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Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: MisterG028

Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.

Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.

Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.

Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.

Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.

NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una gran tentación

La ceremonia de grados se celebraba en el gran auditorio de la universidad. El aire olía a flores, a perfume caro y a esa mezcla de nervios y orgullo que siempre acompañaba a los actos formales. Helena llegó tarde a propósito. Se sentó en la tercera fila, junto a las chicas, el hermano mayor de Allie era quien se recibia de arquitecto, siempre habia sido  amable y un gran amigo.

No quería estar ahí. Pero Allie y Antonia habían insistido tanto, habían usado ese tono de “si no vienes nos ofendemos de verdad”, que al final había cedido. Solo por ellas.

Cuando las luces se atenuaron y los graduandos empezaron a entrar, Helena vio a Sebastian. Iba de la mano de Camila Vargas.

El golpe fue silencioso, pero certero. Camila llevaba un vestido rojo ajustado y una sonrisa de victoria que no se molestaba en disimular. Sebastian, impecable en su toga, no miró hacia el público ni una sola vez. Helena apretó las manos sobre el regazo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No tenía derecho a sentir celos. No después de lo que ella misma había hecho. No después de la bofetada. No después de todo.

Aun así, dolía.

Y entonces lo vio a él.

Benjamin Scott estaba sentado varias filas más atrás, en la zona reservada para familiares importantes. Serio. Imponente. Con esa expresión de quien no necesita sonreír para que el mundo se aparte. Llevaba un traje oscuro que parecía hecho a medida para recordarles a todos quién mandaba. En un momento dado, sus ojos grises se cruzaron con los de Helena a través de la multitud. Él no apartó la mirada. Ella tampoco.

Sabía que ella estaba sufriendo. Y, a pesar de todo, se veía hermosa.

Cuando la ceremonia terminó y los aplausos llenaron el auditorio, Helena se levantó con el pretexto de ir al baño. Necesitaba aire. Necesitaba alejarse de la imagen de Sebastian y Camila recibiendo felicitaciones como si el mundo les perteneciera.

Empujó la puerta del baño de mujeres del segundo piso. Estaba vacío. Se apoyó en el lavamanos y miró su reflejo: el labio todavía tenía una línea fina, apenas cicatrizando, que el maquillaje no lograba ocultar del todo.

La puerta se abrió detrás de ella.

Benjamin entró con paso firme y, sin decir una palabra, giró el cerrojo.

Helena se giró de golpe. El corazón se le disparó.

—¿Qué… qué haces aquí? —susurró, la voz temblando entre el susto y algo más oscuro.

Él no contestó de inmediato. Se acercó. Sus ojos bajaron hasta la herida de su labio y el ceño se le frunció con una rabia contenida que le endureció toda la cara.

—¿Qué te pasó? —preguntó con voz baja, peligrosa.

—Me golpeé con una puerta —mintió ella, apartando la mirada.

Benjamin levantó una mano y posó el pulgar exactamente sobre la herida. La presionó con suavidad, pero suficiente para que ella sintiera el eco del dolor.

—Mentira. —Su voz era un hilo de acero—. ¿Fue Sebastian?

Helena no respondió. Bajó la mirada. El silencio lo dijo todo.

—Ese hijo de puta… —escupió Benjamin. Dio media vuelta, listo para salir y buscar a su sobrino—. Me la va a pagar.

Helena lo agarró del brazo con ambas manos.

—¡No! Por favor. No lo hagas. No quiero más problemas. Ya fue… ya pasó.

Benjamin se detuvo. Se giró hacia ella. La tomó del rostro con las dos manos, obligándola a mirarlo. Sus pulgares rozaron sus mejillas.

—Sebastian no tenía ningún derecho a tocarte. Ninguno.

Y entonces la besó.

No fue un beso suave. Fue urgente, hambriento, cargado de todo lo que no habían podido decirse en el jardín, en la cama de Oxford, en el silencio de los últimos días. Helena gimió contra su boca. Benjamin la alzó como si no pesara nada y la sentó sobre el lavamanos de mármol. Con una mano le subió el vestido hasta la cintura. Con la otra le corrió el panty hacia un lado. El sonido del cierre de su pantalón fue obscenamente claro en el baño vacío.

La penetró de una sola embestida.

Helena soltó un gemido ahogado, mitad dolor, mitad placer. Las manos se le aferraron a los hombros de él.

—Está mal… —jadeó—. Benjamin… esto está mal…

Él le puso un dedo sobre los labios, silenciándola.

—Calla.

Empezó a moverse. Rápido. Fuerte. Sin piedad. El lavamanos se sacudía con cada embestida. Helena mordió su propio labio para no gritar. Los gemidos se le escapaban igual, rotos, desesperados. Benjamin gruñía contra su cuello, una mano apretándole la cadera, la otra enredada en su cabello. El sonido de piel contra piel llenaba el baño.

Se corrió dentro de ella con un jadeo grave, el cuerpo tenso, los ojos cerrados un segundo. Cuando salió, ambos respiraban agitados. Helena estaba sudorosa, el vestido arrugado, las piernas temblando. Tomó un poco de papel higiénico con manos torpes y limpió el semen que le bajaba por el muslo interior.

Benjamin se acomodó el pantalón. Se inclinó hasta su oído.

—En veinte minutos. En el parking. Te espero.

Helena lo miró. Los ojos verdes todavía nublados.

—Lo intentaré…

Salió primero. Apenas cerró la puerta detrás de sí, dos chicas del último año entraron al baño y se quedaron mirando a Benjamin con expresión confundida. Él las saludó con un leve movimiento de cabeza, como si acabara de revisar el jabón, y salió sin dar explicaciones.

Helena llegó hasta donde estaban Allie y Antonia, todavía recibiendo abrazos y fotos.

—Me tengo que ir —dijo con voz ronca—. No… no estoy bien viendo a Sebastian con Camila.

Allie le apretó la mano, comprensiva.

—Ve. Nosotros cubrimos.

Helena no miró atrás. Bajó las escaleras hacia el estacionamiento con el corazón todavía desbocado y el cuerpo marcado por lo que acababa de ocurrir.

Benjamin, por su parte, nunca regresó al auditorio. Simplemente hizo lo que se le dio la gana. Como siempre.

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Kayra Villavicencio
Por cab*on calenturiento.
Kayra Villavicencio
Es un socio, ya me cae como patada en una tet*
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