Morir en una balacera de la mafia y despertar como la villana tonta de una novela de época no estaba en mis planes. Ahora soy Elara de Valois, y todos esperan que llore, que ruegue por el amor del Príncipe Heredero o que muera a manos de mi prometido, el temible Archiduque Killian.
Los rumores dicen que es un asesino despiadado, pero cuando cruzo miradas con él, solo veo a alguien de mi especie. Él cree que soy una damisela de cristal a la que puede romper fácilmente. Qué gran error. No sabe que bajo este vestido de seda se esconde la mente de una criminal profesional.
Dos lobos en un mismo territorio no pueden convivir en paz... a menos que decidan incendiar el imperio juntos.
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Capítulo 23
ELARA:
El eco de los gritos de guerra de los bárbaros resuena con fuerza en las paredes de roca negra del desfiladero y el aire se llena del olor a metal ferroso y sangre fresca mientras las hachas enemigas chocan contra los pesados escudos de nuestros soldados.
Killian se mueve con una velocidad inhumana para su enorme tamaño y su espada ruge en el aire con cada arco que traza, decapitando al primer enemigo que osa acercarse a la vanguardia.
Sus ojos rubíes brillan con el salvajismo puro del monstruo del norte y a unos metros de distancia, la realidad de la guerra golpea con fuerza la fantasía de la capital.
El príncipe heredero blande su espada dorada con movimientos torpes, su respiración es entrecortada y sus ojos reflejan el terror absoluto mientras dos bárbaros lo obligan a retroceder contra las ruedas del carruaje y sonrío al verlo de esa manera.
Su brillante armadura ya no le sirve para infundir respeto y desde el interior del transporte, la señorita Dermont suelta un grito agudo al ver que un gigantesco guerrero enemigo abre la puerta de madera de un tirón, tomándola del brazo para arrastrarla hacia la nieve.
Las supuestas habilidades médicas de la academia de ciencias no la prepararon para el agarre brutal de un bárbaro sediento de sangre… Jajaja.
—¡Sálvame! ¡Alteza, sálvame!
Dice ella llorando con desesperación y pataleando en el suelo congelado.
El príncipe intenta avanzar, pero el miedo clava sus botas a la nieve y flaquea atrapado por sus propios oponentes.
Suelto una risa fría y letal, espoleando a mi caballo para romper la formación de defensa y desciendo del animal con un movimiento ágil antes de que un bárbaro intente derribarlo, y me deslizo con sigilo entre el caos del combate. La daga de plata que llevo en la mano brilla bajo el cielo gris, lista para cobrar su primera pieza.
El guerrero que arrastra a la señorita Dermont levanta su hacha para terminar con las quejas de la chica, pero antes de que el metal descienda, me planto detrás de él con la precisión de una cirujana de los bajos fondos y hundo mi daga directamente en el costado de su cuello, cortando la arteria principal.
La sangre tibia salpica la nieve blanca y el rostro horrorizado de la amante del príncipe, quien me mira con los ojos abiertos de par en par, conteniendo el aliento.
El cuerpo del bárbaro se desploma a sus pies como un saco de piedras.
—Le advertí que la sangre del frente no se parece a las poesías de sus salones, señorita Dermont.
Respondo limpiando la hoja de mi daga en la capa de piel del cadáver, mirándola desde arriba con absoluto desprecio.
—Si va a seguir gritando como una molestia, quédese ahí abajo para que el próximo enemigo le pise la cabeza. No tengo intenciones de gastar más hierro en salvarle la vida.
La señorita Dermont tiembla con tanta fuerza que sus dientes castañetean, arrastrándose hacia la parte trasera de la carreta de suministros completamente muda ante la frialdad con la que acabo de degollar a un hombre.
El comandante Ivan llega al galope junto a un grupo de soldados de la retaguardia, terminando de limpiar los flancos del desfiladero con una eficiencia implacable.
El sargento Ragnar aparece poco después, con su enorme hacha goteando líquido carmesí y una expresión de alivio al ver que las carretas de suministros que defiendo siguen intactas y Killian camina hacia mí a paso lento, envainando su espada.
Su rostro está manchado con unas gotas de sangre enemiga que resaltan la palidez de su piel, y su respiración es pesada. Se detiene a escasos centímetros de mi cuerpo, escaneándome de arriba abajo con una mezcla de furia contenida y un orgullo feroz que le enciende la mirada.
—Te ordené que te mantuvieras en la retaguardia, Archiduquesa.
Suelta Killian con una voz profunda que vibra con peligro.
—Pudiste haber muerto si esa línea cedía por completo.
Me guardo la daga de plata en la bota con total tranquilidad, acomodándome la capa forrada de piel antes de mirarlo directamente a sus ojos rubíes con una sonrisa felina.
—La línea no cedió porque yo estaba aquí, Archiduque.
Respondo con un tono firme que no acepta réplicas.
—Y como te dije antes de salir del castillo, nadie toca las inversiones. Tus soldados cumplieron su deber, pero este territorio me pertenece tanto como a ti, así que acostúmbrate a ver sangre en mi ropa esposo, porque esto es solo el principio.
Killian clava sus dedos en mi mandíbula con un agarre posesivo y firme, obligándome a alzar el rostro hacia el suyo y una sonrisa oscura y fascinada se dibuja en sus labios mientras su pulgar limpia una pequeña mancha roja de mi mejilla.
—Eres el demonio más hermoso que ha pisado el norte, Elara.
Murmura Killian con una devoción salvaje ignorando por completo la presencia del príncipe y de su amante, quienes nos observan desde el suelo con una mezcla de humillación y pavor.
El comandante Ivan suelta una carcajada rompiendo la tensión del momento mientras da la orden de reanudar la marcha.
La emboscada ha terminado, las bajas de nuestro lado son mínimas gracias a la rápida reacción y el campamento de la frontera por fin se divisa entre la niebla del desfiladero.
Los enemigos pensaron que el norte estaba débil, pero acaban de descubrir que no son simples soldados fáciles de derrotar.
necesito fotos de ese guardián 🤭