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Venganza Imperdonable

Venganza Imperdonable

Status: En proceso
Genre:Venganza / Amor-odio / Secuestro y encarcelamiento
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Kiary Valverde

Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.

Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...

Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.

NovelToon tiene autorización de Kiary Valverde para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

5

## Capítulo V

### Lucía Pereyra

Después de ducharme, me recosté en la cama intentando descansar un rato, pero me resultó imposible. No paré de darle vueltas a la cabeza, obsesionada con la imagen de Carlos, con esa manera tan fría y despectiva de comportarse conmigo.

Y, para ser honesta, no lo culpo. Realmente sé que nunca podré hacerlo. Por mi culpa, por el peso de la sombra de mi familia, él sufrió demasiado.

El sonido estridente de mi teléfono celular rompió de golpe la quietud de la habitación, sacándome de mis abismos mentales. Era un mensaje de voz proveniente de un número desconocido. Lo reproduje con dedos temblorosos.

> *«Hotel The King, a las siete de la noche, habitación 309, sin falta»*.

>

Me quedé completamente perpleja al oír su voz, tan ronca y cortante como la recordaba. Volví a escuchar el audio una y otra vez sin lograr procesar nada. ¿Me está citando a un hotel? ¿Para qué diablos? ¿Para hablar de negocios? ¿Una cita casual? ¿Con qué intenciones?

Dominada por una mezcla caótica de frustración, desesperación, pero sobre todo por una ansiedad devoradora y unos nervios que me perforaban el estómago, terminé cediendo y contesté el mensaje.

> *«¿Es un tema estrictamente laboral o de índole personal?»*.

>

Esperé una respuesta inmediata, pero esta jamás llegó. Faltaban apenas cinco minutos para las seis de la tarde, así que me puse en marcha con urgencia: me arreglé frente al espejo, buscando camuflar el temblor de mis manos y tratando de lucir lo más presentable y profesional posible.

Pensándolo bien, lo más sensato sería llevar el documento y las carpetas nuevamente. Quizás, solo quizás, tenga una mínima oportunidad de rescatar el proyecto en el terreno de los negocios, porque en el plano personal sé perfectamente que es un territorio completamente vedado e imposible.

Pasé el resto de las horas muertas esperando cualquier señal dentro de mi coche, aparcada frente al establecimiento. Tan pronto el reloj marcó las siete en punto, salí del vehículo y subí con paso firme hasta la planta de la habitación 309. Toqué la madera un par de veces con los nudillos, pero nadie respondió desde el interior.

Me quedé plantada allí en el pasillo durante media hora exacta. Marqué al número que me había citado, pero tampoco contestaron.

Justo al cumplirse los treinta minutos clavados, la puerta se abrió de golpe frente a mí. De la habitación salió una chica de la limpieza con el aspecto completamente desaliñado y caótico: el cabello revuelto de cualquier forma, el uniforme mal ajustado y el maquillaje de los ojos ligeramente corrido. No suelo ser de esas personas metiches que disfrutan indagando en la vida ajena, pero la detallé con tanta precisión que capté de inmediato la escena que acababa de desarrollarse tras esas cuatro paredes.

No sé exactamente por qué, pero una punzada amarga me apretó el pecho al presenciar este cuadro. La empleada, visiblemente avergonzada y con las mejillas encendidas, me balbuceó unas disculpas atropelladas y salió prácticamente corriendo por el pasillo, dejando la puerta entornada, aunque en su rostro persistía una extraña y culpable sonrisa de satisfacción.

*«¿Tan bien se lo hizo?»*, pensé con una mezcla de cinismo y dolor punzante.

Me quedé estática en el marco de la puerta, esperando que alguien me invitara a pasar o emitiera algún sonido, pero reinaba un silencio espeso. Así que decidí tocar de nuevo con los nudillos y, al no obtener respuesta, me deslicé hacia adentro sin hacer el menor ruido.

—Mmm... Carlos, soy yo. La puerta estaba abierta y ya llevo media hora aquí esperando por ti —dije entrando sigilosamente en la pequeña sala de estar, quedándome de pie en medio de la estancia, observando con incomodidad el lujo sobrio del lugar.

A lo lejos, resonaba el murmullo constante del agua cayendo en la ducha. Aprovechando el momento, me desplomé en el sofá y concentré toda mi atención en la pantalla del celular; mi padre no paraba de bombardearme con mensajes de texto, furioso, probablemente habiéndose enterado ya de que le había desobedecido por completo.

Exasperada, decidí apagar el teléfono y lo arrojé al fondo de mi bolso. Me quedé inmóvil en el asiento, limitándome a contemplar en silencio el mobiliario.

Tras unos minutos que se me hicieron eternos, él apareció por fin ante mí. Se había cambiado de ropa y vestía de forma muy informal: una camiseta ajustada de entrenamiento y una sudadera gris que se abría ligeramente, haciéndolo lucir infinitamente más peligroso y atractivo que con su maldito y rígido traje de ejecutivo. Las gotas de agua aún se deslizaban rebeldes por su cabello oscuro, y era innegable lo bien que le sentaban los tonos oscuros.

Sus brazos lucían notablemente más definidos, musculosos y tonificados por los años de ausencia.

Por una fracción de segundo, experimenté una tentación absurda e infantil: la urgencia física de estirar la mano, tocar su piel y comprobar si de verdad estaban tan duros como aparentaban. Tan vívida fue la escena en mi imaginación que me asusté a mí misma; tragué saliva con fuerza y obligué a mi mente a detener esos pensamientos suicidas.

—¿Sigues aquí? Pensé que te habías largado —soltó él con una indiferencia estudiada, pasando de largo frente a mí sin dignarse a mirarme a los ojos.

Inspiré hondo, llenando mis pulmones de aire para aplastar el impulso visceral de responderle con una grosería. No había cruzado media ciudad para venir a discutir como críos inmaduros.

Me puse de pie, lo miré fijamente y le obsequié una sonrisa de plástico, la más falsa y ensayada que pude construir en mi vida.

—Vengo estrictamente por trabajo, Carlos. Es completamente imposible que me marche sin obtener una respuesta clara. Me citaste tú mismo, así que... ¿quieres decirme para qué demonios me trajiste?

Él se detuvo en seco, giró sobre sus talones y me examinó de arriba a abajo con una lentitud deliberada, recorriendo cada centímetro de mi silueta antes de dedicarme una sonrisa torcida, descaradamente traviesa.

—Te queda bien el rojo, Lucía... te hace ver jodidamente atractiva —murmuró con voz ronca, sin despegar jamás sus oscuros ojos de la línea de mi escote.

Para nada venía vestida de forma exagerada; mi atuendo era rigurosamente moderado, ejecutivo y formal. Sin embargo, la manera en que este hombre me devoraba con la mirada era tan cruda y lujuriosa que me hacía sentir casi desnuda, desprotegida e indefensa frente a él.

—Dicen por ahí que parezco la mismísima mujer del diablo cada vez que me atrevo a usar el rojo. No sé si exactamente a eso te refieres —repliqué con una frialdad forzada, abriendo mi portafolio para extraer los papeles—. Aquí tienes el contrato y las proyecciones. Puedes leerlo con calma si te apetece, y si de plano no lo aceptas, me largaré de inmediato —añadí, extendiendo el pliego de papel hacia él.

Él se acercó perezosamente, tomó las hojas con desdén y les echó un vistazo superficial, apenas por encima.

—Pésimo servicio a la habitación, la verdad. Pensé que pasarías la noche entera aquí conmigo y que luego te marcharías feliz de la vida tras haber concretado un proyecto millonario —comentó con sorna, clavando en mí unos ojos cargados de una provocación peligrosa y tentadora.

—Creo que se me han adelantado por unos cuantos minutos —le solté de inmediato, devolviéndole el dardo y recordándole a la chica que había huido de allí despavorida.

—No te preocupes por eso... yo puedo con mucho más —respondió dando un paso al frente, acortando la distancia con una seguridad aplastante.

En su mirada brillaba una tentación oscura y primitiva. Parecía decidido a arrinconarme contra la pared, a doblegarme. Y por un instante, a mi mente acudió la traicionera idea de que... *'tú nada, es Carlos; con tal de volver a sentir su piel y estar cerca de él, eres capaz de vender tu alma'*.

Se plantó a escasos centímetros de mi rostro. Su respiración cálida, mezclada con un persistente rastro de loción amaderada, chocaba directamente contra mis labios. Nos miramos fijamente a los ojos, y la tensión estática comenzó a saturar el aire de la habitación, cargando el ambiente con el peso denso de mil pecados por cometer.

—No me gusta usar algo que ya ha sido usado por otros —le espeté de repente, sosteniéndole la mirada con desafío.

Aunque mi interior temblaba, mi orgullo me impedía ceder tan fácil; jamás permitiría que un hombre me tocara sabiendo que apenas unos minutos antes había estado con otra.

—Yo no soy de nadie, Lucía. A mí nadie me usa... es exactamente al revés —respondió con una arrogancia helada, levantando lentamente una mano para acariciar con las yemas de sus dedos la comisura de mi mejilla.

A pesar de la repulsión que debí sentir, me quedé petrificada, sin apartar el rostro, saboreando masoquistamente el que probablemente sería el último destello de afecto de aquel amigo al que perdimos.

Pero al expirar el último hálito de aire, reaccioné: tomé la mano de Carlos, la aparté de mi rostro con brusquedad y di dos pasos atrás para poner distancia de por medio.

—Vine aquí única y exclusivamente por negocios. Si el proyecto no te sirve, no pienso gastar ni un segundo más de mi tiempo —dije con la voz firme, agachándome para recoger mi portafolio y arrebatarle el contrato de las manos.

—No vas a llegar a ninguna parte en este mundo con esa maldita actitud de defensiva.

—Hasta el momento me ha ido bastante bien, y me sirve a la perfección para defenderme de buitres como tú... que, por cierto, no han sido pocos en estos años —le solté devolviéndole una sonrisa cargada de ponzoña.

Si hay algo que destruye por completo a un hombre de su calibre es golpear su ego. Y si no me equivocaba en lo absoluto, el doloroso paso de los años había convertido a Carlos en un ser insoportablemente engrandecido y soberbio.

—Tu propuesta no me sirve para nada. Es insípida, carente de compromisos reales; no hay por dónde meterle un centavo de inversión.

—Agradezco enormemente tu valiosa opinión profesional. Espero que lo medites y lo reconsideres con la almohada; si requieres que ajuste las cláusulas a tus exigencias de déspota, avísame y prepararé otro formato.

La mirada que me dedicó al comprobar que no había logrado quebrarme ni hacerme llorar frente a él se tornó de un plomo oscuro, teñida de una rabia sorda y contenida.

*¡Qué tremenda pena me da no cumplir con las expectativas de lo que realmente sigues queriendo hacer conmigo!*, pensé con amargura. Si algo aprendí con creces el día en que me echaste de tu casa, fue que jamás, bajo ninguna circunstancia, volveré a entregarte mi confianza. No después de la forma en que me usaste y me arrojaste a la basura como a un objeto inservible en un maldito motel de paso.

Me mantuve firme, clavándole los ojos con un desafío silencioso.

— Dime algo... ¿me odias tanto por lo que pasó aquella vez? —preguntó de pronto, torciendo los labios en una sonrisa amarga y arrogante.

—¿Odiarte? Para nada, son cosas que simplemente pasan en la vida. Ya sabes... perder la virginidad con el primer idiota que se cruza en tu camino es algo completamente normal, ¿no crees? —le solté cruzándome de brazos con una frialdad y una indiferencia dignas de una actriz de primera.

Su postura relajada se derrumbó al instante; sus músculos se tensaron como cuerdas de acero.

—¿Fue... tu primera vez?

—Ah, ¿vaya sorpresa? ¿Acaso no lo sabías? Sí, era virgen. Se me olvidaba por completo que los hombres como tú jamás se detienen a notar esos pequeños detalles tan insignificantes.

Carlos me miró fijamente, con el ceño fruncido y una expresión genuina de absoluta confusión cruzándole el rostro.

—Jamás mencionaste nada de eso en su momento... ¿por qué demonios he de creerte ahora?

—Ocurrió hace una eternidad, Carlos. Mejor olvidemos el maldito pasado —le dije esbozando una sonrisa cínica, mientras me acercaba para darle un golpecito condescendiente y burlón en el hombro—. Fuiste mi primer hombre, claro que sí... un servicio bastante mediocre, por cierto. Pero, adivina qué... —le susurré viendo cómo sus ojos se oscurecían de ira pura—, después de ti llegaron muchos más... y, créeme, muuuucho mejores que tú en todos los sentidos.

Me di media vuelta con elegancia y caminé hacia la puerta dispuesta a largarme de allí para siempre. Sin embargo, justo antes de girar el pomo, me detuve un segundo y eché un último vistazo por encima del hombro; él se había quedado inmóvil, mirando fijamente la pared de enfrente, completamente estupefacto, intentando procesar el veneno de mis palabras.

—Por cierto... siempre dicen por ahí que la primera vez de una mujer es única, mágica y especial. Para mí, en cambio, fue lo peor, lo más asqueroso que pude haber hecho en toda mi vida. Aunque te agradezco el favor: gracias a que fuiste tú, guardo ese recuerdo como la peor decisión que tomé jamás.

Crucé el umbral y salí a zancadas de la habitación, con el corazón destrozado haciéndose añicos en mil pedazos dentro de mi pecho.

Sentía las lágrimas pugnando por desbordarse, quemando mis párpados, pero apreté los dientes con fuerza para retenerlas. El dolor físico se extendía como ácido por todo mi cuerpo.

Aguanté el llanto con el orgullo hecho jirones hasta cruzar la puerta del edificio y desplomarme en la parte trasera de un taxi. Solo entonces, con la ciudad borrosa a través de las ventanillas, permití que el mundo se me cayera encima y me dejé derrumbar de la forma más cruel y patética posible.

*«Solo quería desquitarme un poco, hacerte pagar una pizca de lo mío... por favor, no creas ni por un segundo que me acosté contigo por la porquería de que aún sienta algo por ti»*, me repetía como un mantra doloroso.

Sus palabras de aquel entonces volvieron a golpearme con la misma fuerza, llenando mi alma de un vacío insondable. De solo recordarlo, el corazón me dolía con la misma intensidad lacerante que el primer día...

1
neumidia ruiz
preguntas la dejara libre?, lo perdonara Lucía ?
neumidia ruiz
ay noooo
Betty Saavedra Alvarado
Kiary termino la primera temporada pronto volverás con segunda saga Lucia Esteban te rescatara
neumidia ruiz
al leer esto capítulos pienso que a Carlos lo engaño el tío por algún interés y le vendió una mentira que a él le convenia, y Carlos va a pagar con llanto y dolor y lo más triste al volverle la memoria la perdió para siempre
Betty Saavedra Alvarado
Kiary gracias por tu historia
Betty Saavedra Alvarado
Carlos ya la perdiste
Betty Saavedra Alvarado
Lucia ya sabes toda la verdad Carlos está arrepentido es tarde
Betty Saavedra Alvarado
Lucia te va a tener miedo Carlos
Betty Saavedra Alvarado
Carlos está loco y celoso
Betty Saavedra Alvarado
Carlos y tu están envueltos en mentiras
Betty Saavedra Alvarado
Que pasará ahora
Betty Saavedra Alvarado
Me gustó el capitulo
Betty Saavedra Alvarado
Kiary me gusta la historia
Betty Saavedra Alvarado
Me gustó el capitulo
Betty Saavedra Alvarado
Lucia poco a poco los recuerdos volverán Esteban parece un buen hombre Carlos ojalá se ponga un poquito celoso
Betty Saavedra Alvarado
Lucia relajate vive tu vida Carlos es un amargado
Betty Saavedra Alvarado
Carlos tiene una roca de corazón ni un tantito se puso celoso Lucia como.lo conquistaras
Betty Saavedra Alvarado
Competencia a la vista Lucia se divierte Carlos es un amargado
Betty Saavedra Alvarado
Lucia mucho cuidado te puedes caer
Betty Saavedra Alvarado
Un capítulo triste el papá de Lucia de quitó la vida la venganza termino o sigue
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