Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 14: La Sombra del Cardenal y la Grieta en la Fortaleza
El eco de una copa de cristal al romperse contra el piso de mármol fracturó la paz sepulcral de la Finca Las Encinas.
No había sido un accidente. La mano de Elena, firme e inquebrantable durante años ante los tribunales y las juntas ejecutivas, había temblado por primera vez al leer las tres líneas trazadas en tinta de hulla sobre el pergamino con sello de cera negra. La carta no había llegado por correo corporativo ni por los canales encriptados de la seguridad de Dante; yacía sobre la cuna de la pequeña Victoria, dejada allí en medio de la noche sin que una sola alarma perimetral se activara.
Dante cruzó el umbral del salón privado como una exhalación. La camisa de vestir le entreabría sobre el pecho, y la pistola de combate de nueve milímetros brillaba en su diestra. Sus ojos grises, oscurecidos por una furia primarial que rayaba en la demencia, recorrieron la estancia buscando la amenaza.
— Elena... —la voz de Dante no fue un barítono controlado, sino un rugido cavernoso cargado de pánico contenido—. ¿Dónde están los niños?
Elena permanecía de pie junto a la ventana, inmóvil como una estatua de mármol borgoña. El vestido de noche que llevaba acentuaba la rotundidad majestuosa de su figura, pero su rostro, habitualmente dorado y radiante, mostraba una palidez de hielo. Se giró hacia él, mostrando el papel arrugado entre sus dedos de uñas pulidas.
— Leo y Victoria están a salvo en la habitación del pánico con Roberto —articuló ella con un hilo de voz que luchaba por no quebrarse—. Quien entró aquí no quería hacerles daño a ellos... aún. Quería que supiéramos que la fortaleza no existe.
Dante avanzó a zancadas. Le arrebató el papel de la mano, leyendo en voz alta el mensaje escrito en un latín pulcro y antiguo:
"La corona de seda de la Casa de Almonte no se compra con el oro de un magnate italiano. El pacto de sangre de 1920 nunca expiró. Devuelvan la llave del Trust antes del solsticio, o la sangre de la heredera pagará el tributo."
El silencio que siguió a la lectura fue denso, sofocante. Dante apretó el puño, arrugando el papel hasta convertirlo en una bola antes de arrojarlo a las brasas de la chimenea.
— Es una estupidez —siseó Dante, sus facciones de Adonis transformándose en una máscara de piedra y muerte—. Esos viejos buitres del Vaticano y la nobleza negra europea creen que pueden usar tácticas de intimidación del siglo pasado. Voy a movilizar a los mercenarios de la red de Milán. Para mañana al mediodía, cualquier hombre vinculado a la orden de Almonte estará bajo tierra.
— ¡No, Dante! —interrumpió Elena, caminando hacia él y apoyando ambas manos sobre el torso desnudo de su esposo, sintiendo la vibración violenta de su pulso—. No entiendess. No es un grupo de extorsionadores comunes. El "pacto de 1920" es la razón por la que mi padre huyó de España y cambió su apellido. Mi abuela no murió de causas naturales... la obligaron a firmar la cesión antes de morir.
Elena alzó la vista, sosteniendo el choque de sus ojos. La vulnerabilidad que mostraba no la hacía ver débil; al contrario, la chispa de desesperación en su mirada de fuego encendió en Dante un instinto de protección mil veces más destructivo que el que sintió contra Julián o los Moretti.
— Nos estaban observando desde el principio, Dante —continuó ella, apretando la tela de la camisa de él—. Dejaron que destruyéramos a los enemigos pequeños para que nosotros mismos reuniéramos las piezas del Trust. Hicimos el trabajo sucio por ellos.
Dante envolvió la nuca de Elena con su mano masiva, atrayendo su rostro hasta que sus frentes se tocaron. El calor de su aliento y la fuerza bruta de su abrazo actuaron como un ancla en medio de la tormenta que amenazaba con devorarla.
—Escúchame bien, Elena —murmuró Dante en tono tajante, cada palabra grabada con una autoridad absoluta—. Nadie toca a mi familia. Ni la nobleza, ni los obispos, ni el infierno entero. Si tu padre huyó, fue porque estaba solo. Tú me tienes a mí. Tienes el ejército Valenti y me tienes a mí dispuesto a quemar Europa entera si alguien pretende rozar un solo cabello de tu cabeza o de nuestros hijos.
Dante bajó la cabeza y capturó sus labios en un beso no de pasión dócil, sino de guerra. Un beso amargo, hambriento y dominador que le devolvió el aliento a Elena, recordando que el hombre que la sostenía no era solo un empresario multimillonario, sino un depredador al que el mundo corporativo temía por una razón.
A las tres de la madrugada, la Finca Las Encinas se había convertido en una base de operaciones militares encubierta.
En la sala de mapas del sótano palaciego, pantallas de alta definición mostraban el árbol genealógico de la Casa de Almonte, cruzado con las bases de datos de Inteligencia Financiera Suiza y las identidades de la sociedad secreta conocida como La Sombra del Cardenal, una facción ultra-conservadora que controlaba activos bancarios no declarados desde la Segunda Guerra Mundial.
Roberto, golpeado en su orgullo profesional por la brecha de seguridad en la habitación de la bebé, presentaba el informe con el rostro desencajado.
— El intruso no usó tecnología —explicó Roberto, mostrando la grabación térmica—. Entró a través de los pasadizos de ventilación del siglo XVIII que no figuraban en los planos modernos. Alguien que conocía la arquitectura interna de la casa de campo le vendió los mapas al enviado del Cardenal.
— Hay un topo en el consorcio de abogados de Madrid —dedujo Elena, vistiendo un conjunto ajustado de cuero negro y una chaqueta de corte militar que remarcaba su postura escultural y la firmeza de sus caderas—. Lord Vane no actuaba solo. Era solo la cara visible. El verdadero cerebro detrás de la impugnación de mi herencia es el Cardenal Stefano Borghese.
Dante, de pie tras la silla de Elena con los brazos cruzados y la chaqueta del traje tirada sobre la mesa, dejó escapar una risa fría.
— Un príncipe de la Iglesia jugando a la extorsión financiera —comentó Dante con voz de veneno—. Mañana por la mañana teníamos programada la cumbre de inversión en Ginebra con el embajador. Vamos a cambiar el itinerario. Volamos a Roma.
— Ir a Roma es entrar en su terreno, Dante —advirtió Elena, girándose para mirarlo—. Borghese controla la policía jurisdiccional y la banca privada de la Santa Sede. Si ponemos un pie en su palacio, estaremos jugando bajo sus reglas.
Dante se inclinó sobre ella, apoyando ambos puños en la mesa de mapas, acorralando la figura curvilínea de Elena entre su cuerpo monumental. Sus ojos grises centellearon con un peligro letal.
— Yo no juego bajo las reglas de nadie, Elena —sentenció él en un susurro cavernoso—. Ellos creen que soy un ejecutivo de traje que se asusta con cartas en latín. Vamos a Roma, nos reuniremos con el Cardenal y le demostraremos lo que ocurre cuando se intenta chantajear a la dinastía Valenti.
El Palacio Borghese en la capital italiana era un monumento al poder absoluto. Techos abovedados pintados por maestros del Renacimiento, pasillos de mármol veteado y un silencio sepulcral que imponía respeto a cualquier visitante.
A las cinco de la tarde del día siguiente, la comitiva de Dante y Elena cruzó el patio de honor.
Elena caminaba al lado de su esposo luciendo un vestido de alta costura en todo rojo carmesí. El diseño, extremadamente elegante pero rotundamente sensual, abrazaba sus formas con una presencia imponente: el escote cuadrado resaltaba la firmeza de sus senos, mientras la falda lápiz marcaba el vaivén seguro y dominante de sus caderas a cada paso. Dante, a su lado con un esmoquin negro sin corbata, proyectaba el aire de un señor de la guerra moderno.
Al ingresar al gran salón de audiencias, el Cardenal Stefano Borghese los esperaba sentado en un sillón de terciopelo carmesí. Un hombre de unos sesenta años, de mirada acerada, manos pulcras y aura de autoridad intocable. A sus espaldas, cuatro hombres vestidos con trajes oscuros y el alfiler de la orden en la solapa guardaban silencio.
— Seño Valenti, Señora Rossi... —saludó el Cardenal con una sonrisa gélida, sin molestarse en ponerse de pie—. Admiro su prontitud. Veo que la carta cumplió su objetivo de acelerar nuestro encuentro.
— Ahórrese las liturgias, Borghese —interrumpió Dante sin rodeos, su voz profunda resonando contra los frescos del techo como un disparo—. Violó la seguridad de mi casa. Dejó una amenaza sobre la cuna de mi hija. Si no está muerto en este momento es porque mi esposa quiere escuchar de su propia boca por qué firmó su sentencia de muerte.
Los hombres de la orden dieron un paso al frente, pero el Cardenal levantó una mano, manteniendo su sonrisa arrogante.
— Su arrogancia es comprensible, Señor Valenti. El dinero del sector privado suele cegar a los hombres jóvenes —dijo Borghese, mirando a Elena con un desprecio calculado—. Pero su esposa sabe perfectamente que el Almonte Trust no es una simple cuenta bancaria. Es el registro de las familias que financiaron los secretos más oscuros de la Europa del siglo XX. Si esos archivos se hacen públicos, el imperio Valenti caerá por complicidad en el lavado de activos histórico.
Elena dio dos pasos hacia el Cardenal. Cada golpe de sus tacones de aguja sonaba como una cuenta regresiva. Se detuvo a menos de un metro de él, mirándolo desde su altura con una serenidad tan fría que hizo que el hombre de fe parpadeara con incomodidad.
— Cree que me asusta el escándalo, Cardenal —dijo Elena con una voz dulce y letal—. Cree que porque soy mujer y madre voy a ceder a sus chantajes para proteger la reputación de mi apellido. Pero olvida un pequeño detalle.
Elena se inclinó levemente hacia él, permitiendo que la majestuosidad de su presencia llenara el espacio.
— Yo ya estuve muerta una vez —susurró ella con los ojos ardiendo en resolución—. Ya fui traicionada, ya fui despojada y regresé del infierno para aplastar a cada uno de los que intentaron destruirme. Si usted hace públicos esos archivos, destruirá a cincuenta familias de la nobleza europea que hoy le pagan su estilo de vida. Yo solo perderé dinero. Usted perderá su imperio.
El Cardenal perdió la sonrisa. La firmeza matemática de Elena y la falta total de miedo en sus ojos lo tomaron desprevenido.
En ese instante, el teléfono personal del Cardenal vibró sobre la mesa auxiliar. El hombre dudó, pero al ver la pantalla de emergencia de su banco en Zúrich, contestó con mano temblorosa.
— ¿Qué ocurre? —siseó el Cardenal.
La voz de su gestor principal al otro lado de la línea se escuchó con la suficiente claridad como para que el silencio de la sala permitiera entender el mensaje:
"Monseñor... la red de empresas fantasma de la Orden en las Islas Caimán ha sido congelada. Valenti Holding ha comprado la deuda soberana del banco Vaticano a través de un fondo de inversión asiático. Si no libera las garantías de la Casa de Almonte en diez minutos, el banco entrará en quiebra técnica antes del cierre de Tokio."
El Cardenal Borghese miró a Dante. El magnate permanecía de pie con los brazos cruzados, una sonrisa implacable y destructiva dibujada en su rostro de Adonis.
— Se lo dije, Borghese —dijo Dante con su barítono cavernoso—. Ustedes juegan con la historia. Yo juego con el presente. Y en el presente, yo soy el dueño de sus cuentas bancarias.
El Cardenal se levantó del sillón, con la respiración agitada y el rostro pálido de rabia.
— Esto no ha terminado, Valenti... —amenazó el anciano en un susurro tembloroso—. La orden no se destruye con transferencias bancarias.
— Para mí sí ha terminado —interrumpió Elena, tomando los documentos de la renuncia definitiva de la Orden sobre el Trust que Roberto acababa de depositar sobre la mesa—. Firme la renuncia o salgo de este palacio y entrego los servidores encriptados de su orden a la Fiscalía Internacional.
Sin opción, con el sudor frío corriendo por su frente, el Cardenal Borghese firmó el documento, cediendo de manera absoluta y definitiva cualquier pretensión sobre la dinastía Rossi-Valenti.
Sin embargo, la verdadera tormenta estaba lejos de haber concluido.
Mientras la pareja abandonaba el Palacio Borghese bajo la lluvia repentina que comenzaba a caer sobre Roma, el convoy de berlinas blindadas avanzaba por las calles estrechas hacia el aeropuerto privado.
En el interior del vehículo principal, la tensión entre ambos se transformó en un incendio de adrenalina y deseo reprimido. Dante tomó a Elena por la cintura, levantándola en vilo para sentarla sobre sus muslos. Sus manos masivas se hundieron en la seda roja del vestido, amoldándose con una furia posesiva a la curvatura prominente de sus caderas.
— Estuviste sublime allá dentro —murmuró Dante contra su boca, devorando sus labios en un beso salvaje que le hizo ahogar un gemido a Elena—. Ninguna mujer en este planeta tiene la sangre tan fría como la tuya.
— Tenía al mejor maestro a mi lado —respondió Elena entre besos febriles, enredando sus dedos en el cabello oscuro de su esposo, sintiendo la dureza inconfundible de su cuerpo presionando contra su vientre.
Dante no esperó a llegar al avión. Deslizó la mano por el escote del vestido rojo, liberando la plenitud de sus senos y entregándose a la adoración febril de su piel, mientras el vehículo avanzaba por la penumbra de la ciudad eterna. La consumación de su victoria en la parte trasera del automóvil blindado fue un choque de poder, pasión y entrega absoluta, donde cada embestida de Dante y cada suspiro de Elena rearmaban el pacto indestructible de sus almas.
Pero la vida no les daría un tregua tan fácil.
Al llegar a la pista de aterrizaje, cuando la puerta del jet privado se abrió para recibirlos, Roberto los esperaba con el teléfono satellite en la mano y el rostro transformado por un terror que Elena jamás le había visto.
— Señor Valenti... Señora Elena... —articuló Roberto con la voz quebrada.
— ¿Qué pasó, Roberto? —preguntó Dante, poniéndose al frente de inmediato, sintiendo un mal presagio helarle la sangre.
— La Finca Las Encinas... hubo una explosión en el ala oeste —reveló el jefe de seguridad—. Un grupo no identificado burlando la señal de rastreo atacó la propiedad hace veinte minutos. Marta y los niños lograron entrar al búnker subterráneo, pero... Leo no está dentro.
El mundo de Elena se detuvo. El aliento se le congeló en el pecho.
Dante se giró hacia ella justo a tiempo para sostenerla entre sus brazos antes de que sus piernas cedieran. La mirada de hierro del magnate se volvió una tormenta de fuego infernal. La paz había terminado. La verdadera guerra por el legado de la dinastía acababa de comenzar.