Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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El juicio del Sol
Apolo no perdió ni un instante. No se quedó llorando en la cama, ni esperó a que la fiebre bajara, ni buscó consuelo en nada de lo que antes amaba. Se puso de pie con un movimiento brusco, ignorando el dolor que le recorría el pecho y la tos que amenazaba con doblarlo por la mitad. El fuego que ahora ardía en su interior era mucho más fuerte que cualquier enfermedad, mucho más caliente que cualquier sol. No era ira solamente: era la certeza de que todo el mundo que conocía era una mentira sostenida por la cobardía de quienes debieron proteger la verdad.
Atravesó los pasillos del palacio real con pasos pesados, decididos, y cada columna, cada estatua, cada flor eterna que él mismo había amado le pareció ahora falsa, manchada por el silencio cómplice de todos. Los sirvientes y las ninfas que lo veían pasar se apartaban asustados, sin atreverse a respirar, porque el dios del sol no caminaba así cuando estaba contento: caminaba así cuando estaba a punto de arderlo todo.
Llegó a la sala del trono, la cámara más grande y sagrada del Olimpo, donde Zeus y Deméter conversaban tranquilamente, sentados bajo la luz dorada, como si nada hubiera pasado. Como si no hubieran perdido a una hija. Como si no hubieran vendido su silencio a cambio de paz.
Al oír sus pasos, ambos se pusieron de pie de golpe. La expresión de Apolo los heló antes de que él dijera una sola palabra. No había en él el dios bello y sonriente que conocían: había un hombre roto, furioso, consumido por la culpa y la rabia.
—Apolo… —empezó Deméter, dando un paso adelante con voz insegura—. Nos dijeron que estabas en cama, enfermo… ¿qué haces aquí? Deberías descansar…
—¿Descansar? —bramó él, y su voz golpeó las paredes como un trueno, haciendo temblar las antorchas de luz eterna—. ¿Descansar mientras todos ustedes viven en la mentira que construyeron? ¿Descansar mientras la verdad fue arrojada a la oscuridad por culpa de su silencio? ¡Estoy enfermo, sí! ¡Enfermo de hipocresía! ¡Enfermo de cobardía! ¡Y de la suya, sobre todo de la suya!
Se acercó al trono, sin pedir permiso, sin hacer reverencia, mirando a Zeus a los ojos con una igualdad que nadie se había atrevido a mostrar en siglos.
—¿Por qué callaron? —les exigió, señalándolos con el dedo, con la mano temblando de furia—. ¿Por qué dejaron que creyera que Afrodita era quien me sanaba? ¿Por qué permitieron que golpeara a la única que de verdad me cuidaba? ¡Estaban ahí! ¡La vieron caer! ¡La vieron sangrar! ¡Y no dijeron nada! ¡Ni una palabra! ¡Ni un gesto para detenerlo! ¡La dejaron quebrarse ante mis ojos y ustedes solo miraron para otro lado!
Zeus frunció el ceño, intentando recuperar su autoridad, aunque su voz careció de firmeza.
—Apolo, cálmate. Era… era una situación complicada. Afrodita era… es… la favorita. Deméter la quería más. No queríamos verla sufrir. Pensamos que con el tiempo todo se olvidaría, que Perséfone aceptaría su lugar…
—¿Su lugar? —Apolo soltó una risa amarga, desgarrada—. ¿Su lugar era ser golpeada por la mentira de su hermana y el silencio de sus padres? ¿Su lugar era sanarme en secreto para que otra tomara el crédito? ¿Su lugar era la oscuridad porque ustedes no tuvieron el valor de defenderla? ¡La vendieron! ¡La entregaron como moneda de cambio por tranquilidad! ¡Y yo… yo fui el instrumento de su cobardía!
Se giró hacia Deméter, y la vio llorar, con las manos juntas sobre el pecho, y sintió un dolor profundo al verla llorar ahora que ya era demasiado tarde.
—Tú eres su madre —le dijo, su voz bajando a un susurro terrible—. Tú la llevaste en tu vientre. Y cuando tu otra hija mintió contra ella, tú no la defendiste. Cuando yo la golpeé, tú no te interpusiste. Prefiriste la paz falsa a la verdad dolorosa. ¿De qué te sirve llorar ahora? ¿De qué sirven las lágrimas cuando la persona que debías proteger ya no está aquí para verlas?
—No pude… —susurró Deméter, con la voz quebrada—. Cuando te enojas, nadie puede detenerte. Nadie se atreve a contradecirte. Tenía miedo de ti… tenía miedo de que algo peor le pasara…
—¿Miedo de mí? —repitió él, con incredulidad—. ¿Y no tuviste miedo de lo que yo le hacía a ella? ¿No tuviste miedo de que un día descubriera la verdad y odiara a todos por haber callado? Pues bien, ya la descubrí. Y los odio. Los odio a todos. Porque ustedes la perdieron primero, antes que yo. Ustedes la dejaron ir mucho antes de que ella decidiera irse con él.
Zeus dio un paso adelante, con voz severa pero sin fuerza.
—Apolo, esto no nos lleva a nada. Ya está hecho. Perséfone está en el Inframundo, con Hades. Allí no se puede entrar y salir como si nada. Es peligroso. Es territorio prohibido. Olvídala. Te dolerá, pero con el tiempo…
—¿Olvidarla? —Apolo lo cortó, y en sus ojos brilló una determinación feroz, absoluta—. ¿Olvidar a la única persona que me amó de verdad? ¿Olvidar a la que me salvó la vida y yo le di golpes en lugar de gracias? ¿Crees que puedo olvidar algo así? ¿Crees que quiero?
Sacudió la cabeza, con desprecio.
—No. No la olvidaré. Iré por ella. Bajaré al Inframundo. Cruzaré el río Estigio, cruzaré las puertas de obsidiana, me enfrentaré a Hades si es necesario. Le pediré perdón. Le diré la verdad. Y si ella quiere volver conmigo, la traeré. Si prefiere quedarse… entonces aceptaré su decisión. Pero no me quedaré aquí sentado, sin hacer nada, mientras ella cree que la abandone.
—¡No puedes! —gritó Deméter, horrorizada—. ¡Nadie baja al reino de la muerte y vuelve igual! ¡Hades no la dejará ir tan fácil! ¡La reclamará como suya!
—Ya la reclamó —respondió Apolo con amargura—. Y ella lo eligió a él. Lo sé. Lo escuché decirlo. Pudrete, Apolo… renuncié a ti. Ahora amaré a Hades. Pero tengo que intentarlo. Tengo que verla. Tengo que decirle que sé la verdad. Que me equivoqué. Que daría mi sol, mi trono, mi vida entera por volver atrás y cambiar cada palabra, cada golpe, cada momento en que la hice sentir menos.
Giró sobre sus talones, dispuesto a marcharse, y se detuvo un instante sin mirarlos.
—Si no vuelvo… si no regreso… entonces sepan que fue su culpa. Porque callaron. Porque eligieron la mentira. Y si vuelvo y ella no quiere venir conmigo… entonces sepan que la perdieron para siempre. Y no fue culpa de Hades. No fue culpa de nadie más que de ustedes. Y de mí. Sobre todo de mí.
Sin esperar respuesta, salió de la sala del trono, dejando tras de sí un silencio pesado, lleno de culpa y de un presentimiento oscuro que a ambos les heló la sangre. Deméter se dejó caer sobre el escalón del trono, llorando con el rostro entre las manos, comprendiendo demasiado tarde que había perdido a la hija que nunca valoró. Y Zeus miró hacia la entrada, hacia la luz que se alejaba, y supo que nada volvería a ser igual. Que el sol, al bajar a la oscuridad, podría apagarse para siempre.