidado, que te vas a romper la cara antes de que empiecen las clases.

Park Seo‑jun apareció a su lado, le sujetó del brazo con suavidad para enderezarlo, pero no lo atrajo hacia sí como habría hecho una semana antes. No le besó la frente, no le acarició el pelo. Solo lo ayudó a recuperar el equilibrio y luego soltó su brazo con una pequeña pausa, como si dudara si tenía derecho a seguir tocándolo. Min‑jun notó esa distancia de inmediato, y aunque por fuera solo se encogió de hombros con una sonrisa nerviosa, por dentro anotó el dato en la lista silenciosa que llevaba en la cabeza: **probabilidad de conflicto romántico en siete días: 82 %. Medida compensatoria: aceptar dos citas esta semana, reducir desapariciones al mínimo indispensable**.

—Gracias… —murmuró, frotándose un ojo como si estuviera medio dormido—. No dormí bien anoche. Tuve pesadillas.

No era una mentira del todo. Había soñado con el Tejedor de Han, con siete sombras que lo perseguían por los tejados de Seúl, y con Seo‑jun que le preguntaba una y otra vez por qué le mentía, sin que él pudiera abrir la boca para responder.

Durante toda la mañana, Min‑jun mantuvo su personaje a la perfección: se confundió al responder la pregunta del profesor de historia, dejó caer el estuche dos veces en veinte minutos y se quedó mirando la ventana durante tres cuartos de hora de la clase de matemáticas. Para cualquiera que lo mirara, era el mismo chico distraído que vivía en su propio mundo. Lo que nadie sabía es que, detrás de esa mirada perdida, su mente trabajaba a toda velocidad organizando datos:

> **Análisis de ataques del Tejedor de Han (últimas 4 semanas):**

> 1. Mercado Namdaemun → sombra de rencor → objetivo: medir respuesta de fuerza de Ámbar.

> 2. Parque Hangang → sombra de silencio → objetivo: medir resistencia emocional de Jade.

> 3. Estación de tren → criatura rastreadora → objetivo: obtener firma energética de los Sellos.

> **Conclusión lógica:** no ataca al azar. Está haciendo un estudio sistemático de nuestros poderes para encontrar el punto débil común. Siguiente paso: buscará la ubicación del Santuario. Probabilidad: 91 % en los próximos cinco días.

Estaba a punto de pasar al siguiente nivel del análisis cuando sintió la vibración tibia y rítmica en su muñeca: el brazalete de jade llamándolo. No era una alarma de peligro inmediato, sino una convocatoria del santuario, algo que Yeo‑wol solo hacía cuando tenía algo muy importante que mostrar.

Min‑jun esperó a que el profesor se diera la vuelta para escribir en la pizarra, agarró su mochila con un gesto torpe y se levantó de golpe, fingiendo un mareo. Se apoyó en el pupitre con una mano y susurró lo suficientemente alto para que lo oyera el profesor y Seo‑jun:

—Perdone… me encuentro muy mal… ¿puedo ir a la enfermería un rato?

El profesor asintió sin hacer preguntas, acostumbrado a que el chico se desmayara de vez en cuando por nada. Seo‑jun se levantó de inmediato, preocupado.

—Te acompaño —dijo, ya saliendo del banco.

Min‑jun hizo un gesto con la mano negándose, con la cara un poco pálida a propósito.

—No… no hace falta, de verdad. Solo necesito sentarme un rato. Tú quédate en clase, que luego te explico.

No esperó a que Seo‑jun respondiera. Salió del aula caminando despacio, encorvado, fingiendo que le dolía la cabeza, y en cuanto dobló la esquina del pasillo y perdió de vista la puerta, su postura cambió por completo: espalda derecha, mirada clara, paso rápido y decidido hacia la salida trasera del colegio. No miró atrás. Sabía que Seo‑jun se quedaría con la duda, con esa sensación de que algo se le escapaba, y eso era precisamente lo que más le dolía. Pero no tenía elección. El deber venía antes que todo.

Cruzó el bosque del Monte Namsan en menos de diez minutos, deslizándose por los senderos ocultos que solo él conocía. Al entrar al santuario de piedra, la luz del atardecer se filtraba por las rendijas del techo de paja, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Yeo‑wol estaba de pie en el centro de la habitación principal, delante de una mesa de roble antiguo sobre la que descansaba un objeto que le cortó la respiración a Min‑jun nada más verlo.

Era un cofre de nogal oscuro, tallado a mano con los mismos símbolos que su brazalete, con siete huecos circulares perfectamente distribuidos en su interior, como los pétalos de una flor. Dos de ellos estaban ocupados: uno brillaba con la luz verde pálida de su propio Sello de Jade, y el otro con un resplandor dorado y oscuro que reconoció al instante: el Ámbar de Seo‑jun. Los otros cinco estaban vacíos, pero no del todo: en el fondo de cada uno se adivinaba una piedra pequeña, dormida, sin luz propia, esperando.

—Llegas justo a tiempo —dijo Yeo‑wol, pasando una mano por la tapa del cofre con una mezcla de respeto y tristeza—. Hoy es el día en que debes conocer la verdad completa. Esto es lo que el Tejedor de Han quiere por encima de cualquier otra cosa. Los **Siete Sellos Sagrados de Seúl**.

Min‑jun se acercó despacio, sin tocar nada todavía, sus ojos recorriendo cada detalle con la curiosidad analítica que solo aparecía cuando nadie lo veía.

—Dos activos, cinco en estado latente —dijo en voz baja, más para sí mismo que para ella—. Cada hueco tiene una frecuencia distinta. No son intercambiables. Cada Sello responde a una cualidad concreta de quien lo porta.

Yeo‑wol asintió, sorprendida como siempre por su capacidad de entender cosas sin que se las explicaran.

—Exacto. El **Jade Blanco** que llevas tú busca la mente clara, la lógica, la capacidad de ver la solución incluso en medio del caos. El **Ámbar Negro** que lleva el otro portador elige la fuerza leal, el instinto de protección, la voluntad de aguantar golpes por los demás. Los otros cinco están dormidos desde hace más de cien años, esperando a alguien que sea capaz de despertarlos sin romperse.

Se hizo un silencio en el santuario, solo roto por el viento que soplaba entre los árboles de fuera. Yeo‑wol se sentó en un banco de piedra y le hizo señas para que se sentara a su lado.

—Antes que tú, hubo otro que quiso llevar varios Sellos a la vez. Hace veinte años. Un aprendiz del santuario, inteligente, fuerte, muy prometedor. Se llamaba Dae‑ho. Pensó que si reunía los siete, podría acabar con el mal para siempre. Se puso tres brazaletes a la vez. Al principio todo parecía ir bien… pero su mente no aguantó la presión. Tanta energía, tantas voces antiguas entrando en su cabeza a la vez… lo rompieron por dentro. Perdió la razón. Se convirtió en lo que hoy conocemos como el **Tejedor de Han**. Ahora solo quiere robarlos todos, no para salvar a nadie, sino para llenar el vacío que su propia locura le dejó.

Min‑jun escuchaba sin interrumpir, asimilando cada dato, conectándolo con todo lo que había visto hasta ahora. Explicaba por qué el villano atacaba de esa forma, por qué probaba una y otra vez sus límites: no era solo maldad. Era un roto que quería completarse a cualquier precio.

—Por eso nadie más ha intentado despertar a los otros cinco —continuó Yeo‑wol—. Cualquier persona normal que toque uno de ellos sin ser el elegido sufre dolores insoportables, pierde el conocimiento, o peor. La energía de los Sellos no se deja dominar por cualquiera. Necesitan una mente tan equilibrada, tan ordenada, tan capaz de separar la emoción del deber… que casi no existe.

Se levantó de nuevo y miró a Min‑jun a los ojos, con una seriedad que nunca antes le había mostrado.

—Pero tú… tú eres distinto, Min‑jun. Tienes esa capacidad de ser dos personas a la vez sin que ninguna rompa a la otra. Eres el chico despistado que todos quieren cuidar, y al mismo tiempo eres el estratega que calcula cada movimiento antes de hacerlo. Esa dualidad es exactamente lo que los Sellos esperan. Acércate. Toca uno de los dormidos. Con cuidado.

Min‑jun se puso de pie, su corazón latiendo un poco más rápido, aunque su expresión seguía siendo imperturbable. Se acercó al cofre, miró los cinco huecos vacíos y eligió el que tenía una piedra de color azul profundo, como el hielo de las montañas: el Sello de Zafiro. Extendió la mano derecha, la misma que llevaba el brazalete de jade, y apoyó la yema del dedo índice sobre la piedra fría.

Nada dolió.

Al contrario: sintió cómo una corriente suave, fresca y ordenada, subía por su brazo hasta llegar a su cabeza, como si alguien le hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada. Vio durante un segundo imágenes claras: muros de hielo protegiendo a la gente, barreras que ningún ataque podía atravesar, estructuras perfectas que no se rompían. La energía no lo atacó. No lo rechazó. Lo reconoció.

Min‑jun apartó el dedo despacio, mirando su propia mano como si no le perteneciera. Yeo‑wol tenía la boca entreabierta, los ojos brillantes de emoción contenida.

—¿Lo has notado? —preguntó ella con voz temblorosa—. No te ha hecho daño. Ningún otro en veinte años ha logrado eso. Lo ha aceptado.

—Lo he sentido —respondió Min‑jun, y su voz era firme, segura, sin un ápice de la timidez del colegio—. No es que yo lo domine. Es que… encaja. Cada Sello tiene una función distinta, y mi mente puede organizarlas sin que se mezclen. El Zafiro serviría para crear barreras defensivas estables, perfectas para contener sombras sin destruirlas. Si lo combinara con la luz purificadora del Jade, podría neutralizar amenazas sin riesgo de víctimas colaterales. Probabilidad de éxito en escenarios de riesgo alto: 94 %.

Yeo‑wol soltó una carcajada baja, emocionada.

—Ya lo estás calculando todo, ¿verdad? Ya estás pensando cómo usarlos. Eso es exactamente lo que digo. Tú eres **el Sucesor del Jade**, Min‑jun. El único en toda la historia que podría llegar a portar los siete sin romperse. Estos cinco dormidos… al final, todos serán tuyos. No son brazaletes cualquiera. Son tu herencia. Tu destino.

Min‑jun no respondió de inmediato. Se quedó mirando el cofre, recorriendo con la mirada cada hueco, asignando mentalmente una función a cada uno:

- **Zafiro Azul**: defensa, barreras, estabilidad.

- **Rubí Carmesí**: energía concentrada, golpes precisos, calor que quema solo lo malo.

- **Ópalo Negro**: ilusiones controladas, engañar al enemigo sin dañar a inocentes.

- **Luna Plateada**: curación profunda, reparar tejidos y energías agotadas.

- **Oro Dorado**: poder máximo, unir a todos los demás en un solo golpe final.

Ya tenía esquemas mentales de cómo combinar cada par, qué orden de activación era más seguro, cuánto tiempo podría aguantar llevando dos a la vez sin sufrir efectos secundarios. Para él no era magia antigua y misteriosa: era un sistema perfecto, esperando a ser entendido y usado bien.

Antes de que pudiera preguntar más, el brazalete de jade vibró de nuevo, esta vez con la alarma aguda de peligro inminente. Min‑jun se giró hacia Yeo‑wol, ya en modo de combate.

—Sombra de nivel tres, zona de la estación de autobuses. Atacando a civiles.

—Ve —dijo ella, cerrando el cofre con cuidado y guardándolo en un compartimento secreto bajo la mesa—. Ahora ya sabes por qué debes ganar siempre. No es solo por Seúl. Es por estos siete. Si caen en las manos equivocadas, no habrá forma de detener lo que vendrá después.

Min‑jun asintió, se tocó el brazalete y pronunció las palabras de activación:

—¡Luz de Arirang, despierta!

En un instante, el uniforme escolar desapareció para dejar paso al traje blanco y verde de Jade Blanco. Salió del santuario volando por los tejados, llegando a la estación en menos de cuatro minutos. Allí lo esperaba Ámbar Negro, que ya había creado un perímetro de seguridad para mantener a la gente alejada de una masa de sombras retorcidas que golpeaban las paredes de la terminal.

—Llegas —dijo Ámbar, aliviado al verlo—. Esta se divide en dos si la cortas. He intentado contenerla, pero cada vez hay más. No sé cómo pararla sin hacer daño a los que están atrapados dentro.

Jade Blanco analizó la escena en un segundo y medio: velocidad de reproducción, punto de origen, puntos débiles donde la energía era más baja.

—No la cortes. Eso es lo que quiere —dijo con calma, señalando con el dedo los puntos exactos—. Se alimenta de la separación. Si la divides, ganas el doble de problema. Escucha el plan, paso a paso: tú te colocas en la parte trasera y usas tu fuerza para comprimirla suavemente hacia el centro, sin apretar demasiado. Yo crearé un campo de luz alrededor que iré cerrando poco a poco, hasta obligarla a concentrarse en un solo punto y luego la purifico de golpe. Si movemos las manos sincronizados a la misma velocidad, no habrá fugas. Tiempo estimado: tres minutos cuarenta segundos. ¿Listo?

—Listo —respondió Ámbar sin dudar ni un segundo, como siempre. Confiar en la mente de su compañero era lo único que nunca fallaba.

Se pusieron en marcha. Cada movimiento estaba calculado, cada cambio de presión coordinado a la perfección. Para cualquiera que los mirara, parecían haber entrenado juntos toda la vida. Ninguno sabía que, apenas unas horas antes, habían estado sentados en el mismo pupitre del colegio, fingiendo ser dos chicos normales con problemas normales. Ninguno sospechaba que la persona con la que luchaban codo con codo cada noche era la misma que, de día, empezaba a alejarse sin querer.

En tres minutos exactos, la sombra se disolvió en una nube de luz blanca que se desvaneció en el aire. Los civiles atrapados recuperaron el conocimiento sin recordar nada malo, la policía llegó minutos después y los dos héroes se desvanecieron entre las sombras antes de que nadie pudiera verlos bien.

—Otra vez lo has conseguido —dijo Ámbar, cruzándose de brazos, con un tono de admiración que no intentaba ocultar—. Yo habría empezado a cortar y habríamos estado aquí toda la noche. ¿Cómo se te ocurren siempre estas cosas?

—Solo observo y ordeno lo que ya está ahí —respondió Jade, encogiéndose de hombros con humildad—. Cualquiera lo haría si prestara atención.

—No. Cualquiera no —insistió Ámbar, y por un segundo su voz sonó tan parecida a la de Seo‑jun que a Min‑jun le dio un vuelco el corazón—. Eres especial. No lo olvides.

Se despidieron sin más, cada uno por un lado distinto. Min‑jun recuperó su ropa de diario en un callejón oscuro, volvió a encorvar los hombros, a relajar la mirada, a ser de nuevo el chico que siempre se caía y nunca sabía dónde tenía las llaves. Pero cuando caminaba de regreso a su casa, no podía quitarse de la cabeza el eco de esas palabras y el tacto frío del Sello de Zafiro en la yema de su dedo.

Al día siguiente, llegó tarde al liceo. Seo‑jun lo esperaba apoyado en la pared del pasillo, con los brazos cruzados y una expresión que no era ni enfado ni cariño, solo una distancia cansada que le partió el pecho a Min‑jun sin que él lo mostrara por fuera.

—Ayer te fuiste a la enfermería y nunca volviste —dijo Seo‑jun, sin levantar la voz—. Pasé a buscarte y dijeron que no habías estado por allí. Luego llamé a tu casa y tu abuela dijo que no habías llegado hasta muy tarde.

Min‑jun notó que se le secaba la boca. Tenía la excusa lista, ensayada en el camino: se había mareado, había salido a tomar el aire, se había sentado en un banco del parque y se había quedado dormido. Era una excusa propia de él, propia del chico despistado que no controlaba nada de su vida. Pero al ver la mirada de Seo‑jun, tan llena de duda y de tristeza, por un segundo quiso tirar todo por la borda y decirle la verdad entera. Quiso enseñarle el brazalete, llevarlo al santuario, mostrarle el cofre de siete Sellos y explicarle por qué tenía que mentir.

Pero las imágenes de Dae‑ho, el aprendiz que se había vuelto loco, y la amenaza del Tejedor de Han, y el peligro de que si Seo‑jun sabía la verdad se convertiría en el primer objetivo del villano… todo eso fue más fuerte.

Así que bajó la mirada, se mordió el labio y murmuró la excusa que se sabía de memoria, con la voz temblorosa y un poco ridícula que siempre usaba:

—Perdón… de verdad… es que me sentí mal y salí a caminar un poco… y luego me quedé dormido en un banco… ya sabes cómo soy… siempre despistado… no sé ni qué me pasa…

Seo‑jun lo miró durante un largo silencio. No le gritó. No le dijo que era una mentira. Solo suspiró, muy bajo, y asintió con la cabeza, como si estuviera aceptando algo que no quería aceptar.

—Sí… ya sé cómo eres —dijo al fin, y su voz sonaba más lejana que nunca—. No te preocupes.

Se dio la vuelta y se marchó hacia el aula sin mirar atrás. Min‑jun se quedó solo en el pasillo, escuchando cómo sus pasos se alejaban, y por primera vez desde que empezaba todo, sus cálculos lógicos no le servían de nada. Podía predecir el movimiento de una sombra, diseñar una estrategia en tres segundos, saber cómo reaccionarían siete Sellos antiguos antes de tocarlos… pero no tenía ni la más mínima idea de cómo recuperar a la persona que más quería, sin romper la promesa que le había hecho al santuario y sin ponerlo a él en peligro de muerte.

Esa noche, de regreso en su habitación, sacó el cuaderno oculto bajo el colchón y escribió una sola línea en su letra ordenada y precisa, muy distinta a la que usaba en los exámenes del colegio:

> **Nuevo objetivo añadido**: Encontrar una forma de ser el Sucesor de los siete Sellos… y no perderlo a él en el intento.

> **Dificultad estimada**: Máxima.

> **Probabilidad de éxito actual**: Desconocida.

Cerró el cuaderno, lo escondió bien y apagó la luz. Fuera, las luces de Seúl brillaban en la oscuridad, y muy lejos, en algún lugar que aún no conocía, el Tejedor de Han también estaba planeando su próximo movimiento. Mientras tanto, el cofre de nogal guardaba sus siete secretos en el santuario, esperando el día en que Min‑jun estaría listo para reclamar lo que ya era suyo por destino.

Y nadie, absolutamente nadie, sabía todavía qué precio tendría que pagar para conseguirlo.

 

**FIN DEL CAPÍTULO 5

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