El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
NovelToon tiene autorización de Maria Luisa Soto Rios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
volver a respirar
Después de que me dieron la carta y las cenizas, yo pensé que me iba a quedar llorando para siempre. Que ya no iba a poder volver a reír, que ya no iba a poder volver a salir, que me iba a quedar encerrada en mi cuarto, abrazada a la cobija que olía a él, hasta que Dios me llevara a mí también con él y con mi bebé.
Y por un tiempo así fue. Septiembre y octubre de 2025 fueron meses que no existieron para mí. Me levantaba porque tenía que levantarme, me bañaba porque tenía que bañarme, comía porque mi mamá me obligaba a comer, pero no vivía. Respiraba, pero no vivía. Era como si mi alma se hubiera ido con mi esposo el 16 de agosto y solo hubiera dejado mi cuerpo aquí caminando.
No quería salir. No quería ver a nadie. Me daba coraje ver a la gente feliz en la calle, agarrada de la mano, riéndose, haciendo planes. Yo pensaba "¿cómo pueden ser felices si mi esposo se murió? ¿Cómo puede el mundo seguir como si nada si mi esposo ya no está?".
Mi familia empezó a preocuparse mucho por mí. Mi mamá me decía "mija, ya tienes que salir, ya tienes que comer bien, te vas a enfermar". Y yo le decía "déjame, mamá, no quiero". Me la pasaba acostada, viendo el techo, con la carta de mi esposo en la mano, leyéndola una y otra vez, hasta que ya me la sabía de memoria.
Mi suegra era la única que me entendía. Ella también estaba destrozada. Había perdido a su hijo, a su único hijo. Y me decía "yo también me quiero morir, mija, yo también ya no quiero estar aquí sin mi hijo". Y nos abrazábamos y llorábamos juntas, y en ese llanto compartido nos dábamos un poquito de consuelo. Porque solo nosotras dos sabíamos lo que era amar a ese hombre y perderlo.
Pero un día, a finales de octubre, casi un año después de que me casé el 23 de octubre, soñé con él. Soñé bien bonito. Soñé que estaba en un lugar bien bonito, con mucha luz, con muchos árboles, con pasto verde. Y él estaba ahí, sentado, con ropa normal, no con uniforme, con una camisa blanca que le quedaba bien bonita, sonriendo. Y a un lado de él había un niño chiquito, como de 3 años, güerito, con sus mismos ojos chiquitos. Y yo sabía que era nuestro bebé. Era nuestro milagro.
En el sueño yo corría hacia él y le decía "¡mi amor, pensé que te habías muerto!". Y él se reía y me decía "no, mija, aquí estoy, estoy bien, estoy con nuestro hijo, aquí estamos felices, ya no llores por nosotros". Y me abrazaba. Y sentía su abrazo tan real, tan calientito, tan de verdad, que cuando me desperté, sentía que todavía me estaba abrazando.
Me desperté llorando, pero no llorando de tristeza, llorando de paz. Porque por primera vez desde el 16 de agosto, sentí que él estaba bien. Que no estaba sufriendo, que no tenía frío, que no estaba solo. Que estaba con nuestro bebé, cuidándolo, esperándome.
Ese sueño me cambió. Me levanté ese día y me bañé, me arreglé el pelo, me puse perfume. Salí de mi cuarto y mi mamá me vio y se soltó llorando y me dijo "¡mija, volviste!". Y yo le dije "sí, mamá, ya volví".
Empecé a volver a respirar. Poco a poquito, no de golpe. Un día respiraba un poquito más, al otro día otro poquito más. Empecé a salir a la tienda, a caminar, a tomar el sol. El sol me hacía bien. Sentía que me calentaba el alma que tenía fría.
Fui con mi suegra y le conté mi sueño. Y ella también lloró de paz y me dijo "sí, mija, mi hijo está con su hijo, están juntos, ya no sufren, ahora nos toca a nosotras vivir por ellos".
Y empecé a hacer cosas que no hacía desde hacía mucho. Empecé a cocinar otra vez. Me puse a hacer el chicharrón en salsa verde que le gustaba a mi esposo y se lo llevé a mi suegra y comimos juntas y nos reímos recordando cuando él decía que nadie hacía la salsa como su mamá.
Empecé a ir a la iglesia otra vez. Me había enojado con Dios, le había reclamado por qué me quitó a mi esposo y a mi bebé. Pero ahora iba y le decía "gracias, Diosito, gracias por prestármelos un ratito, gracias por dejarme ser esposa, gracias por dejarme ser mamá aunque sea por 3 meses". Y rezaba por ellos, por mi esposo y por mi bebé milagro.
Un día, limpiando mi cuarto, encontré mi acta de matrimonio abajo de mi ropa, donde la escondía al principio. La saqué, la vi, y en vez de llorar de tristeza, sonreí. Sonreí porque decía "Yessica Hernandez" y su apellido. Y dije en voz alta "soy viuda". Y no me dolió decirlo. Me sentí orgullosa. Porque ser viuda de él era un honor. Era la prueba de que sí me amó, de que sí nos casamos, de que sí existimos.
Hoy, mientras te escribo este libro, todavía lloro. Todavía hay noches que me acuesto y abrazo la cobija que ya casi no huele a él y lloro. Todavía hay días como el 23 de octubre, el 7 de noviembre, el 12 de diciembre, el 16 de agosto, que me duele respirar. Pero ya no me quedo tirada en el piso de mi cocina sin respirar. Ahora lloro y luego me limpio las lágrimas y sigo.
Porque entendí que volver a respirar no es olvidar. Volver a respirar es aprender a vivir con el dolor aquí adentro, pero también con el amor aquí adentro. Es entender que mi esposo no quiere verme triste toda la vida, que él me dijo en su carta "no te quedes sola por mí, sé feliz". Y le quiero hacer caso.
Mi suegra me dice que ahora soy una mujer más fuerte. Que antes era una muchacha enojona y chillona que se casó por curiosidad, y que ahora soy una mujer que amó, que fue esposa, que fue mamá de un ángel, que es viuda y que sigue de pie.
Y tiene razón. Volví a respirar. Y cada respiración que doy ahora es por mí, por mi esposo que me está viendo desde el cielo y por nuestro bebé milagro que me enseñó que los imposibles sí existen.
Si tú estás leyendo esto y acabas de perder a alguien, quiero que sepas que sí se puede volver a respirar. Duele, duele mucho, parece que nunca vas a poder, pero un día sueñas con ellos felices y entiendes que ellos ya no sufren y que te toca a ti vivir por los dos.
Yo volví a respirar el 23 de octubre de 2025, un año después de casarme. Y desde entonces, respiro por los tres: por él, por mi bebé y por mí.