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Amor Dos Vidas

Amor Dos Vidas

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.

La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.

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capitulo 14

El comedor de la mansión parecía haberse transformado en un calabozo de alta costura para la cena privada que José había orquestado. La mesa de roble oscuro, que en otras ocasiones resultaba ridículamente inmensa, esta vez se sentía estrecha, casi claustrofóbica. Los candelabros de plata proyectaban una luz temblorosa sobre la mantelería de lino blanco y la vajilla de porcelana, dibujando sombras alargadas que se retorcían en las paredes de terciopelo esmeralda. El aire estaba saturado de una tensión tan densa que el simple tintineo de una copa de cristal al ser depositada sobre la madera resonaba como un disparo.

​Valentina ocupaba el centro de la mesa, flanqueada por los dos hombres que se disputaban su existencia. A su derecha, José presidía la cena con una elegancia felina, luciendo una camisa de seda negra con los puños perfectamente almidonados; su presencia exhalaba el habitual y pesado aroma a sándalo y tabaco. A su izquierda se sentaba Andrés, impecable en un traje gris oscuro de corte sutilmente más moderno, cuya sola cercanía aportaba una bocanada de aire limpio, con ese leve rastro a lluvia y madera que desafiaba el control de la casa.

​En el cuello de Valentina, el collar de esmeraldas que José le había regalado la noche anterior pesaba como un yugo de piedra y oro blanco. Cada vez que intentaba respirar hondo, las gemas frías presionaban la base de su garganta, un recordatorio físico de que su vida dependía de su capacidad para actuar. Debía ser Estefanía: la esposa sumisa, devota y desprovista de pasado. No podía permitir que una sola mirada delatara que su piel ya recordaba el calor de las manos de Andrés, ni que su mente albergaba la certeza de que el hombre a su derecha era su potencial asesino.

​—Es un verdadero placer que hayas aceptado mi invitación, Andrés —comenzó José, levantando su copa de vino tinto con una parsimonia quirúrgica—. En el mundo de los negocios, los malentendidos del pasado no deben empañar las alianzas del futuro. Mi esposa y yo queríamos agradecerte personalmente tu preocupación durante la gala.

​José pronunció la palabra "esposa" con una deliberada lentitud, deslizando al mismo tiempo su mano izquierda por debajo de la mesa para posarla sobre el muslo de Valentina. La presión de sus dedos fue firme, posesiva, un anclaje carnal que exigía sumisión. Valentina se obligó a no tensar el cuerpo; en su lugar, cubrió la mano de José con la suya, ofreciéndole una sonrisa ensayada que reflejara absoluta docilidad.

​Andrés sostuvo la mirada de José sin parpadear. Sus ojos claros, habitualmente cálidos, se habían tornado del color del acero templado. Tomó su propia copa, pero sus dedos se cerraron sobre el cristal con una fuerza que amenazaba con quebrarlo.

​—Los negocios siempre requieren claridad, José —respondió Andrés, su voz profunda y ronca arrastrando una vibración de desprecio contenido—. Y hay deudas del pasado que ningún acuerdo comercial puede saldar. Pero me alegra ver que tu… esposa… luce tan recuperada. Las esmeraldas le sientan bien, aunque a veces el exceso de joyas puede resultar asfixiante para quien no está acostumbrado a llevar grilletes.

​La velada amenaza flotó en el aire, imperceptible para el servicio de etiqueta que se movía en silencio por el comedor, pero devastadora para los tres comensales.

​Bajo la mesa, el campo de batalla era puramente físico y sensorial. Mientras José mantenía su mano firmemente apoyada en el muslo de Valentina, acariciando la tela de su vestido con un ritmo lento e hipnótico que pretendía marcar su propiedad absoluta, el pie de Andrés se adelantó sutilmente. El empeine de su zapato rozó el tobillo descalzo de Valentina por debajo del mantel.

​El contacto de Andrés fue como un chispazo de corriente directa. Una oleada de calor líquido subió por las piernas de Valentina, contrastando violentamente con la presión fría y controladora de la mano de José en su muslo. El choque de ambas fuerzas en su propio cuerpo le provocó un estremecimiento involuntario. Valentina apretó los dientes, forzándose a mantener la vista fija en su plato de porcelana mientras sentía cómo su pulso se aceleraba de forma caótica. Estaba atrapada en una pinza de dominación y deseo: por un lado, el carcelero que la reclamaba con el peso de su autoridad; por el otro, el amante que arriesgaba su vida para recordarle quién era en realidad.

​—¿Te ocurre algo, mi vida? —preguntó José, inclinándose hacia ella con una falsa solicitud que helaba la sangre. Su mano en su muslo aumentó la presión, un recordatorio silencioso de que estaba bajo estrecha vigilancia—. Te noto un poco pálida.

​—Estoy bien, José —mintió Valentina, modulando su voz para que sonara suave, casi infantil, la perfecta encarnación de la fragilidad que él requería—. Es solo que el brillo de las velas a veces me marea un poco. Pero me siento muy dichosa de estar aquí, con ustedes.

​Miró a Andrés por primera vez en toda la noche, forzando una expresión de cortés indiferencia, la mirada vacía de una mujer que contempla a un extraño. Sin embargo, en el fondo de sus pupilas oscuras, Valentina intentó transmitirle un ruego silencioso: «No me descubras, por favor, resiste».

​Andrés captó el mensaje. Sus facciones se endurecieron aún más, pero desvió la atención hacia José, asestando un golpe directo en la línea de flotación de su orgullo corporativo.

​—He estado revisando los últimos informes de tu división farmacéutica, José —comentó Andrés, apoyando los codos sobre la mesa con una seguridad que desafiaba el entorno—. Es curioso cómo una empresa tan grande puede tener lagunas tan profundas en sus registros de seguridad. Casi parece que alguien se hubiera esforzado mucho por hacer desaparecer ciertos archivos… o a ciertas personas que hacían demasiadas preguntas.

​El movimiento de la mano de José sobre el muslo de Valentina se detuvo en seco. Sus dedos se tensaron de tal manera que las uñas casi se clavaron en la carne de ella a través de la seda. La mirada de José se volvió notablemente más fría, perdiendo cualquier rastro de la cortesía aristocrática que había fingido durante la cena.

​—En mi corporación no hay lagunas, Andrés. Solo hay orden y control —sentenció José, su voz descendiendo a un susurro sibilante que cortó el aire—. Los archivos que no sirven se destruyen. Y las personas que intentan desestabilizar ese orden suelen acabar muy mal. El asfalto es muy traicionero, sobre todo en las noches de tormenta. Deberías recordarlo antes de meter las narices en carreteras que no te corresponden.

​El alud a la noche del accidente de Valentina fue directo y despiadado. Andrés se inclinó hacia delante, y por un instante la distancia entre ambos hombres pareció evaporarse, dejando únicamente la inminencia de una colisión violenta.

​—El asfalto siempre conserva las huellas, José —replicó Andrés, y su voz vibró con una rabia sorda, contenida a duras penas—. Y tarde o temprano, la verdad siempre encuentra el camino de vuelta a casa, sin importar cuánta tierra o cuánto oro le eches encima para taparla.

​Valentina sentía que el collar de esmeraldas le cortaba el aire por completo. El juego de máscaras estaba al límite de la ruptura. Podía sentir la furia silenciosa de José latiendo a su lado y la desesperación protectora de Andrés al alcance de su mano. Un solo paso en falso, un parpadeo a destiempo o un suspiro delator bastarían para que la farsa estallara, arrastrándolos a todos al abismo.

​Con un esfuerzo supremo de voluntad, Valentina extendió su copa de agua, interponiéndose físicamente en el eje visual de ambos hombres para romper la insoportable tensión del aire.

​—¿Nos servimos un poco más de vino, José? —interrumpió ella, ofreciendo a su esposo una mirada colmada de aparente devoción amnésica—. La cena está deliciosa, y me gustaría brindar por tu éxito continuo.

​José la observó durante unos segundos interminables, escaneando cada facción de su rostro de porcelana en busca de una mentira. Al no encontrar fisuras en su actuación de Estefanía, la tensión en sus hombros cedió ligeramente. Relajó la presión de sus dedos en su muslo, sustituyéndola por una caricia lenta y posesiva que pretendía reafirmar su victoria frente al rival.

​—Por supuesto, mi vida —respondió José, recuperando su sonrisa quirúrgica—. Brindemos por el orden, por las uniones indestructibles y por las cosas que jamás van a cambiar.

​Andrés levantó su copa, pero sus ojos claros permanecieron fijos en los de Valentina, sosteniendo su mirada con una promesa silenciosa de rescate que la seda y las esmeraldas de la mansión jamás lograrían apagar. Valentina bebió de su copa, sintiendo el sabor amargo de la mentira en los labios, pero con la inquebrantable certeza de que el juego de máscaras acababa de sentenciar el destino de su carcelero.

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Celina Espinoza
me gusta buen capitulo 👏
Celina Espinoza
🤭👏
Lobelia ❣️
👍👍
Celina Espinoza
me gustó 👏
Celina Espinoza
💯me gusta
Lobelia ❣️
👍
Lobelia ❣️
💯👍💯
Lobelia ❣️
💯👍está buena
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