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UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:68.1k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

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CAPÍTULO 13: Nido nuevo, víboras más grandes.

El viaje duró dos días, y a Cassidy le sirvieron para hacer algo que llevaba semanas queriendo hacer: pensar sin nadie encima.

El carruaje del rey era una caja de terciopelo con muy mala suspensión. Iba sola adentro —a Ismenia la habían metido en la carreta de atrás con las criadas nuevas, y a Adriano lo tenían cabalgando al costado con la escolta—, así que se pasó dos jornadas mirando por la ventanilla, viendo pasar campos, aldeas de barro, gente flaca que se apartaba del camino y se quedaba mirando el escudo del imperio con una mezcla de respeto y de susto.

Fíjate bien, Boone, que esto también es información. Un pueblo que se aparta y baja la cabeza no es un pueblo que quiere a su rey. Es un pueblo que le tiene miedo. Y el miedo es una lealtad muy mala: aguanta mucho y se rompe de golpe.

Al segundo día, al doblar una loma, apareció el palacio.

Y aunque ya lo conocía de la memoria de Aurora, y aunque lo había pisado hacía unas semanas con la excusa de las costureras, verlo así, desde lejos y sabiendo que iba a vivir dentro, fue otra cosa.

Blanco y dorado sobre la ciudad. Murallas dentro de murallas. Torres que no terminaban nunca. Y alrededor, colgada de las faldas de la colina, la ciudad de verdad: apretada, sucia, humeante, con sus tejados torcidos y su río que traía todo lo que la ciudad no quería.

Ahí está. La casa más grande del continente construida encima del basurero más grande del continente. Poético.

La recibieron con honores en el patio de mármol. Trompetas, alfombra, criados formados en dos filas. Cassidy bajó del carruaje con la espalda recta y la carita dulce, y sonrió a todo el mundo mientras contaba, sin que se le notara, cuántos guardias había en cada arco.

—Bienvenida a su casa, alteza —dijo el chambelán.

Mi casa. Claro.

Le habían asignado el ala oeste. Cuatro habitaciones enteras: una antesala, un salón, el dormitorio y un vestidor más grande que el cuarto donde había vivido Aurora hasta hacía dos meses. Techos altísimos. Tapices. Una cama con cuatro columnas talladas y un dosel bordado que debía costar lo que un pueblo entero.

Todo carísimo. Todo hermoso.

Y todo, absolutamente todo, oliendo a cerrado, a humedad vieja y a esa dulzura pesada de los perfumes que echan encima de lo que no se limpia.

Cassidy caminó por sus aposentos nuevos, pasó un dedo por la cornisa de la chimenea, lo miró negro, y suspiró.

Un palacio del tamaño de un pueblo, y adentro huele exactamente igual que la casa de mi padre. La misma peste, pero con mejores muebles. Nunca falla: mientras más oro tiene la gente, menos agua usa.

—¿Le gusta, alteza? —preguntó el chambelán, expectante.

—Es magnífico —dijo Cassidy—. ¿Podríamos abrir esas ventanas?

El hombre parpadeó.

—¿Las ventanas?

—Sí. Esas. Las que tienen vidrio y bisagras.

—Alteza, el aire de la tarde es malsano. Trae los humores del río. Las damas de la corte…

—Las damas de la corte podrán respirar lo que quieran en sus cuartos. En el mío entra el aire. —Cassidy sonrió con toda la dulzura del mundo—. Ábranlas todas, por favor. Y que suban dos criadas con vinagre y trapos.

El chambelán abrió y cerró la boca, hizo una reverencia, y salió a cumplir la primera orden verdaderamente escandalosa que aquella mujer daría en ese palacio.

No sería la última del día.

La segunda vino media hora después, cuando se presentaron sus damas de compañía.

Eran seis. Formadas en fila, con sus mejores vestidos, todas con una reverencia perfectamente ensayada. Cassidy las miró una por una mientras el chambelán las presentaba con nombre y apellido y casa, y fue haciendo, como siempre, sus dos listas: la que dice el protocolo y la que dice el olfato.

La primera era mayor, de unos cuarenta, con la espalda tiesa y los ojos de institutriz. Doña Rosaura, de la casa de los Valdivia. Dama principal. La que mandaba a las otras cinco.

Vinagre y ropa vieja. Huele a baúl cerrado con lavanda muerta adentro. Y tiene ojos de contar todo lo que ve. Esta es la jefa de las espías, o yo no sé nada de nada.

La segunda y la tercera eran primas entre sí, de la casa de los Ferrán, jóvenes, guapas y con una risita nerviosa que se les escapaba cada tres frases.

Estas dos son de las que hablan. Perfecto. Toda casa necesita dos que hablen.

La cuarta era flaca, callada, con los ojos bajos y las manos coloradas, y Cassidy notó dos cosas de una: que el vestido le quedaba grande porque era heredado, y que las otras cinco se habían colocado, sin pensarlo, un paso por delante de ella.

Pobre. Casa arruinada. La metieron aquí para ver si pesca marido. Y las demás la usan de escalón.

La quinta era la que peor olía, y con diferencia. Una nube dulzona de agua de flores encima de algo agrio y viejo, exactamente el mismo truco que usaba Leonor.

Rosas podridas. Otra que se baña en perfume para no bañarse. Bienvenida al catálogo, corazón.

Y la sexta era joven, muy joven, y miró a Cassidy a los ojos un segundo más de lo que permite la etiqueta, con una curiosidad que no supo esconder.

Y esta tiene cerebro. Anotada.

—Es un honor servirla, alteza —dijo doña Rosaura—. Su Majestad nos ha encomendado su cuidado. Estaremos con usted a todas horas: al vestirla, al comer, al pasear y al dormir. Nunca estará sola.

Nunca estará sola. Bien. Ni siquiera se molestan en disimular. En la casa de mi padre me pusieron una criada para humillarme; aquí me ponen seis nobles para vigilarme. Es un ascenso, supongo.

—Qué generosidad —dijo Cassidy—. Doña Rosaura, ¿usted me acompañaría al vestidor un momento? A solas.

La mujer siguió.

Cassidy cerró la puerta, se giró y le habló con una tranquilidad absoluta.

—Voy a decirle tres cosas y después no hablamos más de esto.

—Alteza…

—La primera. Sé perfectamente que usted informa de mí a alguien, y me parece muy bien: es su trabajo y a mí no me molesta. Solo le pido que informe de lo que ve y no de lo que le paguen por inventar. Con eso los dos nos evitamos problemas.

Doña Rosaura se puso pálida.

—La segunda. En este cuarto entran las que yo diga y cuando yo diga. Si alguien de ustedes se planta junto a mi bacín, la mando de vuelta a su casa con una carta muy amable. —Cassidy sonrió—. Y la tercera.

Sacó una bolsita del bolsillo del vestido y la puso en la mano de la mujer. Sonó a monedas.

—Eso es de mi propio dinero, no de la corona, y lo van a recibir todos los meses las seis. No a cambio de que dejen de contar lo que hago. A cambio de que, cuando alguien en este palacio hable mal de mí, ustedes se enteren primero y yo me entere segundo. —Le sostuvo la mirada—. Nadie les pide que sean desleales al que les paga. Les pido que sean, además, leales a la que les paga mejor.

Doña Rosaura se quedó mirando la bolsa en su mano como si le hubieran puesto un animal vivo.

—Alteza, esto es… muy irregular.

—Doña Rosaura, tengo dieciocho años, no tengo madre, mi padre acaba de salir para el frente y me voy a casar en un mes con el hombre más poderoso del mundo. —Cassidy dejó caer los hombros y bajó la voz—. Estoy sola y estoy asustada. Y sé perfectamente que en este palacio hay gente a la que le conviene que yo no llegue viva a esa boda.

Aquello sí era verdad, y por eso funcionó.

Cassidy vio cómo a la mujer se le movía algo detrás de la coraza. Cuarenta años de institutriz, seguramente sin hijos, seguramente descartada, poniendo a una niña asustada delante de sus ojos.

—Guárdela, doña Rosaura —dijo, suave—. Y guárdeme a mí, si le sobra sitio.

La mujer cerró los dedos alrededor de la bolsa.

—Sí, alteza.

Y esa es la parte que ninguno de estos entiende. Se puede comprar mucho con oro, pero lo que de verdad ata a una persona es que alguien la trate como persona. Es lo más barato del mundo y lo más difícil de encontrar.

La cena de bienvenida fue el bautismo de fuego.

La sirvieron en el salón menor —que tenía sitio para ciento veinte personas y que llamaban "menor" con toda seriedad— y ahí Cassidy vio de una sola vez todo el zoológico completo.

Fue metódica. Comió poco, habló menos y miró todo, y para el postre ya tenía dibujado en la cabeza el mapa de aquel palacio.

Había tres bandos, y se veían a leguas si uno sabía mirar dónde se sentaba la gente.

En el ala de la mesa que daba a las ventanas estaban los nobles viejos, los de las casas grandes, los que tenían tierra desde antes del rey. Hablaban bajo, se reían poco y miraban a todo el mundo por encima del hombro, incluida ella.

Estos no me quieren. No porque me conozcan, sino porque soy hija de un ministro de guerra, y en el fondo desprecian a los que se hicieron poderosos peleando en vez de heredando. Estos son los que van a odiar cualquier cosa que yo haga.

Al otro lado estaban los hombres del rey. Consejeros, funcionarios, gente sin apellido antiguo pero con acceso diario al oído del que manda. Esos sí la miraban de frente, midiéndola, calculando cuánto iba a pesar aquella muchacha nueva en la balanza.

Estos son los peligrosos de verdad. No tienen sangre, así que solo tienen el favor del rey. Y todo el que vive del favor del rey ve a una futura reina como una competencia directa.

Y en el fondo del salón, en una mesa larga, había un grupo de mujeres solas. Bien vestidas, bien alhajadas, sin marido al lado. Algunas jóvenes, algunas de la edad de doña Rosaura, dos ya viejas.

Cassidy tardó un rato en entender.

—Ismenia —murmuró después, ya en sus aposentos—. Las mujeres de la mesa del fondo.

—Las... —Ismenia bajó la voz y se puso colorada—. Son las damas del rey, alteza.

—¿Damas de qué?

—Sus concubinas. —Ismenia miró la puerta—. Las de ahora y las de antes. Algunas llevan aquí veinte años. Se quedan a vivir en palacio de por vida. Es la costumbre.

Cassidy se sentó despacio en el borde de la cama.

Veinte años. Mujeres que entraron aquí de niñas, que fueron el capricho del rey un año o dos, y que llevan dos décadas viviendo en el mismo edificio, viéndolo pasar del brazo de otra, envejeciendo en un cuarto, sin marido, sin hijos legítimos, sin poder irse.

Y yo llego mañana, con dieciocho años y un vestido nuevo, a ser la reina que ellas nunca fueron.

—Ismenia. Esas mujeres me odian, ¿verdad?

—Alteza, yo no diría…

—Dilo.

Ismenia bajó los ojos.

—Sí, alteza. La odian.

—Bien. —Cassidy se quitó un pendiente—. Entonces son las más importantes del palacio.

—¿Alteza?

—Piensa un poco. —Se quitó el otro—. Llevan veinte años aquí adentro. Han visto entrar y salir a todo el mundo. Saben qué consejero se quedó con qué dinero, qué noble se acostó con qué esposa, qué mujer se murió joven y de qué. Son las únicas personas en este edificio que lo saben todo y a las que nadie escucha nunca. —Dejó los pendientes en la mesita—. Nadie es más peligroso que alguien invisible, Ismenia. Y nadie está más solo.

Al día siguiente empezó lo del agua, y fue un escándalo.

Cassidy pidió una tina en sus aposentos. No para una ocasión especial: para todos los días.

El mayordomo del ala oeste vino personalmente, con la cara de quien viene a corregir un error.

—Alteza, debe haber una confusión. La tina se prepara para las grandes fiestas y para el día de la boda.

—No hay confusión. La quiero cada mañana.

—Alteza… —el hombre se retorció las manos—. Con todo respeto, el agua en exceso abre los poros y deja entrar el mal aire. La reina anterior, que en paz descanse, se bañaba dos veces al año, y era una señora de una higiene ejemplar.

—La reina anterior está muerta —dijo Cassidy.

El mayordomo se quedó blanco.

—No lo digo por faltarle —agregó ella, dulcísima—. Lo digo porque no me sirve de ejemplo.

Cada mañana, entonces, empezaron a subir cuatro mozos con calderos de agua caliente a los aposentos de la prometida del rey, y cada mañana medio palacio comentaba el asunto.

Le decían de todo. Que era una excentricidad de provincia. Que se le iban a caer los dientes. Que se iba a quedar estéril, que era lo peor que se podía decir de una futura reina. Doña Rosaura le informó, con la boca apretada, que en el ala de las damas viejas ya había quien decía que aquello no era limpieza sino brujería, porque solo las brujas se lavan tanto.

Cassidy escuchó todo, se metió en la tina y siguió con lo suyo.

Y después vino la parte que ella sí tenía calculada.

Porque la cosa empezó a torcerse a favor a la semana y media, y empezó por la más joven de sus damas, la que tenía cerebro. Se llamaba Elvira, tenía diecisiete años, y una tarde, ayudándola a peinarse, no aguantó más.

—Alteza… ¿puedo preguntarle algo impertinente?

—Son mis preguntas favoritas.

—¿Es verdad que usted se lava el pelo?

—Cada tres días.

Elvira se quedó con el peine en el aire.

—¿Y no se enferma?

—Llevo dos meses lavándome y aquí me tienes: fuerte como un caballo. —Cassidy la miró por el espejo—. ¿Sabes qué pasa, Elvira? Que en este palacio todo el mundo se muere joven y le echan la culpa a los humores del río, al aire de la tarde y a la voluntad de Dios. Y a lo mejor la culpa es más aburrida que todo eso. A lo mejor la culpa es que aquí nadie se lava las manos y todos comen del mismo plato con los mismos dedos.

Silencio.

—¿Le enseño una cosa? —dijo Cassidy—. Ven mañana temprano, antes que las demás.

Le enseñó lo de la menta. Le mostró cómo se frotan los dientes hasta que la boca deja de saber a establo, y le regaló una bolsita de hojas secas de su propio arsenal.

Tres días después, Elvira volvió con los ojos brillantes a contarle que un caballero de la corte, uno con el que llevaba meses sin conseguir nada, se le había acercado dos veces en un mismo banquete.

—No sé qué pasó, alteza. Fue como si de pronto le diera por mirarme.

—Le dio por acercarse —corrigió Cassidy—. Que es distinto y es más fácil de explicar.

Y esa fue la grieta.

Porque a las damas de la corte se les podía hablar de humores, de brujería y de costumbre hasta el fin de los tiempos, y no iban a mover un dedo. Pero en cuanto una de ellas descubrió que aquello servía para que un hombre se le acercara sin torcer la cara, el asunto dejó de ser una excentricidad de provincia y pasó a ser un secreto que valía la pena.

En dos semanas, cuatro de sus seis damas le habían pedido menta. Al mes, había en el ala oeste una moda silenciosa de jovencitas que se lavaban a escondidas y que juraban por su vida que no lo hacían.

Doña Rosaura, que era la más vieja y la más dura, aguantó más que ninguna.

Hasta que un día apareció en los aposentos con la cara tiesa y una pregunta atragantada.

—Alteza. Es una consulta de índole… femenina.

—Dígame.

La mujer bajó la voz hasta el hilo.

—Hay un asunto. De olor. De… —se puso escarlata— …de abajo. Llevo años con eso y me da una vergüenza espantosa. El médico me ha sangrado tres veces y no ha servido de nada.

Cassidy tuvo que hacer un esfuerzo importante para no soltar la carcajada, y no por la mujer, sino por el médico.

Claro. Le sacaron sangre del brazo para arreglarle un problema que está a un metro de distancia y que se resuelve con agua tibia. Y encima le cobraron. Este oficio en esta época es el mejor negocio del mundo: no curas a nadie, no te reclama nadie, y si el paciente se muere fue la voluntad de Dios.

—Doña Rosaura —dijo, muy seria—. Voy a ayudarla. Pero le voy a pedir dos cosas. Primero, que no vuelva a dejar que ese hombre le saque una gota de sangre para esto. Segundo, que haga exactamente lo que yo le diga durante quince días, aunque le parezca una locura de niña.

—¿Y qué debo hacer?

—Lavarse. Con agua tibia y un paño limpio. Todos los días. —Cassidy sacó de su cofre una bolsita de hierbas—. Y esto en el agua.

La mujer la miró con horror.

—Alteza, eso es peligrosísimo…

—Quince días —dijo Cassidy—. Si al final está enferma, me lo reprocha delante de toda la corte y yo le pido perdón de rodillas. Y si está bien, me debe usted un favor.

A los quince días, doña Rosaura entró en los aposentos, cerró la puerta, y se quedó de pie sin saber qué hacer con las manos.

—Se me quitó —dijo.

—Ya lo sé.

—Llevaba nueve años con eso, alteza. Nueve años.

Y entonces aquella mujer de cuarenta años, tiesa como un palo, espía de alguien, se echó a llorar en medio del cuarto por una cosa tan pequeña y tan enorme como dejar de tener vergüenza de su propio cuerpo.

Cassidy la dejó llorar y no dijo nada, que a veces es lo único decente que se puede hacer.

Y ahí tienes a tu primera aliada de verdad en este palacio, Boone. No la compraste con oro. Se la compraste con agua tibia. Este mundo es tan miserable con las mujeres que basta con tratarlas bien una vez para tenerlas de tu lado toda la vida.

Mientras ella conquistaba el ala oeste con menta y vinagre, Adriano hacía su parte.

Y su parte era más callada.

Un guardia personal de una futura reina no es del palacio ni del ala de la servidumbre: flota. Come con la tropa, duerme cerca de los señores, y pasa el día entero de pie en pasillos donde la gente habla como si él fuera un mueble. En dos semanas, Adriano supo más de la estructura de aquel edificio que muchos que llevaban años dentro.

Se lo iba contando a ella por las noches, en voz baja, mientras Cassidy anotaba.

—La guardia del palacio tiene tres cuerpos —le dijo una noche—. El de las murallas, que son soldados de leva, gente del campo, mal pagados y peor comidos. El del interior, que son hijos segundos de casas nobles y están aquí de adorno. Y la guardia personal del rey, que son cuarenta hombres, y esos sí son de verdad. Todos entrenados por el mismo capitán. Todos con la familia viviendo dentro del recinto.

—¿Por qué la familia dentro?

—Piénsalo tú.

Cassidy levantó la cabeza del papel.

Rehenes. Tiene a cuarenta hombres armados junto a su cama, y a las mujeres y a los hijos de esos cuarenta hombres viviendo bajo su techo. Ningún guardia real va a traicionarlo nunca, porque el precio no lo paga él.

—Dios —dijo—. Este tipo no deja nada al azar.

—No. —Adriano se apoyó en la pared—. Hay otra cosa. Los turnos de la muralla cambian a las tres de la mañana, y en ese cambio hay un hueco de unos veinte minutos en la cara norte, porque los que salen bajan por una escalera y los que entran suben por otra. Todo el mundo lo sabe y a nadie le importa, porque por esa cara del muro hay un barranco.

—¿Y se puede subir por el barranco?

—Yo subí anteanoche.

Cassidy soltó la pluma.

—¿Que hiciste qué?

—Necesitaba saber si se podía. —Se encogió de hombros—. Se puede. Con cuerda, de noche, siendo tres. Cuatro como mucho.

Ella lo miró un momento largo, y por primera vez desde que llegaron a ese palacio se le escapó una sonrisa de verdad.

—¿Sabes lo que eres tú, guapo?

—¿Qué soy?

—Una inversión excelente.

Y así, entre menta, monedas y turnos de guardia, pasaron los primeros días.

Pero el palacio no la estaba mirando con buenos ojos. Cassidy lo sabía, y lo notaba en cosas mínimas: en cómo se callaban dos conversaciones cuando ella entraba a una galería, en cómo las damas viejas del fondo del salón le hacían la reverencia justa y ni un dedo más, en cómo un consejero le sonreía con la boca y le medía el vientre con los ojos, calculando cuántos herederos podía dar aquella muchacha y a cuántos dejaba eso fuera del reparto.

Y llegó la noche en que se lo dijeron.

Fue la primera cena grande desde su llegada, un banquete de esos que empiezan al anochecer y terminan al amanecer del día siguiente. Tres servicios. Un jabalí entero. Músicos. Vino de tres reinos. Nobles comiendo con las manos y limpiándose en el mantel, perros peleándose bajo la mesa por los huesos, y un olor a carne, a sudor y a vino derramado que se podía cortar con cuchillo.

Cassidy sobrevivió cinco horas de aquello con la sonrisa puesta.

Volvió a sus aposentos pasada la medianoche, agotada, con la cabeza retumbando de música y de nombres nuevos. Ismenia la ayudó a quitarse el vestido y las horquillas, doña Rosaura despidió a las demás damas, y por fin, por fin, se quedó sola.

Casi.

—Adriano —dijo, sentándose en el borde de la cama y quitándose los zapatos—. ¿Sabes cuál es la peor parte de esta época?

—Dime.

—Que la gente se sienta cinco horas a comer carne con las manos, se limpia en el mantel, se soba al perro, agarra el pan y sigue comiendo. Cinco horas. —Se frotó los ojos—. Y después se preguntan por qué se les mueren los hijos.

Estiró la mano hacia la mesita de noche, donde le dejaban siempre, desde el primer día, una jarra de agua con vino aguado para la sed de la madrugada.

Sirvió media copa.

Y se detuvo.

No fue el olor, porque el vino de ese palacio olía a especias y tapaba cualquier cosa. Fue algo más tonto, más pequeño, más de mujer que ha vivido tres vidas mirando cosas: la superficie.

En el borde del líquido, pegado a la plata, había una película. Un anillo finísimo, apenas visible a la luz de la vela, de un tono levemente distinto. Como una grasa muy fina que no había terminado de mezclarse.

Cassidy se quedó muy quieta.

Acercó la copa a la vela y la inclinó despacio. La película se movió más lenta que el vino.

No.

Metió el dedo meñique y lo sacó. Se lo llevó a la nariz —no a la boca, nunca a la boca— y respiró hondo.

Y ahí, debajo de la canela, del clavo y del vino, encontró el rastro. Un fondo amargo, terroso, vegetal. Un fondo que ella conocía, porque se había pasado semanas enteras en una biblioteca aprendiendo a reconocer exactamente esa clase de cosa.

Muy despacio, dejó la copa en la mesita.

—¿Qué pasa? —Adriano se separó de la pared al instante; le había leído la espalda antes que la cara.

—Trae la vela. —La voz le salió tranquila, y eso a él lo asustó más que si hubiera gritado—. Y no toques la jarra.

Cassidy miró aquella copa de plata bruñida, con el escudo del imperio grabado en un costado, y notó cómo se le iba enfriando todo por dentro.

Primera noche de banquete. Primera vez que me quedo sola de verdad. Una jarra que me suben todas las noches, del mismo sitio, por las mismas manos.

Y yo que me pasé el día comprando lealtades con oro, con menta y con agua tibia, muy contenta conmigo misma, muy segura de que estaba armando mi red antes que ellos.

Pues no, Boone. Alguien ya estaba trabajando. Alguien que sabe dónde duermo, qué bebo y a qué hora. Alguien que tuvo acceso a esta mesita esta noche, entre la cena y ahora.

—¿Está envenenado? —preguntó Adriano, bajísimo.

—Sí.

—¿Quién?

Cassidy levantó la vista hacia la puerta de sus aposentos, donde detrás dormían seis damas de compañía, ocho criadas nuevas, un mayordomo, un ala entera de mujeres que la odiaban y un palacio de mil personas que no la habían pedido.

—Esa es exactamente la pregunta —dijo.

1
Guadalupe Flores
Esto está de infartooo
Guadalupe Flores
Inguesuuu. Este misterio está buenísimo. Y si le das lo mismo al Rey para que se vaya apagando 🤣🤣
Guadalupe Flores
Ese. Rey se cree listo pero Cassidi es más que se case y en la noche de bodas le de matarili. Y ella queda como la reina viuda he que tal. Luego después del luto se case con el guapo mayor🤣🤣
Guadalupe Flores
Y el Óscar a la mejor actuación es paraaaa. Cassidyyyy😂😂
Guadalupe Flores
Siii me encanta que hagas una zaga con cassidi. 😂
eljardindeadri
escritora una novela muy bonita de principio a fin. pero al,principio según con Daniel tuvo tres hijos y al final sali que no, y ella se llamaba Aurora por que los hermanos le decían cassydy. me hubiera gustado una historia por casa hermano, pero bueno vamos por la siguiente historia
Luz Angela Castillo Ramirez
😭😭
Sandra Chana
👏👏👏 chapeaux!
Margarita Acuña Cerda
Lo peor es el poder el rey hace lo que quiera ,ahítame este tiempo quien tenga poder hace lo mismo simi miremos al demonio de trump o los narcos 😔😔😔😔😔
Margarita Acuña Cerda
Y por favor hecha a las putizorras también 🤭🤭🤭3
Roxana Gardilcic
eres genial!! un nivela alucinante!!
Margarita Acuña Cerda
Oye autora es muy entretenida la novela me encanta🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
Margarita Acuña Cerda
Jajaja que se quede con los 3 me gusta🥰🥰🥰🤭🤭😠
DAINADIE ZAMOR
Excelente historia 👍 👏🏽 🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
que bonito detalle de la cena preparada a la luz de las velas 😍❤️😍❤️😂
Maria Gonzalez Gonzalez
pinche necia que eres Cassidy 😡 caes gorda de verdad y no lo digo por tu físico, sino porque de verdad que la estás cagando con tus miedos, Cobarde 🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
vamos Cassidy, amar duele, pero si de verdad lo sientes no mata, al contrario te fortalece y te hace feliz ❤️🤔😂😍
Maria Gonzalez Gonzalez
por favor autora que no se muera Adriano, él no por favor 🙏🙏🙏🙏
Maria Gonzalez Gonzalez
🥹🥹😭😭😭😭
Margarita Acuña Cerda
Se ve bastante buena veremos como va la cosa🥰🥰🥰
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