el dolor del alma
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8
El bullicio de las risas infantiles y el correteo de los pies descalzos sobre la madera desgastada llenaban el gran patio central de la casa hogar. El sol del mediodía intentaba calentar los rincones del lugar, pero el aire seguía manteniendo ese característico toque gélido que obligaba a los niños a mantenerse en constante movimiento. En medio de ese torbellino de energía, una silueta joven y ágil se movía con una gracia natural, coordinando los juegos y asegurándose de que nadie saliera lastimado.
—¡Vamos, niños! —exclamó la joven novicia, levantando la voz con un tono musical que lograba imponerse por encima del alboroto general—. Diez minutos más y sonará la campana para el almuerzo. Si no guardan los juguetes ahora, no habrá tiempo de lavarse las manos.
—¡SÍ, SEÑORITA MALIHA! —respondieron a coro una docena de voces infantiles, deteniendo sus carreras de inmediato y comenzando a recoger las pelotas y los bloques de madera con una disciplina que solo ella lograba conseguir.
Maliha sonrió, limpiándose una gotita de sudor de la frente con el dorso de la mano. Aunque todavía no portaba los hábitos definitivos y vestía el atuendo sencillo de las novicias, su presencia ya irradiaba la calma y la devoción de quien ha encontrado su verdadero lugar en el mundo. Sin embargo, esa estampa de paz conventual fue interrumpida por el arrastrar de unos pasos perezosos a su espalda.
Abigail, otra de las jóvenes que colaboraba en el centro, se acercó arrastrando una escoba, observando la escena con una mezcla de admiración y profundo cansancio. Se apoyó en el palo de madera y dejó caer los hombros, soltando un suspiro teatral.
—Tienes una paciencia increíble, Maliha… —comentó Abigail, sacudiendo la cabeza—. De verdad, deberías casarte y ser madre en lugar de monja. El mundo exterior se está perdiendo de una gran mujer.
Maliha se giró lentamente, mirándola con esos ojos vivaces que tantas canas le sacaban al padre Iván debido a su indomable energía.
—Abigail, no reniegues —la reprendió con suavidad, aunque una sonrisa divertida se dibujó en las comisuras de sus labios.
—Si no reniego, Maliha, de verdad —insistió Abigail, enderezándose un poco y gesticulando con las manos para dar énfasis a sus palabras—. Solo digo que si yo tuviera ese rostro , ese cuerpo y, sobre todo, esa santa paciencia que te cargas con estos demonios voladores, yo ya estaría felizmente casada con un buen hombre y viviendo en una casa enorme. No entiendo cómo prefieres el encierro.
Maliha soltó una risa limpia, una carcajada juvenil que delataba que, a pesar de su inmensa fe, seguía siendo la chica dinámica y llena de fuego que ponía a temblar las estructuras del convento.
—No, Abigail. No —respondió la novicia, negando con la cabeza repetidas veces mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
—¿Cómo que no? —preguntó la otra muchacha, arqueando una ceja.
—No. Si tú tuvieras todo eso, tú ya irías por el tercer divorcio a estas alturas, conociendo lo rápido que pierdes la cabeza —le soltó Maliha con total desparpajo, guiñándole un ojo.
—¡Oye, qué grosera! —protestó Abigail, fingiendo una total indignación y dándole un suave golpe con la escoba en el suelo, aunque no pudo evitar reírse ante la certera verdad del comentario.
Antes de que la disputa amistosa pudiera continuar, las pesadas puertas de madera que conectaban el patio con el vestíbulo principal se abrieron de par en par. Una de las niñas más grandes de la casa hogar entró corriendo, con las mejillas encendidas por la emoción y el aire faltándole en los pulmones.
—¡Señorita Abigail! ¡Señorita Maliha! —llamó la pequeña, deteniéndose frente a ellas y apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento—. La madre superiora las busca con urgencia en la entrada principal.
Maliha se puso alerta de inmediato, asumiendo que alguna eventualidad requería su habitual despliegue de energía.
—¿Qué pasa, pequeña? ¿Ocurre algo malo? —preguntó, agachándose a su altura.
—No, no es nada malo —explicó la niña con los ojos abiertos de par en par—. Es la señora Nadenka. Acaba de llegar en una camioneta enorme con muchas cosas, cajas y bolsas llenas de suministros, ropa y comida para todos. La madre superiora quiere que vayamos de inmediato a ayudar a bajarlas.
Al escuchar el nombre de la gran matriarca de la familia, el rostro de Abigail cambió por completo, iluminándose con una gratitud genuina.
—Bendita mujer… —murmuró Abigail, dejando la escoba a un lado sin pensarlo dos veces.
—Dios la bendiga, de verdad. Es muy buena con todos nosotros siempre —añadió Maliha, sintiendo un cálido agradecimiento en el pecho. Sabía perfectamente que el sustento de esos niños dependía en gran medida de la generosidad inquebrantable de la fundación familiar de los rusos—. Vamos, Abi, muévete. No hagamos esperar a la señora.
Maliha no esperó respuesta. Con la agilidad que la caracterizaba, se dio la vuelta y avanzó a paso veloz hacia los pasillos interiores, dejando atrás el patio. Su dinamismo natural se activó al instante, lista para coordinar la descarga y organizar los nuevos recursos para los pequeños que tanto amaba. Mientras tanto, en el exterior de la casa hogar, la imponente camioneta ya se encontraba estacionada, y Taras resignado se preparaba para actuar como el cargador oficial bajo la atenta y soberana mirada de su tía Nadenka.