Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 23: El reencuentro
Leo se queda paralizado frente a la celda. La mujer que está al otro lado del vidrio tiene el rostro arrugado por el tiempo y el sufrimiento, pero sus ojos brillan con la misma calidez que él recuerda de su infancia. O que cree recordar. La niebla en su mente se agita, pero esta vez no es confusión. Es reconocimiento.
—No puede ser —dice, con la voz temblorosa—. Me dijeron que habías muerto. Hace años.
—Lo sé —responde su madre, con una voz suave pero firme—. Fue necesario. Vergara me tenía vigilada. Si sabía que yo seguía viva, te habría usado para encontrarme. Así que fingí mi muerte y me escondí. Pero él me encontró. Hace unos meses.
—¿Y por qué no me dijiste? —pregunta Leo, con un tono que mezcla dolor y rabia—. ¿Por qué me dejaste creer que estabas muerta?
—Porque tú también estabas muerto, hijo —responde ella—. Al menos tu memoria. Y si hubiera intentado contactarte, Vergara lo habría descubierto. Tenía que esperar. Esperar a que tú mismo encontraras el camino.
Irene, a su lado, observa la escena con atención. Su mano descansa sobre el arma, pero no interviene.
—Tenemos que sacarla de aquí —dice Leo, con determinación—. No podemos dejarla aquí.
—No es tan fácil —dice Irene—. La celda está sellada con un sistema de seguridad independiente. Necesito tiempo para desactivarlo.
—Entonces desactívalo —dice Leo.
Irene se acerca al panel de la puerta y comienza a trabajar con su dispositivo. Mientras tanto, Leo se acerca al vidrio, apoyando su mano contra él.
—¿Cómo llegaste aquí? —pregunta—. ¿Qué te hizo Vergara?
—Me capturó cuando intentaba contactar a un viejo aliado —responde ella—. Quería usarme como moneda de cambio. Sabía que tarde o temprano recuperarías la memoria y vendrías a buscarme.
—Y tenía razón —dice Leo.
—No te culpes —dice ella—. Yo sabía que esto podía pasar. Pero no importa. Lo importante es que has llegado hasta aquí. Has recuperado el archivo. Ahora puedes terminar lo que empezaste.
—¿El archivo? —pregunta Leo—. ¿Sabes lo que contiene?
—Sé que contiene la verdad. Los nombres de todos los que han traicionado a su país. Y también contiene información sobre ti. Sobre lo que realmente pasó en esa misión. Sobre Sofía.
El nombre de Sofía flota en el aire como una pregunta sin respuesta.
—¿Qué pasó con Sofía? —pregunta Leo—. Yo recuerdo que murió protegiéndome. Pero hay algo que no encaja.
Su madre baja la mirada un momento. Cuando la levanta, hay una tristeza profunda en sus ojos.
—Sofía no murió protegiéndote —dice—. Sofía murió porque tú no pudiste disparar. Porque viste quién estaba detrás del gatillo y no pudiste apretar el tuyo.
Leo siente un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quién estaba detrás del gatillo?
Su madre lo mira fijamente.
—Elena.
La palabra cae como un mazazo. Leo retrocede un paso, sintiendo que el suelo se abre bajo sus pies.
—No —dice—. No es cierto. Elena no hizo eso.
—Elena era una agente doble —dice su madre—. Trabajaba para Vergara. Se infiltró en la misión para asegurarse de que el archivo nunca saliera. Sofía la descubrió, y Elena la mató. Tú lo viste, pero tu mente bloqueó el recuerdo. No podías soportar la verdad.
Leo aprieta los puños. La imagen de Elena, su compañera, su aliada, se deforma en su mente. No quiere creerlo. Pero las palabras de su madre tienen un peso que no puede ignorar.
—¿Y el archivo? —pregunta—. ¿Dónde está?
—Está en un lugar seguro —responde su madre—. Tú mismo lo escondiste, pero no era la única copia. Hay otra. En el lugar donde Sofía guardaba sus secretos. ¿Recuerdas dónde era?
Leo cierra los ojos. Los recuerdos fragmentados bailan detrás de sus párpados. Sofía, su risa, su voz. Un lugar secreto. Un escondite donde guardaban todo lo que no podían llevar consigo.
—La caja de música —dice, abriendo los ojos—. Tenía una caja de música. Siempre decía que era su tesoro más preciado.
—Esa caja contiene la segunda copia del archivo —dice su madre—. Es la única que no ha sido tocada. Si consigues abrirla, tendrás todo lo que necesitas para detener a Vergara.
La puerta de la celda se abre con un clic. Irene ha logrado desactivar la seguridad.
—Vamos —dice Irene—. Tenemos que salir de aquí antes de que nos descubran.
Leo ayuda a su madre a salir de la celda. Sus manos están frías, pero su abrazo es cálido.
—Ahora tenemos que encontrar a Elena —dice Leo—. Tengo que enfrentarla.
—No ahora —dice su madre—. Primero, el archivo. Luego, la verdad. Si la enfrentas sin pruebas, ganará ella.
Leo asiente. Tiene razón.
Salen del nivel cuatro y se dirigen hacia la salida, con la caja de música de Sofía en su mente.
Y la certeza de que la batalla final está a punto de comenzar.