Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 12: OLVIDAR
Olvidar a Martín no fue de un día para el otro.
No fue como en las películas, donde la protagonista se corta el pelo y al otro día ya está bien.
Fue más lento. Más real.
La primera semana lo extrañaba todo. Extrañaba su risa cuando yo decía algo mal en latín. Extrañaba su termo abollado. Extrañaba hasta sus mails corrigiéndome con rojo: "Rivas, esto está bien, pero puede estar mejor".
La segunda semana, lo extrañaba menos y me enojaba más.
La tercera, ya no lo extrañaba. Me extrañaba a mí cuando estaba con él. A la Elena que necesitaba que él le diga que era valiente para creérselo.
Torres no me apuró nunca.
Después de lo del colectivo, se volvió parte de mi rutina sin que me diera cuenta. Me mandaba un mensaje a las 7: "¿Ya te tomaste el 132? Cuidado que hoy para el subte". Me traía facturas a Beccar los sábados cuando yo me quedaba estudiando. "No son para vos, son para tu jefa, para que te tenga paciencia", me decía, y se iba.
Nunca más me dijo que estaba enamorado. Era como si hubiera entendido que si quería estar, tenía que estar sin pedir nada a cambio.
Un viernes, un mes y medio después de lo de Rosario, Beccar organizó un after office en un bar de Puerto Madero. Yo no quería ir. Estaba cansada, tenía el caso de la casa todavía en la cabeza.
Marcos me escribió: "Si no querés ir, no vayas. Pero si vas, yo te paso a buscar y te llevo a comer una hamburguesa después, de las baratas, para compensar tanta gente con camisa blanca".
Fui.
Tomé dos copas de vino. Por primera vez en mucho tiempo, me reí fuerte en un lugar sin sentir que sobraba. Bailé con las chicas de pro bono. Méndez, mi jefa, me dijo al oído: "Rivas, estás brillando. Seguí así".
Salí del bar a las once. Marcos estaba afuera, apoyado en la pared, con su mochila enorme y dos hamburguesas envueltas en papel.
"¿Viste? Te dije que eran baratas", me dijo.
Nos sentamos en el cordón de Puerto Madero a comer. Con las piernas colgando hacia el agua. Mi vestido de after office y sus zapatillas rotas.
"¿Te acordás cuando me decías pastelito de El Trébol?", le pregunté, de la nada.
"Me quiero morir cada vez que me acuerdo", me dijo. "Te juro que cada vez que me como un pastelito me acuerdo de tu cara y me da vergüenza".
"¿Sabés qué? Ahora me gusta que me digan así. Porque me recuerda de dónde salí. Y de todo lo que tuve que caminar para llegar acá".
Me miró. Pero no como antes, con culpa. Me miró distinto.
"Elena, ¿puedo preguntarte algo sin que te enojes y me bloquees de nuevo?".
"A ver".
"¿Vos creés que alguna vez, en un futuro muy lejano, cuando ya no seas mi abogada defensora ni mi compañera de colectivo, podrías... no sé... darme una oportunidad? Pero no ahora. Cuando vos quieras. Si querés".
Me quedé callada. Comí un pedazo de hamburguesa para ganar tiempo.
"Marcos, yo todavía estoy aprendiendo a estar sola. A no necesitar que nadie me defienda ni me valide. Y si empiezo algo con vos ahora, tengo miedo de confundir compañía con amor".
"Lo sé. Por eso te digo en un futuro lejano. Yo puedo esperar. Aprendí a esperar el 132 en hora pico, puedo esperar lo que sea".
Me reí.
"¿Sabés qué? No quiero un futuro lejano. Quiero hoy. Hoy quiero comerme esta hamburguesa barata con vos, acá, sin pensar en si es amor o no. Hoy quiero que seas mi amigo. Mi amigo el que sobraba, como yo. ¿Te sirve eso?".
Me miró y sonrió. Esa sonrisa que en primer año era canchera y ahora era sincera.
"Me sirve un montón, pastelito".
"¡Torres!".
"Perdón, perdón, abogada Rivas".
Nos quedamos ahí, comiendo, con los pies colgando, mirando el agua de Puerto Madero.
Por primera vez en seis meses, no pensé en Martín. No pensé en la oficina. No pensé en la libreta.
Pensé en que estaba bien. Acá. Ahora. Con una hamburguesa barata y un chico que había sido mi peor pesadilla y ahora era mi lugar seguro.
Y entendí que olvidar no es borrar.
Olvidar es hacerle lugar a otra cosa.
Y esa noche, por fin, le hice lugar.