Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.
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Capítulo 9: La trampa
La azotea de Montesinos Tower era un escenario perfecto para una emboscada. El viento cortaba como una navaja y las luces de la ciudad parpadeaban al fondo como estrellas caídas. Valentina y Mateo estaban ocultos tras la estructura del helipuerto, observando cómo el helicóptero de Álvarez se acercaba lentamente, sus aspas cortando el aire nocturno con un zumbido amenazador.
"¿Estás seguro de que esto funcionará?", preguntó Mateo, con la voz tensa.
"Funcionará", dijo Valentina, y su tono no admitía dudas. "Álvarez es arrogante. Cree que tiene el control. Y la arrogancia siempre te hace cometer errores."
Mateo la miró, y en sus ojos grises había una mezcla de admiración y algo más profundo. "Sabes, cuando te contraté, no esperaba que fueras tan... letal."
Valentina esbozó una sonrisa irónica. "La gente siempre subestima a las mujeres pequeñas. Es su error favorito."
El helicóptero aterrizó en la plataforma con un golpe sordo, y las puertas se abrieron para revelar a Álvarez, acompañado de dos hombres armados. El traidor vestía un traje impecable, como si estuviera asistiendo a una cena de negocios en lugar de orquestar un secuestro. Caminó hacia el centro de la azotea con paso firme, su mirada escaneando el perímetro en busca de Mateo.
"¡Mateo!", gritó, con la voz amplificada por el viento. "¡Sal de tu escondite! Sé que estás ahí. No me hagas buscar a tu guardaespaldas por toda la ciudad."
Mateo hizo ademán de levantarse, pero Valentina lo detuvo con una mano firme en el pecho. "Espera", susurró. "Déjalo que se acerque un poco más."
Álvarez dio unos pasos más, y entonces ocurrió. Una figura emergió de las sombras detrás de él: el guardia que Valentina había dejado inconsciente en el sótano, con la nariz vendada y los ojos llenos de furia.
"¡Señor Álvarez!", gritó el guardia, con la voz distorsionada por la venda. "¡Ella escapó! ¡La guardaespaldas se escapó!"
Álvarez se giró, y por primera vez, Valentina vio miedo en sus ojos. No era el miedo al fracaso. Era el miedo a la muerte.
"¡Maldita sea!", gritó, sacando un arma y apuntando hacia la oscuridad. "¡Sal de ahí, Cruz! ¡Sé que estás aquí!"
Valentina se levantó lentamente, con las manos en alto, y caminó hacia el centro de la azotea. Mateo la siguió, manteniéndose a su lado como una sombra protectora.
"Estoy aquí", dijo Valentina, con la voz tranquila. "No necesitas apuntarme. Ya estoy donde quieres."
Álvarez la miró con odio, y Valentina vio en sus ojos la furia de un hombre que se siente traicionado por su propia arrogancia. "No sé cómo escapaste", dijo, "pero no importa. Ahora mismo, Mateo va a firmar los papeles de transferencia de la empresa. O la mato a ella. O la mato a él. Decide."
Mateo dio un paso adelante, interponiéndose entre Álvarez y Valentina. "No le hagas daño. Firmaré lo que quieras."
"Mateo, no", dijo Valentina, con la voz tensa.
"No tengo elección", respondió él, sin apartar la mirada de Álvarez. "No puedo permitir que le pase nada."
Álvarez sonrió, una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos. "Qué conmovedor. El magnate enamorado de su guardaespaldas. ¿No es romántico? Pero tengo una noticia para ti, Mateo. Incluso si firmas, no voy a dejar que ninguno de los dos viva. Sabes demasiado. Y ella es demasiado peligrosa."
Levantó el arma, apuntando directamente al pecho de Mateo. Y en ese momento, todo se movió en cámara lenta.
Valentina se lanzó contra Mateo, empujándolo hacia un lado mientras su mano libre buscaba el arma que llevaba oculta en la espalda. El disparo de Álvarez silbó en el aire, pasando a centímetros de su rostro, y ella respondió con su propia bala, un tiro preciso que impactó en el hombro de Álvarez y lo hizo caer al suelo.
Los hombres armados de Álvarez reaccionaron, levantando sus armas, pero Mateo ya estaba en movimiento. Con la velocidad de un hombre que había pasado años en el gimnasio y en las calles, se lanzó contra uno de ellos, derribándolo con un golpe seco en la mandíbula. El otro intentó disparar, pero Valentina ya lo había desarmado con una patada rápida y letal.
En menos de treinta segundos, la azotea estaba en silencio. Álvarez y sus hombres estaban en el suelo, inconscientes o heridos, y el helicóptero seguía girando sus aspas en la plataforma.
Valentina se levantó lentamente, sintiendo el ardor en los músculos y el latido acelerado de su corazón. Mateo se acercó a ella, y por un momento solo se miraron, respirando entrecortadamente en medio de la batalla.
"¿Estás bien?", preguntó él, con la voz ronca.
"Estoy bien", dijo ella, y entonces sintió que las piernas le flaqueaban. El cansancio, el miedo, la adrenalina, todo se acumulaba en su cuerpo y la hacía tambalearse.
Mateo la atrapó antes de que cayera, envolviéndola en sus brazos con una fuerza que era a la vez protectora y posesiva. "Te tengo", susurró. "No te voy a soltar."
Valentina cerró los ojos y se dejó llevar por la calidez de su abrazo. Por primera vez en cinco años, no se sentía sola. No se sentía en guerra. Se sentía segura.
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Cuando la policía llegó, se llevaron a Álvarez y a sus hombres esposados. Valentina y Mateo dieron sus declaraciones, y luego se quedaron solos en la azotea, contemplando el amanecer que comenzaba a teñir el horizonte de tonos rosados y dorados.
"Sabes", dijo Mateo, rompiendo el silencio, "cuando te contraté, no esperaba que todo esto pasara."
"Ni yo", admitió Valentina, con una sonrisa cansada. "Pero supongo que la vida siempre te sorprende."
Mateo la miró, y en sus ojos había una pregunta que no se atrevía a formular. "¿Y ahora qué?", dijo finalmente. "¿Qué pasa después de todo esto?"
Valentina se quedó en silencio por un momento, sopesando sus opciones. Podía irse. Podía volver a su vida de guardaespaldas, olvidar que Mateo Montesinos existía, olvidar la promesa de su padre y el peso de la venganza. Pero ya no quería hacer eso.
"Después de todo esto", dijo lentamente, "supongo que seguimos adelante. Juntos."
La sonrisa que iluminó el rostro de Mateo era tan brillante como el amanecer que se alzaba sobre la ciudad. "¿Juntos?", repitió, como si saboreara la palabra.
"Juntos", confirmó ella, y sintió que sus labios se curvaron en una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo.
Mateo la tomó de la mano, y juntos caminaron hacia el borde de la azotea, contemplando el cielo que se abría ante ellos como un lienzo de posibilidades. No sabían lo que les deparaba el futuro. Pero por primera vez, ambos estaban dispuestos a descubrirlo.
Y mientras el sol se elevaba sobre la ciudad, iluminando sus rostros y sus corazones, Valentina supo que el odio que había alimentado durante cinco años finalmente se había desvanecido. En su lugar, había algo mucho más poderoso.
Algo que se parecía al amor.