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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:81
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

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Capítulo 1

El techo de aquel cuarto de hotel tenía una mancha de humedad con forma de país. La miré fijo, largo rato, tratando de acordarme de cómo había llegado hasta ahí: tendida boca arriba en una cama que olía a jabón barato y a hombre joven, con el cuerpo entero latiéndome como una sola herida tibia.

Adolorida. Esa era la palabra. Adolorida en lugares que llevaban años dormidos, en músculos que yo creía jubilados, en una parte de mí que había dado por muerta sin siquiera velarla.

A un costado de la cama, el muchacho se abrochaba la camisa sin prisa, botón por botón, como si tuviera todo el tiempo del mundo y yo fuera parte del mobiliario. Tenía la espalda ancha, el cuello moreno, el pelo revuelto pegándosele a la nuca por el sudor. Unas manos grandes que apenas media hora antes me habían sujetado las muñecas por encima de la cabeza, cruzadas contra la almohada, mientras yo arqueaba la espalda y le clavaba los talones y le pedía entre dientes, con una voz que no reconocía como mía, que no se detuviera.

Cerré los ojos y el cuarto volvió a mí en pedazos. La forma en que había cerrado la puerta con el pie, sin dejar de mirarme, como si temiera que yo me arrepintiera y él no pensara permitirlo. Sus dedos abriéndome el abrigo botón a botón, con una paciencia insolente, como quien desenvuelve algo que va a durarle mucho tiempo. Su boca bajando por mi cuello, por la clavícula, deteniéndose donde yo ni sabía que se podía uno detener, donde nadie se había detenido en años. "No tienes que apurarte", había murmurado contra mi piel, con una calma que me erizó entera, "nadie te está corriendo, vieja, aquí no hay reloj".

Fui yo quien terminó de quitarse el abrigo. Yo quien le agarró la camisa y lo jaló hasta que su boca volvió a la mía. Necesitaba sentir que todavía podía desear y ser deseada, que mi cuerpo no era el mueble viejo en que Rodrigo me había convertido. Dante me levantó de la cintura como si yo no pesara veinte años de cansancio y me acomodó contra las almohadas. Me quitó el sostén sin dejar de mirarme y cerró la boca sobre uno de mis pezones. El calor de su lengua me hizo arquear la espalda; cuando sus dedos apretaron el otro, solté un sonido tan abierto, tan poco mío, que habría debido darme vergüenza. No me dio ninguna.

Su mano bajó por mi vientre y se metió entre mis piernas. Me encontró húmeda. El roce de su pulgar sobre mi clítoris fue lento al principio, casi una pregunta; yo separé más las piernas y le marqué la respuesta empujando las caderas contra su mano. Entonces dejó de tratarme como algo frágil. Me tocó con una precisión que me desarmó, dos dedos dentro de mí y el pulgar insistiendo en el punto exacto, hasta que tuve que morderle el hombro para no gritar. Él se rio contra mi cuello, ronco, satisfecho, y bajó por mi cuerpo.

Cuando su boca reemplazó a sus dedos, perdí la poca dignidad que me quedaba. Le agarré el pelo, le pedí que no se detuviera y me vine contra su lengua con las piernas temblando alrededor de sus hombros. Apenas me dejó recuperar el aire. Abrió el envoltorio de un condón con dedos apresurados, se lo puso y volvió sobre mí, duro, caliente, mirándome de frente. Lo atraje con las piernas. La primera embestida me arrancó el aliento; la segunda me hizo clavarle las uñas en la espalda. Después encontré el ritmo con él, lento primero, tan lento que era casi una tortura, y luego nada de lento.

Me sujetó las muñecas por encima de la cabeza y yo lo dejé, arqueándome para recibirlo más hondo, diciéndole entre dientes que siguiera. Su boca se pegó a mi oído, diciéndome cosas que un hombre no me decía desde que yo era joven, mientras su cuerpo golpeaba el mío y el placer volvía a subir, brutal, sin permiso. Llegué otra vez con su nombre atravesado en la garganta. Él terminó poco después, con la frente contra la mía y todo el cuerpo tenso. Me quedé temblando debajo de él, con los ojos mojados, y no supe si era placer o si era el llanto de dos décadas que por fin, esa noche, con ese desconocido, encontraba por dónde salirse.

Cuarenta años. Yo, Beatriz Nava, profesora de Literatura, cuarenta años cumplidos, acababa de acostarme con un mecánico que había levantado en la banqueta como quien recoge una piedra para aventarla contra una ventana.

"A tu edad, ¿quién te va a querer?"

La voz volvía, siempre volvía, y no era la mía. Era la de Rodrigo. Y para entender por qué yo estaba en ese cuarto, con ese muchacho, hay que retroceder unas horas. Hay que volver al momento en que yo todavía era otra mujer. Una que aún creía en su matrimonio.

Esa tarde cumplíamos veinte años de casados. Veinte. Había salido temprano de la universidad, pasé al mercado, hurgué entre los puestos hasta escoger el mejor pescado, regateé por costumbre, compré una botella de vino que no podía pagar sin pensarlo dos veces. Iba a cocinarle. Iba a poner el mantel bueno, el que solo saco en Navidad, a encender velas como una tonta, a esperarlo con la cena caliente igual que llevaba haciéndolo desde los veinte años, cuando me casé convencida de que el amor era eso: aguantar, servir, estar. Estar siempre, aunque nadie notara que estabas.

Metí la llave. Abrí la puerta de la casa que tanto me costó volver un hogar.

Y ahí estaban.

En mi sala, en mi sofá, Rodrigo con una muchacha mucho más joven. La blusa de ella a medio quitar, un zapato en el piso, la cabeza echada hacia atrás. La boca de él en el cuello de ella. La escena tan clara, tan obscena y a la vez tan doméstica —la lámpara encendida, el cojín que yo bordé, el desorden de una tarde cualquiera— que por un segundo pensé que me había equivocado de casa.

No me equivoqué.

—Beatriz. —Ni siquiera se sobresaltó. Solo dijo mi nombre como quien cierra un libro aburrido a media página.

No recuerdo bien lo que grité. Recuerdo la bolsa del mandado reventándose contra el piso, el pescado resbalando fuera de su papel, la botella de vino rodando bajo la mesa sin romperse, como burlándose de mí. Recuerdo que me le fui encima, que jalé el pelo de la muchacha, que ella chilló, que Rodrigo me sujetó de los brazos y forcejeamos en medio de la sala como dos animales.

Y recuerdo la mano.

Rodrigo levantó la mano y me la estampó en la cara.

Cuarenta años, y era la primera vez que un hombre me pegaba. La mejilla me ardió, la oreja me zumbó, y en ese zumbido cupo entera mi vida: las cenas frías esperándolo hasta la medianoche, los cumpleaños que olvidó, las noches en que me dormía de espaldas fingiendo que ya no me importaba, los "estás gorda", los "no exageres", los "así eres tú de complicada". Todo. En un solo zumbido.

—Estás vieja y estás loca —dijo él, acomodándose la camisa, recobrando su tono de hombre razonable—. A tu edad, ¿quién te va a querer? Deberías agradecer que sigo aquí, aguantándote.

La muchacha me miraba desde el sofá con una lástima que era peor que cualquier insulto.

Salí corriendo. No lloré en las escaleras. No lloré en el elevador. No lloré en la calle. Corrí con la mejilla ardiendo y el pecho hueco por avenidas que no reconocía, hasta que las piernas me temblaron y el aire helado de la ciudad me raspó la garganta, y me detuve, sin aliento, frente a un taller mecánico con el letrero a medio prender.

En la cortina, recargado, había un muchacho jugando con el celular.

Alto. Joven. Guapo de esa manera insolente que tienen los que nunca han sufrido de verdad. Con la camisa abierta un botón de más pese al frío, como si el invierno fuera un asunto de otros.

Levantó la vista. Y me miró. Me miró como se mira a una mujer —de arriba abajo, sin prisa, con curiosidad—, no como se mira a una carga, no como se mira a una señora, no como Rodrigo me había mirado en los últimos diez años, que era no mirándome.

Y yo, que llevaba veinte años siendo decente, respirable, invisible, me acerqué y le dije lo que jamás pensé que diría en voz alta.

—¿Cuánto por una noche?

Él arqueó una ceja. Se guardó el celular en el bolsillo del pantalón, despacio, sin dejar de estudiarme.

—No cobro —dijo, y sonrió de lado—. Pero acompaño.

Así habíamos llegado a este cuarto. Así había yo, la profesora Nava, la que corregía ensayos sobre Sor Juana y citaba a Rulfo de memoria, convertido mi humillación en venganza, mi dolor en un cuerpo ajeno, mi aniversario de bodas en la noche más loca de mis cuarenta años.

—¿En qué piensas? —Su voz me trajo de vuelta al techo con forma de país.

Se había sentado al borde del colchón, ya con la camisa puesta y mal fajada, mirándome con una curiosidad que no le había pedido y que, para mi fastidio, no me molestaba tanto como debería.

—En nada. —Me incorporé, jalando la sábana para taparme, aunque a estas alturas era ridículo pretender pudor con el único testigo de lo que acababa de hacer—. ¿Cómo te llamas?

—Dante. —Ladeó la cabeza—. ¿Y tú, vieja?

Vieja.

Debí ofenderme. Debí abofetearlo yo también, devolverle a la humanidad entera la cachetada que traía guardada. Pero lo dijo sin crueldad, casi con ternura, como un apodo gastado de tanto usarlo, como si lleváramos años en esto y no unas horas. Y a mí, después de la palabra de Rodrigo —esa misma palabra, "vieja", escupida con desprecio—, en la boca de este muchacho me sonó distinta. Suave. Hasta deseada.

—Beatriz —dije.

—Beatriz. —La saboreó, separando las sílabas, como quien prueba un vino—. Te queda. Suena a mujer que sabe lo que quiere.

Guardé silencio. El cuerpo me pesaba de una forma nueva, casi buena, y eso me asustó más que la culpa. No había venido a sentirme bien. Había venido a lastimarme, a lastimar a Rodrigo aunque él nunca lo supiera, a devolverle al mundo entero la bofetada que traía atravesada en la mejilla. Había venido a comprobar con carne y hueso que todavía era alguien, que todavía existía una mujer debajo del delantal y de los años y del silencio y de los "a tu edad, ¿quién te va a querer?". Y el problema era que lo había comprobado. El problema era que este desconocido de nombre bonito, este muchacho al que había recogido de una banqueta por pura rabia, me había tratado en una sola noche mejor que mi marido en veinte años enteros, y eso, en lugar de consolarme, me daba unas ganas terribles de llorar.

Porque no era justo. Porque a los cuarenta años una debería tener la vida resuelta y en cambio yo la tenía hecha añicos en un cuarto de hotel. Porque descubrir a esas alturas que el cariño podía sentirse así, que un cuerpo podía buscarte así, era como enterarse de que llevabas toda la vida pasando hambre al lado de una mesa servida a la que nadie te invitó a sentarte.

"Esto no significa nada. Esto se queda aquí. Mañana no existe."

Me estiré hacia mi bolsa, tirada junto a la pata de la cama. Saqué la cartera con dedos que todavía no me obedecían del todo. Conté cinco billetes de a cien, quinientos pesos, todo el efectivo que traía encima, y se los tendí sin mirarlo a la cara, con el brazo estirado y firme, como quien paga la cuenta de la luz.

—Toma. Por la molestia.

Silencio.

—Es lo justo —insistí, la mano en el aire, la voz plana, esa voz de maestra que uso para que nadie note que por dentro me estoy cayendo a pedazos—. Fue solo esto. Una noche. Cada quien a su vida. Nos olvidamos.

Él no tomó el dinero.

Alargó la mano, sí, pero no hacia los billetes: hacia mi muñeca. La rodeó con los dedos, despacio, sin apretar, justo donde antes me había sujetado, y ahora el gesto no tenía nada de urgencia y sí algo que no supe nombrar. Con la otra mano tomó los cinco billetes, los juntó, y los dejó sobre la almohada, junto a mi cabeza, alisándolos uno por uno como quien acomoda algo que piensa volver a usar.

—No quiero tu dinero —dijo, sin soltarme la mirada.

—Entonces, ¿qué quieres? —Se me escapó, irritada, temblorosa, con un filo de miedo que no supe de dónde salía—. ¿Más? No traigo más. Ya te dije que fue una noche.

Se acercó. Olía a jabón barato y, debajo, a algo tibio, a piel, a él. Puso su frente casi contra la mía, tan cerca que sentí su aliento, y en sus ojos había una seriedad que no le había visto en toda la noche, una seriedad de hombre y no de muchacho, una seriedad que no cuadraba con alguien que arreglaba coches y mataba el rato con el celular en la puerta de un taller.

—Quiero algo a largo plazo contigo.

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