Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 8
Rodrigo firmó tres contratos esa mañana sin leer ninguno, porque tenía la cabeza en otra parte.
En el sándwich que no sabía igual. En la cama vacía. En la nota de una sola línea con que Renata le había devuelto las flores, tan seca que él la había releído cuatro veces buscándole una grieta, un temblor, algo que le dijera que ella todavía estaba dolida y por tanto todavía era suya. No encontró nada. Y eso, más que la infidelidad descubierta, más que el divorcio, era lo que lo tenía de mal humor desde el amanecer.
—Señor. —Su asistente asomó la cabeza—. El doctor Salcedo confirmó que ya notificaron a la parte contraria anoche.
—Bien. —Rodrigo dejó la pluma—. ¿Y la reacción?
—No tenemos detalles. Solo que la señora estaba… presente cuando le informaron.
Rodrigo se permitió media sonrisa. Se la imaginó leyendo el documento, palideciendo, entendiendo por fin que esto no iba a ser el trámite limpio que ella creía. Que él no era Daniela, no era un capricho de una noche, no era alguien a quien se le tira el anillo dentro de una copa y se le da la espalda. Él era su marido. Y un marido con los abogados correctos podía volver un divorcio un infierno de años.
No lo hacía por amor. Eso lo tenía clarísimo. Rodrigo no se engañaba con cursilerías; a Renata nunca la había amado y no pensaba empezar ahora. Lo hacía porque en tres años de matrimonio se había acostumbrado a algo más valioso que el cariño: al acceso.
Renata era la única puerta que él tenía hacia Armando. Hacia el Grupo B, hacia las fusiones que llevaba dos años persiguiendo, hacia una red de contactos que sin ella se le cerraba de golpe. Podía acostarse con Daniela todo lo que quisiera, la niña era un pasatiempo, pero Daniela no le abría ninguna puerta. Daniela era la hija consentida a la que el padre le compraba carteras, no la que se sentaba en las reuniones y entendía los números.
Renata sí. Renata valía, y él había sido tan idiota de no cuidarla mientras la tuvo.
Bueno. Pues ahora la iba a cuidar a la fuerza.
—
El almuerzo con Armando lo pidió él, con la excusa de "afinar detalles de la alianza", y Armando aceptó sin sospechar nada, porque Armando nunca sospechaba nada que no le conviniera sospechar.
Comieron en el club, en la mesa del fondo, y Rodrigo esperó al café para soltarlo.
—Armando, seré directo. —Removió el azúcar sin necesidad—. Renata metió papeles de divorcio.
El tenedor de Armando se detuvo a medio camino.
—¿Cómo?
—Lo que oye. —Rodrigo lo miró por encima de la taza—. Y entiendo que esté molesta, hubo un malentendido, cosas de casa. Pero usted y yo sabemos lo que un divorcio significa para lo nuestro. La fusión, los tres proyectos que tenemos en curso, todo eso está montado sobre la idea de que nuestras familias son una sola. Si Renata y yo nos separamos, los inversionistas lo van a leer como una grieta. Y las grietas espantan el dinero.
Armando dejó el tenedor. Rodrigo vio con satisfacción cómo la preocupación le cambiaba la cara, cómo detrás de esos ojos empezaba a moverse la maquinaria de un hombre que sumaba pérdidas.
—Esa muchacha. —Armando apretó la servilleta—. Siempre haciendo lo que le da la gana. Trabajando donde no debe, casándose y descasándose como si el apellido no le pesara a nadie más que a ella.
—Yo no quiero el divorcio —dijo Rodrigo, y puso en la voz toda la mansedumbre que pudo fabricar—. Estoy dispuesto a perdonar y a seguir. Pero necesito que ella entre en razón. Y a mí no me escucha. A usted sí.
—A mí tampoco me escucha desde hace años. —Armando resopló—. Pero descuide. Yo me encargo de que entre en razón.
Rodrigo bajó la vista a su café para que Armando no le viera la satisfacción en la cara. Demasiado fácil. El viejo ni siquiera había preguntado por el malentendido, ni por qué su hija querría divorciarse de un hombre tan comprensivo. A Armando no le importaba la verdad. Le importaba el dinero. Y eso, para los planes de Rodrigo, era perfecto.
—
Daniela lo estaba esperando en el carro, y desde la ventanilla había visto toda la escena a través del cristal del club: Rodrigo y su padre dándose la mano al despedirse, las sonrisas, la complicidad.
Cuando Rodrigo se subió, ella no lo saludó.
—Media hora —dijo Daniela, mirando al frente—. Media hora almorzando con mi papá para hablar de ella.
—Es de negocios.
—Ajá. De negocios. —Se cruzó de brazos—. Anoche también fueron de negocios los papeles que metiste para que no se divorcie. ¿Sabes cómo se llama eso, Rodrigo? Se llama que sigues casado con ella.
—Daniela.
—No. —Se giró, y los ojos ya se le estaban llenando, ese llanto que tenía a la orden—. Yo dejé todo por ti. Me peleé con mi hermana, me expuse, dejé que todo el mundo me señalara, ¿y para qué? ¿Para que sigas atado a Renata porque te conviene el papá de Renata?
Rodrigo suspiró y le puso una mano en la rodilla, con la paciencia de quien calma a un niño.
—Escúchame. Lo mío con ella es puro papel. Puro negocio. A quien quiero es a ti. —Le apretó la rodilla—. Pero tu papá tiene lo que yo necesito, y tu hermana es la llave. Nada más. Cuando tenga la fusión firmada, me deshago de ella y quedamos tú y yo. Confía en mí.
Daniela lo miró, y por un instante, uno solo, algo frío le pasó por detrás de las lágrimas fabricadas, algo que Rodrigo no alcanzó a leer porque ya estaba mirando el teléfono.
—Claro —dijo Daniela, bajito—. Confío en ti.
Pero pensó, mientras Rodrigo arrancaba el carro, que un hombre que se quedaba casado con una mujer por conveniencia era un hombre que también podía quedarse con esa mujer por costumbre. Y ella no había llegado hasta aquí, no había hecho todo lo que había hecho, para ser el pasatiempo mientras Renata seguía siendo la esposa.
—
Renata estaba saliendo del trabajo cuando el carro negro de su padre frenó frente a la entrada del Grupo B, y Armando bajó la ventanilla sin bajarse.
—Sube.
—Papá, tengo—
—Sube, Renata.
Ella subió, porque a los cuarenta y tres años todavía no había aprendido a desobedecerle ese tono. El carro arrancó, y su padre no la miró; miró al frente, con las manos en el bastón, como cuando iba a decir algo que ya tenía decidido y no admitía discusión.
—Vas a retirar esos papeles —dijo Armando—. Vas a volver con Rodrigo, vas a sonreír en las reuniones y vas a dejar de avergonzar a esta familia con tus escándalos.
—No pienso volver con él. —A Renata se le cerró la garganta—. Papá, me engañó. Con Daniela. Hay—
—Me da igual con quién se acostó. —Armando por fin se giró hacia ella, y en su cara no había una sola grieta de duda—. Óyeme bien, porque lo voy a decir una sola vez. O vuelves con tu marido y arreglas ese matrimonio, o dejas de ser mi hija. No hay apellido, no hay herencia, no hay padre. Nada. Tú eliges.