Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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Capítulo 14: La playa, la luna y la despedida que no llega
📖 Capítulo 14: La playa, la luna y la despedida que no llega
💬 Verónica — Primera persona
Me quedo sola en la cocina, escuchando cómo su auto se aleja por la calle. Y entonces las lágrimas caen solas. ¿Por qué duele tanto? Apenas lo conozco. Es un idiota. Un hombre complicado. Un hombre que no sabe lo que quiere. Entonces, ¿por qué siento como si se hubiera llevado una parte de mí al irse?
Subo las escaleras despacio, sintiendo el peso en el pecho. Entro a mi cuarto, cierro la puerta y me meto al baño. Lleno la bañera con agua tibia, me desvisto y me sumerjo en ella, dejando que el agua me abrace como nadie más puede hacerlo. Lloro en silencio, dejando que todo el dolor, la confusión y el miedo se mezclen con el agua. No sé qué estoy haciendo mal. Solo sé que duele. Mucho.
Salgo, me seco y me pongo algo cómodo: un bañador debajo de unos shorts sueltos y una blusa ligera. Miro por la ventana y veo la luna brillando sobre el mar. No puedo quedarme aquí. Necesito respirar. Necesito mi lugar tranquilo.
Sin decirle a nadie a dónde voy, salgo de casa y conduzco hasta la playa. El mar está oscuro, profundo, solo iluminado por la luz plateada de la luna sobre las olas. Me siento en la arena fría y abrazo mis rodillas. Las lágrimas vuelven a caer.
—¿A qué juegas, Rafael? —le susurro al viento—. Un momento me quieres como si fuera lo más importante de tu vida, y al siguiente me dices que no sabes si te quedarás. ¿A qué demonios estás jugando conmigo?
Me quito la blusa y los pantalones y camino hacia el agua. El mar está fresco, me abraza y me calma. Me alejo lo suficiente para flotar boca arriba, mirando la luna llena. Solo soy yo, el agua y el silencio. Aquí nadie me lastima. Aquí todo está en paz.
Pero lo que no sé es que alguien ha estado ahí desde que llegué. Escondido entre las sombras de las dunas, con el corazón latiéndole desbocado, viéndome como si yo fuera la única luz en su mundo oscuro. No se atreve a acercarse, pero tampoco puede irse. Como dice él: es como un imán. No puede alejarse.
—¿Qué haces aquí a esta hora? Puedes enfermarte —dice de pronto, rompiendo el silencio de la noche.
Reconozco esa voz al instante. No volteo. No quiero que me vea así, tan vulnerable, con los ojos hinchados y el corazón roto. Decido nadar de regreso a la orilla en silencio. Él camina junto a mí, sin insistir, sin tocarme, solo ahí.
Cuando llego a la arena, saca una toalla de una mochila que no había notado que traía. No me la entrega de inmediato. Se queda sosteniéndola, mirándome con esos ojos oscuros que me desarman por completo.
—No soy un psicópata por seguirte —dice con voz ronca—. Soy solo un idiota que no sabe cómo alejarse de ti. No sé cómo no estar cerca de ti. Es más fuerte que yo. Soy… joder, soy un hijo de puta que no sabe hacer las cosas bien.
Me envuelve la toalla alrededor con manos temblorosas, como si temiera que me desvanezca entre sus dedos. Lo miro a los ojos, y aunque me duele todo, le digo con voz entrecortada:
—Así es. No sabes hacer las cosas bien. Nunca has sabido. Dime, Rafael… ¿qué quieres de mí? ¿Qué pretendes? Porque no puedo seguir así, dudando cada día si te quedarás o si te irás sin decir adiós.
Se deja caer pesadamente sobre la arena, pasándose ambas manos por el cabello, frustrado consigo mismo.
—No sé qué quiero. Solo sé que no puedo irme y dejarte. No puedo imaginar mi vida sin verte aunque sea un minuto. Eres como… como un imán que me atrae hacia ti y no me suelta. Y me asusta. Me asusta porque nunca nadie me había hecho sentir nada de esto.
Me limpio una lágrima rebelde y le digo con calma, aunque por dentro me esté rompiendo:
—Está bien. Entonces hagamos esto. Mañana a las siete de la mañana vendrás a desayunar a mi casa. Nos despedimos bien, en paz, y después cada quien sigue su camino. Sin portazos, sin gritos, sin dolor. ¿Trato hecho? Será nuestra despedida digna de lo que fuimos.
Camino hacia mi auto, pero me toma del brazo con suavidad pero con firmeza, deteniéndome antes de abrir la puerta.
—No puedo —dice con la voz quebrada, y golpea el techo del coche con frustración—. ¡Mierda! No puedo despedirme de ti. No quiero. Eres lo único real que tengo en esta mierda de vida. No me pidas que te suelte porque no sé cómo hacerlo.
Lo miro con ternura y cansancio a la vez.
—Entonces vete a tu casa esta noche. Yo me iré a la mía. Durmamos. Mañana será otro día, con más claridad, menos lágrimas. A las siete, ¿de acuerdo? Desayunamos y hablamos con calma.
Se queda inmóvil, con el viento de la noche moviéndole el cabello, y asiente lentamente.
—No voy a fingir que no pasa nada entre nosotros. No sé cómo ser solo tu amigo, y no quiero aprender a serlo. Pero… estaré ahí a las siete. No te haré esperar.
Me subo al auto y arranco. Lo veo en el espejo retrovisor, parado solo en la orilla, viéndome ir. Sé que no se fue hasta que doblé la esquina.
Llego a casa, entro en silencio y subo a mi habitación. Me asomo por la cortina y lo veo llegar en su auto unos minutos después. Arranca y se aleja lentamente, como si le costara hacerlo. Apago la luz y me acurruco entre las sábanas, mirando el techo en la oscuridad.
Y sé algo con absoluta claridad: este hombre, con sus defectos, sus miedos y su forma torpe de quererme… será mi perdición. Y parte de mí ya no quiere salvarse.