Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
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PRESENTE PARALELO
"Hay caminos que te llevan lejos, y uno solo que te devuelve: el que te lleva a casa."
Lira nos llamó para hablar sobre lo sucedido. En su rostro pude notar preocupación; parecía realmente agobiada. Nos sentamos en una pequeña sala junto al balcón. Kairen sostenía mi mano con delicadeza, y sentir nuestros dedos entrelazados me daba una calma inesperada. Su pulgar trazaba pequeños círculos sobre mi piel, un gesto sencillo, pero reconfortante.
Lira se sentó frente a nosotros. Llevaba un artefacto tecnológico en las manos; parecía un Dup, aunque mucho más grande y avanzado.
—Chicos, he intentado verificar si la señal logró enviarse al Gran Jefe —dijo, señalando el dispositivo—. Según esto, sí se envió… pero llegó corrupta. Quizá VR15 hizo algo. Pudo haber desarrollado cierta conciencia e implantado una especie de virus.
—¿Eso es una buena noticia? —pregunté, insegura.
—En realidad, es solo un respiro —respondió—. Esto nos da tiempo para organizarnos. Marcus podrá despertar y ayudarlos a crear un plan para regresar a la Ciudad Muralla y atacar —sonrió levemente—. Por otra parte, ambos aún tienen fallas en sus habilidades. Tendremos al menos una o dos semanas antes de que puedan dar con nosotros.
—Es suficiente. Sé que podremos lograrlo —dijo Kairen con optimismo.
Sabía que, en el fondo, él también estaba asustado. Tan aterrado como yo. Pero nos teníamos el uno al otro, y eso era razón suficiente para no caer.
—Bien —continuó Lira—. Dicho esto, iré con Marcus. Espero que despierte pronto. Ustedes encárguense de VR15 para poder trabajar tranquilos en sus asuntos. Llévenlo a la guardería; ahora es indefenso y allí estará bien.
—De acuerdo… gracias, Lili —dije avergonzada—. No quisimos provocar todo esto. Avísanos cuando Marcus despierte.
—No hay nada que perdonar —respondió mientras se levantaba—. Esto iba a suceder tarde o temprano.
Antes de irse, nos dio la espalda y añadió:
—Créanme, en esta guerra perderán mucho. Deben estar preparados para todo. Ya no son niños, y cargan con grandes responsabilidades.
No pude articular palabra alguna. Kairen solo bajó la cabeza. Lira tenía razón. Por más que quisiéramos proteger a todos, no lo lograríamos. Era imposible. Aun así, haríamos todo lo posible por mantenerlos a salvo. No sabía cómo… pero lo haría.
Caminamos hasta la sala donde estaba VR15. Jugaba con su pie metálico, observando la textura como si fuera algo completamente nuevo. Verlo así era extraño, pero también despertaba una ternura difícil de explicar.
Kairen se limitó a quedarse en la puerta. Lo observaba en silencio, rígido, ausente. Me pregunté por qué le costaba tanto acercarse, por qué no podía liberar todas esas emociones contenidas. Tenía muchas preguntas para él, pero no era el momento. Había cosas más urgentes.
—VR15, ven conmigo —dije, extendiendo la mano—. ¿Quieres dar un paseo?
—¿Por qué tienes así tus manos? —preguntó, observándolas con detenimiento.
—¿Pequeñas… o a qué te refieres?
—No. ¿Por qué son diferentes a las mías?
Su voz metálica, ahora suave y dulce, me hizo extrañar demasiadas cosas. Como a mi familia.
—Porque somos diferentes —respondí mientras me arrodillaba para mirarlo mejor—. Solo estamos diseñados de otra forma.
—No quiero ser diferente —dijo con tristeza—. Quiero ser como tú. No me gustan mis pies… son raros.
Parecía haber pasado mucho tiempo solo con sus pensamientos. Estaba confundido, perdido.
—No, no se trata de eso —le dije con suavidad—. Eres muy especial. Además, hay algo en ti que nadie más tiene… ni siquiera yo.
Me miró con curiosidad, quizá con una pizca de ilusión.
—Tu corazón —señalé su pecho de metal—. Esto que tienes aquí es lo que te hace maravilloso.
—¿Cómo es un corazón? —preguntó—. ¿Y qué hace especial al mío?
En ese instante supe que era tarde para explicarle que, en realidad, no tenía uno. Aunque, en el fondo, sentía que sí lo tenía. Si un Bokly era capaz de sentir como VR15 lo hacía, entonces poseía un corazón único… quizá incluso más bondadoso que el de muchos humanos.
—Es un motor —respondí—. Algo que te impulsa a hacer muchas cosas. De ahí nacen los sentimientos y las emociones —mantuve mi mano firme sobre su pecho—. El tuyo es especial porque es único. No hay otro igual.
—¡Wow! —exclamó—. Entonces tengo un modelo único… solo a mí me lo pusieron.
Se levantó emocionado y caminó hacia Kairen. Casi a gritos, dijo:
—¡Tengo el mejor corazón! ¡No te lo pusieron a ti, y eso que eres grande! ¡Me lo dieron a mí!
Kairen le devolvió una pequeña sonrisa. Una de esas que dicen más de lo que las palabras podrían.
Me incorporé y, extendiendo nuevamente la mano hacia el Bokly, salimos por un pasillo largo que conducía a la guardería. Todo en la ciudad parecía cuidadosamente señalado y rotulado para guiarse sin dificultad. Cada dirección, cada espacio, estaba marcado con colores vivos. No dejaba de sorprenderme tanta intensidad, tanta vida concentrada en un solo lugar.
Caminábamos sin prisa, observándolo todo con atención. Los pasillos tenían paredes blancas y lisas, pero las mesas eran de colores, las personas eran color. Nadie nos miraba con extrañeza ni curiosidad, y eso me hacía sentir segura, por primera vez en mucho tiempo. De vez en cuando cruzaba miradas con Kairen, que caminaba a mi otro lado. VR15 iba en medio, tarareando algo incomprensible, pero alegre. Su pequeña mano se aferraba a la mía, y daba brincos cortos cada vez que cambiábamos de dirección.
Los aromas eran agradables, desconocidos, pero reconfortantes. Nadie parecía triste ni preocupado; las personas sonreían con naturalidad, como si el peso del mundo no existiera allí. Envidié esa vida, esa calma que vibraba en el ambiente. De donde yo venía, eso no existía: el hambre y la sequía habían borrado incluso el significado de la palabra felicidad.
De pronto, VR15 soltó mi mano y corrió unos pasos delante de nosotros. Me asusté. Su cuerpo metálico producía un ruido pesado al moverse, pero no huía; solo exploraba. Seguía las señales del camino con sorprendente atención. Noté que en la ciudad no había vehículos de transporte: todos caminaban o se deslizaban suavemente con unos zapatos que parecían tener pequeñas ruedas. Todo era nuevo, irreal… para los tres.
—Lograste calmar a VR15 —dijo Kairen con un suspiro, ahora caminando a mi lado—. Parecía estar sobrepensando demasiado su apariencia.
—Solo dije algo que sentía que era verdad —respondí—. Mi abuela solía calmarme así cuando era niña. Yo confiaba plenamente en sus palabras.
Sonreí con nostalgia.
—Ella decía que yo era diferente, especial, única… y con el tiempo me lo creí. Si decía que mis ojos eran los más hermosos, yo lo aceptaba sin dudar.
—Recordé un momento en particular—. Cuando era niña solía pelear con mis hermanos. Ellos decían que eran más fuertes porque eran más grandes. Mi abuela me dijo que eso los hacía torpes, y que mi cuerpo pequeño me daba ventaja, que yo era más rápida. Le creí… y jamás volví a sentirme inferior.
—Las palabras tienen fuerza —murmuró Kairen—. Mucha. Tanto las buenas como las malas.
—¿Qué palabras recuerdas que te hayan dicho y que siempre creíste? —pregunté con cuidado.
—“Eres más que eso”.
—Mmm… dame el contexto —pedí con suavidad.
—No es fácil —dijo rascándose la cabeza—. Yo era un niño curioso… muy travieso —sonrió—. Mi madre solía decir que yo era “un gran problema”.
La sonrisa volvió, pero algo en ella se sentía forzado.
—Me imagino que eras un desastre —comenté, intentando aliviar el peso que empezaba a caer sobre él.
—Lo era. Recuerdo una ocasión… —bajó la voz—. Mis padres descansaban en su cubículo. Yo estaba leyendo un libro de animales, creo que sobre serpientes.
Me miró. Supe que pensó en mí.
—Lengua de víbora —sonreí con ironía.
—Exacto —me dio un leve empujón—. Quería mostrarles las imágenes, contarles todo lo que había memorizado. Pero cuando llegué, me sacaron del cuarto.
Bajó la cabeza. —No recuerdo bien por qué se molestaron… solo recuerdo lo que mi madre dijo: “No eres más que un niño raro. ¿No te das cuenta? Nadie te soporta”.
No supe qué decir. El silencio se volvió incómodo, denso. Cuando hablé, mi voz salió lenta, cuidadosa. —Lo siento… lamento que hayas tenido que escuchar eso. —Esas palabras se repitieron en mi cabeza hasta volverse una verdad —continuó—. Dejé de salir a jugar. Me aislé. Mi cuarto se volvió mi refugio… y las paredes, mi única compañía.
Sus ojos tristes se cruzaron con los míos apenas un instante.
—¿No tenías a nadie más? —pregunté con delicadeza.
—Sí. Luego conocí a Morty. Vivía cerca, era un hombre solitario. No tenía familia. Yo lo veía como una figura de protección… y él me veía como un niño falto de amor.
Su voz se volvió nostálgica.
—Huía de casa para ir con él. Me guardaba raciones de comida, leíamos juntos… —se quebró—. Él era todo lo que estaba bien en el mundo. El solía decirme, cosas positivas de ahí, aquellas palabras. Cuando murió, me quedé solo.
Guardó silencio. —Volví a encerrarme. Cerré mi corazón otra vez.
—Te entiendo —dije—. Estabas en tu derecho.
—No lo sé… —susurró—. Sentirte querido de verdad y perder eso… es morir lentamente.
Se detuvo y me miró de frente. —Mi madre siempre dijo que me encontró en un terreno baldío. Como si me hubiera hecho un favor. Nunca supe de dónde venía realmente.
—Respiró hondo—. No odio a VR15… pero no supo elegir bien. Saber cómo fue nuestra concepción, sentir que me enviaron con ellos, que me arrebataron la oportunidad de una familia real… ese resentimiento me consume.
Sus ojos ardían, fuego azul contenido. —No puedo perdonarlo.
—¿Por eso querías destruirlo? —pregunté. La pregunta sonó más dura de lo que pretendía.
—Creo que sí —admitió. Una lágrima cayó, apagando el fuego—. Pero no soy eso… solo estoy herido.
No dije nada. Simplemente lo abracé con fuerza, asegurándome de que me sintiera, de que supiera que estaba ahí. Él me devolvió el abrazo con la misma intensidad. Estaba roto… lo habían roto demasiado pronto. Pero su corazón, incluso fragmentado, seguía siendo su mayor tesoro. Ahora lo comprendía mejor. Y estaba dispuesta a ayudarlo a sanar.
—Oigan, sigan caminando —interrumpió VR15 con tono molesto—. No me gusta que se retrasen.
Llegamos a la guardería. Era un lugar cálido, lleno de colores y risas. VR15 no dudó en quedarse: podía jugar, pintar, bailar con otros niños. Al principio parecía incómodo, asustado… pero estaba a salvo. No habíamos dormido en mucho tiempo; supuse que ya era otro día. Fuimos a las habitaciones asignadas. No quise separarme de Kairen, así que lo dejé entrar a la mía. Nos recostamos en silencio.
No hacía falta hablar.
Nos mirábamos sin tocarnos, sin más. Ambos necesitábamos descansar.
Cuando desperté, Kairen aún dormía. Sus ojos cerrados y el rostro relajado eran prueba suficiente de que descansaba profundamente. Me incorporé con cuidado y me levanté para ir al baño. El lugar era sumamente agradable, silencioso, casi acogedor… hasta que un punzante dolor de cabeza me obligó a apoyarme contra la pared.
El espacio comenzó a sentirse reducido, asfixiante.
Algo no estaba bien.
Las paredes perdieron color, la luz se apagó lentamente, y de pronto todo se volvió gris, opaco, sin vida.
Estaba de vuelta en mi cubículo.
En mi casa.
Caminé en silencio, con el corazón golpeándome el pecho. No se escuchaba nada… excepto un sonido inconfundible.
Axel ladraba.
Corrí hasta mi habitación. Allí estaba él. El pequeño salió disparado hacia mí, moviendo la cola con desesperación. Me arrodillé y lo abracé sin pensar. ¿Cómo podía verme? ¿Cómo podía tocarlo? Quizá no era un viaje a un presente paralelo, tal vez solo una alucinación… pero se sentía demasiado real. Su pelaje áspero bajo mis dedos, su olor particular, su nariz húmeda rozando mi mejilla.