Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
NovelToon tiene autorización de Joiss Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: El altar del tiempo suspendido
El interior de la Ermita del Reloj olía a musgo, piedra húmeda y a un incienso extinto hacía centurias. El contraste con el exterior fue inmediato: al cruzar el dintel, el silbido del viento y el rugido del río bajo el puente quedaron sofocados, reducidos a una vibración distante que apenas agitaba el polvo acumulado en el suelo. La torre cilíndrica se elevaba hacia una cúpula en ruinas a través de la cual descendía, limpia y vertical, una columna de luz violeta proyectada por la alineación exacta de las tres lunas.
Alana dio dos pasos hacia el centro del recinto, ajustándose la tira del morral. A pesar de la penumbra, la luz cenicienta permitía distinguir la arquitectura del lugar: paredes de sillar pulido con bajorrelieves de constelaciones olvidadas y, en el punto geométrico donde se cruzaban las sombras, una pedestal circular de granito negro.
—Estamos dentro —susurró Alana, y su voz no produjo eco, como si la piedra misma absorbiera el sonido para proteger el espacio.
Gabriel no relajó la guardia. Se mantuvo a medio paso tras ella, escudriñando los arcos ciegos que rodeaban la nave circular. En su mano derecha conservaba el rastro del calor que la piel de Alana le había transmitido, un ardor sutil que todavía le recorría las articulaciones como una descarga contenida.
—El lugar está intacto —observó Gabriel, avanzando con cautela sobre las losas agrietadas—. Es extraño. Con la vegetación devorando la fachada exterior, esperaría encontrar el techo caído y escombros por todas partes. Pero aquí dentro... es como si el deterioro se hubiera detenido a medio camino.
—No se detuvo —corrigió Alana, acercándose al pedestal—. Se congeló.
Sacó el reloj de arena de bronce de su bolso. Al exponerlo a la columna de luz que bajaba desde la cúpula, los finos granos de cuarzo en el interior del cilindro dejaron de flotar azarosamente. Reaccionaron de inmediato, alineándose en tres espirales ascendentes que giraban a una velocidad vertiginosa sin tocar las paredes de cristal. En la superficie del pedestal de granito, una incisión circular del tamaño exacto de la base del artefacto comenzó a emitir un resplandor cobrizo.
Alana levantó la vista hacia Gabriel. En la penumbra de la torre, los rasgos de él se veían afilados, solemnes. Había en su postura una serenidad que no pertenecía a la de un estudiante universitario común, sino a la de alguien habituado a custodiar umbrales.
—Tengo que colocarlo aquí —dijo ella, indicando la muesca de la piedra—. Pero cuando lo haga, el reloj comenzará a consumir el tiempo acumulado. Si las visiones del espejo eran ciertas, la memoria de Elena no solo regresará a mí... también revelará el motivo por el cual el juramento original se rompió en esta misma sala.
Gabriel dio un paso al frente y colocó su palma sobre la superficie del pedestal, justo al lado de la muesca.
—Entonces dejaremos que se revele —respondió él con voz firme, mirándola directamente a los ojos—. Durante semanas me he preguntado por qué no puedo alejarme de ti, por qué cada rincón de esta ciudad y cada extraño suceso a tu alrededor me resulta extrañamente familiar. No estoy aquí por accidente, Alana. Si el guardián de aquella época falló en proteger a Elena, yo no voy a cometer el mismo error contigo.
Alana sintió una opresión cálida en la garganta. La firmeza en la voz de Gabriel disipó el último rastro de vacilación que le quedaba. Sin retirar la mirada de la suya, descendió el reloj de arena de bronce y lo encajó con precisión en el bajo relieve del granito.
Un chasquido metálico, profundo y cavernoso, retumbó desde los cimientos de la torre.
El suelo de piedra vibró. De la muesca del pedestal brotaron hilillos de luz líquida de color violeta que corrieron por las grietas del pavimento como vetas de fuego frío, expandiéndose en círculos concéntricos hasta alcanzar los muros de la ermita. Los bajorrelieves de las paredes comenzaron a iluminarse uno a uno, revelando inscripciones en una lengua arcaica y figuras de guardianes astronómicos sosteniendo espejos y esferas armilares.
Alana dio un paso atrás cuando el cristal del espejo de plata dentro de su morral comenzó a emitir un zumbido agudo. Lo extrajo rápidamente. La superficie ya no reflejaba la cúpula ni su propio rostro; en su lugar, la niebla purpúrea se disipó por completo para mostrar una imagen clara y continua del pasado.
Vio la misma torre, siglos atrás, iluminada por antorchas de aceite. Vio a Elena vestida con un jubón de terciopelo oscuro, con el cuello descubierto dejando ver exactamente los mismos tres lunares en forma de triángulo. Frente a ella, de pie junto al pedestal, un hombre con la misma complexión, la misma línea de mandíbula y la misma mirada de Gabriel sostenía una daga de plata pulida.
—No fue una traición externa —susurró Alana, leyendo los labios de las figuras en el reflejo mientras la visión cobraba sonido dentro de su mente—. El juramento no se rompió por un ataque... se interrumpió voluntariamente.
Gabriel se inclinó sobre el espejo, con el rostro tenso al reconocer la escena.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Para salvarte —contestó Alana, sintiendo que una oleada de recuerdos ajenos, pero dolorosamente precisos, inundaba sus pensamientos—. La sombra que nos persigue fuera no es un demonio ni un espíritu antiguo. Es el residuo del tiempo que Elena congeló para evitar que el guardián consumiera su propia vida en el ritual de sellado. Ella dividió el artefacto: guardó el espejo, escondió el reloj y detuvo la tercera luna antes de que completara su ciclo.
La luz de las paredes se intensificó bruscamente, tornando el aire de la torre de un morado denso. Fuera de la ermita, los golpes contra la puerta de madera carcomida comenzaron a resonar con una fuerza descomunal. Las sombras exteriores habían alcanzado el recinto y empujaban el dintel con la desesperación de quien ve cerrar su última oportunidad.
—El ritual nunca se completó —dijo Gabriel, entendiendo finalmente el engranaje de la historia—. Por eso el reloj de arena no medía horas, sino la espera. Estaba aguardando a que ambos volviéramos a estar frente al altar.
—Alana... o Elena —continuó él, dando un paso que eliminó cualquier espacio entre los dos—. Ya no importa qué nombre llevemos en los libros viejos. El tiempo que ella detuvo para salvarme es el mismo que nos ha traído de regreso aquí.
Alana levantó el espejo de plata y lo colocó en el centro del haz de luz que descendía de la cúpula. El reflejo violeta rebotó contra el reloj de arena, cerrando el circuito mágico. Los tres lunares en la base de su nuca dejaron de arder de forma punzante para emitir un calor constante, sereno y profundo que le recorrió toda la columna vertebral.
—Esta vez no vamos a congelar el tiempo —declaró Alana, entrelazando sus dedos con los de Gabriel sobre la piedra del altar—. Vamos a dejar que fluya.
El cristal del reloj de arena crujió por última vez y la primera gota de luz dorada comenzó a caer de la cámara superior a la inferior, marcando el inicio del primer segundo real en más de trescientos años.