Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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La danza del hielo
La pista era perfecta, pulida, brillante. Todo estaba helado. Los focos estaban estratégicamente colocados y los espejos enormes reflejaban aquella inmensidad ártica. Más de la mitad del pueblo había venido a contemplar la novedad. Arrebujados en sus chaquetones. Otros solo esperaban el tradicional mercado de domingo y quizás echarle un vistazo a la pista restaurada. Todos repararon en la mujer de cabello oscuro y canoso. La saludaban con alegría. Lía había bajado de la montaña. Pensaron que venía a animar a sus chicos, pero lo que nunca nadie imaginó fue lo que sucedió una hora después. Noelia se deslizó desde la orilla de la baranda con un abrigo de lana gris demasiado holgado. Al pisar el hielo, algo cambió.
-¿Esa es Lía? -susurró el panadero, dejando caer un molde.
-Sí, la misma que llevaba siete años sin salir de esa cueva donde el loco de Tomás la encerró. -respondió el herrero, entrecerrando los ojos. -Pero... ¿cómo si nunca la vimos patinar?
Ella no los miró. Cerró los ojos un segundo y cuando los abrió, era la joven Noelia que surcaba el río congelado. La mujer que había sido bailarina en otra vida. La que recordaba cada caída y cada vuelta sobre el hielo de su juventud, ahora habitaba otro cuerpo y no era tan joven. Un cuerpo exhausto de una mujer de cincuenta años y sin embargo, las piernas de Lía obedecieron a la memoria de Noelia, con una geometría del movimiento impactante.
Empezó con un simple bucle hacia atrás. El filo exterior de su patín derecho trazó un círculo perfecto, tan limpio que el hielo crujió con una nota musical. Su brazo izquierdo se extendió como si acariciara el aire, mientras el derecho se plegaba sobre su pecho con la precisión de un compás. La falda del abrigo se alzó una pulgada, revelando la punta de su patín izquierdo que, en un movimiento imperceptible, la impulsó a una combinación de tres saltos de dos vueltas (un doble salchow, un doble toe-loop y un loop sencillo). Pero no era la altura lo que asombraba. Era la cadencia. Cada aterrizaje absorbía el impacto con una flexión de rodilla tan profunda y suave que parecía que el hielo se ablandaba solo para recibirla.
Luego vino la secuencia de pasos. Una danza de filo a filo, donde sus patines dibujaban twizzles (giros rapidísimos sobre un solo pie) que dejaban espirales de hielo pulverizado, como pequeñas galaxias. Su torso se inclinaba en ángulos imposibles, inclinaciones de 45 grados donde la gravedad parecía olvidarse de ella y sus brazos describían ondas que recordaban al vuelo de una grulla. En un momento, levantó su pierna derecha en un espiral de Charlotte (la pierna recta hacia atrás y arriba, el torso casi pegado al muslo de apoyo) y su silueta se recortó contra las luces de los focos como una esquirla de diamante. La hipnosis de los movimientos de Noelia le abrió la boca a más de uno.
No era velocidad, era fluidez. El hielo no era una superficie, sino una extensión de su voluntad. Cada giro dejaba un surco de chispas blancas que parecían estela de cometa. Cuando ejecutó una pirueta de cigüeña (con la pierna libre doblada y la punta del patín rozando la rodilla de apoyo), el pueblo contuvo el aliento. Daba tres vueltas, pero la cuarta la mantuvo suspendida, como si el tiempo se hubiera detenido. El único sonido era el rasgueo rítmico del acero contra el hielo, una melodía que hipnotizaba. Lían que amaba patinar reconoció cada técnica ejecutada por su abuela con una mezcla extraña entre asombro, orgullo y éxtasis.
-¡Abuela eres la mejor! -gritó sin poder contenerse de la emoción, con los ojos tan abiertos que parecían dos lunas. Sus dedos se aferraban a la valla metálica y en su rostro se dibujaba algo más que orgullo. Era fascinación pura, como si viera por primera vez que la magia existía.
-¡Mírala, mírala Lian! No mentía. -dijo Mateo casi saltando sin control, su bufanda roja ondeando al viento. -¡Esa es mi tía! ¡Esa es mi tía! -su euforia era tan contagiosa que los niños que jugaban al hockey dejaron sus palos y se acercaron.
Los adultos, en cambio, vivieron una transformación más profunda. El carnicero, que siempre había visto a Lía con lástima, sintió un nudo en la garganta. El alcalde Santos y el Sheriff comprendieron de golpe por qué Lían era tan bueno en el hilo. Lo traía de familia. Ese talento le corría por las venas. En la mente de Amparo algo hizo chispas. El recuerdo de una joven llamada Noelia que había conocido en su juventud, susurró.
-Es ella... Es la bailarina que perdimos. Su espíritu ha vuelto. -y por primera vez su lengua decidió guardar un secreto. Fue como una apoteosis.
Noelia detuvo su danza en el centro exacto de la pista. Ajena a lo que su baile había provocado. Estaba perdida en su pasado. Estaba cansada, pero satisfecha. En ese momento solo existía el hielo y ella. Sin pasado ni futuro. Solo presente. Para terminar se alzó sobre la punta de un patín en una pirueta de Biellmann. (agarrando la cuchilla de su patín elevado por detrás de su cabeza, el cuerpo arqueado como un arco de violín). Un foco en ese instante, fue dirigido a propósito y la bañó de un oro líquido. Parecía arder sin quemarse. Cuando se detuvo, el silencio fue absoluto.
No un silencio vacío, sino uno cargado de significado, como el que sigue a una oración. Luego, el aplauso no llegó. Llegó un murmullo colectivo, un suspiro liberado de incontables pechos, porque lo que habían visto no era un espectáculo. Era la prueba de que la belleza puede resurgir de lo inesperado. Después sí que estallaron los ovaciones y ella se sobresaltó volviendo a enfocar el espacio y el tiempo. No sintió vergüenza, pero quedó consternada. ¿Por qué medio pueblo la observaba como si fuera la octava maravilla del mundo?
-Señora Lía. -el alcalde Santos se acercó con el sombrero en la mano, la voz temblorosa. -Eso... eso no fue patinar. Fue... poesía. ¿Aceptaría enseñar a nuestros jóvenes? Le pagaremos el doble de lo que gana un maestro. -Noelia sonrió, una sonrisa que era de Lía y respondió mientras se ajustaba el abrigo.
-No sé si pueda enseñar lo que el cuerpo recuerda, pero puedo intentar que los niños sueñen sobre el hielo. Además, no soy tan joven. La verdad necesitaría que me traigan y me suban a la montaña.
-Cuente con eso. Yo me encargo. -dijo Carlos Santiesteban acercándose a ellos.
Desde lejos Andrés observaba. Había quedado impresionado con la abuela de su archienemigo. Ahora no se arrepentía de haber salido esa mañana de casa. La vio recibir a Mateo y a Lian cuando ambos llegaron deslizándose hasta ella. El primero casi se estrelló contra sus piernas y tuvo que sujetarse de la baranda para no terminar sentado sobre el hielo. El segundo giró con gracia como si el hielo le perteneciera.
-¡Abuela! ¡Eres extraordinaria! ¡Tienes que enseñarme a hacer eso! -Noelia levantó una ceja.
-Ya veremos.
-¡Eso no vale!
-Para mí sí. Ahora necesito sentarme. Me duele todo. Hace años que no hacía esto. Este cuerpo se porta bien, pero le falta resistencia. -los dos muchachos rieron.
Por un instante, Noelia los contempló en silencio.
Lian tenía los ojos brillantes. Mateo parecía incapaz de contener su entusiasmo y ella comprendió algo que llevaba demasiado tiempo sin permitirse pensar. Aquello era una familia. No perfecta. No convencional. No nacida de la misma sangre en todos sus miembros, pero una familia al fin. No como la de su antigua vida.
-Vamos. -dijo acomodándose el abrigo. -Tengo frío.
-Acabo de oír al hermano de Aritza decir que quiere contratarte. ¿Es verdad?
-Sí.
-¿Vas a aceptar?
-Creo que podría intentarlo.
-Fantástico. Eso es muy bueno Lía. -dijo Mateo. -Ahora bajarás de la montaña y escogerás las cosas que quieras. -Lian soltó una carcajada.
-¡Entonces hay que ir al mercado antes de que cambie de opinión!
Los tres abandonaron la pista entre bromas. El mercado dominical estaba instalado en la plaza. Había puestos de frutas, panes recién horneados, quesos, dulces y toda clase de artesanías. El olor a café y canela se mezclaba con el aire frío de la mañana. Cuando aparecieron juntos, varias personas se volvieron a mirarlos, pero esta vez Noelia no bajó la cabeza. No intentó esconderse. No aceleró el paso. Simplemente caminó entre Lian y Mateo, sintiendo que esa mañana era especial. Desde que había regresado al valle de forma tan fantástica, sintió que no estaba siendo observada como una mujer que había vuelto de la montaña. Era simplemente Lía. Una mujer caminando con su familia.
-¡Abuela, mira! -Lian señaló un puesto. -¡Venden pastel de manzana!
-No.
-¿Por qué?
-Porque Fátima me trajo ayer mermelada de manzana, pastel de manzana, vino de manzana y una cesta de manzanas. Creo que empiezo a detestar hasta su olor.
-Está bien vamos entonces al puesto de Aritza. Allí venden unos bollos y unas empanadillas especiales. -dijo Mateo
-Sí. Eso sería perfecto. Así le presumo lo maravillosa que es abuela con patines sobre el hielo.
-Me apunto. Me muero por ver a esa gorda descarada. Me debe una merienda por hacerme partir leña ayer hasta llenar el cobertizo de su casa. Además después de patinar necesito recuperar calorías. -Noelia lo miró. Mateo no era consciente de cuánto significaba Aritza para él. Ojalá y no lo descubriera tarde. En cambio a modo de broma le espetó.
-¿Ahora eres nutricionista?
-Estoy considerando la carrera.
-Entonces empieza por estudiar.
Los dos muchachos se echaron a reír. Noelia terminó comprando el pastel de manzanas por insistencia de Lian que lo goloseaba como un muerto de hambre. Andrés los observaba desde unos metros de distancia. Carlos Santiesteban, su padre, conversaba con el alcalde sobre las clases de patinaje, los horarios, el transporte. Al fin, los chicos y Noelia llegaron al puesto que buscaban y encontraron a Aritza discutiendo con Amparo acerca de quién había preparado las mejores empanadas del mercado.
Todo parecía extrañamente normal y quizás eso era lo extraordinario. Andrés miró a Noelia. Había visto muchas cosas en su corta vida. Personas que llegaban a un lugar cargando dinero. Personas que llegaban cargando títulos. Personas que llegaban creyéndose capaces de cambiarlo todo. Personas como Ernesto que destruían el mundo con mentiras, pero aquella mujer había llegado al valle antes que él, cargando únicamente sus cicatrices y sin embargo, poco a poco, estaba cambiando a todos. Se moría por acercarse y que ella lo consolara. Noelia levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de él. Se turbó porque ella parecía haber leído sus pensamientos y le sonrió como invitándolo a acercarse. Fue apenas un segundo. Después Lian se interpuso entre ambos levantando una enorme bolsa de manzanas.
-¡Miren lo que compré! -Andrés soltó una carcajada ante la mueca de Noelia y Andrés desde la distancia también sonrió. A ese Lian, sí que le gustaban las manzanas. Bueno anotado. Él podría comprarle todas las manzanas del mundo, si tan solo le dejara acercarse a su maravillosa abuela. Después prestó atención a lo que conversaban.
-Veo que alguien está haciendo provisiones para sobrevivir al invierno. -dijo Aritza.
-No. -respondió Mateo. -Está haciendo provisiones para sobrevivir a mi tía.
-¡Mateo! Con familia como tú no necesito enemigos. Las manzanas son deliciosas.
-Y también la fruta prohibida. -dijo Mateo con burla. Todos volvieron a reír.
Noelia negó con la cabeza, pero aquella sonrisa no desapareció. Mientras caminaban entre los puestos, Lian tomó una de sus manos. Mateo tomó la otra. Noelia bajó la mirada hacia ellos. Sus manos estaban tibias. Las de ella también y comprendió que quizá la vida no siempre devolvía aquello que había quitado, pero te obsequiaba lo que nunca habías tenido. A veces hacía algo mucho más extraño. Ponía personas nuevas en los lugares que habían quedado vacíos.
Durante años había creído que vivir significaba recuperar a la mujer que había sido. La bailarina. La joven. La mujer que amaba el hielo, pero aquella mañana comprendió que se había equivocado. Volver a vivir no era regresar al pasado. Era descubrir que todavía podía existir un futuro. Miró a Lian. Miró a Mateo. Después levantó los ojos hacia las montañas. Seguía siendo la misma, pero ella ya no. O tal vez sí, pero una versión más consciente de su lugar exacto en el mundo. Con otra piel, con otro traje, pero con el alma fortalecida.
-¿En qué piensas, abuela?
-En que tenemos que regresar a casa antes de que oscurezca. Capitán me espera.
-¿Y mañana volverás a patinar?
-No. Mis huesos y músculos necesitan entrenar. Hoy me he excedido.
Los tres se alejaban por la plaza, entre el ruido del mercado, el olor del pan recién hecho y las voces del pueblo. Andrés comprendió que acababa de presenciar algo mucho más importante que una mujer patinando sobre hielo. Había visto a una mujer recuperar su vida y quizá eso era lo que realmente significaba volver a vivir. No regresar a quien uno fue. Sino tener el valor de descubrir quién puedes llegar a ser. Noelia se había convertido para el chico en un faro. Quería ser como ella capaz de sobrevivir a sus propias cicatrices. El domingo continuó su curso. El mercado siguió lleno de voces. La pista permaneció cubierta de hielo bajo los focos y en algún lugar entre las montañas, una nueva historia acababa de comenzar. Una en la que Noelia ya no sería recordada por lo que le hicieron. Sino por todo lo que, a pesar de ello, todavía era capaz de amar.