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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:9.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL VUELO HACIA EL HORIZONTE DE HIELO Y ESPERANZA

​Los preparativos para el viaje a Zúrich se transformaron en una operación militar donde la precisión de Federico y la firmeza de Jeremías convergieron sin un solo margen de error. En menos de una semana, los asuntos corporativos quedaron blindados bajo un comité ejecutivo de confianza, mientras que la cafetería y los negocios locales de la familia quedaron bajo la estricta y amorosa encargatura de los gemelos y doña Anahí —quienes asumieron el mando con una energía desbordante, prometiendo mantener todo en perfecto funcionamiento y cuidar de la pequeña María Fernanda como si el patriarca estuviera presente—. Con los pasaportes diplomáticos listos y el relevo familiar asegurado, el viaje era un hecho inminente.

​Ana Belén recorría los pasillos de la gran casa revisando las maletas abiertas sobre la cama de la recámara principal, doblando suéteres de lana gruesa, abrigos térmicos y las prendas cómodas que Jeremías necesitaría durante las largas jornadas de hospitalización. A pesar de la seguridad que proyectaba frente a su esposo, una opresión sutil le apretaba el pecho. Zúrich significaba frío, clínicas asépticas, quirófanos de alta tecnología y una apuesta al límite donde la medicina desafiaba los pronósticos más oscuros.

​Jeremías entró rodando al dormitorio con la elegancia sobria que lo caracterizaba, vistiendo un jersey de cuello alto color gris oscuro que realzaba la amplitud de su tórax y la fuerza esculpida en sus brazos. Al verla detenida frente al equipaje con una blusa ligera y el ceño ligeramente fruncido por la concentración, detuvo las ruedas de la silla a pocos centímetros de ella.

​—Estás muy callada, mi arquitecta —murmuró Jeremías con esa voz ronca y magnética que lograba desarmar todas sus defensas con una sola sílaba—. ¿Acaso te estás arrepintiendo de subirte a este avión conmigo rumbo al invierno suizo?

​Ana Belén giró sobre sus talones, exhaló un suspiro hondo y caminó hacia él hasta sentarse directamente sobre su regazo, rodeándole el cuello con los brazos y pegando su frente a la de su esposo. Podía oler su loción de cedro y el calor limpio de su piel.

​—No digas tonterías, Jeremías —le reprochó ella con una sonrisa tierna, aunque sus ojos brillaban con una humedad contenida—. No tengo miedo de volar a Zúrich ni de enfrentar el frío. Lo que pasa es que... a veces me abruma pensar en todo lo que estás dispuesto a sufrir solo por cumplir esa promesa. Sé lo duro que ha sido para ti reconstruir tu vida y aceptar tu cuerpo tal como es hoy. Arriesgarte a una cirugía experimental de esta magnitud... me da terror que salgas lastimado, no solo físicamente, sino en el alma si las cosas no salen como esperas.

​Jeremías la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello, respirando su esencia como si fuera el único oxígeno disponible en el mundo. Sus manos grandes y firmes se deslizaron por la espalda de Ana Belén, transmitiéndole una seguridad inquebrantable.

​—Escúchame bien, Ana —le dijo el empresario con una solemnidad absoluta, separándose apenas lo suficiente para mirarla directo a los ojos verdes—. Mi vida estaba muerta el día que cruzaste la puerta de esta mansión. Yo era un fantasma amargado, arrastrando mis complejos y mi soberbia entre cuatro paredes oscuras. Tú me devolviste el latido, me enseñaste a amar sin armaduras y me diste una familia. Si hoy decido subirme a ese quirófano y dejarme abrir la columna de arriba abajo, no es por vanidad ni por orgullo superficial. Es porque quiero ser el hombre que esté a tu altura en todos los sentidos, el que pueda caminar a tu lado sin muletas ni atajos, y el que pueda sostener a nuestra hija y a ti en un abrazo de pie. Si fallo en el intento, al menos sabrás que lo di todo por merecerte cada segundo de mi vida.

​Las palabras de Jeremías la golpearon con la fuerza de una revelación. Ya no había espacio para las dudas ni para los temores egoístas. Ana Belén sonrió, con las lágrimas rodando libremente por sus mejillas, y lo besó con una intensidad voraz, sellando un pacto de fe que trascendía la carne y la materia.

​Veinticuatro horas más tarde, el jet privado de las empresas Bustamante surcaba los cielos nublados de Europa rumbo al Aeropuerto de Zúrich-Kloten. El vuelo transcurrió entre horas de lectura de expedientes médicos, momentos de silenciosa complicidad y miradas cargadas de promesas mudas. Al aterrizar, la escenografía cambió por completo: el aire gélido de los Alpes suizos los recibió con una bofetada blanca y cristalina, recordándoles que estaban en territorio extranjero, lejos del calor caribeño, pero listos para la batalla final.

​Una comitiva del prestigioso instituto neurológico los esperaba al pie de la pista en vehículos de alta gama perfectamente acondicionados. El traslado hasta el sanatorio privado, ubicado en una colina arbolada con vistas panorámicas a la ciudad y al lago de Zúrich, fue silencioso y eficiente.

​El protocolo de ingreso comenzó de inmediato. El equipo de especialistas liderado por el doctor Heinrich Weber —un eminente neurocirujano suizo de fama mundial, conocido por su carácter frío pero de manos prodigiosas— recibió a Jeremías con una rigurosa batería de exámenes preliminares, resonancias magnéticas de última generación y pruebas de potenciales evocados que duraron dos días enteros.

​Durante las evaluaciones, Ana Belén se mantuvo firmemente a su lado, sosteniéndole la mano en cada pasillo clínico, convirtiéndose en el ancla emocional que impedía que el orgullo del magnate flaqueara ante la fría formalidad de los médicos europeos.

​La noche previa a la intervención quirúrgica, la habitación del hospital parecía un refugio privado de lujo, con grandes ventanales que dejaban ver las luces titilantes de Zúrich reflejándose sobre el agua helada. No había batas de hospital incómodas todavía; Jeremías vestía una camisa de algodón oscuro y permanecía sentado en su silla, observando el horizonte con una tranquilidad extraña, casi sobrenatural.

​Ana Belén se acercó con dos tazas de té caliente que acababa de preparar en la pequeña cocinilla de la suite clínica, le entregó una y se acomodó en el reposabrazos de la silla, apoyando la cabeza contra su hombro.

​—¿En qué piensas, gigante? —preguntó ella en un susurro, rompiendo el silencio que envolvía la estancia.

​—Pienso en el momento en que despierte de la anestesia, Ana —respondió él sin apartar la vista del ventanal, tomando su mano y entrelazando sus dedos con firmeza—. Pienso en el primer segundo en que intente mover los dedos de los pies. Y pienso, sobre todo, en la cara que pondrás cuando me veas parado frente a ti, esperando en el altar de la iglesia para cumplir nuestra palabra.

​Ana Belén sonrió, sintiendo que una mezcla de esperanza y vértigo le recorría el cuerpo entero. Se giró para besarlo en la comisura de los labios con infinita devoción.

​—Más te vale que despiertes bien, Jeremías Bustamante —le susurró con una sonrisa traviesa mientras una lágrima furtiva escapaba de sus ojos—, porque te juro que si te atreves a hacerme pasar un susto innecesario, no voy a dudar en buscarte hasta en el más allá para traerte de regreso a patadas.

​El magnate soltó una carcajada profunda y retumbante, una risa que disipó los fantasmas del quirófano y llenó la habitación de una luz cálida y desafiante. La suerte estaba echada, y el destino de ambos aguardaba tras las puertas de acero del quirófano suizo.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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