La Joven Amante del Lycano
Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.
Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.
Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.
Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.
Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.
Es un lycano.
Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El concierto
El estadio era una bestia de concreto y acero que rugía con cincuenta mil voces.
Pero Clara no estaba en las gradas. Estaba en el foso VIP.
La zona más cara, la más exclusiva. A solo unos metros del escenario, donde el sudor de los guardaespaldas se mezclaba con el perfume de los herederos y donde la artista podía estirar la mano y rozar a los fans.
Sebastián no había ido de traje. Esa noche, el heredero del conglomerado Blackwood vestía como un civil común y corriente, o al menos, como la versión de un civil que costaba una fortuna. Llevaba unos jeans de diseñador que caían con la precisión de un sastre, una sudadera negra de una marca que no tenía logos visibles pero que costaba el sueldo mensual de un profesor, y una casaca de jean vintage. En los pies, unas zapatillas de edición limitada que no se conseguían ni en las subastas. Unos lentes negros le cubrían los ojos, dándole un aire de celebridad que prefiere el anonimato.
Clara, a su lado, con su vestido floreado y sus zapatos cómodos, saltaba.
Estaba en primera fila. Era su sueño. Jamás pensó que Sebastián se tomaría tan en serio aquel comentario casual sobre lo mucho que admiraba a Taina.
Cuando las luces se apagaron y Taina emergió entre el humo y los láseres, Clara gritó. Lloró. Coreó cada letra.
Sebastián saltaba con ella. Sonreía. La abrazaba por la cintura cuando el bajo hacía vibrar el suelo.
*No solo me ama*, pensaba Clara, con el corazón a punto de estallarle en el pecho. *Quiere lo mejor para mí. Quiere verme feliz.*
A mitad de la primera parte, Sebastián se inclinó hacia su oído por encima del estruendo de la música.
—Mi teléfono está vibrando sin parar. Voy a atender esta llamada rápida.
Clara asintió, sin dejar de mirar el escenario. Faltaban pocos minutos para el intermedio, ese espacio de diez o quince minutos donde bajaban los telones, se revisaban los fuegos artificiales y salían los bailarines a entretener a la masa.
—¡Ve, yo te espero aquí! —le gritó ella.
Sebastián le besó la mejilla y se escabulló entre el amasijo de cuerpos.
---
Cruzó la barrera de seguridad.
Sacó del bolsillo de su casaca una tarjeta roja, rígida, sin texto, solo con un código de barras y el sello del productor general. El jefe de seguridad la escaneó, le hizo una reverencia casi imperceptible y le abrió la puerta reforzada que llevaba a los pasillos subterráneos.
El camerino de Taina estaba al final del pasillo.
Sebastián entró sin llamar.
Taina estaba frente al espejo, retocándose el delineado de los ojos, con el pecho aún agitado por la primera mitad del show. Al verlo en el reflejo, soltó el pincel, se emocionó y saltó hacia él, echándose en sus brazos.
—¡Sebastián! Viniste.
—Claro que vine. Te prometí que estaría en tu concierto. No te vi en el escenario, ¿en qué zona estabas buscando?
—En el centro. Pero ya estás aquí.
Ella le sonrió, mordiéndose el labio inferior, y le habló al oído con voz ronca y coqueta.
—El intermedio es de quince minutos. Podríamos hacerlo en diez. Estoy tan emocionada de tenerte aquí...
Sebastián le acarició la nuca. Le sonrió con esa calma depredadora que la desarmaba.
—Claro que sí, Taina. Contigo, diez minutos son como dos horas.
Y ahí, en el camerino, entre percheros con trajes de lentejuelas y el olor a laca y flores frescas, Sebastián tuvo intimidad con la estrella pop del momento.
Fue rápido. Intenso. Silencioso, ahogado por el rugido lejano de cincuenta mil personas que esperaban el regreso de su ídolo.
Taina se aferraba a sus hombros, susurrándole al oído entre jadeos:
—Sebastián... Sebastián, cómo te amo...
Y él, mientras poseía su cuerpo con un ritmo calculado y perfecto, le devolvía el susurro:
—Eres mi Taina, ¿verdad?
—Sí... —sollozó ella, entregada—. Solo soy tuya, Sebastián. Solo tuya.
---
Cuando terminaron, el silencio del camerino solo era roto por la respiración agitada de ambos.
Taina se arreglaba el vestido frente al espejo, con las mejillas encendidas. Sebastián se ajustaba los jeans y se pasaba la mano por el cabello.
—Taina —dijo él, con un tono de voz grave, comprensivo—. Sé que te están presionando los productores. Para volverte internacional, para llevarte a las giras de Asia y Europa... te están exigiendo otro tipo de favores.
Taina se congeló.
Bajó la mirada hacia el tocador. Las manos le temblaron ligeramente.
—Es verdad, Sebastián. Es... es el precio a pagar por el éxito. Me da vergüenza.
Sebastián caminó hacia ella. Le tomó las manos con una ternura que parecía absolutamente genuina.
—Taina, no te preocupes. Yo sé que lo que nosotros tenemos es auténtico y natural. No me molestaré si tú tienes que tener interacción íntima con otros hombres. Es tu carrera. Yo sé cuánto te ha costado llegar hasta aquí, sé lo que tuviste que hacer con esos productores al principio. Así que no me opondré. No seré un obstáculo.
Taina levantó la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Sebastián... ¿Qué hice para merecer a un hombre tan bueno y considerado como tú?
Él le acarició el rostro, limpiando una lágrima con el pulgar.
—Taina, yo solo entiendo lo difícil que es llegar a lo que tú deseas. Y no pienso ser un novio celoso que no entiende que, a veces, la mujer que uno ama necesita sacrificar todo para lograr sus metas. No te preocupes por mí. Yo estaré ahí siempre para ti.
Taina lo abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello.
—Claro que sí, Sebastián. Tú eres mi Sebastián. El único. El primero. El verdadero.
Sebastián le sonrió por encima del hombro, mirando su propio reflejo en el espejo.
—Claro que sí, Taina. Claro que sí.
Se separó de ella, le dio un último beso en la frente y salió del camerino.
---
Ya en el pasillo, sacó su celular.
Abrió un chat cifrado y tecleó:
*"Señor Avenford. He conseguido para usted la cita privada con la artista Taina. Dígame qué fecha desea que ella vaya a su yate para su cumpleaños."*
Cerró el mensaje. Lo envió.
Taina era, claramente, su entretenimiento VIP. Pero este entretenimiento VIP era codiciado por muchos hombres poderosos. Y Sebastián necesitaba muchos favores políticos y económicos para cerrar ciertos accesos en sus empresas. Uno de esos favores era del magnate Avenford, un hombre que quería pasar una noche con la estrella pop.
Sebastián se lo había prometido. Y ahora cumplía su promesa.
Volteó hacia la puerta del camerino y pensó con una sonrisa cínica:
*Bueno, Taina. No es como si antes no hubieras estado con otros hombres a mis espaldas y no me dijeras nada. Solo que ahora, te he dado el permiso oficial para hacerlo. Y de paso, me consigues un contrato de diez millones en Singapur.*
Guardó el teléfono. Caminó hacia un puesto de bebidas, compró dos aguas minerales y dos cervezas artesanales, y regresó al foso VIP.
---
Clara lo recibió con una sonrisa radiante.
—¡Me tardé porque estaba buscando bebidas! —dijo él, entregándole el agua—. ¡Cuánta gente! Pensé que nunca iba a llegar.
Clara recibió su bebida, conmovida.
—Gracias, Sebastián. Tú siempre considerado.
—Claro que sí, bebé. Claro que sí.
Las luces volvieron a encenderse. Taina subió al escenario para la segunda mitad.
Y cuando apareció, el estadio tembló.
Taina salió renovada. Con una nueva energía. Más alegre. Más suelta. Sonreía de una forma que no había sonreído en la primera mitad.
—¡Wow! —dijo Clara, saltando y aplaudiendo—. ¡Parece que Taina ha recibido una buena noticia! Mira su rostro, está radiante, feliz. Ni siquiera parece que ya estuviéramos en tres horas de concierto.
Sebastián bebió un sorbo de su cerveza, mirando a la estrella pop brincar por el escenario con una vitalidad desbordante.
—Verdad —dijo él, sonriendo de medio lado—. Parece que algo le hubiera llenado de energía.
---
Cuando terminó el concierto, la multitud empezó a dispersarse.
Sebastián tomó a Clara de la mano, alejándola del tumulto, guiándola hacia la salida privada.
—Clara. ¿Podemos ir a un lugar más íntimo?
Clara lo miró, con las mejillas sonrojadas por la emoción y el cansancio. Le sonrió.
—Sí, Sebastián. Vamos.
Pero no la llevó a la residencia bajo la escalera. Tampoco la llevó al penthouse principal.
La llevó a *otro* departamento que tenía en la ciudad. El mismo penthouse donde, horas antes, había estado con Taina.
Pero Sebastián había sido previsor.
Antes del concierto, había mandado a su personal de confianza a limpiar el lugar de arriba abajo. Habían cambiado las sábanas. Habían ventilado las habitaciones. Habían cambiado las flores. El rastro de la estrella pop había sido borrado con la precisión de una escena del crimen.
Cuando entraron, el lugar olía a lavanda y a limpio.
Sebastián la besó de frente en la penumbra del recibidor. La tomó de la mano y la dirigió hacia la habitación principal. La misma habitación. La misma cama enorme donde, esa misma tarde, Taina le había jurado que solo era suya.
Entre susurros, besos y abrazos, Sebastián se acostó con Clara.
Ella se entregó con la misma devoción de siempre, creyendo que estaba en el refugio seguro de su amor, sin saber que estaba durmiendo en el nido de otra de sus presas.
---
A la mañana siguiente, la luz del sol entraba por los ventanales del penthouse.
Sebastián estaba sentado en un sillón, con una taza de café en la mano, observando a Clara dormir.
El cabello revuelto. La respiración tranquila. El lobo de plata brillando en su clavícula.
Sebastián bebió un sorbo de café.
*Definitivamente*, pensó, con la mente fría y analítica, *debo hacer que Clara se quede a mi lado de forma permanente.*
*Tengo muchas necesidades. Y no puedo estar dividiendo mi tiempo entre todas las mujeres que llaman mi atención, teniendo que saltar cercas, apagar cámaras y escabullirme como un ladrón para ir a ver a Clara.*
*Ella tiene que estar a mi alcance.*
Miró la cama inmensa.
*Cuando venga a mi penthouse, quiero encontrarte en mi cama. Despierta. Dispuesta. Sonriente. Complaciente.*
Sebastián dejó la taza en la mesa.
La Fase 4 no era una opción. Era una necesidad logística.
Tenía que sacarla de la universidad. Tenía que meterla en su jaula de cristal. Y tenía que hacerlo hoy.
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭
Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀
Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺
Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.