Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
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CAPÍTULO 11: Cuando la fuerza no basta
La mañana después de la pelea en el portal del edificio de Seo‑jun, Choi Min‑jun llegó al liceo con la camisa desabrochada, los ojos un poco hinchados y el paso más lento de lo normal. Tropezó con el felpudo de entrada como hacía siempre, se agarró del marco para no caer y soltó un gemido bajito que todo el mundo interpretó como la habitual torpeza del chico. Nadie supo que había dormido menos de dos horas, que había pasado media noche abrazado a la linterna de papel rota que había recogido del suelo del festival, ni que había rehecho mil veces en su cabeza la escena de la discusión buscando alguna forma de haberla dicho distinto.
Caminó por el pasillo hasta la taquilla de Seo‑jun con el corazón apretado. Llevaba en la mano un cartón de leche de plátano —el de siempre— y una pequeña nota escrita con su letra más desordenada y cursi, pidiendo perdón y prometiendo que no volvería a pasar. Se detuvo a un metro de distancia, respiró hondo y, con la expresión más ingenua y nerviosa que sabía poner, se acercó.
—Buenos días… —murmuró, alargándole el cartón sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Te traje esto. Para desayunar.
Seo‑jun levantó la vista. No tenía ira en la mirada. Tenía algo mucho peor: cansancio. Una distancia fría, cortés, como si estuviera hablando con un compañero cualquiera y no con la persona con la que había compartido casi un año de su vida. Cogió el cartón despacio, sin rozar los dedos de Min‑jun, y asintió una sola vez.
—Gracias.
—Oye… sobre lo de anoche… yo quería… —empezó Min‑jun con la voz temblorosa, jugueteando con el borde de su mochila.
—No hace falta —lo interrumpió él, cerrando la puerta de la taquilla con un clic seco—. Ya pasó. No hablemos más.
—Pero yo quiero explicarte de verdad… —insistió él, y por un segundo su voz sonó tan desesperada que casi delataba cuánto le dolía por dentro.
Seo‑jun se echó la mochila al hombro y se giró para ir hacia el aula. Antes de pasar de largo, miró a Min‑jun a los ojos por última vez:
—De verdad, Min‑jun. No hace falta. Ya no sé qué creer de lo que dices. Mejor dejarlo así.
Y se marchó. No miró atrás.
Min‑jun se quedó solo en el pasillo, con la mano todavía extendida en el aire, sintiendo cómo todo el mundo se le venía encima. Por fuera parecía el chico triste y despistado al que todos querían consolar. Por dentro, sentía que se ahogaba sin saber por dónde empezar a arreglar nada.
Durante toda la mañana mantuvo su personaje a la perfección: se confundió al resolver un problema de física, dejó caer el estuche tres veces, se quedó mirando la ventana durante media hora de la clase de historia y tuvo que pedir perdón al profesor por no haber escuchado nada. Lo que nadie supo es que, mientras fingía estar en las nubes, no dejaba de pensar en lo que Seo‑jun le había dicho. Ya no sabía qué creer de él. Y eso dolía más que cualquier golpe.
Justo cuando terminó la última clase, el brazalete de jade bajo su manga vibró con la señal de alerta. Min‑jun agarró el estómago con ambas manos, puso la cara pálida como una hoja y se acercó a la profesora con voz débil:
—Perdone… me encuentro fatal… ¿puedo irme a casa antes?
La mujer asintió sin dudar. Seo‑jun lo miró desde su pupitre, frunció el ceño un segundo… pero luego giró la cabeza y siguió hablando con sus amigos. No se ofreció a acompañarlo. Min‑jun sintió un pinchazo en el pecho, pero no tuvo tiempo de pensarlo: salió del aula caminando lento, encorvado, y en cuanto dobló la esquina del pasillo su postura cambió por completo: espalda derecha, mirada de acero, paso rápido y decidido. Ya no era el chico enfermizo y despistado. Era Jade Blanco.
Se metió en el callejón de siempre, pronunció las palabras de activación y saltó por los tejados hacia el almacén portuario abandonado del río, el lugar donde el peligro era más fuerte. Llegó en cinco minutos exactos. Y lo que vio le confirmó que el Tejedor ya no jugaba limpio.
En el centro del recinto, Ámbar Negro luchaba solo contra una sombra enorme, gris y dura como el acero, que no retrocedía ni un milímetro por más golpes que le propinara. Ámbar golpeaba una y otra vez con toda su fuerza, sus puños cargados de energía dorada, rugiendo de rabia y cansancio… pero cada golpe que asestaba no la debilitaba. Al contrario: la hacía más grande, más dura, más pesada.
—¡Maldita sea! —gritó Ámbar, lanzando un puñetazo que hizo temblar los pilares del almacén, sin lograr nada—. ¡¿Por qué no te caes?!
Jade bajó de un salto y gritó con voz firme:
—¡Ámbar! ¡Para ya! ¡No le des ni un golpe más!
El otro héroe se giró, jadeando, confundido.
—¿Que me pare? ¡Si no la golpeo, nos mata a los dos!
—¡Tu fuerza es justo lo que ella necesita para hacerse más fuerte! —le explicó Jade con calma—. No la vences pegando más fuerte. La vences siendo más listo. Escúchame bien: atrae la hacia la viga rota, no la golpees, solo muévela. Cuando yo te diga, salta hacia un lado. Yo romperé las tuberías de agua de arriba y caerá sobre ella. El agua la hará resbalar. Entonces tú la empujas despacio hacia la trampilla del suelo. Ahí abajo no podrá moverse. Sin golpes. Solo cuidado. ¿Confías en mí?
—Confío —respondió Ámbar sin dudar ni un instante.
Todo salió tal cual lo habían planeado. Ámbar corrió, la sombra lo siguió, el agua cayó con un estruendo tremendo, la criatura perdió el equilibrio y Ámbar la empujó justo en el momento perfecto. La trampilla se cerró y Jade la selló para siempre con luz de su poder. Quedó atrapada. Y no había hecho falta ni un solo golpe para vencerla.
—Lo hicimos —dijo Ámbar, respirando muy aliviado—. Sin pelear. Yo llevaba media hora golpeándola sin conseguir nada. Y tú lo resolviste pensando.
—A veces la fuerza no sirve —respondió Jade—. Hay que mirar a tu alrededor antes de lanzarte. Todo puede ayudarte si te fijas bien.
Ámbar sonrió, agradecido.
—Tú eres increíble. No sé qué haría si no estuvieras ahí para guiarme. Gracias. De verdad.
Jade se quedó callado un momento. Esas palabras, su voz, la forma en que le hablaba… eran tan parecidas a Seo‑jun que por un instante le dolió el corazón. Quería decirle todo. Quería quitarse el antifaz y contarle la verdad. Pero no podía. No era seguro para él.
—Yo también me alegro de que estés tú —dijo en voz baja—. Somos un equipo.
Se despidieron y cada uno se fue por su lado. Min‑jun volvió a casa caminando despacio, con la mente llena de cosas que no podía contarle a nadie.
Al día siguiente en el liceo, intentó sentarse al lado de Seo‑jun en el comedor, como hacían siempre. El chico no le dijo que no, pero se apartó un poco, no le sonrió, no le habló. Comieron en silencio, como si fueran dos desconocidos que solo compartían una mesa. Min‑jun sintió que se le partía el corazón. Al final, reunió todo su valor y le dijo:
—Oye… ¿quieres ir esta tarde al parque? A practicar baloncesto. Como antes.
Seo‑jun dejó el cubierto en la bandeja muy despacio. Levantó la vista y lo miró a los ojos, y lo que dijo fue lo más duro que Min‑jun había escuchado en su vida:
—Mejor no, Min‑jun. Necesito estar un tiempo solo. Estar contigo últimamente… me hace daño. Y creo que a ti también.
No gritó. No se enfadó. Solo lo dijo así, tranquilo, como algo que ya había pensado mucho tiempo. Min‑jun no pudo responder nada. Solo asintió con la cabeza baja, se levantó y se fue sin terminar de comer. Nadie vio que le temblaban las manos. Nadie supo que sentía que lo estaba perdiendo para siempre.
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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN
Viernes por la noche
Querido cuaderno:
Hoy ha sido un día muy largo. Me duele todo por dentro.
Esta mañana me levanté con los ojos hinchados. No dormí nada anoche. Solo me quedé mirando la linterna rota que recogí del suelo el día del festival. Me da mucha pena verla así. Como nosotros. Fui a buscar a Seo‑jun para darle leche de plátano y pedirle perdón. Pero no quiso escucharme. Me dijo que ya no sabe qué creer de mí. Y eso me rompió el corazón. No quiero mentirle. Pero no puedo decirle la verdad. Si supiera lo que hago por las noches, el Tejedor lo usaría para hacerme daño a través de él. Y no permitiría que le pase nada. Nada. Por nada del mundo.
Después, por la tarde, tuve que salir otra vez. Había una sombra muy fuerte que solo se hacía más grande cuanto más la golpeabas. Ámbar Negro estaba allí solo y no sabía qué hacer. Me di cuenta de que si le dábamos más fuerza, ella ganaba. Así que pensamos en otra cosa. Usamos el agua y la gravedad. Y la atrapamos sin pegarle ni un solo golpe. A veces creo que todo en la vida es así: cuanto más luchas con fuerza bruta, más difícil se vuelve todo. Lo he aprendido hoy con la sombra… y también con Seo‑jun.
Cuando estábamos solos, Ámbar me dio las gracias y me dijo que no sabría qué hacer sin mí. Su voz, su forma de hablar… fue tan parecida a Seo‑jun que casi le cuento todo. Casi le digo quién soy. Pero me contuve. Tengo miedo. Tengo mucho miedo de que si sabe la verdad, lo pierda para siempre. O peor: que le hagan daño por mi culpa.
Hoy en el comedor, Seo‑jun no me habló. No me miró. Parecía que no éramos nada. Y luego le pedí ir al parque como antes… y me dijo que no. Me dijo que estar conmigo le hace daño. Esas palabras no se me van a ir de la cabeza nunca. “Me hace daño”. Yo solo quiero protegerlo. Y parece que por protegerlo lo estoy perdiendo.
He salvado a mucha gente hoy. He hecho todo bien como guardián. Pero siento que he fallado en lo que más importaba. No sé cómo arreglarlo. No sé qué decirle. No sé si hay alguna forma de que confíe en mí de nuevo sin contarle la verdad que no puedo contar.
Me siento muy solo. Ojalá pudiera ser dos personas a la vez. Ojalá pudiera ser su novio sin mentiras, y también el guardián que protege la ciudad. Pero creo que no se puede las dos cosas a la vez. Y yo tengo que elegir. Y duele mucho.
Mañana será otro día. No sé qué pasará. Solo espero que Seo‑jun esté bien. Aunque no esté conmigo. Eso es lo que más quiero: que esté bien. Siempre.
Min‑jun.
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Cerró el cuaderno con mucho cuidado y lo escondió debajo del colchón. Apagó la luz y se quedó mirando la oscuridad. El brazalete brillaba suavemente bajo la sábana, recordándole su deber. Pero por primera vez, su deber le pesaba más que cualquier batalla. Porque la persona que quería proteger más que a nadie en el mundo se estaba alejando de él, y no sabía cómo detenerlo.
FIN DEL CAPÍTULO 11