Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 18: VICTORIA
El sol se ocultaba despacio detrás de las montañas nevadas, tiñendo todo el valle de tonos naranjas, violetas y rosados suaves, como si la propia tierra quisiera lavarse la sangre del día. El ruido de la batalla se había apagado del todo. Ya no había gritos, ni choques de lanzas, ni rugidos de Drak, ni el zumbido eléctrico de la piedra azul corriendo por mis venas. Solo quedaba el río corriendo constante a lo lejos, el viento moviendo las hojas de los robles, y la respiración pesada, cansada, de los seis que habíamos sobrevivido.
Seis. Éramos seis ahora. Gorn se había quedado delante de la grieta de las rocas, firme, incluso en la muerte, como si siguiera dispuesto a pelear contra cualquiera que intentara acercarse a Nia. Su cuerpo ya estaba frío, pero su mano seguía apretando el bastón con fuerza, y su postura no había cedido ni un centímetro. Nadie se había atrevido a tocarlo todavía. Nadie quería admitir que realmente se había ido.
Nos quedamos allí de pie, en el centro del claro, mirando a nuestro alrededor sin decir nada, como si temiéramos que cualquier palabra rompiera el hechizo y nos hiciéramos cuenta de que todo era real: que habíamos ganado, que Drak estaba muerto a nuestros pies, que los Huesos Rojos habían huido, que habíamos sobrevivido siete contra treinta. Había más de veinte cuerpos enemigos tirados por todo el claro, algunos en las trincheras, otros colgados todavía de los lazos, otros cerca del río donde habían caído al intentar huir. De los nuestros, ninguno muerto. Todos heridos, moretones, cortes, golpes, sangre seca en la ropa y en la piel… pero vivos. Todos.
Kael fue el primero en moverse. Se apoyó todo el peso en su lanza para no doblar la pierna derecha herida, escupió un poco de sangre al suelo, y miró a cada uno de nosotros despacio, uno por uno: a Rian, que cojeaba y tenía el antebrazo vendado apresuradamente; a Mara, con el corte en la mejilla ya cerrado pero con la cara todavía cubierta de polvo y rojo; a Turi, que temblaba un poco de pies a cabeza después de haber peleado con las manos contra tres hombres más grandes que él; a Lira, con las manos manchadas de sangre ajena y propia, las bolsas de hierbas medio rotas pero todavía en su sitio; y a mí, que me sostenía en pie solo por pura voluntad, con las piernas temblando todavía después de haber canalizado toda la fuerza de la piedra durante horas.
—Lo hicimos —dijo por fin, y su voz sonó más ronca, más cansada que nunca, pero con un hilo de emoción que casi nunca dejaba ver—. Contra todo pronóstico. Lo hicimos. Ganamos.
Nadie gritó. Nadie saltó de alegría. No hubo vítores, ni abrazos efusivos, ni celebraciones ruidosas. Era demasiado pronto. Habíamos pagado un precio demasiado alto para festejar como si nada. Rian solo asintió, escupiendo al suelo un trozo de sangre que tenía en la boca. Mara cerró los ojos un segundo, respiró hondo, y luego se secó la última lágrima que se le había escapado con el dorso de la mano. Turi se sentó de golpe en una piedra, agotado, y escondió la cara entre las rodillas un momento. Lira se acercó a mí despacio, me tomó la mano y la apretó con fuerza, entrelazando sus dedos con los míos, sin decir nada. No hacía falta.
—Primero —siguió Kael, recuperando esa voz de jefe firme que todos conocíamos—, revisamos todo el perímetro. Rian, tú con Turi: subid por el río arriba y abajo, aseguraos de que no se ha quedado nadie escondido esperando para atacarnos por la espalda. Matad a cualquiera que encuentres con el tatuaje rojo. No dejéis ninguno vivo. No habrá segundas oportunidades. Luego recoged todas las armas buenas que podáis, las lanzas, los cuchillos, las hachas. Nos servirán.
Los dos asintieron, se cogieron sus armas y se alejaron paso firme, cojeando los dos, pero con la determinación intacta.
—Mara —Kael se giró hacia ella—, ve por Nia. Sácala de la grieta con cuidado. No la dejes ver demasiado de lo que hay por el suelo. Cúbrele los ojos si hace falta. Luego ayúdame a preparar a Gorn. Mañana lo enterraremos en el mirador alto, desde donde se ve todo el valle. Él siempre quiso estar allí.
Mara asintió en silencio, se pasó una mano por el pelo revuelto y caminó hacia la grieta de las rocas, donde la niña seguía sentada a los pies del viejo, acariciándole la mano fría, murmurándole cosas bajito como si solo estuviera dormido. Cuando llegó, se arrodilló a su lado, la tomó suavemente entre sus brazos y la levantó. Nia no lloró. Solo apoyó la cabeza en el hombro de su madre y miró a Gorn una última vez, muy seria, como si le estuviera prometiendo algo que solo ellos dos sabían.
—Tú y Lira —Kael me miró a mí luego—, curad todas las heridas bien. Las que nos hemos puesto vendajes rápidos hay que limpiarlas bien, coser las que hagan falta, dar la infusión del dolor a los que más lo necesiten. No queremos que nadie muera ahora, después de haber ganado. Cuando terminéis, encended un fuego grande. Cocinad lo que quede de carne seca. Comemos bien hoy. Nos lo merecemos.
Nos separamos cada uno a nuestra tarea. Lira y yo fuimos a la entrada de la cueva, extendimos pieles limpias sobre la tierra y sacamos todas las hierbas, gasas, hilos y alcohol que nos quedaba. Primero curamos a Kael: la pierna derecha tenía un golpe fuerte que le había hinchado todo el músculo, pero no estaba rota; el corte de la frente lo limpiamos, lo cosimos con tres puntos y lo vendamos bien. Luego Rian y Turi volvieron, después de haber recorrido todo el río sin encontrar a nadie más —todos habían huido, menos Drak y los que habían caído—, y nos trajeron un montón de armas buenas, nuevas, mejores que las nuestras. Les curamos después: a Rian el corte profundo del antebrazo, que necesitó seis puntos, y el golpe en la pierna que le hacía cojear; a Turi varios moretones enormes en la espalda y los brazos, y un corte pequeño en la cabeza que no era grave. Por último, Lira me curó a mí: el golpe en el pecho que me había dado Drak al principio me había dejado una mancha morada enorme, tenía las manos quemadas un poco por el fuego que había manejado, y me dolía todo el cuerpo como si me hubieran golpeado con un tronco. Ella me curó despacio, con mucho cuidado, sin hablar, rozando mi piel con la yema de los dedos como si temiera hacerme daño, y cada vez que me dolía algo me apretaba la mano con la suya para que aguantara.
Cuando terminamos, ya era noche cerrada. Las estrellas salían una a una sobre el valle, y buscamos las siete pequeñas de la Familia Elegida: seguían ahí, brillando justo encima de la cueva, como si Gorn también estuviera con ellas, mirándonos. Habíamos encendido un fuego grande en el centro del claro, más alto que de costumbre, para que se viera desde lejos, para que cualquiera que viniera supiera que estábamos allí, que habíamos ganado, que el valle seguía siendo nuestro. Mara cocinó todo lo que quedaba de carne seca con las últimas raíces buenas e hizo un guiso espeso, caliente, que olía a hogar y a vida. Comimos en silencio alrededor de las llamas, cada uno perdido en sus pensamientos, recordando el día, agradeciendo haber sobrevivido, pensando en el viejo que ya no estaba.
Nia se durmió temprano, acurrucada en el regazo de su madre, con su lagarto de madera apretado contra el pecho. Turi se quedó dormido poco después, apoyado en un tronco, con una lanza todavía en la mano. Rian se ofreció para hacer la primera guardia, subió a la copa del roble alto con una manta de piel y se quedó allí vigilando, mirando hacia el norte por si volvían. Kael se sentó en la piedra que siempre había sido de Gorn, apoyado en su bastón, mirando las llamas sin decir nada durante horas.
Lira y yo nos alejamos un poco del fuego, hasta la orilla del río, donde el ruido del agua tapaba cualquier conversación. Nos sentamos en la misma piedra grande desde la que habíamos mirado el valle la noche antes de la batalla, y ella apoyó la cabeza en mi hombro, entrelazando sus dedos con los míos. El agua corría fría y clara, limpiando poco a poco los restos de sangre que habían llegado hasta allí.
—Cumpliste tu promesa —dijo ella, muy bajo, rompiendo el silencio por fin—. Dijiste que los dos saldríamos vivos. Y lo hicimos.
—Lo prometí —respondí, apretándola un poco más contra mí—. No iba a fallarte. A ninguno.
—¿Y ahora qué? —preguntó, levantando la cabeza para mirarme a los ojos, con la luz de la luna reflejada en los suyos—. Ya no hay Huesos Rojos. Ya no hay guerra. Ya no hay plazo que cumplir. ¿Qué hacemos ahora?
Miré hacia el claro, hacia el fuego, hacia los míos durmiendo tranquilos por primera vez en semanas. Miré hacia la montaña oeste, hacia donde estaba la cueva de la piedra azul, que ya no brillaba, que estaba en silencio otra vez, esperando. Recordé lo que Kael me había dicho en la cueva hacía días: que el día sesenta y siete, mañana, sería la última oportunidad real de volver a Seúl, de abrazar a mi madre, de recuperar mi vida de antes. Que si no la tocaba antes de que se pusiera el sol, se dormiría veinte años más.
Mañana. El día sesenta y siete. La hora de la verdad. La elección final.
No se lo dije a Lira. No esta noche. Esta noche era para estar vivos, para estar juntos, para celebrar en silencio que habíamos sobrevivido contra todo pronóstico. Mañana ya habría tiempo para decidir, para pesar los dos mundos, para romperme el corazón en dos pedazos otra vez.
—Ahora —le dije, besándola suavemente en la frente—, ahora vivimos. Mañana pensamos en lo que viene. Hoy solo… hoy solo estamos aquí. Juntos.
Ella asintió, contenta con la respuesta, y volvió a apoyar la cabeza en mi hombro, cerrando los ojos. Nos quedamos así un buen rato, sin hablar, escuchando el río, sintiendo el calor del otro, mirando las estrellas que brillaban sobre nuestro valle. Nuestro valle. Porque ya no había duda: esto era mi casa. Estos eran mi familia. Había venido de otro mundo, había caído del cielo mojado y asustado, y en sesenta y seis días había encontrado más amor, más lealtad, más razón para vivir que en los dieciocho años anteriores en Seúl.
Pero todavía faltaba una cosa. Todavía faltaba la decisión. Todavía faltaba cerrar el círculo que la piedra había abierto el día que me caí por la fuente.
Más tarde, cuando volvimos al fuego y todos dormían profundamente, agotados, me levanté despacio para no despertar a nadie. Caminé hasta donde habíamos preparado el cuerpo de Gorn, cubierto con la mejor piel de lobo que teníamos, su bastón puesto a su lado, listo para el entierro del día siguiente. Me arrodillé a su lado, le acaricié la mano fría una última vez, y le susurré bajito, para que solo él lo oyera:
—Lo hicimos, viejo. Ganamos. Gracias. Gracias por todo. No te olvidaremos nunca.
Luego miré hacia la montaña otra vez. Mañana. El día sesenta y siete. La última oportunidad.
Sabía que tenía que ir. Sabía que tenía que ver la piedra una última vez, escuchar lo que me decía el corazón, elegir de una vez por todas entre los dos mundos que me tiraban por lados contrarios. Sabía que fuera cual fuera la decisión, alguien saldría herido: o mi madre, esperando en Seúl, o ellos, la familia que había encontrado aquí.
Pero también sabía una cosa, con una certeza absoluta que la misma piedra me había puesto en el pecho: pase lo que pasara mañana, pase lo que decidiera, ya nada sería como antes. Había cambiado. Ya no era solo el chico de Seúl que había caído por una fuente. Ahora también era el puente. El que había traído el fuego. El que había salvado a su familia. El que pertenecía a dos mundos a la vez, aunque solo pudiera vivir en uno.
Me senté de nuevo al lado de Lira, que se movió en sueños para apoyarse en mí, y cerré los ojos un rato, intentando descansar. Mañana sería el día más difícil de todos. Más difícil que la batalla. Más difícil que matar. Más difícil que ver morir a Gorn.
Mañana tendría que elegir.
Y esta vez, no habría trampas, ni muros, ni fuego que me ayudara. Solo estaría yo, la piedra azul, y el corazón roto en dos mitades iguales, cada una queriendo irse por un lado distinto.
Respiré hondo el aire frío de la noche, olí a pino, a humo, a hogar.
Mañana.
Ya casi llegábamos al final.