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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14: Número desconocido, corazón conocido

El lunes, Valentina notó que la chamarra de Santiago no estaba.

La había dejado doblada sobre la silla de su escritorio en el dormitorio — doblada con el cuidado que le dedicaba a las cosas que no eran suyas pero que quería tratar como si lo fueran. La chamarra de cuero negro, con olor a menta y a algo tibio que no era colonia, que Santiago le había puesto sobre los hombros la noche del WhatsApp y que ella nunca devolvió.

No estaba.

Valentina revisó debajo de la cama, en el closet, dentro de la mochila. Nada. Le preguntó a Lucía.

—No la vi. ¿La dejaste en la silla?

—Sí. Estoy segura.

Lucía la miró con esa expresión que Valentina ya conocía: la expresión de alguien que tiene una teoría pero que no va a decirla en voz alta porque las acusaciones sin pruebas son peores que las sospechas en silencio.

—¿Sofía?

—Sofía no toca las cosas de nadie. Ni las suyas.

Lo que Lucía no dijo: Camila.

Lo que Valentina pensó: Camila.

Lo que ninguna de las dos podía demostrar: Camila.

Valentina se sentó en la cama. La caja de música. Ahora la chamarra. Dos objetos conectados a Santiago. Dos objetos que desaparecían o se rompían cuando ella no estaba mirando.

No le dijo nada a Camila. No esa vez.

---

El martes por la noche, a las once y media, el celular de Valentina sonó. No vibró — sonó. El tono de llamada que tenía para números desconocidos: tres notas agudas, insistentes, que la sacaron de un sueño ligero.

Miró la pantalla. Número con lada de CDMX. No estaba en sus contactos.

Contestó con la voz pastosa.

—¿Bueno?

Silencio. Luego una respiración. Luego:

—¿Estás despierta?

Lo supo antes de que la pregunta terminara. Lo supo por la respiración, por el tono, por la forma en que las palabras caían — secas, sin adorno, con la economía verbal de alguien que dice lo mínimo porque sabe que ella va a entender lo máximo.

—Santiago.

—Mi celular se cayó al agua. Estoy usando el de la oficina.

—¿A las once de la noche? ¿Estás en la oficina a las once de la noche?

—Sí.

—¿Por qué?

Pausa. Valentina casi podía verlo: sentado en su escritorio de Limontech, con la luz de los monitores reflejándose en los ojos, la chamarra colgada en la silla — o no, porque la chamarra no estaba, la chamarra estaba perdida en algún lugar del cuarto 214.

—Quería asegurarme de que estuvieras bien.

—Estoy en mi cama, Santiago. ¿Qué me iba a pasar?

—Nada. Solo quería escucharte.

La frase le aterrizó en el pecho con la suavidad de algo que cae de muy alto pero pesa muy poco. "Solo quería escucharte." Seis palabras. Santiago Montero, que hablaba con la parsimonia de un telegrafista en tiempos de guerra, estaba llamándola desde un teléfono de oficina a las once de la noche porque quería escucharla.

Valentina se acomodó bajo las cobijas. En la litera de arriba, Sofía dormía. Al otro lado, Lucía respiraba profundo. Camila estaba inmóvil, pero Valentina ya no confiaba en que su inmovilidad significara sueño.

—Oye —dijo, bajando la voz—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Depende.

—¿De qué?

—De si la respuesta te va a hacer enojar.

—Todo lo que dices me hace enojar. Pregunto de todos modos.

Un sonido al otro lado de la línea. No una risa — Santiago no se reía por teléfono — sino una exhalación que tenía la forma de una risa contenida.

—Pregunta.

—¿Por qué Limontech se llama así?

Silencio largo. Valentina escuchó el zumbido de un aire acondicionado del otro lado, el click de un teclado, y después nada.

—Por los limoneros —dijo Santiago.

—¿Los de la terraza?

—Sí.

—¿Y los limoneros por qué se llaman así?

—Porque son limoneros, Valentina. Crecen limones.

—No me refiero a eso y lo sabes. ¿Por qué limones? ¿Por qué todo contigo es limones? El agua, los árboles, la empresa. ¿Qué tienen los limones?

Silencio. Más largo que el anterior. Valentina se mordió el labio.

—Cuando eras chiquita —dijo Santiago, y su voz bajó hasta un registro que ella no le había escuchado antes, un tono que parecía salir de un lugar más profundo, más viejo, más protegido—, olías a limón. Tu mamá te ponía una crema de limón después del baño. Yo llegaba a tu casa y sabía que estabas ahí antes de verte porque el pasillo olía a ti.

Valentina cerró los ojos.

—Cuando te fuiste, el olor se fue contigo. Planté los limoneros para que volviera.

—Santiago.

—Y cuando tuve que ponerle nombre a la empresa, no se me ocurrió otro. Porque todo lo que he construido empezó el día que decidí que iba a ser alguien que mereciera buscarte.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el tipo de silencio que existe entre dos personas que acaban de decir algo irreversible y están midiendo el peso de las palabras antes de decidir qué hacer con ellas.

—Eso es lo más largo que te he escuchado decir —murmuró Valentina.

—No te acostumbres.

—No pensaba hacerlo.

Otro silencio. Este más suave, más corto, como una pausa para respirar.

—¿Valentina?

—¿Sí?

—Revisa debajo de la almohada de Camila mañana temprano. Tu chamarra está ahí.

Valentina se sentó en la cama de golpe.

—¿Qué? ¿Cómo sabes...?

—Buenas noches.

Colgó.

Valentina se quedó con el celular pegado a la oreja durante tres segundos después de que la línea se cortó. El corazón le latía con una fuerza desproporcionada para una llamada telefónica. La pantalla brillaba con la hora: 11:47 PM. Duración de la llamada: nueve minutos.

Se recostó. Cerró los ojos. Apretó el celular contra el pecho como si fuera algo que pudiera romperse.

A las seis de la mañana, cuando Camila fue al baño, Valentina levantó el borde de su almohada.

La chamarra estaba ahí. Doblada. Con olor a perfume de Camila encima del olor a menta.

Valentina la sacó, la sacudió, y se la llevó a su cama. No le dijo nada a Camila. No cuando volvió del baño, no durante el desayuno, no en el camino a clase.

Pero guardó la chamarra en el estante alto del closet, junto a la caja de música y la llave de latón. Los tres objetos que Santiago le había dado sin pedirle nada a cambio. Los tres objetos que alguien estaba tratando de quitarle.

Le mandó un mensaje a Santiago.

**Valentina**: La encontré. Gracias.

La respuesta llegó en cuatro segundos.

**Hermano Santi**: 👍

Valentina miró el emoji. Un pulgar arriba. La respuesta más lacónica, más insuficiente, más completamente Santiago posible.

Se rió sola en el pasillo del dormitorio. Y cuando Lucía la vio riéndose con el celular en la mano y le preguntó "¿Novio?", Valentina no dijo "mi hermano" como la vez del brazalete.

Dijo: "Algo así."

Y no supo si lo decía en broma o en serio.

1
Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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