Nadie te advierte sobre la gravedad de las pequeñas cosas.
En los libros y en las películas, el amor se mide en grandilocuencias: carreras bajo la lluvia a través de un aeropuerto, declaraciones apasionadas frente a una multitud, bailes a la luz de las velas con música de cuerdas resonando de la nada. Te enseñan a buscar la chispa, el momento cinematográfico donde dos miradas se cruzan y el universo entero parece guardar silencio.
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Capítulo 17: El Malentendido del café y el rostro del pasado.
El vuelo de regreso desde Frankfurt había aterrizado a las seis de la mañana, pero a las diez Sebastián ya estaba en su oficina, con una taza de espresso doble en la mano y la mirada fija en el teléfono. Cuatro días en Alemania cerrando la alianza de telecomunicaciones habían sido una tortura de reuniones interminables, no por la complejidad del contrato, sino porque cada minuto libre lo pasaba revisando la pantalla esperando un mensaje de Camila.
—Si sigues mirando el teléfono así, la pantalla se va a derretir —dijo Ángel, entrando a la oficina con una carpeta de archivos bajo el brazo.— ¿Por qué no la has llamado si tanto la extrañas?
—Llegué hace unas horas, Ángel. Le prometí que la buscaría en cuanto terminara con el reporte de la junta directiva. Además, quiero darle una sorpresa. Compré una reserva en el restaurante del muelle para esta noche.
—Pues será mejor que te apresures, porque tu exasistente no dejó organizados los horarios de la tarde y tienes una reunión con el departamento legal a las dos —le recordó su amigo con una mueca de compasión.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Camila caminaba por la avenida principal disfrutando de la mañana. Acababa de salir de su última sesión formal con el niño que cuidaba, habiendo cerrado esa etapa en excelentes términos con los padres. Se sentía ligera, independiente y con una meta clara: conseguir un empleo formal en su área ahora que su graduación estaba a la vuelta de la esquina.
Decidió entrar a una cafetería de diseño industrial en la zona financiera para revisar los avisos de prensa que llevaba en el bolso. Pidió un capuchino y se acomodó cerca de la ventana.
—¿Camila? ¿Camila Torres? —resonó una voz masculina y entusiasta a su espalda.
Camila se giró y parpadeó con sorpresa al reconocer al chico alto, de sonrisa amplia y cabello castaño que la miraba con absoluto asombro.
—¡Mateo! —exclamó ella, poniéndose de pie de inmediato.— ¡No puedo creerlo! ¿Qué haces aquí?
Mateo había sido su mejor amigo y compañero de estudio durante los primeros años de la universidad antes de irse becado a España. Sin dudarlo, Mateo la envolvió en un abrazo efusivo, levantándola unos centímetros del suelo antes de volver a colocarla en el piso.
—Regresé al país hace dos días, Cami. Firmé con una firma de consultoría aquí a la vuelta. ¡Te ves increíble! Mírate, estás a punto de graduarte.
—¡Tú también te ves genial! Siéntate, por favor. Cuéntame todo —pidió Camila, feliz de reencontrarse con alguien que le traía tan buenos recuerdos.
Mateo se sentó enfrente y tomó las manos de Camila sobre la pequeña mesa redonda en un gesto de pura amabilidad de viejos amigos.
—Pues resulta que mi jefe me pidió buscar talento joven para el área de administración y proyectos. Estaba a punto de escribirte por redes sociales para saber si estabas disponible.
Hay una vacante perfecta para ti.
—¿En serio? Mateo, no me mientas, que he estado buscando como loca estos días —dijo ella, con los ojos brillándole de ilusión.
—Te lo juro. Es más, si tienes tiempo ahora, mi oficina está a dos calles. Puedo presentarte al director de recursos humanos para que le entregues tu currículum en mano.
—¡Claro que sí! Déjame recoger mis cosas —respondió ella entusiasmada, sin percatarse de que la suerte a veces tiene un sentido del humor bastante retorcido.
En ese preciso instante, el auto negro de Sebastián se detuvo frente al semáforo rojo, justo al lado del ventanal de la cafetería.
Sebastián, que venía revisando unos balances en el asiento trasero mientras su chofer, el señor José, conducía hacia la oficina, levantó la mirada por pura casualidad. Y lo que vio hizo que la sangre se le congelara en las venas.
Ahí estaba Camila, su dulce Camila, sonriendo radiante frente a un hombre alto y bien vestido que le sostenía las manos sobre la mesa. Vio cómo el desconocido se reía, cómo le acariciaba suavemente el brazo a Camila para ayudarla a ponerse el abrigo y cómo ella le devolvía una mirada llena de complicidad.
—Señor... ¿se encuentra bien? —preguntó el señor José al ver la cara de Sebastián a través del retrovisor.
—Aparca el coche en la esquina —ordenó Sebastián con una voz tan helada que hizo vibrar el aire dentro del vehículo.
—Pero señor, la reunión con el equipo legal es en quince minutos... —reclamó el chofer.
—Dije que aparques, José. Ahora.
Sebastián bajó del vehículo ajustándose la chaqueta del traje, apretando los puños dentro de los bolsillos. La furia y los celos, dos sentimientos que jamás creyó experimentar a tal escala, le nublaban el juicio. Había cruzado el Atlántico pensando en ella a cada segundo, imaginando el momento en que volvería a abrazarla, solo para encontrarla entre risas con otro hombre a plena luz del día.
Cuando Camila y Mateo salieron del establecimiento conversando amadamente, Sebastián se interpuso en su camino como una muralla infranqueable.
—Vaya, qué pequeña es la ciudad —dijo Sebastián, con una sonrisa sarcástica que no reflejaba ni un milímetro de calidez. Sus ojos clavados en Mateo despedían chispas.
Camila se detuvo en seco, sobresaltada.
—¡Sebastián! —exclamó, pasando del susto a la alegría en un segundo.— ¡Llegaste! Pensé que volvías por la noche...
—Veo que estabas muy bien entretenida mientras no estaba —interrumpio él, mirando fijamente la mano de Mateo, que aún descansaba de forma casual cerca de la espalda de Camila.
Mateo, notando la vibra hostil del recién llegado, dio un paso al frente arrugando el entrecejo.
—Disculpa, ¿quién eres tú? —preguntó Mateo con firmeza.
—Soy su novio —sentenció Sebastián marcando cada sílaba con frialdad.— ¿Y tú eres...?
—Sebastián, por favor, no empieces —intervino Camila, sintiendo cómo la pena y el enojo comenzaban a subirle por el cuello.— Él es Mateo, un viejo amigo de la universidad a quien no veía desde hace años.
Camila, yo... —intentó decir él, dando un paso hacia ella, pero ella dio un paso atrás.
—Ahora mismo estoy muy molesta contigo. Vete a tu oficina, aclara tu mente y cuando te comportes como un adulto maduro, me buscas.
Sin darle tiempo a replicar, Camila dio media vuelta y caminó a paso rápido en dirección contraria, dejándolo solo en la acera con el corazón latiéndole a mil por hora y la certeza de que su ataque de celos acababa de poner en riesgo lo más valioso que tenía.
—¿Un "viejo amigo"? —repitió Sebastián con ironía, cruzándose de brazos.— Pues se tenían mucha confianza para estar agarrados de las manos en la mesa como dos quinceañeros.
Mateo soltó una risita incrédula y negó con la cabeza.
—Oye, amigo, cálmate un poco. Solo estábamos tomando un café y hablando de una oportunidad de trabajo para ella. No hay necesidad de que te pongas territorial.
—Nadie pidió tu opinión sobre cómo debo ponerme —replicó Sebastián avanzando un paso hacia Mateo.
—¡Basta los dos! —gritó Camila, poniéndose en medio de ambos y empujando ligeramente el pecho de Sebastián.— ¿Qué te pasa, Sebastián? ¿Te volviste loco? Llegas de viaje sin avisar y lo primero que haces es armar un show en plena calle como si fueras un primitivo.
—¿Un show? Camila, te vi desde el coche —dijo él, bajando la voz pero manteniendo un tono acusador.— Me fui cuatro días y lo primero que encuentro es a este sujeto tocándote la mano y sonriéndote como si no tuvieras compromiso.
—¡Es mi amigo! ¡No tengo por qué darte explicaciones de cómo saludo a mis amigos de toda la vida! —reclamó ella, apretando los dientes de rabia.— Mateo me estaba ofreciendo una entrevista para un empleo de verdad, algo por lo que he estado luchando semanas. Pero claro, tú prefieres hacer un berrinche de celos infundados.
Mateo miró a Camila con preocupación y luego a Sebastián con desaprobación.
—Cami, si quieres dejamos la visita a la oficina para otro momento —sugirió Mateo amablemente.— No quiero causarte problemas.
—No, Mateo, no te preocupes. Ve tú adelante, yo te alcanzo luego —dijo ella, tratando de mantener la compostura.
Mateo asintió, le lanzó una mirada severa a Sebastián y se alejó caminando por la acera.
Quedaron los dos solos en medio de la acera, envueltos en un silencio tenso y pesado. Sebastián la miraba con la mandíbula apretada, herido en su orgullo pero sintiendo una punzada de arrepentimiento al ver los ojos de Camila cristalizados por la frustración.
—No tenías ningún derecho a tratarlo así, ni a dudar de mí —dijo Camila en un susurro firme y cortante.— Si piensas que voy a aguantar este tipo de escenas absurdas cada vez que hable con un hombre, estás muy equivocado, Sebastián.