El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 23 — El Secreto de la Tumba
La madrugada se desvanecía lentamente cuando salieron de la cueva. Elías, ya con algo más de fuerzas, les dio indicaciones precisas: el mausoleo familiar se encontraba en el cementerio viejo de la ciudad, alejado de todo, un lugar al que nadie acudía desde hacía años. El silencio del camino pesaba más que antes, no por miedo, sino por la magnitud de lo que iban a hacer. Christine sentía que cada paso la acercaba más no solo a una carta, sino a la última despedida de su madre, a la verdad que había esperado toda su vida conocer. Damon no soltaba su mano en ningún momento, como si su contacto fuera el ancla que la mantenía firme en medio de la tormenta de emociones que la sacudía por dentro.
—¿Estás segura de querer hacerlo ahora? —le preguntó él en voz baja mientras caminaban entre las lápidas cubiertas de hiedra.—Podemos esperar a que caiga la noche. Podemos asegurar primero el perímetro, no tienes que hacerlo si no estás lista.
Christine se detuvo frente al mausoleo de mármol blanco, cubierto de polvo y enredaderas, con el apellido de su padre grabado en letras doradas desvaídas por el tiempo. Respiró hondo y apretó la mano de él con firmeza.
—He esperado demasiado tiempo —respondió ella, con la voz serena y decidida.— Quiero leer sus palabras, quiero escucharla una vez más y no esperaré ni un minuto más.
Damon asintió y rompió el candado oxidado con una palanca que había traído consigo. La puerta crujió al abrirse, soltando un aire frío y encerrado que les erizó la piel. Dentro, el lugar era pequeño y solemne: dos nichos principales, dos lápidas más pequeñas, velas viejas y flores secas sobre los mármoles. Christine se acercó lentamente al sepulcro de su madre, acarició la superficie lisa con la mano y sintió una punzada en el pecho, dulce y dolorosa a la vez.
—¿Dónde lo escondió? —preguntó Damon en voz baja, respetuoso con el silencio del lugar.
—Debajo de la lápida —respondió Elías desde la entrada, con voz suave.— Ella dijo que nadie se atrevería a moverla, que era el lugar más seguro del mundo.
Damon colocó una palanca bajo la losa de mármol y, con un esfuerzo contenido, la desplazó lo suficiente para dejar un hueco. Christine se arrodilló y metió la mano con cuidado. Sus dedos rozaron algo frío y duro: una caja de madera oscura, tallada a mano, con un grabado en la tapa que decía: «Para mi hija, cuando llegue el momento de saberlo todo.»
El corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas al alzarla. Era ligera, pero pesaba más que todo lo que había cargado en su vida. La abrió lentamente. Dentro había un sobre grueso de papel amarillento, y debajo, un pequeño cuaderno de cuero azul, el mismo que recordaba de su infancia, el que siempre llevaba consigo y que creyó perdido para siempre. Sacó la carta primero, sus manos temblando al reconocer la caligrafía elegante y esbelta de su madre.
«Mi querida hija: Si estás leyendo esto, significa que al fin eres libre. Libre de mi silencio, libre de sus mentiras, libre de la prisión en la que nos metieron a ambas sin que nos diéramos cuenta.»
Las lágrimas cayeron sobre el papel, pero ella no se detuvo. Leyó cada palabra con el alma en vilo: la descripción detallada de los crímenes de Marco, nombres, fechas, lugares, cuentas bancarias secretas, testigos que aún vivían y que podían confirmarlo todo. Pero lo que la desgarró por dentro fueron las líneas finales:
«Y si a tu lado está el hijo de Alejandro, dale las gracias por mí. Dile que supo ver en mí algo que nadie más vio, y que yo vi en él al niño bueno que se escondía tras la armadura. No lo culpes por lo que no pudo evitar. Ayúdalo a ser mejor de lo que fuimos nosotros. Y ámense con toda su alma, porque lo que el destino une, ni la muerte debe separarlo jamás.»
Christine sollozó entonces, sin contenerse, y Damon la atrajo hacia sí envolviéndola en sus brazos, dejando que llorara todo lo que había reprimido durante años: el dolor, la rabia, la ausencia, la culpa que nunca debió ser suya. La carta confirmaba lo que ya sentía en el alma: su madre no solo lo sabía. Lo había deseado. Los había unido desde la tumba, tejiendo su futuro con hilos invisibles hasta que al fin se encontraron.
—Lo sabía —susurró Christine entre lágrimas, apretando el papel contra su pecho como si pudiera abrazarla a ella también.— Siempre supo que estaríamos juntos.
—Ella nos protegió todo este tiempo —respondió Damon, besándole la coronilla con infinita ternura.—No nos dejó solos ni un instante.
Abrió luego el cuaderno. No eran solo notas médicas como creía. Eran páginas y páginas escritas a lo largo de los años, hablando de ella, de sus sueños, de sus miedos… y de él. «Hoy vino a verme. Tiene el corazón tan grande y lo esconde tan bien como yo. Ojalá algún día mi hija lo conozca y vea lo que yo veo.» «Me pidió que me fuera con ella, pero no puedo. Tengo que quedarme para protegerla. Dile que lo siento, cuando sea el momento.» «Christine cumple dieciocho años hoy. Él envió flores anónimas. No sabe que lo sé. Qué hermosos serían si unieran sus vidas.»
Cerró el cuaderno con cuidado y lo guardó junto con la carta en su bolso, como si guardara el tesoro más valioso del mundo. Se levantó, se secó las lágrimas y miró a Damon con los ojos brillantes, limpios por fin de rencores y dudas.
—Tenemos todo —dijo con firmeza—Todo lo necesario para derribarlo. Para que mi madre descanse en paz. Para que nadie más sufra como nosotras.
Damon asintió, con una expresión solemne y determinada. Tomó su rostro entre las manos y lo besó con una devoción que la hizo sentir que podía mover montañas.
—Lo haremos por ella —prometió— Y por nosotros. Y por todos los que vendrán después.
Salieron del mausoleo con la luz del sol iluminándolos, la verdad en sus manos y la justicia en el corazón. La sombra que los había perseguido toda la vida se estaba desvaneciendo. Y por primera vez, el futuro les pertenecía por completo.
...La tumba guardaba secretos, pero también el último regalo de amor de una madre....
...CONTINUARÁ ...
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