Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.
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CAPITULO 3. EL ASCENSO Y EL PRIMER ENCUENTRO
El lunes por la mañana comenzó como cualquier otro, o al menos eso era lo que yo pensaba mientras me tomaba mi café con leche en el pequeño balcón de mi apartamento. La ciudad apenas despertaba, envuelta en una ligera capa de neblina matutina, y el ruido del tráfico empezaba a filtrarse por las calles. Me gustaba esa hora del día; era mi momento de paz antes de sumergirme en un mar de facturas, balances de situación y hojas de cálculo. Me vestí con mi ropa de oficina habitual: un pantalón de vestir negro, una blusa azul cielo y unos zapatos de tacón bajo que resultaban lo suficientemente cómodos como para aguantar las ocho horas de jornada laboral. No me gustaba llamar la atención, prefería la sencillez y la comodidad, aunque Lois siempre me regañaba diciendo que con mi figura debería arriesgarme un poco más y usar vestidos más ceñidos. Yo solo me reía y le decía que en el departamento de contabilidad lo único que importaba eran los números, no la moda.
Cuando llegué a la fábrica de productos alimentarios, el ambiente se sentía un poco diferente. Había un murmullo extraño en los pasillos de la administración. Al entrar en nuestra oficina, encontré a mi jefe, el señor Martínez, empacando sus pertenencias en una caja de cartón. El señor Martínez era un hombre encantador, de unos sesenta y cinco años, que me había adoptado casi como a una hija desde el primer día que entré a trabajar allí como su asistente. Tenía una paciencia infinita y me había enseñado todos los secretos del funcionamiento financiero de la empresa.
—¿Señor Martínez? ¿Qué está haciendo? —le pregunté, dejando mi bolso sobre el escritorio con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal.
El anciano se giró hacia mí con una sonrisa cansada pero feliz en el rostro. Sus ojos brillaban detrás de sus gafas de montura gruesa.
—Buenos días, Christine. Sabía que esta caja te asustaría —dijo con voz suave—. Ayer por la tarde firmé oficialmente los papeles de mi jubilación. Mi espalda ya no aguanta tantas horas frente al ordenador y mi esposa lleva meses reclamando que nos vayamos a vivir a la casa de campo. Ha llegado mi momento de descansar.
Un torbellino de emociones me inundó. Por un lado, me alegraba muchísimo por él, porque se merecía ese descanso después de toda una vida de trabajo duro. Pero por otro lado, sentí un vacío enorme en el estómago. El señor Martínez era mi pilar en esa oficina, el que me daba seguridad.
—Lo voy a extrañar muchísimo —admití, acercándome para darle un abrazo sincero—. La oficina no será lo mismo sin usted. ¿Y ahora qué pasará? ¿Van a contratar a alguien de fuera para dirigir el departamento?
El señor Martínez se separó de mí, me tomó de los hombros y me miró con una expresión de absoluto orgullo.
—Por supuesto que no, Christine. No permitiría que un extraño viniera a desordenar el sistema que con tanto esfuerzo hemos pulido. Ayer hablé directamente con el director de recursos humanos y con el propio director ejecutivo. Les presenté los informes de tu rendimiento de los últimos dos años. Tu capacidad de análisis, tu pulcritud con los números y tu honestidad son intachables. Christine, a partir de hoy, tú eres la nueva jefa del departamento de contabilidad de la fábrica.
Me quedé completamente helada. Las palabras resonaron en mi cabeza como un eco lejano. ¿Jefa de contabilidad? ¿Yo? A mis veintiséis años, asumir la responsabilidad de las finanzas de la fábrica de alimentación más grande del país era un salto gigantesco. Lo primero que cruzó por mi mente no fue el prestigio, sino el aumento de sueldo. Eso significaba que el dinero para la casa de Miriam se acumularía mucho más rápido. El sueño de traerla a vivir conmigo estaba a solo un paso de distancia.
—¿Es... es en serio? —tartamudeé, sintiendo que los ojos se me humedecían por la emoción.
—Completamente en serio. Te lo has ganado a pulso, muchacha —dijo él, dándome una palmadita afectuosa en el hombro—. De hecho, tienes que subir ahora mismo a la última planta, a la oficina del CEO. El señor Rubén te está esperando para firmar tu nuevo contrato y entregarte las directrices del presupuesto del próximo trimestre. Así que arregla ese flequillo, respira hondo y demuestra de lo que eres capaz.
Sobra decir que los nervios se apoderaron de mí en un segundo. Había visto al señor Rubén un par de veces de lejos, cuando bajaba a la planta de producción a hablar con los operarios, pero nunca había interactuado con él directamente. Todo el mundo en la empresa hablaba de él con un respeto casi reverencial; decían que era un hombre joven pero con una mano de hierro para los negocios, alguien que no toleraba los errores pero que sabía valorar el esfuerzo.
Fui al baño a lavarme la cara con agua fría y a mirarme al espejo. Mi cabello castaño estaba bien peinado y traté de morder mis labios para darles un poco de color. "Tú puedes con esto, Christine", me repetí a mí misma. "Estudiaste con una beca de excelencia, sabes hacer tu trabajo mejor que nadie". Con esa pequeña inyección de confianza, caminé hacia los ascensores y presioné el botón del último piso.
El piso ejecutivo era un mundo completamente diferente al de nuestra ruidosa planta de contabilidad. Aquí todo era alfombrado, con paredes de cristal, muebles de diseño minimalista y un silencio sepulcral que aumentaba mi ansiedad. Al salir del ascensor, una secretaria muy elegante y perfectamente arreglada me recibió con una sonrisa profesional.
—Buenos días. ¿Eres Christine, la nueva jefa de contabilidad? —preguntó.
—Sí, buenos días. Vengo a ver al señor Rubén —respondí, tratando de que mi voz no temblara.
—Pasa, por favor. Él ya te está esperando. La puerta del fondo.
Caminé por el pasillo sintiendo que mis propios tacones hacían demasiado ruido sobre el suelo. Llegué ante la imponente puerta de madera de roble oscuro, tomé aire una última vez, levanté la mano y llamé suavemente tres veces.
—Adelante —escuché una voz profunda, varonil y firme desde el interior.
Giré el pomo y empujé la puerta. La oficina era enorme, con un ventanal gigantesco que ofrecía una vista panorámica de toda la ciudad. Detrás de un imponente escritorio de cristal y acero, se encontraba él. Rubén. Estaba revisando unos documentos, pero al escuchar la puerta levantó la mirada.
Tengo que admitir que me quedé sin aliento por un momento. En las pocas veces que lo había visto de lejos no me había percatado de lo imponente que era en persona. Tenía unos ojos oscuros e intensos que parecían leerte el pensamiento, facciones marcadas y un cabello castaño perfectamente peinado. Llevaba un traje gris hecho a medida que resaltaba sus hombros anchos y una postura impecable. Emanaba un aura de autoridad natural que llenaba toda la habitación.
—Buenos días, señor Rubén. Soy Christine, de contabilidad —dije, dando un paso adelante y cerrando la puerta detrás de mi espalda.
Él dejó los papeles sobre el escritorio, se levantó de su asiento y caminó hacia mí. Era bastante alto, lo que me obligó a inclinar la cabeza hacia arriba para sostenerle la mirada. Esperaba un saludo frío y distante, típico de los grandes ejecutivos, pero para mi sorpresa, extendió su mano hacia mí con una expresión seria pero educada.
—Buenos días, Christine. El señor Martínez me ha hablado maravillas de ti —dijo mientras estrechábamos nuestras manos. Su agarre fue firme y cálido, enviando una extraña e inesperada corriente eléctrica por todo mi brazo—. Por favor, toma asiento. Tenemos mucho de qué hablar sobre el futuro del departamento.
Me senté en una de las sillas de cuero frente a su escritorio, cruzando las manos sobre mis rodillas para ocultar el ligero temblor de mis dedos. En ese momento, frente al hombre más poderoso de la empresa, supe que mi vida estaba a punto de cambiar de manera radical, aunque no tenía ni la más mínima idea de hasta qué punto el destino entrelazaría nuestras vidas más allá de los números y las finanzas.