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Le Propuse Matrimonio Al Demonio 2 El Hijo De Los Villanos Es Un Dragón

Le Propuse Matrimonio Al Demonio 2 El Hijo De Los Villanos Es Un Dragón

Status: En proceso
Genre:Hijo/a genio / Fantasía épica / Amor prohibido
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.

Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.

Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.

Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.

Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.

Pero ya es demasiado tarde.

Seraf ha decidido llevársela a casa.

La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una vida entre dos mundos

La mañana llegó gris y pesada, y con ella, el primer aviso de que nada volvería a ser igual. Estrella despertó antes de que el sol asomara del todo, con una náusea repentina y violenta que la obligó a correr hacia el lavabo. Se dobló sobre él, temblando, mientras el estómago se le revolvía una y otra vez, dejándola sin fuerzas, con el cuerpo débil y la frente empapada de sudor frío. Cuando todo pasó, se dejó caer en el borde de la cama, respirando con dificultad, sintiendo que no tenía energía ni para mantenerse de pie. Había perdido peso en poco tiempo, sus manos se veían más delgadas, y cada movimiento le costaba un esfuerzo que antes no existía.

—¿Otra vez? —preguntó Serafín, entrando en la habitación con una bandeja de comida. La miró con el ceño fruncido, dejando todo a un lado para acercarse a ella—. Cada mañana es lo mismo. Estás pálida, te ves débil… no es normal.

—No es nada —murmuró ella, sin levantar la vista—. Solo… no tolero bien el desayuno. Quizás el aire aquí no me sienta bien.

—El aire es el mismo que llevo respirando toda mi vida —respondió él con sequedad, pero sin rastro de su habitual arrogancia—. Algo te pasa, Estrella. Y no voy a quedarme de brazos cruzados mientras sigas debilitándote así. Mandaré llamar a la sanadora. Ahora mismo.

Ella intentó protestar, decirle que no era necesario, que pronto se le pasaría… pero él ya había salido. Una hora más tarde, la puerta se abrió y entró una mujer mayor, de mirada sabia y manos cálidas, seguida por Serafín, que no se apartó ni un instante. La sanadora le tomó las manos, le observó el rostro, le midió el pulso despacio, con atención, y luego posó suavemente una mano sobre su vientre. Estrella contuvo el aliento, sin saber por qué ese gesto la llenaba de un presentimiento extraño.

La mujer levantó la vista, miró primero a Estrella y luego a Serafín, que permanecía de pie, rígido, esperando un diagnóstico que quizás temía tanto como ella. Entonces, con voz clara y tranquila, dijo:

—Felicidades. Ha estado usted embarazada, señora Estrella.

El mundo pareció detenerse en ese instante. Estrella se quedó sin aire, sin palabras, sin poder moverse. Las palabras resonaron en la habitación una y otra vez, como un eco que no desaparecía. Embarazada. Llevaba dentro de sí una vida que era mitad suya, mitad de él. Un ser que nacería de su luz y de su fuego, de su ternura y de su crueldad, de todo lo que los unía y todo lo que los separaba a la vez.

Serafín dio un paso adelante, como si no hubiera escuchado bien. Sus ojos dorados se abrieron de par en par, y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir. La arrogancia, la seguridad, el control absoluto que siempre tenía sobre todo… se desvanecieron por completo.

—¿Estás segura? —preguntó, con voz extraña, casi quebrada—. ¿De verdad?

—Lo estoy, mi señor —afirmó la sanadora con una sonrisa suave—. Tiene apenas unas semanas. Por eso el cansancio, los vómitos, la debilidad. Su cuerpo está cambiando, creando algo nuevo. Necesita descanso, comida abundante, tranquilidad. Y mucho cuidado.

Cuando la mujer se retiró, dejándolos solos, el silencio volvió a caer sobre ellos, pero ya no era el mismo silencio de antes. Estaba lleno de algo inmenso, impredecible, que ninguno de los dos sabía cómo manejar. Estrella se llevó una mano al vientre, apenas una caricia leve, con miedo, con asombro, con una mezcla de alegría y terror que le partía el pecho. Allí, dentro de ella, crecía la cosa más hermosa y más peligrosa de su vida.

—Un hijo… —susurró Serafín, acercándose lentamente, como si temiera que el aire se rompiera—. Vamos a tener un hijo.

—Sí —respondió ella, con la voz temblorosa—. Serafín… no sé si es bueno. No sé si debemos…

Él se arrodilló frente a ella, tomó sus manos entre las suyas y las apretó con fuerza, con una ternura y una emoción que ella jamás le había visto. Sus ojos brillaban, no con fuego, sino con algo mucho más profundo: esperanza.

—Es lo mejor que nos ha pasado —dijo con firmeza, mirándola a los ojos—. No importa lo que seamos, no importa lo que nos espera… este niño será nuestra continuación. Será todo lo bueno que hay en nosotros, sin las cadenas, sin el pasado oscuro. Yo lo protegeré. Os protegeré a los dos con mi vida. Quemaré el mundo entero antes de dejar que os hagan daño.

Estrella lo miró, y en ese momento, comprendió que nada podría separarlos ahora. No solo la ataba a él el amor, ni la fuerza, ni el destino. Ahora había algo más: una vida que dependía de ambos, que los unía en algo mucho más grande que ellos mismos.

—Será fuerte —dijo ella, con una pequeña sonrisa entre lágrimas—. Con tu sangre y mi resistencia… será imparable.

—Será nuestro —corrigió él, acercándose para posar su mano sobre la de ella, en su vientre—. Y nada, nadie, se interpondrá en su camino. Ni dioses, ni hombres, ni todo el mal del mundo. Porque este niño… es la prueba de que incluso entre la oscuridad y la luz… puede nacer algo hermoso.

Se levantó despacio, la tomó en brazos con un cuidado infinito, y la depositó suavemente sobre la cama, cubriéndola con mantas calientes.

—Descansa —ordenó, pero ya no era una orden fría; era una súplica disfrazada—. De ahora en adelante, nada te faltará. Nada te hará daño. Yo me encargo de todo. Tú solo… tú solo cuida de lo que llevas dentro. Cuida de nuestro hijo.

Estrella cerró los ojos, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el miedo se aflojaba en su pecho. No sabía qué futuro les esperaba, ni qué clase de padre sería él, ni qué clase de madre sería ella. Pero sabía una cosa con certeza: ese niño nacería entre dos mundos, y sería el puente entre ellos. Y mientras Serafín la miraba con esa devoción que nunca imaginó que tuviera, supo que, pase lo que pase, su hijo jamás estaría solo.

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