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Mi Sexy Jefe Es el Padre de Mi Enemiga

Mi Sexy Jefe Es el Padre de Mi Enemiga

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Romance de oficina
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17: LA CONSAGRACIÓN DEL DESEO +18

Nicolas Donovan

ADVERTENCIA: EL SIGUIENTE CAPÍTULO CONTIENE ESCENAS DE CONTENIDO EXPLÍCITO Y LENGUAJE ADULTO (+18). RECOMENDADO ÚNICAMENTE PARA MAYORES DE EDAD.

Las palabras de Chloe Bennett se clavaron en mi pecho como una descarga de alto voltaje, incinerando la última pizca de racionalidad que me quedaba. «Te deseo». Su confesión, arrastrada por un jadeo que me quemó la piel del cuello, fue el detonante definitivo.

El satén azul medianoche de su vestido estaba arrugado, la tela del escote desgarrada revelaba el encaje oscuro que contenía su respiración agitada, y la humedad que había percibido en mis dedos me confirmó que no había vuelta atrás.

Ya no era una cuestión de contratos, de jerarquías ni de lo que fuera correcto ante los ojos del mundo. Se trataba de una necesidad primitiva, una fuerza de la naturaleza que me exigía reclamar el cuerpo de la mujer que había puesto de rodillas mi cordura.

Sin romper el contacto de nuestras miradas, deslicé mis brazos por debajo de su cuerpo con un movimiento fluido y autoritario. La tomé en brazos con una facilidad pasmosa, levantando su silueta esbelta contra mi pecho.

Chloe soltó un pequeño suspiro de sorpresa y de forma instintiva rodeó mi nuca con sus brazos, hundiéndose en el calor de mi torso cubierto por el chaleco azul marino. Podía sentir el latido frenético de su corazón golpeando mis costillas, una melodía desbocada que compaginaba a la perfección con la urgencia que me dictaban mis propias entrañas.

Caminé a pasos firmes y largos por el pasillo de la suite presidencial, guiado únicamente por el aroma a lluvia fresca de su cabello suelto. Empujé la puerta de madera con el hombro y la llevé directamente a la habitación principal, un espacio sumamente amplio iluminado solo por la luz tenue que se filtraba desde los ventanales que daban al lago de Ginebra. El ambiente aquí dentro era gélido, pero el fuego que cargábamos entre los dos amenazaba con derretir los cristales.

La deposité en la inmensa cama de sábanas de seda blanca con una delicadeza tosca, asegurándome de que su cabeza descansara sobre las almohadas mullidas. Me posicioné de inmediato sobre ella, apoyando mi peso en las rodillas y los antebrazos, acorralándola bajo la inmensidad de mi cuerpo. Su cabello rubio se esparció por el edredón como hilos de oro y sus ojos verdes, dilatados por la lascivia y la expectativa, me buscaron con una fijeza que me nubló el juicio.

—Nicolas... —pronunció mi nombre en un susurro tembloroso, una súplica muda que no necesitaba traducción.

—Shh... mírame, Chloe —ordené, con mi voz barítona descendiendo a un registro sumamente ronco y espeso—. Esta noche vas a ser mía de todas las formas posibles. No te muevas.

Comencé a desnudarla lentamente, transformando cada movimiento en un ritual de adoración absoluta. Mis manos grandes, acostumbradas a firmar acuerdos implacables, se volvieron meticulosas al deslizar los tirantes del vestido azul por sus hombros perfectos.

Fui bajando la tela de satén centímetro a centímetro, permitiendo que el aire frío de la habitación rozara su piel pálida, provocándole un estremecimiento que me hizo tensar la mandíbula. Mientras lo hacía, intercalé besos apasionados, hambrientos y posesivos sobre sus labios, saboreando el labial rojo que comenzaba a correrse por nuestras comisuras, marcándola como mi propiedad antes de que la noche terminara.

Cuando el vestido cayó por completo a los pies de la cama, dejándola expuesta únicamente en su lencería de alta costura, me detuve a contemplarla. La vista era un delirio. El encaje negro de París creaba un contraste devastador con la blancura inmaculada de su piel.

Me incliné hacia adelante y, con una lentitud agónica que pretendía prolongar su tortura y la mía, le deslicé el sostén de encaje negro, liberando la redondez perfecta de sus senos. Sus pezones rosados, ya erectos y duros por la excitación y el frío, se ofrecieron ante mis ojos como dos frutos prohibidos que me correspondía cosechar.

No esperé. Bajé la cabeza y los tomé con mi boca. Comencé a chupar cada uno de ellos, alternando entre los dos con una voracidad controlada, usando la punta de mi lengua para delinear su contorno y luego succionando con fuerza, escuchando cómo Chloe arqueaba la espalda hacia arriba, enterrando sus dedos en mi cabello negro con desesperación mientras un gemido agudo escapaba de su garganta.

—Oh, Dios... Nicolas... se siente demasiado bien —jadeó ella, con la respiración completamente rota, moviendo sus caderas de forma involuntaria contra el colchón.

—Eres perfecta, Chloe —murmuré contra su piel húmeda, dejando un rastro de besos calientes que descendieron por su abdomen plano, haciéndola vibrar bajo mis labios—. Te lo dije hoy en la tienda, eres una maldita obra de arte hecha exclusivamente para mí.

Fui bajando mi cuerpo por el colchón hasta llegar a la última barrera que nos separaba. Mi mano grande se posó en el borde de su braga de encaje negro, sintiendo el calor abrasador que emanaba de su centro. Se la quité lentamente, deslizando la prenda fina por la línea de sus muslos torneados y sus tobillos, hasta arrojarla fuera de la cama.

Me incorporé ligeramente sobre mis rodillas para apreciar la vista espectacular que tenía ante mí. Su cuerpo desnudo era hermoso, una sinfonía de curvas suaves e inocencia que me aceleró los latidos a una velocidad demencial. Al verse tan expuesta bajo la intensidad de mi mirada fija, Chloe se ruborizó por completo y, movida por una timidez instintiva, intentó cubrirse la intimidad cruzando las piernas y tapándose con las manos.

—No hagas eso —le dije, con un tono firme pero cargado de una ternura oscura.

Tomé sus muñecas con suavidad y la aparté, fijando sus brazos a los costados de su cuerpo sobre las sábanas. Abrí sus piernas con una parsimonia implacable, acomodándome entre sus muslos blancos. Me incliné hacia abajo y comencé lentamente a adorar su zona más íntima con mis labios. Al sentir el primer contacto de mi lengua húmeda y caliente contra su delicada y sensible flor, Chloe soltó un grito ahogado, un gemido de puro placer que resonó en toda la habitación.

La esencia de su feminidad, dulce y completamente desbordada de humedad, me embriagó por completo. Comencé a chuparle su sexo con movimientos rítmicos y profundos, usando mis dedos para acariciar la cara interna de sus muslos y tensar la piel para saborearla mejor. La tensión sexual llegó a un punto insoportable. Chloe comenzó a agitarse sobre la cama, girando la cabeza de un lado a otro mientras sus caderas daban pequeños espasmos hacia arriba, buscando más de la deliciosa tortura que mi boca le estaba infligiendo.

—¡Nicolas! ¡No puedo... voy a...! —exclamó ella, con la voz quebrada, al borde del colapso sensitivo.

Sabiendo que estaba en el límite, incrementé la presión de mis labios y la velocidad de mis caricias hasta que el cuerpo entero de Chloe se tensó como una cuerda de violín. Soltó un gemido largo, agudo y descontrolado mientras su intimidad pulsaba repetidamente contra mi boca, llegando a un orgasmo devastador que la dejó temblando de pies a cabeza, con la respiración jadeante y los ojos fijos en el techo, completamente derretida por el placer.

Me puse de pie de inmediato sobre el colchón, con la sangre hirviéndome en las venas y el deseo latiéndome con una fuerza brutal en las entrañas. Me desabroché el pasador de plata de la corbata, tiré el chaleco azul marino al suelo y me desnudé con movimientos rápidos y decididos, liberando mi masculinidad. Mi miembro, gigantesco, rígido y completamente congestionado por la abstinencia y la lujuria de las últimas semanas, quedó expuesto ante ella, latiendo con cada uno de mis impulsos protectores y posesivos.

Al ver la magnitud de mi anatomía masculina, el rastro de la languidez del orgasmo desapareció de los ojos de Chloe. Se puso visiblemente nerviosa, tragando saliva audiblemente mientras intentaba retroceder un milímetro sobre las almohadas. Sus manos temblaron al apoyarse en el colchón.

—Nicolas... —articuló, con un hilo de voz cargado de una timidez que me atravesó el pecho—. Espera... yo... yo soy virgen. Nunca lo he hecho con nadie.

La revelación cayó en el espacio como una bomba de tiempo.

Me quedé estático por una fracción de segundo, mirándola con una fijeza microscópica. El hecho de que fuera completamente pura, de que ningún maldito hombre en el campus ni en el mundo hubiera tocado una sola de sus fronteras antes que yo, desató una oleada de orgullo y posesividad tan salvaje que casi me hace perder los estribos. Ella era mía en su totalidad. Su primera vez me pertenecía por derecho de destino.

Reprimí con un esfuerzo sobrehumano el impulso animal de embestirla con fuerza, obligándome a contener el deseo salvaje que me empujaba a reclamarla de golpe. Debía hacerlo bien. Debía ser lento, delicado y preciso para no lastimar la joya que se me estaba entregando.

Me deslicé nuevamente entre sus piernas, apoyando mis manos a los lados de su cabeza. Me incliné y le di un beso apasionado, profundo y reconfortante, transmitiéndole toda la seguridad de mi cuerpo robusto sobre el suyo.

—Mírame a los ojos, cariño —susurré, rozando mis labios con los suyos, sintiendo el calor de su aliento—. Confía en mí. No te voy a lastimar. Solo relájate y déjate llevar.

Apoyé la punta de mi formidable masculinidad contra la entrada de su estrecho santuario. Al sentir la presión inicial y la inmensidad de mi tamaño intentando abrirse paso, Chloe cerró los ojos con fuerza y soltó un quejido bajo, tensando los músculos de las piernas.

—Me vuelves loco, Chloe... eres perfecta —le dije en voz baja, distrayéndola con besos húmedos en sus mejillas, en sus párpados y bajando por la línea de su mandíbula mientras, con un movimiento lento, constante y sumamente delicado, comencé a entrar en ella.

El camino era estrecho, un muro de pura inocencia que resistía mi avance. Empujé milímetro a milímetro, dejando que poco a poco su cuerpo se acostumbrara a la anchura y a la firmeza de mi miembro. Escuché un gemido ahogado de dolor mezclado con placer cuando rompí la última barrera de su intimidad, hundiéndome por completo dentro de ella hasta que nuestras pelvis chocaron con un sonido seco.

Me quedé inmóvil en el fondo de su centro, sintiendo cómo sus paredes calientes y apretadas se contraían a mi alrededor en un intento por contener toda mi longitud, aprisionándome en un abrazo interno que casi me hace acabar en ese mismo instante.

Chloe abrió los ojos, que estaban ligeramente empañados por unas lágrimas de dolor inicial, pero al ver la devoción y la intensidad ardiente en mi mirada, sus facciones se relajaron y una sonrisa de absoluta entrega se dibujó en sus labios rojos.

—Ya está, amor... ya pasó —le aseguré con un barítono ronco, limpiándole una lágrima con el pulgar mientras reanudaba los besos apasionados, moviendo mis labios con una lentitud que pretendía borrar cualquier rastro de molestia.

Esperé unos momentos a que su cuerpo se adaptara por completo a la presión de tener todo mi tamaño dentro de ella. Cuando noté que sus músculos se relajaban y que comenzaba a moverse sutilmente hacia arriba, buscando el ritmo, supe que era el momento. Comencé a moverme. Al principio con embestidas pausadas, suaves y controladas, saliendo casi por completo para luego hundirme con precisión en su centro ardiente.

El roce de nuestras pieles desnudas, el sonido espeso de nuestra intimidad chocando y los jadeos que llenaban la habitación presidencial crearon una sinfonía de pura lascivia. A medida que el placer borraba el dolor, Chloe comenzó a envolver mi cintura con sus piernas, obligándome a ir más profundo, entregándose al ritmo salvaje que yo dictaba desde arriba.

—Nicolas... más... por favor... no pares —suplicó ella, con la voz totalmente rota por la intensidad, con los pezones rosados rozando el vello de mi pecho con cada embestida.

—Eres mía, Chloe... toda mía —rugí, perdiendo el control del movimiento lento, incrementando la velocidad y la fuerza de los impactos, transformando la delicadeza inicial en una posesión firme y vigorosa que hacía crujir la estructura de la inmensa cama.

La fricción era intolerable, un cortocircuito de puro placer que nos estaba consumiendo las pocas fuerzas que nos quedaban. La estrechez de su cuerpo me ordeñaba el miembro con una delicia que me nubló los sentidos.

Vi cómo el rostro de Chloe se contraía una vez más en esa mueca de éxtasis supremo; sus paredes internas comenzaron a contraerse de forma espasmódica alrededor de mi hombría, succionándome con fuerza mientras ella volvía a llegar al orgasmo por segunda vez, soltando un grito desgarrador que llenó toda la suite.

Verla derramarse de placer bajo mi cuerpo fue el detonante de mi propia liberación. No intenté salir. No me importó nada más que sellar este pacto de sangre y deseo en lo más profundo de su ser. Con una última embestida brutal y profunda, que nos unió por completo, solté un rugido ronco y acabé dentro de ella con una fuerza torrencial, vaciando todo mi ser en su interior en grandes y ardientes pulsaciones que nos hicieron temblar a los dos sobre el colchón.

Me desplomé lentamente a su lado, completamente exhausto, con la piel empapada de sudor y el pecho subiendo y bajando con violencia. La atraje de inmediato hacia mi costado, envolviéndola con mis brazos grandes y cubriéndonos a ambos con la sábana de seda blanca. Chloe apoyó la cabeza en mi pecho, escuchando los latidos erráticos de mi corazón, completamente unida a mí en el silencio de la madrugada de Ginebra.

Le besé la coronilla, aspirando su aroma por última vez, mientras apretaba mi mano en su cintura con una firmeza que dejaba claro que el mundo entero tendría que pasar sobre mi cadáver antes de volver a alejarla de mí.

—Ahora eres mía para siempre, cariño —sentencié con mi voz profunda, sellando el destino de ambos en la penumbra de la noche europea.

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Agripina Botines
y no hay continuidad de la lecto novela??
Zuleima Chavez
muy buena pero no deberían publicar si está incompleta
Celeste Godoy: Hola, gracias por darle una oportunidada la novela/Drool/ pero, a los escritores nos conviene subir por partes ya que ganamos por la retención de lectores y en lo que va de la publicación de la novela hasta ahora estoy actualizando a un ritmo constante y diario. /Shy//Shy//Shy/
total 1 replies
Agripina Botines
buena trama...pero nos deja esperando más capítulos....
Celeste Godoy: Hoy en la noche se viene /Chuckle/
total 1 replies
Zuleima Chavez
excelente
Celeste Godoy: MUCHAS GRACIAS REINA♥️♥️♥️♥️✨️
total 1 replies
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