SIN ESPOILER
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UNA MIRADA DIFERENTE
Dos meses más habían pasado.
La casa en ruinas seguía siendo el lugar donde Lia pasaba la mayor parte de sus días.
Sin embargo, algo había cambiado.
Ella lo sentía.
Su cuerpo había cambiado considerablemente durante aquellos meses, aunque Lia todavía no comprendía la verdadera razón.
Las náuseas continuaban.
El cansancio era cada vez mayor.
Y ahora necesitaba descansar con más frecuencia.
A veces se despertaba en mitad de la noche sin saber exactamente por qué.
Otras veces permanecía despierta mirando por la ventana, preguntándose cuánto tiempo más podría continuar viviendo de aquella manera.
Pero había algo que le preocupaba incluso más que sus propios malestares.
Brayan.
Ya no la miraba como antes.
Al principio había sido cariñoso con ella.
La llamaba princesa.
Le decía que era importante para él.
Le hacía creer que, a pesar de todo, no estaba sola.
Pero desde hacía varias semanas su comportamiento había cambiado.
Ya no sonreía cuando la veía.
Ya no se acercaba para preguntarle cómo estaba.
Y, sobre todo…
había una expresión nueva en sus ojos.
Desprecio.
Lia comenzó a notarlo una mañana.
Estaba sentada junto a la ventana, intentando desayunar.
Había conseguido comer muy poco.
Entonces escuchó la puerta abrirse.
Brayan entró.
Lia levantó la mirada.
—Buenos días.
Él no respondió.
Simplemente la observó.
Su mirada recorrió a Lia durante unos segundos antes de apartarse con evidente molestia.
Ella bajó lentamente la cuchara.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
Brayan soltó una pequeña risa sin humor.
—¿Ahora también tengo que cuidar cómo te miro?
Lia guardó silencio.
Aquella respuesta le dolió.
—No dije eso.
Brayan caminó hasta una mesa y dejó unas cosas.
—Entonces no preguntes.
Lia volvió a mirar su plato.
Intentó ignorarlo.
Pero sentía aquella mirada sobre ella.
Finalmente preguntó:
—¿Estás enojado conmigo?
—No.
—Entonces, ¿por qué estás así?
Brayan se giró.
—Porque estoy cansado.
—¿De qué?
Él no respondió inmediatamente.
La observó otra vez.
Después negó con la cabeza.
—De todo.
Lia sintió un nudo en el pecho.
No sabía qué había hecho.
Durante meses había intentado complacerlo.
Había permanecido allí.
Había aceptado sus decisiones.
Había confiado en él.
Y ahora parecía que nada de eso importaba.
---
Los días siguientes fueron iguales.
Brayan llegaba.
La observaba.
Y después encontraba cualquier excusa para alejarse.
Cuando Lia intentaba hablarle, él respondía con monosílabos.
Cuando ella necesitaba descansar, parecía molestarse.
Cuando la veía comer poco, se burlaba.
—¿Otra vez no tienes hambre?
—No me siento bien.
—Siempre estás igual.
Lia bajó la mirada.
—No lo hago a propósito.
—Nunca haces nada a propósito.
La frase quedó suspendida en el aire.
Lia sintió que algo dentro de ella se rompía.
—¿Por qué me hablas así?
Brayan se encogió de hombros.
—Porque ya me cansé.
Ella lo miró.
—¿De mí?
Él no respondió.
Y aquel silencio fue suficiente.
Lia sintió lágrimas en los ojos, pero no quiso llorar delante de él.
Se levantó lentamente.
—Voy a acostarme.
Brayan la vio alejarse.
No hizo nada para detenerla.
---
Aquella noche, Lia permaneció despierta durante mucho tiempo.
Miraba el techo.
Pensaba en cómo había cambiado todo.
Al principio, Brayan había sido la única persona que parecía aceptarla.
Ahora era la persona que más la hacía sentir que estaba sobrando.
Lia llevó una mano a su abdomen, buscando tranquilizarse.
No sabía por qué aquel gesto se había vuelto tan frecuente.
Simplemente lo hacía.
Respiró profundamente.
—Todo estará bien.
No estaba segura de a quién se lo decía.
Quizá a sí misma.
Quizá a esa pequeña vida que, sin que Lia pudiera comprenderlo todavía, crecía dentro de ella.
---
A la mañana siguiente, Brayan volvió a comportarse con frialdad.
Lia estaba intentando preparar algo para comer cuando él entró.
—¿Qué haces?
—Intento desayunar.
Brayan miró la comida.
—¿Otra vez?
Lia frunció el ceño.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada.
—Entonces deja de mirarme así.
Él suspiró.
—Es que no entiendo cómo puedes seguir así.
—¿Así cómo?
Brayan hizo un gesto de frustración.
—Déjalo.
Lia dejó de mover las manos.
—No.
Él la miró.
—¿Qué?
—Quiero saber qué te pasa conmigo.
Brayan permaneció callado.
Lia reunió valor.
—Antes eras diferente.
—Las personas cambian.
—Tú cambiaste.
—Tal vez.
—¿Ya no me quieres?
Aquella pregunta salió en un susurro.
Brayan no contestó.
Lia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Solo dime la verdad.
Él apartó la mirada.
—No sé qué quieres que te diga.
—La verdad.
Brayan soltó un suspiro.
—No tengo tiempo para esto.
Y se marchó.
Lia permaneció completamente quieta.
Aquella respuesta dolió más que cualquier insulto.
Porque había esperado una explicación.
Una palabra.
Algo.
Pero no recibió nada.
---
Más tarde, Lia salió al pequeño patio trasero.
Necesitaba aire.
Se sentó bajo una vieja estructura de madera.
El viento movía lentamente su cabello.
Lia cerró los ojos.
Durante meses había pensado que Brayan era su única salida.
Ahora comenzaba a comprender algo que le daba miedo admitir.
Quizá nunca había sido una salida.
Quizá simplemente había pasado de una prisión a otra.
Abrió los ojos.
Miró sus manos.
—Tengo que salir de aquí.
La frase fue apenas audible.
Pero era la primera vez que la decía con verdadera determinación.
No sabía dónde ir.
No tenía dinero.
No tenía una familia a la que pudiera recurrir.
Y sentía que no tenía fuerzas suficientes para comenzar de nuevo.
Pero ya no quería continuar viviendo bajo aquella mirada.
Ya no quería sentirse una carga.
Ya no quería depender de alguien que podía pasar de decirle "princesa" a mirarla como si fuera alguien que despreciaba.
Lia respiró profundamente.
Entonces sintió un pequeño movimiento en su interior.
Se quedó quieta.
No entendió qué había sido.
Llevó una mano hacia allí.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Qué…?
Esperó.
No volvió a sentir nada.
Lia sonrió nerviosamente.
—Debo estar imaginando cosas.
Se levantó con cuidado.
No sabía que aquel pequeño instante tendría una importancia enorme más adelante.
---
Esa misma noche, Brayan salió de la casa.
Lia lo observó desde la ventana.
Por primera vez no sintió deseos de correr detrás de él.
Solo sintió cansancio.
Cuando la puerta se cerró, Lia volvió a sentarse.
Tomó la fotografía de sus padres.
—Mamá…
Sus ojos se humedecieron.
—Tengo miedo.
Apretó la fotografía contra su pecho.
—Pero no quiero seguir viviendo así.
Afuera, un automóvil pasó lentamente frente a la casa.
Lia no le prestó atención.
Sin embargo, dentro del vehículo, un hombre observaba aquella construcción.
había encontrado finalmente una pista.
Una pista que lo acercaba cada vez más a la joven desaparecida.
Y mientras Lia intentaba reunir fuerzas para abandonar aquel lugar…
estaba a punto de descubrir que su búsqueda no terminaría encontrando simplemente a una joven en peligro.
Encontraría a una mujer que llevaba meses sobreviviendo en silencio.
Y que necesitaba ayuda mucho más de lo que cualquiera imaginaba.