Mi Gorda Bella
Hola, soy Valentina Villanueva, tengo 17 años y si estoy apunto de cumplir los 18 años soy de Barranquilla, Atlántico. Nací el 14 de febrero de 2007 en esta tierra donde el calor parece no dar tregua y donde siempre hay una música sonando en alguna esquina.
Vivo con mi mamá... bueno, con mi tía, porque mi mamá murió cuando yo era muy chiquita. No tengo muchos recuerdos de ella, apenas algunas fotografías que mi tía guarda con muchísimo cariño. A veces me pregunto cómo habría sido crecer a su lado, escuchar sus consejos o simplemente recibir uno de esos abrazos que dicen que solamente una mamá sabe dar.
Mi tía ha sido mi familia, mi apoyo y la persona que nunca me ha dejado sola.
Pero últimamente no me he sentido bien conmigo misma.
No porque yo quiera sentirme así, sino porque hay personas que parecen disfrutar haciendo sentir mal a los demás.
En el instituto hay compañeros que constantemente se burlan de mí por ser gordita. Algunos me ponen apodos, otros hacen comentarios sobre mi cuerpo y, cuando paso cerca, hasta se dicen groserías entre ellos para que yo las escuche.
—¡Mira quién llegó! —dijo uno de ellos aquella mañana.
Sus amigos se rieron.
Yo fingí que no había escuchado nada y seguí caminando.
—Ay, Vale, no seas tan sensible —escuché detrás de mí.
Apreté los labios y continué hasta entrar al salón.
Por fuera trataba de aparentar que no me importaba, pero por dentro cada palabra se me quedaba dando vueltas.
Durante las clases intenté concentrarme, aunque me costaba muchísimo. Miraba mi cuaderno, copiaba lo que escribía el profesor y trataba de mantener la mente ocupada.
Cuando finalmente terminó la jornada, salí del instituto y regresé a casa.
El calor de Barranquilla estaba fuerte, y mientras caminaba solamente quería llegar, cerrar la puerta de mi cuarto y olvidarme de todo.
Apenas entré, dejé el bolso sobre una silla.
—¡Ya llegué! —grité.
Mi tía apareció desde la cocina.
—¡Ajá, mi niña! ¿Cómo te fue?
Intenté sonreír.
—Bien, tía.
Ella me miró unos segundos.
—No me vengas con cuentos, Valentina. Yo te conozco.
Bajé la mirada.
—Se burlaron otra vez de mí.
Mi tía suspiró y se acercó para abrazarme.
—Ay, mi patico, no esté así. Usted es bella, ¿oyó? No permita que unos pelaos sin oficio le hagan creer lo contrario.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Pero es que dicen cosas muy feas.
—¿Y desde cuándo lo que diga otra persona decide cuánto vales tú? —me preguntó.
No supe qué responder.
Después de hablar con ella un rato, me fui a mi habitación. Cerré la puerta y me cambié. Me puse unos shorts cómodos y un top para estar tranquila en la casa. Me miré unos segundos al espejo.
Por primera vez en todo el día, respiré profundamente.
Yo seguía siendo yo.
La misma Valentina que disfrutaba escuchar música, reírse por cualquier bobada, comer con su tía los domingos y soñar con tener una vida bonita algún día.
Quizás todavía me costaba creer en mí misma, pero mi tía tenía razón: nadie tenía derecho a hacerme sentir menos.
Me acosté en la cama y miré el techo.
—Ojalá algún día pueda dejar de preocuparme por lo que dicen —murmuré.
No sabía que ese día estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.
Porque al día siguiente, en el instituto, alguien iba a aparecer en mi vida.
Alguien que no se iba a reír de mí.
Alguien que, en lugar de fijarse en los comentarios de los demás, comenzaría a conocerme de verdad.
Y, aunque todavía no sabía su nombre, tampoco imaginaba que aquel muchacho terminaría convirtiéndose en una persona muy importante para mí.
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