Priscila lo dio todo por Mariano Vance: diez años de amor callado, un hijo y hasta el talento que sostenía en secreto su imperio financiero. A cambio, él le entregó desprecio, una amante instalada en su propia casa y una humillación tras otra delante de todos. Para el poderoso empresario, ella nunca fue una esposa: solo una intrusa a la que castigar por existir.
Pero toda humillación tiene un límite. La noche en que Priscila decide marcharse con su bebé en brazos, algo se rompe para siempre… y algo nace. Sin dinero, sin apellido y sin más armas que su brillante mente para los números, se propone reconstruirse desde cero. Lo que ninguno de los que la pisotearon imagina es que la mujer a la que trataron como sirvienta está a punto de convertirse en su peor pesadilla.
Cuando el destino la coloca frente a Leonardo Monteverde —heredero de un imperio, tan implacable en los negocios como tierno en el amor—, Priscila descubre por primera vez lo que significa ser respetada, deseada y elegida. Sin embargo, el pasado no suelta a sus presas con facilidad: la obsesión, la envidia y la venganza acechan en las sombras, dispuestas a destruir todo lo que ella empieza a reconstruir.
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Capítulo 24: Revelaciones y la semilla de un nuevo sentimiento
La imponente residencia de la familia Monteverde, situada en un condominio privado de la zona sur de la metrópolis, exhalaba una elegancia clásica y acogedora. Aquella noche de sábado, el ambiente en el amplio salón era de calma. El Dr. Otávio Monteverde estaba sentado en su sillón de lectura favorito, saboreando una copa de coñac, mientras su esposa, Helena Monteverde —una mujer de porte distinguido, cabellos canosos impecablemente arreglados y una mirada profundamente perspicaz—, revisaba algunas invitaciones para el próximo baile de gala de la fundación de la empresa.
El cómodo silencio se rompió con el sonido de unos pasos firmes sobre el piso de madera noble. Leonardo entró en el salón, desabrochándose los puños de la camisa y con el semblante visiblemente pensativo. Caminó hasta el bar, se sirvió un vaso de agua con hielo y se sentó en el sofá frente a sus padres, soltando un suspiro hondo.
Helena levantó los ojos de las invitaciones y notó de inmediato la sutil agitación en el rostro de su hijo.
—¿Algún problema con las planillas de Vance Holdings, hijo? —preguntó Helena, con la voz suave y maternal—. Últimamente has pasado horas extras interminables en esa oficina.
Leonardo dio un sorbo al agua, se pasó la mano por el cabello y esbozó una sonrisa medio torcida, negando con la cabeza.
—No es por las planillas, mamá. Es decir, el trabajo avanza de forma impecable, pero... tengo la cabeza en otro lugar —admitió, sin lograr esconder la emoción que venía creciéndole en el pecho.
El Dr. Otávio dio un sorbo a su coñac, se recostó en el sillón y miró a su hijo con un brillo divertido y analítico en los ojos.
—Por el tono de tu voz y por esa mirada perdida, apuesto a que el asunto no tiene que ver con balances contables, sino con nuestra nueva directora de reestructuración —reflexionó el patriarca, con una media sonrisa en los labios—. La Dra. Priscila tiene ese efecto sobre las personas. Una mente brillante y un porte que impone respeto a cualquiera en esta torre.
Leonardo miró a su padre, sorprendido de que le leyera los pensamientos con tanta facilidad, pero enseguida su expresión se transformó en una mezcla de curiosidad e indignación contenida.
—Papá, necesito hacerte una pregunta y quiero que seas totalmente sincero conmigo —dijo Leonardo, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Usted, que levantó todo el historial de ella y el de aquella auditoría... ¿Qué fue exactamente lo que pasó entre Priscila y aquel canalla de Mariano Vance? ¿Qué sufrió ella a manos de ese infeliz?
La sonrisa se borró del rostro de Otávio y dio paso a una expresión seria y sombría. Puso la copa sobre la mesita de centro y cruzó las manos.
—Lo que ella sufrió, Leonardo, daría para un libro de horror corporativo y emocional —comenzó Otávio, con voz grave—. Su historia está marcada por una crueldad desmedida desde el principio. Antes de que todo pasara, Priscila era apenas amiga de Mariano. En una época en que él estaba completamente obsesionado y enamorado de Eleonora, hubo una pelea fea entre los dos. Mariano se emborrachó, absolutamente fuera de sí, y terminó acostándose con Priscila esa noche. Poco después, ella descubrió que estaba embarazada de Killian.
Helena se llevó la mano al pecho, conmocionada por la revelación.
—Dios mío... ¿Y él se hizo responsable? —preguntó, con la voz quebrada.
—Se casó con ella solo por el niño, pero nunca la trató como esposa —continuó Otávio, negando con la cabeza en señal de total repulsión—. Mariano se empeñaba en echarle en cara todos los días que no la amaba, que su sueño había sido casarse con Eleonora y que Priscila no era más que una carga en su vida. La humillaba constantemente de la forma más cruel posible. Para que te hagas una idea del nivel de bajeza de ese hombre, una vez Priscila entró en la sala de la presidencia y se topó con Mariano y Eleonora teniendo sexo sobre el escritorio. Y lo peor: no pararon, siguieron ahí delante de ella, como si fuera una basura invisible.
El silencio en el salón se volvió pesado, denso de indignación.
—¿Y con el niño? ¿Estaba presente como padre? —preguntó Leonardo, con la mandíbula tensa de odio, sintiendo la sangre hervirle en las venas.
—Nunca fue padre, Leonardo —respondió Otávio con firmeza—. Nunca quiso a Killian, trataba a su propia criatura con desdén e indiferencia. Priscila criaba al hijo sola, mientras sostenía la empresa de él a sus espaldas con su trabajo intelectual, aguantando todo tipo de abuso psicológico, hasta el día en que juntó lo poco que le quedaba y se fue de aquella casa.
—Una mujer que sobrevive a todo eso, que protege a su hijo con uñas y dientes y aun así logra levantarse y brillar con esa dignidad... es de un temple rarísimo, Leonardo —dijo Helena, con los ojos húmedos de admiración.
Leonardo respiró hondo, absorbiendo cada detalle de aquella historia trágica, y decidió abrir el corazón de una vez por todas, sin filtros.
—Papá, mamá... Necesito ser honesto con ustedes. Me estoy interesando por ella de una forma que nunca imaginé posible —confesó Leonardo, con la voz firme, cargada de una sinceridad arrolladora—. He tratado con muchas mujeres en este medio, pero nunca vi a nadie como Priscila. Nunca sentí lo que estoy sintiendo por ella. Cada palabra, cada sonrisa, su garra... Me está consumiendo de un modo que no consigo controlar.
El Dr. Otávio escuchó con atención, mantuvo la serenidad y alzó una mano, haciendo un gesto calmo de advertencia.
—Entiendo perfectamente lo que dices, hijo. Priscila es una mujer extraordinaria. Pero presta mucha atención a lo que voy a decirte: ve con calma —aconsejó el patriarca—. Recuerda que es una mujer profundamente lastimada por la vida. Su corazón está blindado por murallas de hielo por un motivo muy justo. Si avanzas demasiado rápido, la asustarás. Ella necesita tiempo, respeto y alguien que le demuestre, con actos diarios, que el amor puede ser un puerto seguro y no una tormenta.
Leonardo asintió lentamente, absorbiendo cada palabra de su padre.
Al ver la expresión pensativa de su hijo, Helena esbozó una sonrisa enigmática e intercambió una mirada cómplice con su marido.
—¿Sabes una cosa, Otávio? Aconsejar está bien, pero pasar a la acción está aún mejor —dijo Helena, acomodándose en el sofá—. Dime una cosa, Leonardo: ¿por qué no invitas a Priscila a ir contigo a la gran fiesta de gala de la fundación de la empresa que se hará este fin de semana?
Leonardo frunció el ceño, confundido.
—¿La fiesta de gala? ¿Qué tiene que ver ella, mamá?
—Vamos, invita a Priscila a ir contigo como tu acompañante oficial —sugirió Helena, con los ojos brillando de entusiasmo—. Será la oportunidad perfecta. La sacarás de esa oficina, le mostrarás que ella es el centro de tu atención y le darás la oportunidad de brillar ante toda la sociedad, vestida como la reina que es, sin las sombras del pasado. ¿Qué te parece la idea?
Leonardo abrió mucho los ojos por un segundo, y enseguida una sonrisa amplia, genuina y esperanzada le iluminó todo el rostro. La idea era simplemente perfecta.
—Mamá... Usted es un genio —dijo Leonardo, levantándose con un nuevo ánimo palpitándole en las venas, imaginando ya la expresión de sorpresa de Priscila al recibir la invitación. El tablero estaba montado, y el siguiente paso para conquistar el corazón de aquella mujer extraordinaria ya tenía fecha marcada.