A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 24
Cap 24: Cocinar para él
El miércoles, Camila llegó al departamento de Damián a las cinco con tres bolsas del mercado.
Tenía llave desde el lunes —Damián se la había dado el lunes en la mañana, sin ceremonia, como quien deja un juego sobre la mesa "por si acaso pasas y no estoy"—. Era la primera vez que la usaba.
La cocina del piso treinta era de mármol y acero. Olía a cera de mantenimiento. Camila la miró un segundo. Después abrió las bolsas y empezó.
Jitomate, epazote, masa fresca para tamales. Una cazuela de barro que había cargado desde San Andrés en una caja con periódico. Queso panela. Rajas de poblano que iba a asar ella misma, no las que vienen ya peladas en bolsa. Una bolsa pequeña de granos de elote que la marchanta del tianguis le había jurado que eran del día.
Encendió la estufa. Puso a tostar los chiles.
El silencio del piso treinta era distinto al silencio del cuarto 304 de la residencia universitaria. Más caro. Más vacío. Camila lo llenó con la playlist que compartía con Fer —boleros viejos, dos rancheras, un Manu Chao—. La música rebotó en el cristal del piso al techo y se acomodó en la cocina como un mantel viejo en una mesa nueva.
Mientras los chiles tostaban, le mandó un audio a Fer.
—Fer. Estoy cocinando en el departamento de Damián. Sin avisar. ¿Tú crees que esto es bandera roja o bandera blanca?
A los tres minutos, Fer respondió:
—Comadre. Bandera ninguna. Es cocinar. Si te pones a pensar el color de la bandera mientras tostas chile, lo único que vas a quemar es el chile.
—Trato.
—Trato.
Camila bajó el volumen del audio. Cerró el chat. Volteó los chiles.
A las cinco y media, Mauricio entró con la llave maestra. Traía un folder.
—Señorita.
—Hola, Mauricio. ¿Café?
—Gracias, no. Vengo a dejar esto al licenciado. ¿A qué hora regresa?
—No sé. No le avisé que iba a venir.
—Ya veo.
Mauricio la miró un segundo. Después miró la cazuela de barro. Después miró la playlist abierta en el celular sobre el mostrador. No sonrió. Pero algo en la comisura del labio le hizo un trabajo de un milímetro.
—Le aviso al licenciado que cuenta con cena en casa esta noche, ¿le parece?
—Avísale.
—Sí, señorita.
Salió. Cerró la puerta. Tres pisos abajo, dentro del elevador, sacó el teléfono y le mandó un mensaje a Damián:
> "Licenciado. Cena en casa esta noche. Cancele Pujol."
Damián, en su despacho, leyó el mensaje. No respondió de inmediato. Después escribió:
> "Cancela."
* * *
Damián llegó a las siete y veinte. Hora absurda para él: lo normal eran las nueve, las diez, las once. Camila lo oyó meter la llave. Se quedó en la cocina con el cucharón en la mano.
Damián se detuvo en el umbral.
No avanzó. No habló. Se quedó dos segundos mirando la cocina, la cazuela, la espalda de Camila, el vapor que subía de la olla, el mantel de a cuadros rojos que ella había sacado de su mochila y puesto sobre la isla porque el acero estaba frío.
Camila se giró.
—Hola.
—Hola.
—¿Comes?
—Como.
—¿Cerveza?
—Cerveza.
Camila le sirvió una Indio en un vaso largo. Damián la tomó. Aflojó la corbata. Se sentó en el banco de la isla.
—¿Qué es?
—Tamales de rajas con queso. Y una cazuela.
—¿De qué la cazuela?
—Pollo con epazote. Receta de mi abuela.
—¿La de San Andrés?
—Esa.
—¿Cuántas veces lo hiciste cuando vivías con ella?
—Todos los domingos hasta los catorce. Después dos veces al mes. Después de casarme, nunca.
Damián no contestó. Tomó un trago. La miró servir.
—Camila.
—Dime.
—¿Por qué cocinaste hoy?
Camila levantó los ojos del plato.
—No sé.
—Bien.
—¿Bien qué?
—Bien que no sepas.
Damián no explicó. Camila tampoco preguntó. Comieron en silencio largo rato. Damián se sirvió segunda. Después tercera. Se acabó la cazuela.
—¿Más?
—Ya no me cabe.
—Bien.
Camila recogió los platos. Damián se levantó por instinto a ayudar; ella le tocó el hombro sano dos veces con dos dedos.
—Siéntate. Vas a romper algo con ese brazo.
—Sí, doctora.
—No soy doctora.
—Hoy sí.
Camila se rio. Una risa corta, hacia adentro, real.
* * *
—¿Y tu día? —preguntó ella, ya con el plato vacío.
—Junta a las nueve. Junta a las once. Junta a la una. Una llamada con Sebastián a las dos. Y otra junta a las cuatro.
—¿Con Sebastián?
—Vamos a comer el martes. En mi casa. Tiene cosas que decirme que no quiere decirme por teléfono.
—¿De negocios?
—Dice que de negocios.
—¿Pero?
—Pero conozco a Sebastián desde los seis años. Cuando dice "de negocios" en ese tono, no es de negocios.
—Ah.
—Pasaste el día en clase.
—Pasé el día en clase. Y en la biblioteca. Y en la cafetería con Fer. Y comprando lo de la cazuela.
—¿Reygada?
—Reygada me devolvió la asignación con una nota: "Lazcano, mejor. Siga así." Sin más.
—Eso, viniendo de Reygada, es un trofeo.
—Sí. Bueno. Algo.
Damián casi sonrió. Casi.
* * *
A las nueve, Damián secaba un plato con el trapo en la mano sana. Camila lo lavaba.
—¿Mañana también?
Camila lo miró por el rabillo del ojo.
—¿Mañana también qué?
—Cocinas.
—No prometí nada.
—No te estoy pidiendo que prometas. Te estoy preguntando.
Camila terminó de enjuagar el último plato. Cerró la llave. Se secó las manos en el trapo.
—Mañana también.
—Bien.
Damián, sin que ella lo viera, sacó el teléfono del bolsillo del pantalón. Tecleó dos palabras y le dio enviar.
—¿A quién le escribiste?
—A Mauricio. Cancelé la reserva del martes en el Pujol. Ceno aquí esa noche también.
—Damián.
—Dime.
—Eso no es contrato.
—Ya sé. ¿Te molesta?
—No.
—Bien.
* * *
Camila se preparaba para irse a las diez. Tenía clase a las ocho de la mañana siguiente. Recogió la mochila. Se acomodó la chamarra. En la puerta, Damián la detuvo con dos dedos en el codo.
—Mañana va a llover fuerte. ¿Tienes paraguas?
Ella lo miró extrañada. Él la miró de vuelta. Algo en esa mirada ordinaria le apretó el pecho sin explicación.
—Sí —dijo Camila—. Tengo.
Ninguno de los dos se movió todavía.
A los cuatro segundos, Damián abrió la puerta.
—Cipriano abajo. Cuida.
—Sí. Buenas noches.
—Buenas noches, Camila.