Dos personas marcadas por heridas del pasado se encuentran cuando menos lo esperan. Ella ha aprendido a esconder su dolor detrás de una sonrisa. Él carga con un pasado que no logra perdonarse. Ninguno busca enamorarse, pero el destino los une y descubrirán que, incluso en la oscuridad más profunda, una sola persona puede convertirse en la luz del otro.
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capítulo 2 - las huellas del silencio
"Las heridas más profundas no siempre dejan cicatrices visibles; algunas se esconden detrás de una sonrisa."
El sonido del despertador rompió el silencio a las cinco de la mañana. Rebeca abrió los ojos antes de que sonara por segunda vez. Permaneció unos instantes inmóvil, observando el techo de su habitación mientras respiraba profundamente. Cada nuevo día era una oportunidad para seguir adelante, aunque el peso de los recuerdos nunca desapareciera por completo.
Se levantó con calma, tendió la cama y abrió la ventana. El aire fresco de la mañana acarició su rostro. A diferencia de las noches de su infancia, las mañanas le transmitían tranquilidad. Eran el único momento en que sentía que el mundo guardaba silencio.
Mientras preparaba una taza de café, su mirada se detuvo en una fotografía colocada sobre un pequeño estante. En ella aparecían sus cinco hermanos y ella cuando eran niños. Sonrió con nostalgia mientras pasaba lentamente un dedo sobre la imagen.
Ellos habían sido su refugio en medio de la tormenta. Cuando el miedo llenaba la casa, se protegían unos a otros. No podían cambiar lo que ocurría, pero sí evitar que alguno enfrentara el dolor en soledad.
—Lo logramos... —susurró con una leve sonrisa.
La vida los había llevado por caminos distintos, pero el amor entre hermanos seguía intacto.
Rebeca tomó su bolso y salió rumbo al trabajo. Durante el trayecto observó cómo la ciudad despertaba. Personas apresuradas caminaban hacia sus empleos, estudiantes esperaban el autobús y algunos niños reían camino a la escuela.
Le gustaba contemplar esos pequeños momentos de felicidad. Le recordaban que, a pesar de todo, el mundo también estaba lleno de esperanza.
En su trabajo todos la conocían por su amabilidad. Siempre tenía una palabra de aliento para quien la necesitara y nunca negaba una ayuda.
—¿Cómo haces para estar siempre de buen humor? —le preguntó una compañera.
Rebeca sonrió como siempre.
—Supongo que la vida ya tiene suficientes problemas. No quiero ser uno más.
Nadie imaginaba que aquella sonrisa era el resultado de años aprendiendo a ocultar el dolor.
Al terminar la jornada decidió caminar unos minutos antes de regresar a casa. Se sentó en una banca del parque y observó a una niña correr hacia los brazos de su padre. Ambos rieron mientras giraban sobre el césped.
Sin darse cuenta, una lágrima recorrió su mejilla.
No lloraba por envidia.
Lloraba por aquella niña que un día fue y que siempre soñó con recibir un abrazo así.
Secó sus lágrimas antes de que alguien pudiera verla.
Había aprendido que algunas batallas se libran en silencio.
Esa noche, al llegar a su pequeño departamento, abrió un cuaderno de tapas azules donde escribía todo aquello que nunca se atrevía a decir.
"Hoy comprendí que sigo creyendo en el amor, aunque a veces me dé miedo reconocerlo. Tal vez algún día llegue alguien que vea más allá de mi sonrisa y descubra a la niña que todavía espera sentirse segura."
Cerró el cuaderno y apagó la luz.
Sin saberlo, mientras ella intentaba convencer a su corazón de que estaba bien sola, el destino ya comenzaba a mover las piezas de una historia que cambiaría su vida para siempre.
Muy pronto conocería a un hombre que también cargaba heridas invisibles.
Un hombre llamado Efraín.