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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 14: Partido perdido, promesa rota

El miércoles por la mañana, Seo‑jun entró en el aula con la camiseta del equipo de baloncesto puesta debajo de la chaqueta y las manos un poco temblorosas. No era un partido cualquiera: si ganaban hoy, clasificaban para el campeonato nacional de institutos, algo con lo que soñaba desde que tenía ocho años y agarró un balón por primera vez. Todos sus amigos ya le daban ánimos, le pegaban palmadas en la espalda, le decían que hoy iba a ser su día. Pero él no miraba a nadie. Iba directo hacia el pupitre de Min‑jun.

Min‑jun levant la vista justo cuando él se detuvo frente a él, y sintió que el corazón se le aceleraba solo de ver lo nervioso que estaba.

—Oye —dijo Seo‑jun en voz baja, solo para él, jugueteando con el cordón de su chaqueta como no hacía desde que empezaron a salir—. Hoy es el partido. El importante. Tú… ¿vendrás, verdad?

Min‑jun se quedó quieto un segundo. Todas las alarmas de su cabeza se encendieron a la vez. Sabía perfectamente lo que pasaba cada vez que hacían planes juntos: el Tejedor aparecía, las sombras salían, tenía que irse corriendo con una excusa nueva. Pero llevaban casi dos semanas sin ninguna alerta fuerte desde la trampa de la puerta falsa. Había calculado todos los escenarios. El partido era a las cinco de la tarde. Terminaban las clases a las tres y media. Tenía tiempo de sobra. Nada podía salir mal. Por una vez, nada tenía que salir mal.

Así que sonrió, la sonrisa más sincera que había podido darle en semanas, y asintió con fuerza.

—Voy a ir —le dijo, mirándolo a los ojos—. Iré temprano, me sentaré en primera fila, te gritaré más fuerte que todos. Te prometo que no faltaré por nada del mundo. Puedes contar conmigo.

Seo‑jun soltó un suspiro de alivio enorme, y por un segundo apareció en su cara la sonrisa de antes, la de cuando todo era fácil entre ellos.

—Gracias —susurró—. De verdad. Si tú estás ahí… sé que voy a ganar.

Se fue a su sitio antes de que nadie más viera lo emocionado que estaba. Min‑jun se quedó mirando su espalda, con el corazón caliente dentro del pecho. Por una vez, se dijo a sí mismo, por una vez voy a cumplir. Por una vez seré solo su novio, no el guardián de nada. Guardó en la mochila una botella de la bebida isotónica que a Seo‑jun le gustaba, una toalla pequeña y un cartel hecho a mano con letras verdes que ponía *¡VAMOS SEO‑JUN!*, que había hecho hasta las dos de la noche anterior escondido de su abuela. Todo estaba listo. Nada podía fallar.

Nada.

O eso creía.

Justo cuando sonó la última campana y todos salían corriendo del aula para ir al gimnasio, el brazalete de jade bajo su manga empezó a vibrar. No suave. No pausada. Era la vibración roja, fuerte, desesperada, la que solo se usaba cuando el Santuario corría peligro de verdad. Min‑jun se detuvo en seco en medio del pasillo, sintiendo cómo se le helaba la sangre entera.

> **El Tejedor de Han ha roto la primera barrera del bosque. Quiere el cofre. No aguanto sola. Ven YA.**

Era Yeo‑wol.

Min‑jun apretó los dientes con todas sus fuerzas. No. No podía ser hoy. De todos los días del año, no podía ser hoy. Miró hacia la salida: Seo‑jun ya estaba allí, riendo con sus compañeros, subiéndose a la furgoneta del equipo, saludándolo con la mano cuando lo vio. Min‑jun le devolvió el saludo con una sonrisa forzada, sacó el móvil para escribirle un mensaje… y la pantalla se le quedó negra de golpe, completamente muerta, como si alguien la hubiera fundido desde dentro. La energía oscura del villano ya estaba interfiriendo todo a su alrededor.

No tenía tiempo. No tenía forma de avisarle. Tenía que elegir.

Si no iba al Santuario: el Tejedor robaba los siete Sellos, Dae‑ho recuperaba todo su poder, Seúl ardía, miles de personas morirían. Todo estaba perdido.

Si iba: rompía la promesa más importante que le había hecho nunca. Perdía lo único que realmente le importaba.

Y sabía perfectamente cuál era su deber.

Dio media vuelta, corrió hacia el callejón de siempre, se transformó en Jade Blanco en menos de un segundo y saltó por los tejados hacia el Monte Namsan tan rápido como sus piernas y su poder se lo permitieron. Llegó en cuatro minutos, con el corazón latiéndole a mil por hora, y se encontró con el escenario que más temía: la segunda barrera ya estaba hecha añicos, Yeo‑wol estaba de rodillas en el suelo aguantando el impacto de un golpe oscuro, y el Tejedor de Han estaba a solo unos metros de la puerta principal del Santuario, riendo esa risa rota y triste que tanto le helaba la sangre.

—¡Por fin llegas, Sucesor! —gritó él al verlo—. Hoy me llevo los siete. Y luego veremos si sigues creyendo que serás diferente a mí.

Antes de que pudiera responder, una figura negra y dorada cayó del cielo entre los dos: Ámbar Negro, que también había sentido la alarma y había venido corriendo.

—¡No pasarás! —rugió Ámbar, lanzando un golpe de energía dorada que hizo retroceder al villano tres pasos—. ¡Jade, rápido, refuerza la puerta! Yo lo aguanto aquí.

Y empezó la batalla más larga y dura que habían tenido nunca.

El Tejedor no venía a probarlos. Venía a ganar. Rompía cada barrera que ponía Jade, desviaba cada golpe de Ámbar, conocía cada movimiento que hacían porque él también había sido un guardián, también había portado el Jade, también sabía todas las técnicas. Min‑jun miraba su reloj interno una y otra vez, desesperado: las cuatro y media, las cinco, las cinco y media, las seis. El partido había empezado. El partido seguía. El partido terminaba. Cada segundo que pasaba era un segundo menos de la promesa que había roto. Quería irse, quería correr hasta el gimnasio, quería estar allí… pero si se movía un solo paso de la puerta, el Tejedor entraba y todo se acababa para siempre.

—¡No te rindas! —le gritó Ámbar en un momento en que ambos estaban jadeando, agotados—. ¡Falta poco! ¡Lo tenemos!

Y tenían razón. A las seis y media, justo cuando Min‑jun creía que no podía más, lanzaron el golpe combinado de luz verde y dorada que habían practicado tantas veces, y el Tejedor salió despedido por los aires, herido de verdad, y desapareció entre los árboles jurando que volvería. Lo habían ganado. Habían salvado los Sellos. Habían salvado la ciudad.

Y a Min‑jun se le caía el mundo encima.

—¡Lo hemos hecho! —gritó Ámbar riendo, agotado pero feliz, dándole una palmada en la espalda—. ¡Eres un genio, de verdad! Sin ti hoy…

—Tengo que irme —lo interrumpió Jade, ya corriendo hacia la salida del bosque sin despedirse bien—. ¡Lo siento, tengo una cosa muy importante!

No escuchó la respuesta. Corrió todo lo que pudo, calle abajo, sin parar, sin respirar, hasta el gimnasio del instituto. Llegó a las seis y cuarenta. Las luces de dentro ya se estaban apagando. La gente salía hablando en voz baja, con caras tristes. Min‑jun agarró del brazo a Tae‑ho, el mejor amigo de Seo‑jun, que salía con la chaqueta del equipo colgada al hombro.

—¿Tae‑ho! ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha ido?

Tae‑ho lo miró, y en su cara había una mezcla de lástima y enfado que a Min‑jun le partió el alma.

—Perdimos —dijo bajo—. Por dos puntos. Seo‑jun falló el tiro final a falta de tres segundos. Estaba destrozado. No paraba de mirar a las gradas buscándote. Tú no viniste.

Min‑jun se quedó quieto, sin poder hablar, sin poder respirar. Lo soltó y entró corriendo al gimnasio todavía medio oscuro. Y allí lo encontró.

Seo‑jun estaba sentado solo en el último banco de las gradas, con la camiseta todavía empapada de sudor, el balón entre los pies, la cabeza baja, sin moverse. No lloraba. Estaba demasiado roto incluso para eso. Min‑jun se acercó despacio, con las piernas temblándole, sintiéndose el peor ser humano del mundo.

—Seo‑jun… —susurró cuando estuvo a su lado—. Lo siento muchísimo. De verdad. Es que… me he encontrado a una señora mayor que se había perdido… y la he tenido que acompañar a su casa… y el móvil se me ha roto… no he podido avisarte… yo…

Se calló. Ni siquiera él se creía su propia mentira. Era tan mala, tan pobre, tan igual que todas las anteriores.

Seo‑jun levantó la cabeza muy despacio y lo miró. No tenía ira en los ojos. No tenía gritos guardados. Solo había una tristeza tan grande, tan profunda, que Min‑jun sintió que se moría solo de verla. Se quedó mirándolo un largo rato, en silencio, mientras las últimas luces del gimnasio se apagaban una a una.

—Te prometí algo hoy —dijo al final, con la voz tan baja que casi no se oía—. Te prometí que si tú venías, yo ganaba. Y no viniste.

Hizo una pausa, tragó saliva, y terminó de decir las palabras que Min‑jun sabía que jamás podría borrar de su cabeza:

—No me importa haber perdido el partido. Podré jugar otros años. Me importa que yo contaba contigo. De verdad. Contaba con que estuvieras ahí. Y no lo estuviste.

Se levantó despacio, recogió su mochila y el balón, y se dirigió hacia la salida sin mirarlo ni una sola vez más. Pasó a su lado como si fuera un desconocido más, como si todo lo que habían compartido durante casi un año ya no existiera. Min‑jun se quedó solo en el gimnasio oscuro, con el cartel que había hecho a mano todavía en la mochila, la botella de su bebida sin abrir, y la certeza fría y clara de que lo había perdido para siempre.

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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN

Miércoles por la noche, casi medianoche

Querido cuaderno:

Hoy he roto la promesa más importante de mi vida.

Hoy Seo‑jun jugaba el partido que llevaba años soñando. Me pidió que fuera. Yo le miré a los ojos y le prometí que estaría ahí, que no faltaría por nada. Le dije que podía contar conmigo. Y yo no estuve.

No puedo ni siquiera explicarle por qué. No puedo decirle: “lo siento, es que tenía que salvar el mundo, que el malo quería robarse unas piedras mágicas, que si no iba miles de personas podían morir”. Él no me lo creería. Y aunque se lo creyera… ¿tendría derecho a perdonarme? Yo le prometí estar allí. Y fallé. Punto.

La batalla en el Santuario ha sido la peor que hemos tenido nunca. El Tejedor casi entra. Ámbar y yo hemos tenido que darlo todo para echarlo. Hemos ganado. Hemos salvado los siete Sellos. Hemos salvado Seúl entera. Y a mí me da igual. Me da absolutamente igual. Porque mientras ganábamos todo eso, yo estaba perdiendo lo único que realmente me importaba.

Cuando he llegado al gimnasio ya había terminado. Han perdido por dos puntos. Dicen que él falló el último tiro. Dicen que no paraba de mirar a las gradas buscándome. Y yo no estaba. Me he acercado a hablarle y le he soltado la mentira más tonta y más fea de todas. Una señora perdida. El móvil roto. Como siempre. Él no me ha gritado. No me ha dicho que soy un mentiroso. Solo me ha mirado con esa cara… y me ha dicho que lo que le dolía no era perder el partido, sino que yo no hubiera estado.

Creo que esa es la peor conversación que he tenido en toda mi vida. Porque yo no he podido decirle nada. No he podido defender me. No he podido decirle la verdad. Me he quedado ahí callado, como un cobarde, mirando cómo se iba sin volver la cabeza. Y he sabido, en ese preciso instante, que ya no hay vuelta atrás. Que he roto demasiado, que he mentido demasiadas veces, que he faltado demasiadas promesas. Que aunque algún día pueda decirle todo… ya será demasiado tarde.

El Tejedor me lo dijo el otro día. Me dijo que al final ganaría todas las batallas y me quedaría solo. Yo me reí por dentro, pensé que sería diferente a él, que yo sería más fuerte. Pero hoy me he dado cuenta de que tenía razón. Completamente. Hoy he ganado una batalla enorme. Y he perdido todo.

Tengo en la mochila el cartel que le hice con sus colores. Tengo la botella de su bebida favorita que nunca le di. Tengo todas las ganas del mundo de correr a su casa, llamar a su puerta y decirle todo. Todo. Pero no puedo. Nunca puedo. Porque si lo hago, se convierte en el blanco número uno del villano. Porque si algo le pasa a él por mi culpa… no sé qué haría.

Preferiría mil veces que me odie ahora, que esté enfadado, que se aleje… que verle dañado por culpa de este maldito brazalete y de todo lo que conlleva. Pero aun sabiendo que hago lo correcto… duele. Duele muchísimo. Nunca había sentido un dolor tan fuerte en el pecho. Ni cuando me he lastimado en las batallas, ni cuando he tenido que ver cómo la gente sufría por las sombras. Nada se compara con la mirada que me ha dado hoy Seo‑jun antes de irse.

Mañana tendré que ir al instituto y verle. Y fingir que nada pasa. Y volver a mentir si me pregunta algo. Y sonreír como si no me estuviera rompiendo por dentro cada vez que le veo. No sé si seré capaz. De verdad que no lo sé.

A veces me pregunto si valdrá la pena todo esto al final. Si cuando sea el Sucesor, cuando tenga los siete Sellos, cuando todo el mal haya desaparecido… miraré atrás y me daré cuenta de que me he quedado solo. Igual que Dae‑ho. Igual que el Tejedor. Y entonces, ¿para qué habrá servido todo?

No quiero pensar en eso. No puedo. Tengo que seguir. Tengo que ser fuerte. Tengo que proteger a todos, incluso de mí mismo.

Ojalá mañana despierte y todo haya sido un mal sueño. Ojalá aparezca alguna forma de arreglarlo. Algún plan, alguna trampa, alguna forma de ganar esta vez sin perder lo que más quiero.

Pero hoy, ahora mismo… no veo ninguna salida. Solo veo su cara. Y la promesa que rompí.

Buenas noches.

Min‑jun.

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Cerró el cuaderno sin hacer ruido, lo metió hasta el fondo debajo del colchón y se quedó tumbado a oscuras, mirando el techo. El brazalete de jade brillaba fuerte y orgulloso en su muñeca, celebrando la gran victoria de esa tarde. Y a Min‑jun le daban ganas de arrancárselo y tirarlo lo más lejos posible.

Fuera, la noche estaba en silencio. Y en el piso de al lado de la casa de sus padres, Seo‑jun también estaba despierto, con la camiseta del equipo todavía puesta, mirando el móvil esperando un mensaje que nunca llegaría.

FIN DEL CAPÍTULO 14

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