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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:87
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 14

Capítulo 14 — Rumbo a Panamá

El avión era suyo, por supuesto. Todo lo que tocaba ese hombre era suyo: el helicóptero que nos llevó hasta la pista escondida en la sierra, la pista misma, el jet blanco con el león en llamas discreto en la cola. Me subieron con un vestido que costaba más que un año de mi carrera y unos zapatos que no eran de mi número. Basilio me despidió al pie de la escalerilla con una reverencia envenenada. Saúl viajó adelante, con los pilotos. Atrás quedábamos él y yo, y ocho horas de cielo.

El interior no parecía un avión. Parecía la sala de una casa carísima: sillones de cuero color crema, una mesa de madera pulida, una alfombra que se tragaba los pasos. Una azafata me ofreció champaña y jugo y fruta cortada en abanico, y yo, que dos semanas atrás me moría de sed en una jaula, dije "agua, por favor" con toda la dignidad que pude fingir. Saúl pasó una vez a dejarle unos papeles a Dante, me miró de reojo —esa mirada suya que nunca supe si era desprecio o lástima— y volvió a la cabina. Nos dejó solos. Y el silencio, allá arriba, pesaba todavía más que abajo.

Me había pasado la noche entera repasando el plan. Panamá era una ciudad de verdad, con aeropuerto, con bancos, con embajadas, con gente. No era la sierra. Si en algún lugar del mundo yo iba a poder pedir auxilio, era ahí. Pero para eso necesitaba que él confiara, y para que confiara necesitaba darle lo que había ensayado de rodillas en la Capilla. Así que, cuando el avión niveló y él abrió una carpeta de documentos, respiré hondo, guardé el orgullo en el bolsillo más hondo que encontré y me lancé.

—Señor. —Me solté el cinturón, me pasé a su lado, me senté muy cerca—. He estado pensando estos días. Mientras tallaba el piso, sobre todo. —Bajé la voz, la puse suave, casi tímida—. Creo que me estoy enamorando de usted.

No levantó la vista de los papeles.

—Sé que suena raro después de todo —seguí, porque ya no podía parar—. Pero es que… nadie me había cuidado como usted. Los duraznos. La sopa. Que volara desde la frontera. Una empieza a ver las cosas distinto. —Le puse una mano en el brazo—. Deme una oportunidad. De conquistarlo, digo. De ganármelo bien, no a la fuerza. Ya no quiero pelear.

Pasó una página. Luego otra. Y sin mirarme, con una calma que daba escalofríos, dijo:

—¿Lo ensayaste mucho?

Se me heló la sangre.

—No sé de qué…

—Anita. —Cerró la carpeta despacio y por fin me miró, y en sus ojos no había ni rastro de haberse creído una sola palabra—. Llevas dos días mirándome como el que le sonríe al perro que lo va a morder. Hablas de amor con la voz de quien pide un favor. —Ladeó la cabeza—. No se me da bien mucha gente, pero se me dan de maravilla los que mienten. Es lo único que me rodea desde que tengo memoria. Y tú mientes fatal.

Me ardió la cara. Estuve a punto de retirarme a mi asiento con lo que me quedaba de dignidad. Pero algo —el cansancio, la vergüenza, la rabia de que me leyera como a un cartel— me hizo soltar, sin pensarlo, la única frase que no había ensayado:

—Lo siento.

Y esa sí fue verdad. No sé por qué. Quizá porque estaba harta de fingir, o porque de verdad me daba pena rebajarme a fingir, o porque en el fondo pedía perdón por ser una tramposa mala, o por todo a la vez. Lo dije bajito, mirándome las manos.

—Lo siento —repetí—. Es que ya no sé de qué otra manera sobrevivir con usted.

Algo pasó.

Lo sentí, más que verlo. El aire cambió. Él se quedó muy quieto, con la carpeta cerrada sobre las rodillas, mirándome como si le hubiera hablado en un idioma que llevaba años sin oír. Después supe —mucho después— que a un hombre así nadie le pedía perdón nunca. La gente le rogaba, le adulaba, le temía, le mentía. Pero disculparse, mirándolo a los ojos, con la voz pequeña y verdadera, eso no. Eso no se lo había hecho nadie desde que era un niño y todavía tenía otro nombre.

En ese momento yo no sabía nada de su niñez, ni de ese otro nombre, ni de por qué un "lo siento" podía pegarle como un tiro. Solo vi el efecto: que se le fue el hielo de los ojos un segundo, que apretó la mandíbula, que abrió la boca para decir algo y la volvió a cerrar.

—No hace falta que sientas nada —dijo al fin, y la voz le salió más ronca de lo que él quería—. No te pedí perdón. Te pedí obediencia.

—Ya lo sé —contesté—. Pero se lo di igual. A veces uno se disculpa no porque se lo pidan, sino porque le queda dentro. —Me encogí de hombros—. En mi casa se hace así. Uno pide perdón, se abraza, se come algo y ya. No sé hacerlo de otra manera.

Me miró como si le hubiera enseñado un animal que no había visto nunca. En su mundo —lo entendí mucho después— nadie se disculpaba, nadie se abrazaba porque sí, y la comida era una forma más de mandar. Lo que para mí era lo más normal del mundo, para él venía de otro planeta.

No dijo nada durante un largo rato. Yo tampoco. El avión zumbaba. Afuera el cielo se puso naranja y después azul oscuro.

En algún momento tuve frío —el aire acondicionado, el vestido de tela ligera— y me abracé los brazos. Sin una palabra, él se quitó el saco y me lo echó sobre los hombros. La tela guardaba su calor y su olor, y yo, que había venido a fingir cariño, sentí de repente uno de verdad, incómodo, que no había pedido y que no quería.

Me quedé muy quieta debajo del saco, sin saber qué hacer con las manos. Era ridículo. Ese hombre me había encerrado, me había humillado, me había mentido con una geografía entera; y bastaba que me tapara del frío para que algo en mí, algún animalito tonto y hambriento de cariño, quisiera acurrucarse. Me odié por eso. Me prometí, mirando el techo del avión, que no volvería a ablandarme por un saco tibio. Y supe, con la misma claridad, que era una promesa que quizá no iba a poder cumplir.

—No te confundas —dijo entonces, recuperando el hielo, como quien se pone otra vez una armadura—. Sigues siendo mía porque yo lo decido. Un "te quiero" tuyo no cambia nada. Un "lo siento" tampoco. —Miró por la ventanilla—. Pero al menos el segundo me gustó más.

Cuando empezamos a descender, me asomé por el cristal y me olvidé de respirar.

Abajo, del negro del mar y de la noche, se levantaba una ciudad de luces como no había visto nunca: torres de vidrio apiladas hasta el cielo, avenidas de oro líquido, un canal que partía el mundo en dos y lo cosía con barcos. Después de la sierra, de la jaula, de los muros, aquello parecía otro planeta. Se me llenaron los ojos sin querer.

Pensé en Veracruz, en el malecón, en las lucecitas de los puestos de mariscos que de niña me parecían un lujo. Aquello no tenía nada que ver. Aquello era dinero de otro tamaño, dinero que doblaba el mundo, y yo, con mi vestido prestado y mis zapatos que no eran de mi número, entendí de golpe contra qué estaba peleando. No era un hombre. Era un imperio entero, encendido allá abajo como una hoguera, y yo era una muchacha de pueblo con una tarjeta de hotel en la mano.

—Panamá —dijo él, a mi lado, viéndome mirar.

Y entonces, sin avisar, me tomó la mano y me apretó algo en la palma: pequeño, frío, con filo de plástico. Cerró mis dedos encima con los suyos y no me dejó abrirlos.

—Guarda eso —dijo, y por primera vez en todo el viaje sonrió de verdad, con una sonrisa que no supe si era promesa o trampa—. Mañana te doy algo mejor que un beso falso, Mía. Algo con lo que de veras vas a querer jugar.

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