Un divorcio es solo el principio
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Ego disfrazado
Alberto, acorralado y con las esmeraldas aún apretadas en su mano sudorosa, sintió que el miedo se transformaba en esa rabia tóxica del que no tiene nada que perder. Se puso de pie, tambaleándose, y señaló a Viktor con un dedo tembloroso, mientras miraba a Elena con una mueca de desprecio.
—¡Ja! ¡Mírate! —escupió Alberto, con una risa histérica—. La "gran dama", la "esposa perfecta". No ha pasado ni una semana y ya tienes al perro guardián ruso en tu alcoba. ¿Para esto querías el divorcio, Elena? ¿Para revolcarte con el cliente de tu abogado mientras yo me hundía? Eres una zorra de alta alcurnia, siempre lo fuiste, solo que yo era demasiado estúpido para ver que buscabas un semental más salvaje.
Elena ni siquiera parpadeó. Siguió sosteniendo su copa con una calma que aterrorizó a Alberto. Pero Viktor se movió. No corrió, no gritó; simplemente caminó hacia él con la elegancia de un depredador que sabe que la presa no tiene salida.
—Dante me dijo que eras un cobarde, Alberto —dijo Viktor, su voz era un susurro gélido que llenó la biblioteca—. Pero se quedó corto. No solo eres un ladrón, sino que eres un hombre tan pequeño que necesita insultar a la mujer que lo creó para no sentirse una basura.
Viktor le quitó el collar de esmeraldas de la mano con una facilidad insultante, como si le quitara un juguete a un niño. Luego, lo tomó por el cuello de la camisa de seda arrugada y lo levantó apenas unos centímetros del suelo.
—Escúchame bien, pequeño parásito —continuó Viktor, acercando su rostro al de Alberto—. Ser un hombre no es tener una oficina o una cuenta bancaria que no ganaste. Ser un hombre es saber cuándo te han derrotado con honor. Tú no tienes honor. Tienes envidia.
Viktor lo soltó de golpe y, con un movimiento elegante, sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y se limpió las manos, como si hubiera tocado algo podrido.
—Elena está aquí conmigo porque yo sé apreciar el arte, y ella es una obra maestra que tú trataste como un mueble —dijo el ruso, dándole la espalda para mirar a Elena—. Pero no te equivoques. Yo no estoy en su cama... todavía. Estoy aquí porque Dante me pidió que vigilara que no hicieras ninguna estupidez. Y mira, no me decepcionaste.
En ese momento, las luces de las patrullas comenzaron a reflejarse en los ventanales de la biblioteca. El sonido de los neumáticos sobre la grava anunció la llegada de Dante.
Dante entró en la habitación, impecable incluso a esas horas, con su maletín en una mano y el teléfono en la otra. Vio a Alberto en el suelo, a Viktor impasible y a Elena reinando en el caos.
—Llegas tarde, Dante —dijo Elena, terminando su vino—. Tu amigo ruso ya le dio una lección de modales, aunque dudo que el alumno tenga capacidad de aprendizaje.
Dante miró a Alberto, quien intentó gritar de nuevo:
—¡Dante! ¡Tu "amiguito" está aquí con ella! ¡Es una adúltera! ¡Esto anula el divorcio!
Dante soltó una carcajada seca y se ajustó las gafas.
—Alberto, por favor. Estamos en mi propiedad intelectual, bajo mi supervisión legal y con cámaras térmicas grabando cada segundo de tu intento de robo agravado. Lo único que se va a anular hoy es tu libertad bajo fianza.
Dante se acercó a Alberto y se inclinó, hablándole al oído:
—Intentaste mancharla a ella para salvarte tú. Eso, mi querido ex-amigo, es el último clavo de tu ataúd.